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Con el 2010 ha
concluido un importante
ciclo —al menos
temporal― para la
historia de las artes
plásticas. El centenario
de la irrupción del arte
abstracto, también en
Cuba, se ha constituido
en pretexto para la
sistematización y la
reunión de firmas
infaltables en el
panorama artístico
contemporáneo, que en la
década de los 80 cobró
vitalidad a partir de
artistas como José
Franco, Carlos García,
Glexis Novoa y Flavio
Garciandía. Algunas de
las obras de esta
generación han sido
compiladas por el Museo
de Bellas Artes de La
Habana en exposición
retrospectiva, mientas
que otros espacios
ofrecen la oportunidad
de verificar la
continuación de una
parte de su quehacer
creativo. La galería
Villa Manuela de la
Unión Nacional de
Escritores y Artistas de
Cuba exhibe desde los
últimos días de
diciembre el conjunto
Iba a decir algo (…pero
ya se me olvidó), de
Garciandía, a quien la
crítica considera uno de
los principales
abstractos cubanos e
“ideólogo” fundamental
del movimiento plástico
del penúltimo decenio
del siglo XX en la Isla.
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Foto: Pedro Luis
García |
Aunque el rostro
de Zaida del Río en el
cuadro fotorrealista
“Todo lo que usted
necesita es amor” (1975)
ha sido también la cara
de Flavio en Cuba y el
extranjero por mucho
tiempo, la incursión del
artista en los
“insondables” terrenos
del abstraccionismo lo
distingue de manera
definitiva, aunque, como
ha apuntado la curadora
Cristina Vives, en su
despliegue como
artista conceptual se ha
alimentado de los
referentes útiles en
etapas diversas, que
muestran a “tantos
Flavios como temas y
autores le ha interesado
comentar”.
Por lo general, las
menciones de la obra del
villaclareño radicado en
México hacen uso del
juego con el arte en las
fronteras de lo falso y
lo real. No es difícil
encontrarse con reseñas
o artículos que aluden a
“su engañoso estilo” o a
su “ironía y cinismo”.
Baste mencionar el
díptico “Reinaldo
Arenas y Raúl Martínez
miden y comparan el
tamaño de sus penes”,
para entender por qué.
El reto a la
inteligencia desde la
vasta cultura del
artista,
que también ha
ejercido largamente la
docencia, se afirma
además en su
“declaración de
principios” —por llamar
de algún modo al pliego
con los deberes y
derechos del creador que
reparte en cada una de
sus exposiciones―: “El
derecho a banalizarlo
todo (o darle
importancia desmedida a
cualquier cosa); cada
artista debe entender
que las emociones no
sirven para hacer arte
(o puede que sí)”.
Iba a decir algo
importante…,
para la cual Flavio
trabajó durante un año
apoyándose en un mapa,
en correspondencia total
con el espacio, tiene,
como lo advierte el
crítico Juan Antonio
Molina en las notas que
acompañan el catálogo,
igual “carácter
diversionista,
distractor y
subversivo”.
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"Trece pintores
en busca de un
autor" |
“La muestra es
una continuidad de mi
trabajo ―explica el
pintor—. No significa
ningún cambio sustantivo
en mi línea de creación,
aunque fue pensada en
función del sitio. A
último minuto, con mucho
finalismo, hice una
selección de las obras
que armaban un conjunto.
Después vino el título.
Para mí los títulos de
las obras son
fundamentales. La
relación de la pintura
con los títulos es muy
anárquica. Rara vez el
cuadro nace a partir del
título. Hago listas de
títulos para cuando no
queda más remedio que
nombrar a cada una. A
veces me cuesta más
poner el título que
pintar un cuadro. El
título denota una falsa
falta de pretensiones
porque, en realidad,
intento pintar el mejor
cuadro posible. Aunque
en apariencia engañosa,
esta manera de titular
forma parte de mi
relación con el trabajo
mismo.
El nombre de la
exposición es casi un
autorretrato, porque
tiene un poco de humor y
un poco de irreverencia
hacia mí mismo. El libro
antológico que se
produjo hace dos años,
Yo insulté a Flavio
Garciandía en La Habana,
se ubica en la misma
cuerda del humor, como
lo hace Iba a decir
algo muy importante
(…pero ya se me olvidó).
Es mi actitud frente
a mi propia obra, en el
sentido de que no hay
nada demasiado
importante, que en
realidad lo único que
debe interesar es la
pintura misma. El hecho
de que yo haga una obra
básicamente abstracta
quiere decir que toda
ella es autorreferencial,
que apela a la propia
pintura y al proceso de
crear”.
Por lo que dice de los
títulos y las listas, ¿a
la hora de crear, piensa
en conformar series más
que en cuadros
individuales?
En esta
exposición, por ejemplo,
hay una instalación
(entre comillas) de
cuadros pequeños, que se
llama 13 pintores en
busca de un autor,
que se incluye dentro de
la estética general de
mi obra, porque o creo
que ―en mi caso― el
estilo es una
construcción, no algo
orgánico que permite
decir “esto es lo que
pinta Flavio Garciandía”.
Esta pieza invoca a 13
artistas abstractos que
pintan diferente y andan
buscando un autor,
aunque el hecho de que
sean 13 obras distintas
niega el sentido de
autoría. Es una negación
por afirmación. Incluso,
yo he dedicado series de
obras que son homenajes
a los artistas que
resultan más
paradigmáticos para mí y
las titulo a casi todas
con la misma “norma”,
como “Yo insulté a John
Baldessari en La
Habana”. Casi siempre,
cuando hago una
exposición, la nombro a
partir de artistas
locales, como ocurrió
con esta última en Los
Ángeles. Fue un homenaje
y a la vez una mentira,
porque este artista
nunca estuvo en La
Habana; pero es una
manera bastante
paradójica de homenajear
a quienes admiro.
Se refería a la
instalación, ¿el número
13 tiene algún sentido
particular, fatídico?
No (Ríe), aunque
me gusta el 13. El
número tuvo que ver con
el momento de
seleccionar los cuadros.
Yo había pintado muchos
más, y me decidí a
dejarlo en esa cantidad
que normalmente
asociamos con la mala
suerte. A pesar de que
las obras buscan un
autor, no hay nada de
superstición ni de
fatalismo en ello.
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"La suite del
diversionista" |
Los artistas a los que
llama “paradigmáticos”,
lo acompañan a menudo,
incluso en las palabras
que escogió para el
catálogo de la muestra.
También en el plegable,
Juan Antonio Molina
habla de esta referencia
suya a la pintura dentro
de la pintura misma.
¿Cómo se explica la
obsesión por los
referentes, por los
grandes pintores, por
encontrar el camino de
la creación en constante
diálogo con otras
fuentes?
En un sentido
convencional, mi obra es
básicamente posmoderna.
Aunque todo lo que se
hace ahora es
literalmente posmoderno,
considero que la mía lo
es en gran medida,
porque sus elementos
fundamentales tienen que
ver con la parodia y la
cita. Casi toda mi obra
se construye a partir de
homenajes a otros
artistas. No son
homenajes serios, pues
yo simulo, refiero, me
apropio de la obra de
aquellos y trato de
construir la definición
de mí mismo como
creador, el cómo
situarme en mi contexto
a partir del legado de
los grandes. Esos en los
que me he interesado, me
definen como autor.
De estos que incluyó en
Iba a decir algo…,
Renoir, Matisse, entre
otros, ¿qué lo provoca
específicamente?
La exposición se
hace acompañar de un
pequeño texto que
contiene anécdotas muy
bellas y conmovedoras
que implican a los
pintores. Al final digo
que cuando sea grande
quiero ser pintor, como
una manera de creer que
estoy empezando y de
jugar con el azar para
lo que vendrá luego.
En el caso de
estos que cito en el
catálogo, el que más me
interesa es Matisse. En
él hay un énfasis en el
color, que también es el
elemento fundamental de
mi obra, lo que ofrece
identidad,
particularidad,
continuidad.
La anécdota sobre
Matisse, que cuenta cómo
la gente lo aplaudía al
pasar por una plaza de
París, es real y
emocionante. Pero no
solo quise referirme al
éxito, sino a la
angustia del artista,
como la de Picasso,
quien sufría grandes
crisis de creatividad y
no salía de la cama
cuando aquello lo
atormentaba. Nadie
imagina que Picasso
pudiera haber tenido
crisis alguna, todo el
mundo imagina que fue
una máquina de producir,
pero sus agonías fueron
una parte fundamental de
todo el proceso. Del
asunto de ser pintor me
gustan tanto los
momentos de fluidez como
los de crisis, en los
cuales uno se hace las
preguntas más
atormentadoras.
¿Y en sus momentos de
crisis, cuáles son las
señales, los chispazos
que llevan a la salida?
Casi siempre
tiene que ver con lo que
decía Hemingway de “la
gracia bajo presión”.
Cuando estoy
absolutamente presionado
con la fecha de entrega
de una obra o una
exposición, en el último
minuto, de madrugada a
veces, agarro la idea.
Es interesante lo que
menciona sobre el
trabajo bajo presión,
porque veces, frente a
los cuadros, se piensa
que la creación es un
proceso reposado, donde
el artista ha tenido
todo el tiempo del mundo
para echar a volar su
imaginación…
En cierta forma
es así, a veces se
trabaja con intensidad y
uno queda muy contento
con el resultado. A ello
hace referencia uno de
los títulos de esta
exposición: “A veces me
siento muy inspirado,
pero de pronto se me
pasa”. También puede
suceder que al día
siguiente uno entre al
estudio aterrorizado
porque sabe que lo que
hizo no sirve y habrá
que empezar otra vez. Es
muy gratificante si al
final uno va
consiguiendo resultados,
pero de todas maneras
casi siempre, el proceso
viene acompañado de
mucha tensión.
Con la edición reciente
del libro Yo insulté
a Flavio Garciandía en
La Habana, puede
arribarse a un
conocimiento bastante
completo de lo que ha
sido su carrera. Llegado
ese momento, que de
seguro le ha permitido
volver a mirar lo hecho,
¿cómo describe su
trayectoria más
reciente, el instante
actual de su obra?
Ha sido un poco
inquietante, porque el
libro que mencionas
recoge alrededor de 40
años de trabajo. Yo, que
tengo 56, me pongo a
mirarlo y digo: “esto es
lo que hay, no puedo
empezar por ninguna
parte”. Hay períodos que
me gustan más, porque
los siento más
completos, más logrados,
y otros que no me
satisfacen para nada.
Entonces, me doy cuenta
de que se impone el
grandísimo reto de
seguir adelante, porque
lo que importa a
cualquier tipo de
creación, generalmente
no son los resultados,
sino la constancia y la
capacidad de superación.
Yo insulté a Flavio
Garciandía… tuvo un largo proceso
de edición durante tres
años junto con Cristina
Vives, luego de los
cuales tuve que
preguntarme
obligatoriamente qué
vendría después. Pero no
me detuve… y ahí vamos.
Sabemos que el público
persigue y valora
positivamente su
trabajo. Pero, ¿no
resulta inquietante o
paradójico que la
mayoría lo reconozca por
un período o por una
obra en específico?
Por muchos años
tuve una relación de
amor-odio con el cuadro
“Todo lo que usted
necesita es amor”, que
se encuentra en la
colección del Museo
Nacional de Bellas
Artes. En las
exposiciones organizadas
por esta institución en
el exterior han incluido
siempre este cuadro y no
otros, a pesar de que
poseen una enorme
colección de mi obra en
todas las etapas. Muchas
personas han llegado a
reprocharme porque antes
pintaba “bonito” y ahora
hago cosas “horribles”.
Sin embargo, a
raíz de la publicación
del libro me he
reconciliado bastante
con él. Las percepciones
que me han llegado son
extrañas,
contradictorias: hay
personas que lo ven como
realismo socialista ―en
cierta forma lo fue—,
pero hay otros que lo
califican como un cuadro
hippie, porque su
espíritu es el de “peace
and love”. Aunque al
principio me preguntaba
cuándo superaría el
“estigma” de esta
pintura, a través de los
años he entendido que es
válido que cierto
público simpatice con
una parte de mi obra y
el resto con una
diferente o con ninguna.
Me reconforta que a los
artistas jóvenes y a los
no tan jóvenes, como mis
maestros, les interese
ver cómo ha evolucionado
mi trabajo.
Desde luego, yo
mismo no puedo competir
con la aceptación que
tuvo aquella pieza y por
ello me siento en paz
conmigo mismo, además de
que siento que mi obra
todavía logra proponer
ideas.
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"Todo lo que
usted necesita
es amor", 1975 |
En lo sugestivo que
resulta lo que se expone
en Villa Manuela, tiene
mucho peso la
titulación. Si
despojamos a las piezas
de Flavio Garciandía de
los títulos, ¿cuánto de
esa irreverencia que Ud.
mencionaba pudieran
comunicar las obras?
La creación
artística se trata de
libertad. En la medida
en que uno logre
trasmitir un espíritu de
libertad absoluta en el
momento de la creación,
el propósito de la obra
se logra. El arte es un
elemento de liberación
para las personas. Es
básicamente espiritual,
porque cuando se admira
una obra que impacta, lo
que se está recibiendo,
sobre todo, es la
libertad plena que
consiguió el artista
para producirla.
Si le quitamos
los títulos a mis
pinturas ―yo no lo haría
nunca (ríe)—, y logran
trasmitir ese espíritu
de libertad, de
espontaneidad, de algo
que no tiene más
compromisos que con
ellas mismas, estará
bien, porque ese era mi
deseo.
Con título o sin
título, si la obra
expresa, además de la
libertad, la verdad y la
belleza, también estará
completa.
Fundamentalmente este
último, que es un
concepto que no ha
gozado mucho prestigio
desde el modernismo. Por
ello admiro tanto a
Matisse, cuya obra es de
una belleza “acojonante”.
No así Picasso, quien en
determinados momentos se
propuso hacer cosas
feas, recordemos, por
ejemplo, cierta
misoginia en sus
retratos de mujeres.
Pensando en esto, tengo
en mente uno de mis
títulos, que parodia una
frase de Bill Clinton
durante su campaña para
la presidencia de los
EE.UU.: “Es la economía,
estúpido”. Yo digo: “Es
la belleza, estúpido”;
llamando la atención
sobre lo que debe
importar realmente. Por
desdicha, esta noción de
belleza no es muy
popular, porque en
apariencia no representa
mucho rigor conceptual.
Para mí las artes
visuales ―ya lo dice la
propia denominación—
tienen que entrar por
los ojos. Se puede hacer
un cuadro que termine
siendo agresivo en su
planteamiento formal,
pero lo que debe
buscarse es que sea
hermoso.
Comentaba que el cuadro
ha de trasmitir
sensación de libertad.
¿En qué términos se
define este concepto
para Ud.?
Se define en los
cuadros, no podría
hacerlo con palabras.
Hay un elemento que
aparece en esta
exposición, un papelón
para que el visitante se
lo lleve, donde reuní 31
declaraciones de
derechos y 31 de deberes
del artista que aparecen
en todos los lugares
donde exhibo mis obras.
Las declaraciones no
reflejan necesariamente
lo que yo pienso, sino
que son el acopio de
ideas que están en el
aire, que se conjugan
con el elemento
provocador y anárquico,
como énfasis de la
libertad. Puedo expresar
algo con lo cual no
estoy totalmente de
acuerdo, pero que
traducen mi libertad de
declarar. El que insista
en presentarlas cada vez
que hago una exposición
tiene que ver con la
intención de que las
personas puedan
completar una visión de
mi personalidad como un
autor que no pretende
obligar a nadie a
comulgar con lo que hace
y piensa. Mi objetivo es
que se comprenda el
espíritu anárquico que
encuentra un correlato
en el sentimiento de
libertad.
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Hace unos días, en la
entrega del Premio
Nacional de Artes
Plásticas, escuchamos a
René Francisco referirse
a que la generación de
artistas que impulsó o
desarrolló su creación
en los 80 no fue en su
momento, ni lo ha sido
aún, totalmente
comprendida. ¿Qué
opinión le merece esta
idea?
Fue un momento
muy especial de la
plástica cubana, que
tuvo un hito en la
exposición Volumen I,
que no fue tan buena,
pero significaba un
cambio de actitud en la
creación artística y la
promoción. Era una
manera nueva de
enfrentar el arte y el
instante de mostrarlo.
La exposición fue muy
distinta de lo que se
había visto hasta
entonces y por ello ha
sido innegable su
repercusión en la
producción plástica
posterior, aunque quizá
los artistas jóvenes no
estén muy al tanto de lo
que ha hecho esta
generación.
Hay cosas que
resultan raras. Por
ejemplo, el cuadro que
inició el arte moderno,
“Las señoritas de
Avignon”, de Picasso,
nunca se exhibió
públicamente, hasta que
lo compró el Museo de
Arte Moderno de New York
y se reprodujo
enormemente. ¿Cómo pudo
ser tan influyente un
cuadro que no había sido
exhibido?
Sin la pretensión
de comparar, Volumen
I tuvo más o menos
un efecto parecido.
Pocos recuerdan el
contenido de la
exposición, pero no
puede negarse el efecto
que ha venido
produciendo hasta el día
de hoy.
Además de esta muestra y
la de Bellas Artes,
aparece actualmente como
artista invitado a una
exposición del Museo de
Arte Moderno de México
con igual temática. ¿Qué
vendrá después?
No lo sé. Hacer
una exposición personal
te empuja mucho para
seguir produciendo y
buscar cierta coherencia
en la forma de
exhibición. Esta se
inaugura ahora y no sé
qué pasará mañana. De
cualquier manera, el
reto se lo tiene que
trazar uno mismo,
tratando de trabajar
todos los días y que la
musa te encuentre así,
si se decide a llegar.
No planifico más allá de
pasado mañana y eso es
lo bueno, no saber lo
que vendrá, para que el
proceso creativo no se
convierta en fórmula sin
sentido. |