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Léster Hamlet ha
emprendido un
considerable salto de
altura desde su primer
acercamiento a la cámara
cinematográfica (el
cuento “Lila” de Tres
veces dos) a lo que,
en puridad, debe
considerarse su ópera
prima en tanto
realizador: Casa
vieja, de cuyo guión
también es en buena
medida responsable (lo
coescribió junto con
Mijail Rodríguez )
partiendo, como es
sabido, de la obra cuasi
homónima de Abelardo
Estorino, uno de
nuestros dramaturgos
imprescindibles, quien
la concibió y estrenó a
principios de la década
de los 60.
Sí: en términos
líquidamente
morfológicos,
el joven cineasta nos
entrega una puesta
limpia, orgánica, que (de)muestra
hasta qué punto el
destacado realizador de
videoclips domina algo
más que el abc de la
gestión fílmica, mucho
mayor, que implica un
largo de ficción.
Incluso, en esos
tejemanejes que siempre
se dan entre el cine y
el teatro, las
adaptaciones de antiguo
tan polémicas, Hamlet
sale airoso, y queda
bien con Dios y con el
diablo:
se las ingenió para
mantener una
arquitectura (una
envoltura, digamos
mejor) que alude al
lenguaje teatral:
división en actos que,
sin embargo, emprende
una diégesis
absolutamente
cinematográfica,
entiéndase por tal una
proyección del tempo, el
ritmo, la planimetría y
la narrativa que
responden ciento por
ciento a la estética del
séptimo arte.
Pero vayamos a lo
conceptual, lo idéico.
Casa vieja es un
texto, al margen de sus
especificidades
referenciales, sobre
reencuentros, sobre
colisiones y fricciones
familiares, algo que
desde el principio en el
cine cubano pos 59, con
mayor o menor grado de
acierto, desde un género
u otro, se viene
abordando (Cuba
baila, Lejanías,
Cercanías, Polvo Rojo,
Video de familia, Miel
para Ochún, Personal
Belongins, La
anunciación… ). La
nueva cinta se inserta
en este canon con
evidente energía,
transitando
equilibradamente por la
cuerda floja que se
mueve entre lo (casi)
trágico y lo (a ratos)
cómico sin que la
dualidad tonal
entorpezca el flujo
narrativo ni el magma
dramático, aportando en
definitiva una visión no
solo sui generis,
sino motivadora y
sugerente.
El regreso de Esteban a
Cuba, 14 años después,
desde España, a su
vetusta mansión en un
pueblo marítimo (eficaz
metonimia de
insularidad) mientras su
padre agoniza (y muere,
poco después) desata
poco a poco los demonios
de los suyos: todos
tienen sus “secretos y
mentiras”, frustraciones
y sueños que empiezan a
destapar y a hacer
desandar a medida que el
propio huésped los
“escarba”, entra en
contacto con ellos y los
incita, hasta explotar
en un clímax que
dosificada y
progresivamente ha ido
desarrollando el
relato.
Una conseguida atmósfera
de suspense, la
apoyatura en expresivos
planos (que se tornan
primeros e incluso
bigs close up en los
momentos de la catarsis)
caracterizan la puesta,
que a la vez se nutre de
caracteres sólidamente
dibujados.
Otros rubros aportan lo
suyo: la música (Aldo
López Gavilán) jamás
estorba o redunda, mal
extendido en el cine
contemporáneo al que no
escapa el nuestro; por
el contrario, comenta a
veces a modo de susurro,
otras enfatizando
discretamente según el
carácter de la escena, y
siempre colaborando con
la ambientación, como es
de suponer esencial en
una película de este
tipo; al igual que la
fotografía (Rafael
Solís), sumada a la
plataforma intimista,
develadora que, por
tanto, se regodea en
cromas sobre todo
oscuras, auxiliares
seguras de una cámara
que se mueve desde las
diferentes perspectivas
en juego, por ese
espacio cómplice (más
allá del hábitat) tan
complementario de los
estados anímicos, y
donde también se ha
lucido la dirección de
arte (Vivian del Valle).
Hay un aspecto donde, a
mi juicio, falla la
lectura de Léster, y es
en la falta de
actualización respecto
al conflicto de la
diversidad sexual que
representa el personaje
de Esteban. No olvidemos
que Estorino concibió su
pieza en la compleja mas
ya lejana sexta década
del siglo pasado: su
personaje era cojo,
metaforizando “el
defecto” que en aquel
entonces, era como
sabemos, todo un tabú y
si resulta legítimo (y
hasta convincente) la
recontextualización de
la historia, había que
hacerlo entonces a
fondo, en todos sus
personajes, motivos y
motivaciones. Y, sobre
todo, despojándolo de
absurdos sentimientos de
culpa, de cualquier
sentido vergonzante, que
inexplicablemente,
Hamlet ha dejado
intactos.
No se concibe que un
joven que vive hoy día
en el Primer Mundo,
inmerso en las
conquistas de las
minorías sexuales, que
incluso defiende la
movilidad y lo
dialéctico (literalmente
“lo que está vivo y
cambia”, dice), se
avergüence a estas
alturas de su
orientación, casi llore
ante el hermano
autoritario y dogmático
porque “había querido
ser como él” , eche de
menos la no tenencia de
una familia (¿dónde
quedó la posibilidad en
esos lares de matrimonio
y hasta adopción para
quien lo desee?) y se
lamente de no haberle
pedido perdón al padre
por el nefando secreto.
Solo faltaba el flagelo
literal, el látigo con
puntas de escorpión, por
lo que resulta
contradictorio desde la
armazón dramática del
personaje y la obra
toda, inadmisible
entonces, y desde el
punto de vista de las
luchas nuestras por las
legitimaciones de los
derechos gays, un
retroceso.
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Es una reserva
importante que tengo
contra Casa vieja
y que de veras lamento,
pues desde el ángulo
artístico la considero,
como supongo queda
demostrado en las líneas
anteriores, un indudable
y aplaudible logro.
Dejo para el final un
punto que refrenda tales
criterios: las
actuaciones. Si no
hubiera otros rubros
para encomiar, los
desempeños en el filme
ya bastarían, pues
sencillamente
representan la valía y
autenticidad de una
escuela histriónica (la
cubana) en la que,
siguiendo los
presupuestos estéticos
del filme todo, se
borran también las
diferencias
interlingüísticas
teatro-cine.
Los actores viven sus
personajes, les aportan
una dimensión mayúscula,
una evolución sincera
desde lo emocional y lo
técnico que también
difumina barreras.
A pesar de los
señalamientos a su rol,
en su primer protagónico
fílmico,
Yadier Fernández elude
los estereotipos y
caricaturas: Esteban es
ese aleph, ese
punto de intersección
familiar que ayuda a
todos sus miembros en
sus “vaciados”
interiores; Daysi
Quintana combina ternura
y fiereza en la hermana:
esa mujer engañada,
reprimida y lo proyecta
con abundantes matices;
Alberto Pujol logra lo
que los grandes: el que
un personaje abocado a
lo externo se revista de
impresionante
interioridad, que el
caminar por una cuerda
de casi perenne
extroversión, no le
impida una considerable
fuerza centrífuga,
algo en lo que —desde
otro ángulo—consigue
Adria Santana, actriz
fetiche de Estorino en
su teatro que no podía,
y no solo por ello,
faltar aquí: su madre de
familia se revuelve
entre el desgarramiento
de la soledad y el dolor
por los “trapos sucios”
que enfrenta y proyecta
con una envidiable y
variada gama de
recursos. Pese a sus
esfuerzos, Susana Texera
no logra despojar de
cierta violencia a un
personaje forzado a
representar “lo
simpático” que matizara
las gravedades del
resto.
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En actuaciones menos
protagónicas, pero de no
poco peso dramático,
Isabel Santos y Manuel
Porto reafirman su
clase; ella segura y
certera desde su papel
coadyuvante al explosivo
desenlace, él, con la
sapiencia que alcanza el
equilibrio entre
contención y
expresividad.
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