La Habana. Año IX.
15 al 21 de ENERO
de 2011

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Falta de pretensiones
(otro artificio de Flavio Garciandía)
Mabel Machado • La Habana
Fotos: Kike (La Jiribilla)

Con el 2010 ha concluido un importante ciclo —al menos temporal― para la historia de las artes plásticas. El centenario de la irrupción del arte abstracto, también en Cuba, se ha constituido en pretexto para la sistematización y la reunión de firmas infaltables en el panorama artístico contemporáneo, que en la década de los 80 cobró vitalidad a partir de artistas  como José Franco, Carlos García, Glexis Novoa y Flavio Garciandía. Algunas de las obras de esta generación han sido compiladas por el Museo de Bellas Artes de La Habana en exposición retrospectiva, mientas que otros espacios ofrecen la oportunidad de verificar la continuación de una parte de su quehacer creativo. La galería Villa Manuela de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba exhibe desde los últimos días de diciembre el conjunto Iba a decir algo (…pero ya se me olvidó), de Garciandía, a quien la crítica considera uno de los principales abstractos cubanos e “ideólogo” fundamental del movimiento plástico del penúltimo decenio del siglo XX en la Isla.


Foto: Pedro Luis García

Aunque el rostro de Zaida del Río en el cuadro fotorrealista “Todo lo que usted necesita es amor” (1975) ha  sido también la cara de Flavio en Cuba y el extranjero por mucho tiempo, la incursión del artista en los “insondables” terrenos del abstraccionismo lo distingue de manera definitiva, aunque, como ha apuntado la curadora Cristina Vives, en su despliegue como artista conceptual se ha alimentado de los referentes útiles en etapas diversas, que muestran a “tantos Flavios como temas y autores le ha interesado comentar”.

Por lo general, las menciones de la obra del villaclareño radicado en México hacen uso del juego con el arte en las fronteras de lo falso y lo real. No es difícil encontrarse con reseñas o artículos que aluden a “su engañoso estilo” o a su “ironía y cinismo”. Baste mencionar el díptico “Reinaldo Arenas y Raúl Martínez miden y comparan el tamaño de sus penes”, para entender por qué. El reto a la inteligencia desde la vasta cultura del artista, que también ha ejercido largamente la docencia, se afirma además en su “declaración de principios” —por llamar de algún modo al pliego con los deberes y derechos del creador que reparte en cada una de sus exposiciones―: “El derecho a banalizarlo todo (o darle importancia desmedida a cualquier cosa); cada artista debe entender que las emociones no sirven para hacer arte (o puede que sí)”.

Iba a decir algo importante…, para la cual Flavio trabajó durante un año apoyándose en un mapa, en correspondencia total con el espacio, tiene, como lo advierte el crítico Juan Antonio Molina en las notas que acompañan el catálogo, igual “carácter diversionista, distractor y subversivo”.


"Trece pintores en busca de un autor"

“La muestra es una continuidad de mi trabajo ―explica el pintor—. No significa ningún cambio sustantivo en mi línea de creación, aunque fue pensada en función del sitio. A último minuto, con mucho finalismo, hice una selección de las obras que armaban un conjunto. Después vino el título. Para mí los títulos de las obras son fundamentales. La relación de la pintura con los títulos es muy anárquica. Rara vez el cuadro nace a partir del título. Hago listas de títulos para cuando no queda más remedio que nombrar a cada una. A veces me cuesta más poner el título que pintar un cuadro. El título denota una falsa falta de pretensiones porque, en realidad, intento pintar el mejor cuadro posible. Aunque en apariencia engañosa, esta manera de titular forma parte de mi relación con el trabajo mismo.

El nombre de la exposición es casi un autorretrato, porque tiene un poco de humor y un poco de irreverencia hacia mí mismo. El libro antológico que se produjo hace dos años, Yo insulté a Flavio Garciandía en La Habana, se ubica en la misma cuerda del humor, como lo hace Iba a decir algo muy importante (…pero ya se me olvidó). Es mi actitud frente a mi propia obra, en el sentido de que no hay nada demasiado importante, que en realidad lo único que debe interesar es la pintura misma. El hecho de que yo haga una obra básicamente abstracta quiere decir que toda ella es autorreferencial, que apela a la propia pintura y al proceso de crear”.

Por lo que dice de los títulos y las listas, ¿a la hora de crear, piensa en conformar series más que en cuadros individuales?

En esta exposición, por ejemplo, hay una instalación (entre comillas) de cuadros pequeños, que se llama 13 pintores en busca de un autor, que se incluye dentro de la estética general de mi obra, porque o creo que ―en mi caso― el estilo es una construcción, no algo orgánico que permite decir “esto es lo que pinta Flavio Garciandía”. Esta pieza invoca a 13 artistas abstractos que pintan diferente y andan buscando un autor, aunque el hecho de que sean 13 obras distintas niega el sentido de autoría. Es una negación por afirmación. Incluso, yo he dedicado series de obras que son homenajes a los artistas que resultan más paradigmáticos para mí y las titulo a casi todas con la misma “norma”, como “Yo insulté a John Baldessari en La Habana”. Casi siempre, cuando hago una exposición, la nombro a partir de artistas locales, como ocurrió con esta última en Los Ángeles. Fue un homenaje y a la vez una mentira, porque este artista nunca estuvo en La Habana; pero es una manera bastante paradójica de homenajear a quienes admiro.

Se refería a la instalación, ¿el número 13 tiene algún sentido particular, fatídico?

No (Ríe), aunque me gusta el 13. El número tuvo que ver con el momento de seleccionar los cuadros. Yo había pintado muchos más, y me decidí a dejarlo en esa cantidad que normalmente asociamos con la mala suerte. A pesar de que las obras buscan un autor, no hay nada de superstición ni de fatalismo en ello.  


"La suite del diversionista"

Los artistas a los que llama “paradigmáticos”, lo acompañan a menudo, incluso en las palabras que escogió para el catálogo de la muestra. También en el plegable, Juan Antonio Molina habla de esta referencia suya a la pintura dentro de la pintura misma. ¿Cómo se explica la obsesión por los referentes, por los grandes pintores, por encontrar el camino de la creación en constante diálogo con otras fuentes?

En un sentido convencional, mi obra es básicamente posmoderna. Aunque todo lo que se hace ahora es literalmente posmoderno, considero que la mía lo es en gran medida, porque sus elementos fundamentales tienen que ver con la parodia y la cita. Casi toda mi obra se construye a partir de homenajes a otros artistas. No son homenajes serios, pues yo simulo, refiero, me apropio de la obra de aquellos y trato de construir la definición de mí mismo como creador, el cómo situarme en mi contexto a partir del legado de los grandes. Esos en los que me he interesado, me definen como autor.

De estos que incluyó en Iba a decir algo…, Renoir, Matisse, entre otros, ¿qué lo provoca específicamente?

La exposición se hace acompañar de un pequeño texto que contiene anécdotas muy bellas y conmovedoras que implican a los pintores. Al final digo que cuando sea grande quiero ser pintor, como una manera de creer que estoy empezando y de jugar con el azar para lo que vendrá luego.

En el caso de estos que cito en el catálogo, el que más me interesa es Matisse. En él hay un énfasis en el color, que también es el elemento fundamental de mi obra, lo que ofrece identidad, particularidad, continuidad.

La anécdota sobre Matisse, que cuenta cómo la gente lo aplaudía al pasar por una plaza de París, es real y emocionante. Pero no solo quise referirme al éxito, sino a la angustia del artista, como la de Picasso, quien sufría grandes crisis de creatividad y no salía de la cama cuando aquello lo atormentaba. Nadie imagina que Picasso pudiera haber tenido crisis alguna, todo el mundo imagina que fue una máquina de producir, pero sus agonías fueron una parte fundamental de todo el proceso. Del asunto de ser pintor me gustan tanto los momentos de fluidez como los de crisis, en los cuales uno se hace las preguntas más atormentadoras.

¿Y en sus momentos de crisis, cuáles son las señales, los chispazos que llevan a la salida?

Casi siempre tiene que ver con lo que decía Hemingway de “la gracia bajo presión”. Cuando estoy absolutamente presionado con la fecha de entrega de una obra o una exposición, en el último minuto, de madrugada a veces, agarro la idea.

Es interesante lo que menciona sobre el trabajo bajo presión, porque  veces, frente a los cuadros, se piensa que la creación es un proceso reposado, donde el artista ha tenido todo el tiempo del mundo para echar a volar su imaginación…

En cierta forma es así, a veces se trabaja con intensidad y uno queda muy contento con el resultado. A ello hace referencia uno de los títulos de esta exposición: “A veces me siento muy inspirado, pero de pronto se me pasa”. También puede suceder que al día siguiente uno entre al estudio aterrorizado porque sabe que lo que hizo no sirve y habrá que empezar otra vez. Es muy gratificante si al final uno va consiguiendo resultados, pero de todas maneras casi siempre, el proceso viene acompañado de mucha tensión.

Con la edición reciente del libro Yo insulté a Flavio Garciandía en La Habana, puede arribarse a un conocimiento bastante completo de lo que ha sido su carrera. Llegado ese momento, que de seguro le ha permitido volver a mirar lo hecho, ¿cómo describe su trayectoria más reciente, el instante actual de su obra?

Ha sido un poco inquietante, porque el libro que mencionas recoge alrededor de 40 años de trabajo. Yo, que tengo 56, me pongo a mirarlo y digo: “esto es lo que hay, no puedo empezar por ninguna parte”. Hay períodos que me gustan más, porque los siento más completos, más logrados, y otros que no me satisfacen para nada. Entonces, me doy cuenta de que se impone el grandísimo reto de seguir adelante, porque lo que importa a cualquier tipo de creación, generalmente no son los resultados, sino la constancia y la capacidad de superación.

Yo insulté a Flavio Garciandía… tuvo un largo proceso de edición durante tres años junto con Cristina Vives, luego de los cuales tuve que preguntarme obligatoriamente qué vendría después. Pero no me detuve… y ahí vamos.

Sabemos que el público persigue y valora positivamente su trabajo. Pero, ¿no resulta inquietante o paradójico que la mayoría lo reconozca por un período o por una obra en específico?

Por muchos años tuve una relación de amor-odio con el cuadro “Todo lo que usted necesita es amor”, que se encuentra en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes. En las exposiciones organizadas por esta institución en el exterior han incluido siempre este cuadro y no otros, a pesar de que poseen una enorme colección de mi obra en todas las etapas. Muchas personas han llegado a reprocharme porque antes pintaba “bonito” y ahora hago cosas “horribles”.

Sin embargo, a raíz de la publicación del libro me he reconciliado bastante con él. Las percepciones que me han llegado son extrañas, contradictorias: hay personas que lo ven como realismo socialista ―en cierta forma lo fue—, pero hay otros que lo califican como un cuadro hippie, porque su espíritu es el de “peace and love”. Aunque al principio me preguntaba cuándo superaría el “estigma” de esta pintura, a través de los años he entendido que es válido que cierto público simpatice con una parte de mi obra y el resto con una diferente o con ninguna. Me reconforta que a los artistas jóvenes y a los no tan jóvenes, como mis maestros, les interese ver cómo ha evolucionado mi trabajo.

Desde luego, yo mismo no puedo competir con la aceptación que tuvo aquella pieza y por ello me siento en paz conmigo mismo, además de que siento que mi obra todavía logra proponer ideas.


"Todo lo que usted necesita es amor", 1975

En lo sugestivo que resulta lo que se expone en Villa Manuela, tiene mucho peso la titulación. Si despojamos a las piezas de Flavio Garciandía de los títulos, ¿cuánto de esa irreverencia que Ud. mencionaba pudieran comunicar las obras?

La creación artística se trata de libertad. En la medida en que uno logre trasmitir un espíritu de libertad absoluta en el momento de la creación, el propósito de la obra se logra. El arte es un elemento de liberación para las personas. Es básicamente espiritual, porque cuando se admira una obra que impacta, lo que se está recibiendo, sobre todo, es la libertad plena que consiguió el artista para producirla.

Si le quitamos los títulos a mis pinturas ―yo no lo haría nunca (ríe)—, y logran trasmitir ese espíritu de libertad, de espontaneidad, de algo que no tiene más compromisos que con ellas mismas, estará bien, porque ese era mi deseo.

Con título o sin título, si la obra expresa, además de la libertad, la verdad y la belleza, también estará completa. Fundamentalmente este último, que es un concepto que no ha gozado mucho prestigio desde el modernismo. Por ello admiro tanto a Matisse, cuya obra es de una belleza “acojonante”. No así Picasso, quien en determinados momentos se propuso hacer cosas feas, recordemos, por ejemplo, cierta misoginia en sus retratos de mujeres. Pensando en esto, tengo en mente uno de mis títulos, que parodia una frase de Bill Clinton durante su campaña para la presidencia de los EE.UU.: “Es la economía, estúpido”. Yo digo: “Es la belleza, estúpido”; llamando la atención sobre lo que debe importar realmente. Por desdicha, esta noción de belleza no es muy popular, porque en apariencia no representa mucho rigor conceptual. Para mí las artes visuales ―ya lo dice la propia denominación— tienen que entrar por los ojos. Se puede hacer un cuadro que termine siendo agresivo en su planteamiento formal, pero lo que debe buscarse es que sea hermoso.

Comentaba que el cuadro ha de trasmitir sensación de libertad. ¿En qué términos se define este concepto para Ud.?

Se define en los cuadros, no podría hacerlo con palabras. Hay un elemento que aparece en esta exposición, un papelón para que el visitante se lo lleve, donde reuní 31 declaraciones de derechos y 31 de deberes del artista que aparecen en todos los lugares donde exhibo mis obras. Las declaraciones no reflejan necesariamente lo que yo pienso, sino que son el acopio de ideas que están en el aire, que se conjugan con el elemento provocador y anárquico, como énfasis de la libertad. Puedo expresar algo con lo cual no estoy totalmente de acuerdo, pero que traducen mi libertad de declarar. El que insista en presentarlas cada vez que hago una exposición tiene que ver con la intención de que las personas puedan completar una visión de mi personalidad como un autor que no pretende obligar a nadie a comulgar con lo que hace y piensa. Mi objetivo es que se comprenda el espíritu anárquico que encuentra un correlato en el sentimiento de libertad.

Hace unos días, en la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas, escuchamos a René Francisco referirse a que la generación de artistas que impulsó o desarrolló su creación en los 80 no fue en su momento, ni lo ha sido aún, totalmente comprendida. ¿Qué opinión le merece esta idea?

Fue un momento muy especial de la plástica cubana, que tuvo un hito en la exposición Volumen I, que no fue tan buena, pero significaba un cambio de actitud en la creación artística y la promoción. Era una manera nueva de enfrentar el arte y el instante de mostrarlo. La exposición fue muy distinta de lo que se había visto hasta entonces y por ello ha sido innegable su repercusión en la producción plástica posterior, aunque quizá los artistas jóvenes no estén muy al tanto de lo que ha hecho esta generación.

Hay cosas que resultan raras. Por ejemplo, el cuadro que inició el arte moderno, “Las señoritas de Avignon”, de Picasso, nunca se exhibió públicamente, hasta que lo compró el Museo de Arte Moderno de New York y se reprodujo enormemente. ¿Cómo pudo ser tan influyente un cuadro que no había sido exhibido?

Sin la pretensión de comparar, Volumen I tuvo más o menos un efecto parecido. Pocos recuerdan el contenido de la exposición, pero no puede negarse el efecto que ha venido produciendo hasta el día de hoy.

Además de esta muestra y la de Bellas Artes, aparece actualmente como artista invitado a una exposición del Museo de Arte Moderno de México con igual temática. ¿Qué vendrá después?

No lo sé. Hacer una exposición personal te empuja mucho para seguir produciendo y buscar cierta coherencia en la forma de exhibición. Esta se inaugura ahora y no sé qué pasará mañana. De cualquier manera, el reto se lo tiene que trazar uno mismo, tratando de trabajar todos los días y que la musa te encuentre así, si se decide a llegar. No planifico más allá de pasado mañana y eso es lo bueno, no saber lo que vendrá, para que el proceso creativo no se convierta en fórmula sin sentido.

 
 
 
 


GALERÍA de imágenes

Iba a decir algo muy importante (...pero ya
se me olvidó)

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.