La Habana. Año IX.
1ro. al 7 de ENERO
de 2011

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El año en las artes escénicas
Magia y azares sobre las tablas cubanas
Marianela González • La Habana
Fotos: Nancy Reyes y La Jiribilla

El viejo truco del conejo en el sombrero del mago ya deja ver sus costuras si tratamos de aprovecharlo, metafóricamente, para advertir uno de los más insólitos ardides de las artes escénicas en Cuba: en salas generalmente pequeñas ―aun cuando las capacidades puedan oscilar entre la de El Sótano y la del Mella― cada vez toma asiento una mayor cantidad de espectadores.  

Quizá sea ese el primer signo de una enjundiosa lista de anclajes que describen el recorrido escénico de la Isla en los últimos 12 meses. No obstante, otros tres elementos asoman como orejas que se resisten a los límites de la copa: el 2010 ha hecho evidente que el movimiento escénico cubano es capaz de desplegar sus posibilidades con una sistematicidad que trascienda el antes anhelado Mayo; los meses que recién despedimos pusieron en jaque al sedentarismo, arrastrando (subiendo) a sus predios una multitud de jóvenes directores, dramaturgos, actores, diseñadores, críticos o devotos de las tablas que ocuparon por esta vez las butacas; y descubrió las potencialidades cada vez más amplias de la comunión entre artes: plástica, diseño, literatura, audiovisuales y música figuraron también sobre los escenarios en puestas memorables no solo para el público que sacudió varias veces sus feudos con aplausos, también para la crítica que acaba de premiar a algunas de ellas con el sello Villanueva.  

Un pase mágico y reaparece el conejo desde el fondo del sombrero de copa. El público les aplaude; pero es hora de resumir: algunos trucos sí deben ser revelados, ensayados una y otra vez.  

Hablan las concurrencias  

Cada año, proliferan aniversarios, homenajes a importantes figuras de la escena cubana que celebran aniversarios cerrados o cuyos fallecimientos no pasamos por alto. Sin embargo, el 2010 fecundó oportunas coincidencias: Armando Suárez del Villar y Tomás Morales, son dos nuevos nombres que se incorporaron a la lista de los Premios Nacionales de Teatro y Danza, en un año en que la producción dramatúrgica nacional irguió sus afanes y el teatro musical fue oxigenado por algunos intentos.  


Armando Suárez del Villar, Premio Nacional de Teatro

La única casa editorial cubana dedicada por entero a la publicación de temáticas teatrales arribó a su primera década de existencia. De la mano de Ediciones Alarcos, las librerías cubanas han visto circular de sus estantes a las manos de los lectores más de 300 piezas teatrales, comprendidas en un total de 75 volúmenes firmados por cerca de 145 autores, entre ellos un número importante de dramaturgos noveles a quienes debemos algunas puestas memorables de los últimos tiempos en la escena nacional.  

Quiso también ¿la concurrencia? que dos de los grupos teatrales más estables de la escena nacional compartieran el año de fundación y, por tanto, el 2010 dividió sus fuerzas para acoger las celebraciones: aniversario 20 del Estudio Teatral de Santa Clara y de la Compañía Teatral El Público. Si bien dicha concurrencia no lo fue tanto en acústica, me atrevo a señalar que sí apalancó muchos de los debates que en torno a la escena cubana han proliferado los últimos meses, como el que el que agitó a Camagüey luego de cuatro años de ausencia: las dinámicas de la creación grupal; el teatro que se preocupa sobre la discusión social o las relaciones individuo-sociedad; las tensiones lenguaje artístico-ideología, individuo-artista, espectador-ciudadano. 

Señales desde las tablas 

La única razón de ser de un aniversario es para El Público, precisamente, el impulso de seguir haciendo teatro. Y durante el 2010, el abanico de Carlos Díaz no paró de ventilar las salas capitalinas: al estreno casi al unísono de Tango y Ana y Marta, como parte de sus celebraciones por los 20 años de la Compañía, precedió el éxito aturdidor de Josefina la Viajera, distinguida hace apenas unos días con el Premio Villanueva de la Crítica en el apartado de Espectáculos Nacionales.  

Si por el mismo inventario de premios o por cantidad de espectadores continuamos resumiendo el 2010 teatral en Cuba, es imposible obviar que Talco acumula meses en la cartelera de Argos Teatro sin que la sede de Ayestarán y 20 de Mayo deje de alojar personas en sus afueras, hasta cuatro y cinco horas antes que abra la taquilla, con tal de asegurarse un puesto en la salita que hace mucho les queda chica. Cuando Talco era apenas tiempo de ensayo, Carlos Celdrán explicaba en estas páginas: “le hacen mucha falta al teatro cubano sujetos contemporáneos, personajes de hoy que estén hablando con las complejidades del presente, que nos presenten como verdaderamente somos y que den la medida de la vida que llevamos”. Lo confirma el triunfo de este nuevo parto de Abel González Melo sobre la escena cubana.

Tampoco es La primera vez que Raúl Martín marca con un derechazo la cartelera teatral de la ciudad. Al frente de Teatro de la Luna, el discípulo de Roberto Blanco ha hecho del colectivo que dirige uno de los nombres de culto de los espectadores cubanos. Sin embargo, al estreno de esta obra no solo corrió el público por ese pedigrí; una multiplicidad de razones hincharon durante varios fines de semana la Llauradó: la firma de Michal Walczak, uno de los nombres clave de la dramaturgia polaca contemporánea, cultura tan familiar en nuestro país por la sistematicidad de Semanas de teatro, ciclos de cine, muestras de artes plásticas, etc.; el acompañamiento musical a la puesta, en vivo, a cargo de Waldo Díaz y Diana Rosa Suárez, con canciones al fondo interpretadas por Blanca Rosa Gil; la exposición fotográfica con que compartió el espacio de La Casona de Línea, dedicada al Año Grotowski; y el gancho temático de un amor tragicómico, ubicaron esta puesta entre las preferidas por los amantes de las tablas y le valieron otro Premio Villanueva de la Crítica.   

El 2010 nos devolvió además espacios escénicos cada vez más esperados por el público: las Jornadas de Teatro Villanueva, el  Festival Aquelarre, el Circuba, el Festival de Teatro de Camagüey, el Mayo Teatral y el VI Festival Teatrino, también en Camagüey.   


Circuba 2010

Sigo el hilo de los títeres: el retablo cubano estuvo de fiesta en el 2010. Junto con la reapertura del Centro Cubano de la Unión Internacional de la Marioneta; la sistemática programación de espectáculos titeriles en todas las ciudades del país ―siempre Matanzas como capital, sirviendo de escenario a presentaciones como Por el Monte Carulé, de Teatro de las Estaciones―; y la apertura de la sala y museo de títeres El Arca, en La Habana Vieja, los artistas cubanos del retablo celebraron el centenario de Dora Alonso, quien les confiara para siempre a su hijo: Pelusín del Monte y Pérez del Corcho. Y La Jiribilla se sumó a la fiesta con la publicación de una nueva sección Retablo Abierto, a cargo del teatrista cubano Rubén Darío Salazar y varios dossieres relacionados con el arte del retablo: El hilo de Freddy Artiles en el teatro cubano, Teatro de Títeres en la Escena Cubana y Nacer para siempre, nuestro homenaje a Dora.  

Sobre nuestros predios, la escena mundial  

En un año de múltiples intersecciones entre el panorama artístico internacional y la creación de la Isla, la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral propició la imbricación más fructífera de propuestas, percepciones e, incluso, espectadores, ocurridas en el ámbito de la escena. Personas de todas las edades y de todos los rincones de La Habana acudieron a la creación colectiva que fue Hecho en Perú (Vitrinas para un museo de la memoria), en el teatro Bertolt Brecht; a la Velada metafísica que el grupo Matacandelas, de Colombia, hiciera en el teatro Mella al filósofo Fernando González; a las propuestas del conjunto puertorriqueño Suda-K-ribe; a las de Timbre 4, de Argentina y a la puesta a cargo de Teatro promiscuo, de Brasil. También en el contexto del Mayo, Casa de las Américas entregó El Gallo de La Habana al dramaturgo, director teatral y activista político Luis Valdez, considerado el padre del teatro chicano en EE.UU. 

Desde el cono sudamericano llegó también a la Isla Teatro en el Blanco, conjunto chileno que presentó en febrero las obras Neva y Diciembre, descritas en aquel momento como “un choque de trenes” con el público cubano: provocaron “un diálogo de tal intensidad ―opinó una cronista en estas páginas― que fue del delirio en los aplausos hasta los más duros cuestionamientos, avivando hondas emociones que aún perduran”.  

Justo como un encontronazo, directo a la médula del pensamiento crítico, resultó el descubrimiento de la murga uruguaya Agarrate Catalina por público cubano. Y, en sentido general, la revelación del concepto artístico de “la murga”. Una tarde de mayo en el Mella, de La Habana; otra, en el Terry, de Cienfuegos: la Catalina abrió a los cubanos un universo similar al de nuestras tradicionales comparsas; pero sostenido por una particular forma expresiva que trasunta el lenguaje popular con una veta de rebeldía y romanticismo, los pensamientos del asfalto con la elaboración intelectual más compleja.   

Sin embargo, otros importantes enclaves de la escena internacional, ubicados fuera del continente, cumplieron también su pacto habitual con La Habana. La Semana de Teatro Alemán, por ejemplo, fue especialmente valiosa. No solo volvieron a acontecer las tradicionales lecturas de obras, esos encuentros donde más de un director cubano se ha enamorado de piezas alemanas y cuyos frutos han sido vistos sobre nuestra escena; tampoco se limitó la Semana a la puesta de obras: la más joven hornada de dramaturgos cubanos vio concretarse el taller de creación que durante meses los puso en contacto, mediante correo electrónico, con la reconocida dramaturga alemana Dea Loher. El proyecto Klara´s Anatomie, tutelado “por el ojo crítico, descolonizado y respetuoso Dea, la autora mejor apreciada hoy en su país”, tuvo su culminación con una puesta múltiple, donde los jóvenes escritores cubanos asumieron también la dirección de sus propias obras. Por esos días, investigadores, directores, actores y teatristas en general, tuvieron la oportunidad de actualizar sus visiones sobre el saber teatrológico a partir de las conferencias impartidas por la alemana Erika Fisher-Lichte, en la Fundación Ludwig de la ciudad.

Algunos pasos del baile

Si de amores escénicos se trata, los fieles de la danza despedirán con nostalgia el 2010: con el cierre de diciembre, termina también un año privilegiado para ese arte y comienza otro que quizá no depare tanto movimiento, pues hasta 2012 La Habana no será otra vez sede de una convocatoria tan fuerte como la del Festival de Ballet.  

Entre el 28 de octubre y el 7 de noviembre, en el Año de Homenajes a Alicia Alonso, desfilaron por la ciudad primeras figuras del American Ballet Theatre, del New York City Ballet, del Ballet Nacional Sodre, del English National Ballet y del Royal Ballet. Trajeron su arte a La Habana reconocidos intérpretes como Vladimir Malhakov y hasta directores de orquesta de la talla del australiano Richard Bonynge. Junto con las propuestas de cada uno de estos artistas y compañías invitadas, el público cubano que habitualmente persigue la danza por los teatros habaneros asistió también a estrenos mundiales a cargo del Ballet Nacional de Cuba: Muerte de Narciso, Impromptu Lecuona y Espectral, son algunos de los títulos.  


Temas y variaciones por el ABT

Los días de Festival se vieron escoltados por todos los flancos: les había precedido, en febrero, la presentación del Ballet Bolshoi en La Habana y les siguió, como una continuación que no pocos agradecieron, la primera gira del bailarín cubano Carlos Acosta por cinco provincias de la Isla. Escenarios de Santiago de Cuba, Camagüey, Cienfuegos, Pinar del Río y Ciudad de La Habana vieron subir a sus tablados a una de las más importantes figuras de la danza mundial, acompañado en las dos últimas escalas por Viengsay Valdés, primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba.  

Pero no solo en puntas se alzó la danza cubana en el 2010: el panorama escénico adquirió también un dinamismo particular con la Segunda Bienal de Danza del Caribe.  Con el objetivo de visibilizar las tendencias que nutren el panorama de la danza contemporánea en la región, compañías de Cuba, México, República Dominicana, Haití, Guyana, Barbados, Brasil, Colombia, Uruguay y Argentina protagonizaron el certamen. La gala inaugural estuvo a cargo del Ballet Nacional de Cuba y del Teatro de la Danza del Caribe, preludio de un programa que mostraría el mosaico de estilos que admite la Bienal. 

Hace apenas unos días, en la ciudad de Matanzas, la Sección de Investigación y Crítica Teatral de la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC, la sección cubana de la AICT y la revista Tablas, reconocieron con el Premio Villanueva de la Crítica a 13 espectáculos nacionales y extranjeros: preferencias del ojo experto que cada año da su visto bueno. Otros ojos, también entrenados en el arte de escudriñar las tablas, habrán hecho sus propias listas. Quizá coincidan, tal vez no. Si pudieran ser todas publicadas, el movimiento escénico cubano tendría su bitácora más fiel. En su defecto, reposen las tablas en el tránsito de un año a otro, confiadas en que mientras suba a sus hombros un artista, y un espectador lo acompañe, desde una butaca, el quehacer de las artes escénicas será registrado en su razón de ser: la memoria. Como los trucos de los grandes magos.
 
 
 
 

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