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El viejo truco del
conejo en el sombrero
del mago ya deja ver sus
costuras si tratamos de
aprovecharlo,
metafóricamente, para
advertir uno de los más
insólitos ardides de las
artes escénicas en Cuba:
en salas generalmente
pequeñas ―aun cuando las
capacidades puedan
oscilar entre la de El
Sótano y la del Mella―
cada vez toma asiento
una mayor cantidad de
espectadores.
Quizá sea ese el primer
signo de una enjundiosa
lista de anclajes que
describen el recorrido
escénico de la Isla en
los últimos 12 meses. No
obstante, otros tres
elementos asoman como
orejas que se resisten a
los límites de la copa:
el 2010 ha hecho
evidente que el
movimiento escénico
cubano es capaz de
desplegar sus
posibilidades con una
sistematicidad que
trascienda el antes
anhelado Mayo; los meses
que recién despedimos
pusieron en jaque al
sedentarismo,
arrastrando (subiendo) a
sus predios una multitud
de jóvenes directores,
dramaturgos, actores,
diseñadores, críticos o
devotos de las tablas
que ocuparon por esta
vez las butacas; y
descubrió las
potencialidades cada vez
más amplias de la
comunión entre artes:
plástica, diseño,
literatura,
audiovisuales y música
figuraron también sobre
los escenarios en
puestas memorables no
solo para el público que
sacudió varias veces sus
feudos con aplausos,
también para la crítica
que acaba de premiar a
algunas de ellas con el
sello Villanueva.
Un pase mágico y
reaparece el conejo
desde el fondo del
sombrero de copa. El
público les aplaude;
pero es hora de resumir:
algunos trucos sí deben
ser revelados, ensayados
una y otra vez.
Hablan las concurrencias
Cada año, proliferan
aniversarios, homenajes
a importantes figuras de
la escena cubana que
celebran aniversarios
cerrados o cuyos
fallecimientos no
pasamos por alto. Sin
embargo, el 2010 fecundó
oportunas coincidencias:
Armando Suárez del
Villar y
Tomás Morales,
son dos nuevos nombres
que se incorporaron a la
lista de los Premios
Nacionales de Teatro y
Danza, en un año en que
la producción
dramatúrgica nacional
irguió sus afanes y el
teatro musical fue
oxigenado por algunos
intentos.
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Armando Suárez
del Villar,
Premio Nacional
de Teatro |
La única casa editorial
cubana dedicada por
entero a la publicación
de temáticas teatrales
arribó a su primera
década de existencia. De
la mano de
Ediciones Alarcos,
las librerías cubanas
han visto circular de
sus estantes a las manos
de los lectores más de
300 piezas teatrales,
comprendidas en un total
de 75 volúmenes firmados
por cerca de 145
autores, entre ellos un
número importante de
dramaturgos noveles a
quienes debemos algunas
puestas memorables de
los últimos tiempos en
la escena nacional.
Quiso también ¿la
concurrencia? que dos de
los grupos teatrales más
estables de la escena
nacional compartieran el
año de fundación y, por
tanto, el 2010 dividió
sus fuerzas para acoger
las celebraciones:
aniversario 20 del
Estudio Teatral de Santa
Clara y de la
Compañía Teatral El
Público. Si bien
dicha concurrencia no lo
fue tanto en acústica,
me atrevo a señalar que
sí apalancó muchos de
los debates que en torno
a la escena cubana han
proliferado los últimos
meses,
como el que el que agitó
a Camagüey luego
de cuatro años de
ausencia: las dinámicas
de la creación grupal;
el teatro que se
preocupa sobre la
discusión social o las
relaciones
individuo-sociedad; las
tensiones lenguaje
artístico-ideología,
individuo-artista,
espectador-ciudadano.
Señales desde las tablas
La única razón de ser de
un aniversario es para
El Público,
precisamente, el impulso
de seguir haciendo
teatro. Y durante el
2010, el abanico de
Carlos Díaz
no paró
de ventilar las salas
capitalinas: al estreno
casi al unísono de
Tango y Ana y
Marta, como parte de
sus celebraciones por
los 20 años de la
Compañía, precedió el
éxito aturdidor de
Josefina la Viajera,
distinguida hace apenas
unos días con el Premio
Villanueva de la Crítica
en el apartado de
Espectáculos Nacionales.
Si por el mismo
inventario de premios o
por cantidad de
espectadores continuamos
resumiendo el 2010
teatral en Cuba, es
imposible obviar que
Talco acumula meses
en la cartelera de Argos
Teatro sin que la sede
de Ayestarán y 20 de
Mayo deje de alojar
personas en sus afueras,
hasta cuatro y cinco
horas antes que abra la
taquilla, con tal de
asegurarse un puesto en
la salita que hace mucho
les queda chica. Cuando
Talco era apenas
tiempo de ensayo,
Carlos Celdrán explicaba
en estas páginas:
“le hacen mucha falta al
teatro cubano sujetos
contemporáneos,
personajes de hoy que
estén hablando con las
complejidades del
presente, que nos
presenten como
verdaderamente somos y
que den la medida de la
vida que llevamos”. Lo
confirma el triunfo de
este nuevo parto de Abel
González Melo sobre la
escena cubana.
Tampoco es
La primera vez
que Raúl Martín marca
con un derechazo la
cartelera teatral de la
ciudad. Al frente de
Teatro de la Luna, el
discípulo de Roberto
Blanco ha hecho del
colectivo que dirige uno
de los nombres de culto
de los espectadores
cubanos. Sin embargo, al
estreno de esta obra no
solo corrió el público
por ese pedigrí; una
multiplicidad de razones
hincharon durante varios
fines de semana la
Llauradó: la firma de
Michal Walczak, uno de
los nombres clave de la
dramaturgia polaca
contemporánea, cultura
tan familiar en nuestro
país por la
sistematicidad de
Semanas de teatro,
ciclos de cine, muestras
de artes plásticas,
etc.; el acompañamiento
musical a la puesta, en
vivo, a cargo de Waldo
Díaz y Diana Rosa
Suárez, con canciones al
fondo interpretadas por
Blanca Rosa Gil; la
exposición fotográfica
con que compartió el
espacio de La Casona de
Línea, dedicada al Año
Grotowski; y el gancho
temático de un amor
tragicómico, ubicaron
esta puesta entre las
preferidas por los
amantes de las tablas y
le valieron otro Premio
Villanueva de la
Crítica.
El 2010 nos devolvió
además espacios
escénicos cada vez más
esperados por el
público: las Jornadas de
Teatro Villanueva, el Festival
Aquelarre, el
Circuba, el
Festival de Teatro de
Camagüey, el
Mayo Teatral y
el VI Festival Teatrino,
también en Camagüey.
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Circuba 2010 |
Sigo el hilo de los
títeres: el retablo
cubano estuvo de fiesta
en el 2010. Junto con la
reapertura del Centro
Cubano de la Unión
Internacional de la
Marioneta; la
sistemática programación
de espectáculos
titeriles en todas las
ciudades del país
―siempre Matanzas como
capital, sirviendo de
escenario a
presentaciones como
Por el Monte Carulé,
de Teatro de las
Estaciones―; y la
apertura de la sala y
museo de títeres
El Arca, en La
Habana Vieja, los
artistas cubanos del
retablo celebraron el
centenario de Dora
Alonso, quien les
confiara para siempre a
su hijo: Pelusín
del Monte y Pérez del
Corcho. Y La
Jiribilla se sumó a
la fiesta con la
publicación de una nueva
sección
―Retablo
Abierto,
a cargo del teatrista
cubano Rubén Darío
Salazar―
y varios dossieres
relacionados con el arte
del retablo:
El hilo de Freddy
Artiles en el teatro
cubano,
Teatro de Títeres en la
Escena Cubana
y
Nacer para siempre,
nuestro homenaje a Dora.
Sobre nuestros predios,
la escena mundial
En un año de múltiples
intersecciones entre el
panorama artístico
internacional y la
creación de la Isla, la
Temporada de Teatro
Latinoamericano y
Caribeño Mayo Teatral
propició la imbricación
más fructífera de
propuestas, percepciones
e, incluso,
espectadores, ocurridas
en el ámbito de la
escena. Personas de
todas las edades y de
todos los rincones de La
Habana acudieron a la
creación colectiva que
fue Hecho en Perú
(Vitrinas para un museo
de la memoria), en
el teatro Bertolt
Brecht; a la Velada
metafísica que el
grupo Matacandelas, de
Colombia, hiciera en el
teatro Mella al filósofo
Fernando González; a las
propuestas del conjunto
puertorriqueño Suda-K-ribe;
a las de Timbre 4, de
Argentina y a la puesta
a cargo de Teatro
promiscuo, de Brasil.
También en el contexto
del Mayo, Casa de las
Américas entregó El
Gallo de La Habana al
dramaturgo, director
teatral y activista
político
Luis Valdez,
considerado el padre del
teatro chicano en
EE.UU.
Desde el cono
sudamericano llegó
también a la Isla Teatro
en el Blanco, conjunto
chileno que presentó en
febrero las obras
Neva y Diciembre,
descritas en aquel
momento como “un choque
de trenes” con el
público cubano:
provocaron “un diálogo
de tal intensidad ―opinó
una cronista en estas
páginas― que fue
del delirio en los
aplausos hasta los más
duros cuestionamientos,
avivando hondas
emociones que aún
perduran”.
Justo como un
encontronazo, directo a
la médula del
pensamiento crítico,
resultó el
descubrimiento de
la murga uruguaya
Agarrate Catalina
por público cubano.
Y, en sentido general,
la revelación del
concepto artístico de
“la murga”. Una tarde de
mayo en el Mella, de La
Habana; otra, en el
Terry, de Cienfuegos: la
Catalina abrió a los
cubanos un universo
similar al de nuestras
tradicionales comparsas;
pero sostenido por una
particular forma
expresiva que trasunta
el lenguaje popular con
una veta de rebeldía y
romanticismo, los
pensamientos del asfalto
con la elaboración
intelectual más
compleja.
Sin embargo, otros
importantes enclaves de
la escena internacional,
ubicados fuera del
continente, cumplieron
también su pacto
habitual con La Habana.
La
Semana de Teatro Alemán,
por ejemplo, fue
especialmente valiosa.
No solo volvieron a
acontecer las
tradicionales lecturas
de obras, esos
encuentros donde más de
un director cubano se ha
enamorado de piezas
alemanas y cuyos frutos
han sido vistos sobre
nuestra escena; tampoco
se limitó la Semana a la
puesta de obras: la más
joven hornada de
dramaturgos cubanos vio
concretarse el taller de
creación que durante
meses los puso en
contacto, mediante
correo electrónico, con
la reconocida dramaturga
alemana Dea Loher.
El proyecto Klara´s
Anatomie,
tutelado “por el ojo
crítico, descolonizado y
respetuoso Dea, la
autora mejor apreciada
hoy en su país”, tuvo su
culminación con una
puesta múltiple, donde
los jóvenes escritores
cubanos asumieron
también la dirección de
sus propias obras. Por
esos días,
investigadores,
directores, actores y
teatristas en general,
tuvieron la oportunidad
de actualizar sus
visiones sobre el saber
teatrológico a partir de
las conferencias
impartidas por la
alemana Erika Fisher-Lichte,
en la Fundación Ludwig
de la ciudad.
Algunos pasos del baile
Si de amores escénicos
se trata, los fieles de
la danza despedirán con
nostalgia el 2010: con
el cierre de diciembre,
termina también un año
privilegiado para ese
arte y comienza otro que
quizá no depare tanto
movimiento, pues hasta
2012 La Habana no será
otra vez sede de una
convocatoria tan fuerte
como la del
Festival de Ballet.
Entre el 28 de octubre y
el 7 de noviembre, en el
Año de Homenajes a
Alicia Alonso,
desfilaron por la ciudad
primeras figuras del
American Ballet Theatre,
del
New York City Ballet,
del Ballet Nacional
Sodre, del English
National Ballet y del
Royal Ballet. Trajeron
su arte a La Habana
reconocidos intérpretes
como
Vladimir Malhakov
y hasta directores de
orquesta de la talla del
australiano
Richard Bonynge.
Junto con las propuestas
de cada uno de estos
artistas y compañías
invitadas, el público
cubano que habitualmente
persigue la danza por
los teatros habaneros
asistió también a
estrenos mundiales a
cargo del Ballet
Nacional de Cuba:
Muerte de Narciso,
Impromptu Lecuona
y Espectral,
son algunos de los
títulos.
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Temas y
variaciones
por el ABT |
Los días de Festival se
vieron escoltados por
todos los flancos: les
había precedido, en
febrero, la presentación
del
Ballet Bolshoi
en La Habana y les
siguió, como una
continuación que no
pocos agradecieron, la
primera
gira del bailarín cubano
Carlos Acosta
por cinco provincias de
la Isla. Escenarios de
Santiago de Cuba,
Camagüey, Cienfuegos,
Pinar del Río y Ciudad
de La Habana vieron
subir a sus tablados a
una de las más
importantes figuras de
la danza mundial,
acompañado en las dos
últimas escalas por
Viengsay Valdés, primera
bailarina del Ballet
Nacional de Cuba.
Pero no solo en puntas
se alzó la danza cubana
en el 2010: el panorama
escénico adquirió
también un dinamismo
particular con la
Segunda Bienal de Danza
del Caribe. Con el
objetivo de visibilizar
las tendencias que
nutren el panorama de la
danza contemporánea en
la región, compañías de
Cuba, México, República
Dominicana, Haití,
Guyana, Barbados,
Brasil, Colombia,
Uruguay y Argentina
protagonizaron el
certamen. La gala
inaugural estuvo a cargo
del Ballet Nacional de
Cuba y del Teatro de la
Danza del Caribe,
preludio de un programa
que mostraría el mosaico
de estilos que admite la
Bienal.
Hace apenas unos días,
en la ciudad de
Matanzas, la Sección de
Investigación y Crítica
Teatral de la Asociación
de Artistas Escénicos de
la UNEAC, la sección
cubana de la AICT y la
revista Tablas,
reconocieron con el
Premio Villanueva de la
Crítica a 13
espectáculos nacionales
y extranjeros:
preferencias del ojo
experto que cada año da
su visto bueno. Otros
ojos, también entrenados
en el arte de escudriñar
las tablas, habrán hecho
sus propias listas.
Quizá coincidan, tal vez
no. Si pudieran ser
todas publicadas, el
movimiento escénico
cubano tendría su
bitácora más fiel. En su
defecto, reposen las
tablas en el tránsito de
un año a otro, confiadas
en que mientras suba a
sus hombros un artista,
y un espectador lo
acompañe, desde una
butaca, el quehacer de
las artes escénicas será
registrado en su razón
de ser: la memoria. Como
los trucos de los
grandes magos. |