|
En medio de la
distinción del café Las
Antillas, ubicado en el
Prado, un grupo de
escritores, artistas,
poetas, dialogan con el
ánimo febril de los que
recién comienzan una
bohemia trasnochada. Son
noctámbulos al centro de
una ciudad que anochece
entre la realidad
tiránica de Batista y el
rutilante american
way of life de la
burguesía habanera;
entre los gritos de las
cantantes en night
clubs y los de los
torturados en los
calabozos de la
policía.
Antonio Vidal, Hugo
Consuegra, Guido Llinás,
Tomás Oliva, Joaquín
Texidor, Pedro de Oraá,
Rolando Escardó,
Baragaño, entre otros
creadores, conversan,
inagotables, como si en
cada intercambio se les
fuera una juventud
irrepetible. Cuarenta y
cinco años después esta
escena es una
instantánea, evocada por
algunos de ellos en
entrevistas para
publicaciones culturales
o incluso citada en sus
propias memorias. Pero
los suyos son recuerdos
opacados por el paso del
tiempo, que les impide
precisar qué dijeron en
aquellos, sus
despreocupados
encuentros de los cafés
Las Américas, Las
Antillas o,
posteriormente, en la
propia casa de Raúl
Martínez.1
|

Raúl Martínez.
S/T. Óleo s/
lienzo. 1958 |
En verdad aún queda
mucho por conocer,
valorar e investigar —se
trata de una etapa del
arte cubano solo
conocida por los textos
publicados de Edmundo
Desnoes, Adelaida de
Juan, Graziella
Pogolotti y Pedro de
Oraá—2
acerca de los escultores
y pintores que se
agruparon en torno a un
nombre, Los Once,
y a una ruptura para la
plástica insular: el
informalismo.
Quizá sea la década de
los 50 una de las más
efervescentes e
inquietantes de la
cultura moderna insular.
Recuérdese la fundación
de la renovadora
Sociedad Nuestro Tiempo
(1951), a la que se
vincula lo más avanzado
de la intelectualidad de
izquierda, en un
panorama político que se
agudizará cruelmente por
el golpe de Batista un
año después. El
surgimiento de la
revista homónima que
antecede a la
publicación de Ciclón
(1955).
La unidad de lo más
progresista de la
intelectualidad cubana
halló, entonces, su
máximo exponente en la
exhibición Plástica
Cubana Contemporánea en
los salones del Lyceum
(donde también se
ofrecieron dos
conciertos de música
vanguardista). Conocida
como Antibienal por su
oposición a la Bienal
Hispanoamericana de
Arte, muestra oficial
con auspicio franquista
y batistiano, la primera
fue convocada por lo más
preciado de la
intelectualidad
artística y literaria
que cerró filas en
contra del dictador; en
estas estaban
integrantes del grupo
Los Once.
3
Se agruparon sin
manifiestos ni programas
expresos los artistas
Hugo Consuegra, Agustín
Cárdenas, José I.
Bermúdez, René Ávila,
Francisco Antigua, Fayad
Jamís, Guido Llinás,
Tomás Oliva, José
Antonio Díaz Peláez,
Antonio Vidal, Viredo
Espinosa. Estaban
poseídos de una misma
inquietud generacional,
una ética común de
respeto hacia los
creadores reconocidos
(Mariano Rodríguez,
Amelia Peláez, René
Portocarrero, Diago),
pero con los que ya no
se sentían afines
(excepto con relación a
Lam); para ellos aquella
estética estaba agotada
en los excesos de la
sensualidad cromática y
en la representatividad
de los temas urbanos y
domésticos; lo suyo era
la transgresión en un
arte que no invocara los
referentes sino la
densidad del signo y la
absoluta libertad del
gesto.
Es una década de auge
para el informalismo en
el mercado de arte
internacional, sobre
todo en Norteamérica,
centro de arte
occidental después de la
II Guerra Mundial. En
1957, Clement Greenberg,
relevante crítico de
arte norteamericano,
sitúa el origen y
describe el
desplazamiento meridiano
de la capital del arte
de Francia a los EE.UU.:
“Alrededor de 1940, la
calle Ocho ya se había
puesto al día con París,
mientras que esta ciudad
no se había puesto al
día consigo misma, y
varios artistas
estadounidenses
relativamente
desconocidos ya poseían
la cultura pictórica más
completa de la época”.4
Los artistas cubanos
estaban influidos por el
informalismo de Nueva
York, aún reciente, lo
que implicaba uno de los
desfases más breves que
pudieran constatarse en
la asimilación de los
ismos de la
mainstream en la
Isla (y probablemente en
Latinoamérica). Sin
embargo, ellos
readecuaron los
fundamentos emocionales
del expresionismo
abstracto a su
modernidad periférica;
así, más que la
elocuencia física,
temporal, del acto
creador en sí, le
otorgaron trascendencia
a los signos gráficos y
a lo matérico en la
obra.
En un momento clímax
para la tendencia en el
mercado de arte mundial
(Europa, EE.UU. y
Japón), ninguno de los
abstractos cubanos pudo
vivir de su arte,
teniendo que hacerlo de
oficios y profesiones
que ejercían
paralelamente al hecho
de crear.
Solo fueron una exacta
oncena de artistas en
una exposición: “Once
pintores y escultores”
en La Rampa (18 al 28 de
abril de 1953), en la
que el crítico Texidor
los marcara con el
nombre que los
identificaría. En el
resto de las
exhibiciones, en un
período de diez años,
desde la inicial
participación de algunos
de ellos en el
conservador VI Salón
Nacional de Pintura y
Escultura en el invierno
de 1953, en el
Capitolio, hasta su
última exhibición,
Expresionismo abstracto,
en la Galería Habana en
1963, intervendrán
cantidades indistintas
de artistas apuntando a
la flexibilidad y lo
circunstancial de la
participación, así como
el interés de proyectar,
más que nada, una
estilística común. Según
Pedro de Oraá, atento
participante en la
cultura plástica de la
época:
Es la conciencia de ese
hecho, la sensibilidad
de esa expresión, y no
otra cosa, lo que motiva
finalmente a los jóvenes
integrantes de Los
Once a una
autodefinición, a
despejar diferencias
internas y externas
entre ellos y acoger el
expresionismo abstracto
con plena madurez de
posesión. El grupo se
disuelve en 1955 y da
lugar a otro equipo,
reducido pero compacto
en su ejercicio y sus
propósitos.5
Así, se mantendrán en
todas las exposiciones
siempre cinco artistas:
Antonio Vidal, Raúl
Martínez, Tomás Oliva,
Guido Llinás y Hugo
Consuegra, aunados en
sus propósitos
antibatistianos, en
abierta oposición a las
instituciones
gubernamentales aliadas
a Franco y al dictador y
en una misma tendencia
creativa. Por esto, aun
cuando en la historia
del arte queden ellos
como el núcleo esencial,
en especial a partir de
mediados de la década, y
aunque aparezcan
nominalmente Los Once
mencionados en la
muestra que los nucleara
en La Rampa, no puede
reducirse el círculo a
solo estos expositores.
Pedro de Oraá especifica
el hecho:
“Bien pudieron
pertenecer al grupo,
porque pensaban o
sentían lo mismo —sumo
crédito de cercanía y
vínculo—, artistas como
Antonia Eiriz, Tapia
Ruano, Zilia Sánchez,
Agustín Fernández, entre
otros... Acéptese o no,
rige de algún modo lo
azaroso en los hechos y
criterios que deciden la
formación de un
conglomerado artístico.”6
|

Hugo Consuegra.
“La noche del
contrabandista”.
Óleo s/ lienzo.
1958. |
En el camino de la
década de los 50 los
artistas abstractos
padecieron mucho más que
embestidas de la
crítica; en especial,
sufrieron los intentos
de división del gobierno
batistiano que, a través
del Instituto Nacional
de Cultura, ofrecía
becas y puestos para
dispersar a creadores
tan bien aglutinados. En
una declaración del año
56, firmada por 23
artistas, estos decían:
“No podemos admitir que
las raquíticas y
arbitrariamente
repartidas becas que
funcionan, sean la
solución a la
problemática planteada”.7
Y no solo fueron los
sobornos, ni la ausencia
de una economía para
vivir de su arte, sino
también la diatriba
ideológica contra un
arte no figurativo lo
que actuó,
increíblemente, como
enjuiciamiento desde
posiciones distantes
entre sí, y que llegaron
a ensombrecer la lucidez
de intervenciones
habitualmente
magistrales —es el caso
de la “Conversación con
los pintores abstractos”
de Juan Marinello—; o,
en otro sentido, la
tesis sostenida en 1959
por Roberto Fandiño en
la Revista Nuestro
Tiempo, al expresar
en un artículo que la
abstracción fue la mejor
cobertura cultural para
el gobierno de Batista.
Según él, esta “evitaba
que al desarrollarse las
ideas estéticas en
nuestro medio, surgieran
otras tendencias capaces
de encauzar la protesta
o de formar una
conciencia”. La prosa
aguda de Graziella
Pogolotti guía la
necesaria respuesta a
esta acusación: “Con
esas palabras, y sin
quererlo, Roberto
Fandiño atribuye al
gobierno de Batista una
política cultural. Lo
que nunca existió...” Y
más adelante añade:
“Recuerde el amigo
Fandiño que en la
Exposición Homenaje
a Martí —conocida en los
medios artísticos como
Contrabienal— organizada
en los salones del
Lyceum, los cuadros de
pintores abstractos se
encontraban en franca
mayoría...” y enfatizar
más adelante en el eje
del generalizado error
conceptual: “Sobre todo
no confundamos cultura
comprometida, cultura
militante, con la
cultura concebida como
portavoz, como
instrumento de
propaganda...”8
A 46 años de la
exposición que los
identificara como Los
Once, se hallan
viviendo en la Isla
cuatro artistas que
integraron la
abstracción: Agustín
Cárdenas, quien marchó a
Francia para desde allí
realizar una de las
obras más significativas
de la escultura cubana
de todos los tiempos,
inspirada en la negritud
y situada en la
abstracción, lo que sin
duda constituyó un
enlace con el concepto
primigenio de escultura
moderna que buscó sus
fuentes en las formas
africanas, y artista que
recibió en 1997 el
Premio Nacional de las
Artes Plásticas.9
Antonio Vidal, quien
exhibiera su obra en
todas las muestras
nucleadas por los
pintores abstractos
dentro y fuera de Cuba.
Salvador Corratgé, que
participara en una
exposición antecesora a
la del grupo Los Once
(en Nuestro Tiempo,
febrero de 1953) y que
luego no se integrará a
grupo alguno hasta
formarse el de Diez
Pintores Concretos,
ejemplo de una fase más
analítica de la
abstracción en Cuba. Y
Pedro de Oraá, también
participante de esta
agrupación. Ellos pueden
ofrecer sus propias
visiones y vivencias
acerca de este
movimiento.
Será, pues, el propio
Antonio Vidal, pintor
que ya siempre aparecerá
en nuestra historia del
arte por su obra y
vinculación con la
rebeldía estética de los
50, y reconocido
profesor de la Escuela
Nacional de Arte, a
quien sus antiguos
alumnos recuerdan como
una personalidad más
bien hermética y, a la
vez, un educador
exigente en cuanto al
resultado creador, quien
primero nos dé su
testimonio:
―”Los Once fueron
el resultado de un
encuentro generacional.
Nos agrupamos porque al
ser jóvenes queríamos
romper con lo que nos
antecedía. Éramos un
grupo de idealistas que
creábamos un arte que no
se vendía y que,
entonces, no le
interesaba a la mayoría
de la gente.
“En realidad, cada uno
de nosotros había
trazado su propio
camino, sin que nos
pusiéramos de acuerdo,
pues nunca hicimos un
manifiesto, ni nos
autodenominamos Los
Once.
“Eso sí, teníamos ideas
parecidas sobre la
creación porque en el
fondo lo que queríamos
era hacer otro arte,
diferente al que hacían
Portocarrero,
Mariano..., de quienes
éramos amigos. Estábamos
influidos por la pintura
norteamericana que
algunos conocíamos por
las revistas Goya
y Art News.
Luego, en la práctica,
nos fuimos reduciendo
hasta alcanzar la cifra
de cinco que éramos muy
afines: Hugo Consuegra,
Guido Llinás, Raúl
Martínez, Tomás Oliva y
yo.
“Raúl se integra después
a Los Once, pues
anteriormente había
viajado a los EE.UU. a
estudiar a la Escuela de
Diseño de Chicago, una
especie de Bauhaus.
“Sin embargo, ninguno de
nosotros podía vivir del
arte y por tanto
dedicarnos solo a este.
Yo, por ejemplo, tenía
que trabajar la
publicidad en una
empresa norteamericana.
“Compartíamos nuestras
reuniones entre la casa
de Raúl Martínez y el
café Las Antillas,
adonde iban escritores,
poetas, artistas.
Recuerdo a Luis Marré,
Pedro de Oraá, Baragaño;
Padilla iba poco (por
cierto, era muy
jactancioso) y Escardó
que, cuando aquello,
siempre estaba pasando
hambre.
“Comenzamos a exponer y
llegamos a exhibir en la
galería más prestigiosa
en La Habana que era el
Lyceum. Allí nos
reunimos y dijimos que
no pensábamos exponer en
la Bienal franquista,
porque si Franco era un
dictador, también lo era
Batista e hicimos la
Antibienal.
“En la historia de vida
de Los Once hubo
artistas más serios que
otros y sucedieron
anécdotas curiosas. José
I. Bermúdez, por
ejemplo, solo participó
en la primera
exposición, luego se
marchó para Washington.
lmagínese si no sería
abstracto que era
cubista y tenía el
criterio “loco” de que
tenía que pasar por
todas las etapas de la
pintura para llegar a la
abstracción. Luego Guido
Llinás lo convenció de
que aquello que se
proponía era
innecesario.
|

Guido Llinás.
S/T. Óleo s/
lienzo. 1958 |
“También había un pintor
que se llamaba Viredo,
para mí sin la calidad
suficiente. En una
exposición de Bellas
Artes se apareció con un
cuadro en el que hubiera
sido necesario poner
debajo un letrero que
dijera: “Ojo, pinta”,
porque imagino que lo
había terminado de
pintar el día anterior,
y lo rechazamos.
“Para mí hay tres
pintores predilectos:
Wifredo Lam, Amelia
Peláez y Antonia Eiriz.
“En aquella época
hicimos una exposición,
un poco para fastidiar,
en el Círculo de Bellas
Artes. Era como meternos
en la cueva más
académica de aquel
momento. Muchos nos
criticaron. Oraá, que lo
percibió, lo calificó
después en su artículo
como lo que era, una
boutade.”10
Salvador Corratgé, por
su parte, ofrecerá su
propio y peculiar
testimonio. Artista con
una obra polifacética en
la que se halla pintura,
dibujo, diseño,
fotografía, orfebrería,
cerámica, serigrafía, ha
tenido una labor no solo
extensa por el cultivo
de tantas
manifestaciones, sino
intensa por su
participación en gran
número de significativas
exposiciones colectivas.
Corratgé acaba de
celebrar su aniversario
60 con dos exposiciones,
una en la galería
Teodoro Ramos Blanco y
otra más reciente en el
Centro de Prensa
Internacional. Él nos
presenta su visión muy
personal, biográfica e
inédita de los inicios
de Los Once y del
surgimiento del momento
más intelectual de la
abstracción cubana.
“El grupo de pintura
abstracta que acabó en
la denominación de
Los Once (porque
fueron los que se
quedaron) comenzó con un
proyecto que se gestó
con Joaquín Texidor y
Roberto Diago; este iba
a llamarse los 23 y
medio, pues éramos
23 pintores y el medio
sería Texidor, crítico
de arte que nos había
aglutinado, él iba a
hacer el lanzamiento y
la promoción.
“Como siempre que se
trata de grupos grandes,
surgen divergencias, en
este caso no estéticas
pues éramos abstractos,
pero empezaron a surgir
discusiones tontas,
criterios diversos,
entonces el grupo
comienza a disolverse y
queda en el de los
trece; se hizo luego la
exposición de los quince
pintores en Nuestro
Tiempo en febrero de
1953. De ahí yo salgo
del grupo.
“Los artistas estábamos
unidos; mayoritariamente
procedíamos de una
extracción humilde,
algunos estábamos
estudiando, otros venían
de provincias. Este, por
cierto, no era el caso
de Hugo Consuegra,
estudiante de
arquitectura, ya casi
graduado; él quiso
organizar el grupo,
delimitarlo, comenzó a
valorar a los artistas y
creo que incidió, según
mi criterio, en la
práctica, en el
desmembramiento del
grupo.
“De los 23 y medio
se marchan unos dos o
tres artistas; entonces
Texidor insiste y
plantea que no se les
pondrá ese nombre sino
el de Irun (lugar de
nacimiento de un
escultor catalán
abstracto de fama) y que
se
quedarían los que
desearan hacerlo dentro
de esta intención
grupal, pero esta idea
tampoco cuajó y así cada
uno fue tomando su
rumbo. Y según mi
opinión, es Hugo el que
crea prácticamente el
grupo de los quince, que
expondrían en febrero de
1953 en la Sociedad
Nuestro Tiempo.
“Los 23 y medio
habíamos expuesto una
sola vez en una Feria
del Libro que se
celebraba en aquella
época en el Parque
Central de La Habana,
porque no teníamos
auspiciadores; en aquel
momento, Cultura no nos
daba nada, y toda
organización de muestras
era un desastre en
aquellas condiciones.
Recuerdo en el parque
lugares donde no
teníamos ni paneles;
solo había stands
para poner los libros y
los grabados del Taller
de la Asociación de
Grabadores que dirigía
Carmelo González.
Recuerdo también cómo
tuve que ir a la jarcia
en Matanzas a buscar
sogas regaladas para
poner una tendedera de
una palma a otra y de
ahí colgar los cuadros.
Eso no duró nada porque,
como no nos querían
dejar exponer, un día
llegó la policía a
levantarnos aquello.
“Creo que Hugo
Consuegra, integrante de
Los Once, es un
gran pintor, pero yo
tenía divergencias con
él y aunque nos
tratábamos, nunca
tuvimos las mejores
relaciones, por lo que
me marcho del grupo.
“En los años 46 y 47
expuse en Bellas Artes
por primera vez dos
cuadros, eran dos
desnudos. En el 48,
cuando se celebró el
Salón Anual de Pintura
en el Centro Gallego,
envié obras, entonces
trabajaba con influencia
de Rouault. Después
Diago, que fue mi gran
asesor, junto con
Texidor, me hacen ver
que lo figurativo no
presupone una libertad,
que la figura es arte en
sí y no hay que
mimetizarla. Me convertí
en antiacadémico,
aunque, cosa curiosa,
Diago era profesor de la
escuela de bellas artes
de Matanzas.
“Nosotros conocimos la
abstracción también por
revistas. Aquí llegaba
una revista literaria,
Saker-ti, con
ilustraciones
informalistas. Además
había artistas que
podían viajar. Luis
Martínez Pedro, por
ejemplo, tenía una
biblioteca fabulosa
porque había estudiado
en los EE.UU. Nosotros
nos nutríamos de lo que
nos interesaba de
aquella y estábamos
actualizados también por
la revista Art News.
“En aquel momento yo
trabajaba en el
periódico Información
como aprendiz de
linotipista, y allí
llegaban muchas
publicaciones que
consultaba.
“En aquella época solo
vivían del arte los que
se dedicaban al
magisterio como era el
caso de Carmelo
González, que era
profesor de grabado, del
escultor Roberto
Estopiñán, que trabajaba
con Juan José Sicre.
Ellos tenían posiciones
económicas favorables,
pero era una minoría.
“El día que se vaya a
buscar una piedra
angular para ubicar el
movimiento de los
creadores más
progresistas de los 50
hay que nombrar tres
lugares que fueron
sitios claves en la
cultura nacional de
aquellos años: el Salón
Cristal (Prado y
Virtudes), Las Antillas
(también en Prado) y el
café Tupy en Consulado
entre Virtudes y
Neptuno, sitio, por
cierto, donde hacían un
café muy especial.
“Luego nos reuníamos
también en casa de Loló
Soldevilla. Ella fue una
mujer que nos ayudó
mucho económicamente a
todos. Era consejera
cultural de Cuba en
Francia; cuando el golpe
de Estado regresa a Cuba
con una gran fuente de
información. Vino
cargada de libros y a
través de ella, los que
no teníamos
posibilidades, a
diferencia de Martínez
Pedro y Sandu Darie —que
se carteaban con los
movimientos franceses
contemporáneos—, nos
pusimos al día. Loló
trajo reproducciones de
Vassarely y de otros
pintores concretos, ella
misma creaba pintura
geométrica, y cuando nos
empieza a mostrar los
catálogos, a hablarnos
del movimiento que había
en París, muchos de
nosotros nos interesamos
y yo me apasioné por
este estilo de pintura.
“Si bien es cierto que
Diago me hace romper con
la figuración de Ponce,
de quien era un amante y
me lleva por el camino
de la abstracción, junto
a Texidor, también lo es
que Loló, por su
influencia, me abre la
vía de lo concreto en el
arte.
“Posteriormente, y ya a
fines de los años 50,
con su apoyo y con la
ayuda de Texidor que nos
alentó en la
constitución de un grupo
de pintura concreta, nos
dimos a la tarea de
organizarlo con Mijares,
Menocal, Rafael Soriano
(que en Matanzas estaba
trabajando por su parte
lo concreto), y nos
encargamos de seducir a
Luis Martínez Pedro
también alrededor de
esta idea e hicimos el
grupo Diez Pintores
Concretos (Loló
Soldevilla, Mijares,
Pedro de Oraá, Wilfredo
Arcay, Corratgé,
Martínez Pedro, Menocal,
Pedro Álvarez, Sandu
Darie y Rafael Soriano),
que realizó su primera
exposición en 1958.
“Posteriormente realizo
mi primer viaje a
Checoslovaquia, pues fui
a diseñar la Casa de la
Cultura Cubana en Praga,
posibilidad que
agradezco a Marta
Arjona. Fue un viaje de
ocho meses y mi
oportunidad para ver en
vivo los grandes
maestros: Picasso,
Tintoretto, Tiziano,
Lucas Cranach, entre
otros, lo que abrió mi
mentalidad.
“Comienzo a experimentar
las relaciones entre
pintura y música, sobre
todo a mi regreso de ese
país, del que traje una
cámara (que adquirí con
mis modestos ahorros).
Comencé a trabajar
experimentando con luces
de color en movimiento,
lo que luego se utilizó
para ilustrar portadas
de discos de música
contemporánea.
“Después regreso a
Checoslovaquia
nuevamente, designado
por Raúl Rosa como
agregado cultural.
Recuerdo el boom
de la cultura cubana y
la ambientación que
logramos en la Casa de
la Cultura.
“Allí continué mi etapa
de experimentación,
ayudado incluso por un
aparato que me construyó
un ingeniero que
consistía en un plástico
doble circular que con
las diapositivas se
ponía en movimiento y se
reflejaba en una
pantalla de un metro
cuadrado. En el año 65
monté mi primera
exposición de este tipo
en la que proyecté las
películas, a la vez que
música de Bach.
“Luego me caso con Pura
Ortiz, pianista, y me
adentro en el mundo de
la música
definitivamente, y de
ahí surge, unida a mi
trabajo anterior, la
idea de dibujar sobre lo
que me sugería la
música, al participar en
los ensayos y el estreno
de la Sinfonía Sexta de
Hans Werner Henze, quien
estuvo en Cuba; sobre
esto hice una exposición
con 50 dibujos en la
Galería de La Habana.
Además realicé un
experimento con el
quinteto de viento de la
sinfónica, pinté en un
cuadro, lo fraccioné;
cada músico tenía un
fragmento delante y
tocaba lo que sentía
sobre lo que percibía de
mi dibujo.
“Cuando miro hacia
atrás, me parece que ha
pasado mucho tiempo y
veo todo lo que he
hecho, creo entonces que
lo he realizado, si no
con talento, al menos
con mis posibilidades de
crear.
“Estoy muy satisfecho,
eso sí, con mi etapa
geométrica. Mi periodo
experimental con la
música fue muy bello.
Desafortunadamente
tampoco tengo ya obras.
En este sentido me
gustaría recomendar que
los pintores pueden
pasar necesidades, pero
no deberían vender nunca
todos sus cuadros que es
como vender los hijos;
te puedes hacer rico
vendiendo niños, pero
los pierdes y nunca
tienes un hijo. Hoy, por
ejemplo, prácticamente
toda mi obra está en el
extranjero,
especialmente en las
embajadas cubanas.
“En estos momentos me he
dado a la tarea de
retomar la pintura
abstracta y de
rescatarla, a través de
reproducciones
serigráficas. Lo mismo
hice con algunas piezas
que me gustaban de la
época geométrica,
serigrafías como las de
la colección El mundo
secreto de las plantas.
“En febrero de este año
expondré 15 dibujos con
el título El ojo
erótico, y una serie
de cuadros que expuse en
México en el Museo de
Arte Moderno del
Distrito Federal.
“Ya a mis 70 años me
creo con el derecho de
pintar lo que desee, y
para mí. No tengo deudas
con nadie excepto con la
Revolución, y creo haber
cumplido en estos 40
años que me he quedado
en mi país pasando
trabajos como todo el
mundo.
“Me encuentro como
cuando comencé a pintar,
dando tumbos, pasando
trabajos, y tratando de
hacer lo mejor que
puedo, quiero que lo que
haga no me avergüence
aunque lo haga con
rabia, con trabajo, con
un solo color (porque no
tenga colores). Deseo
por lo menos no
avergonzarme de eso, y
sacar el dibujo que
tengo dentro, y el
color, y olvidar.
Porque, a fin de
cuentas, la cultura la
hago yo, con mi
artesanía, mi
orfebrería, mis telas,
soy yo, como creador, el
que le doy al estado y a
la Revolución la parte
que me corresponde para
crear la cultura para el
futuro.”
11
Artista afiliado a la
tendencia, integrante
del grupo de los Diez
Pintores Concretos,
participante activo en
la vida cultural de los
50, y, posteriormente,
ensayista especializado
en el tema de la
abstracción cubana,
Pedro de Oraá nos
testimonia su percepción
y análisis del
movimiento.
“La abstracción es una
de las conquistas más
extraordinarias del
modernismo. Los artistas
abstractos cubanos
agrupados como Los
Once no tuvieron
contradicciones desde el
punto de vista estético;
estas eran de carácter
político. Ya en esa
época el grupo
manifiesta su postura de
rebeldía, incluso no
aceptó el plan 01 del
Ministerio de Obras
Públicas que pretendía
neutralizar a aquellos
muchachos, no porque
fueran abstractos, sino
porque eran insumisos.
Entonces les ofrecían
murales, la posibilidad
de adquirirles obras, y
una serie de facilidades
para que se
tranquilizaran. Por
supuesto, ellos se
percataron y no
aceptaron esto.
“La abstracción era una
de las manifestaciones
más importantes de ese
momento. A los
personeros del gobierno
no les interesaba la
prevalencia de una u
otra tendencia, lo que
querían era tratar de
anularlos desde el punto
de vista político.
Ahora, claro, el
gobierno batistiano
estaba comprometido con
una línea seudorrealista
que era la de la Bienal
Hispanoamericana. Un
caso típico era Dalí,
que estaba comprometido
con la falange española.
El grupo no le hará el
juego ni a la Bienal ni
a otra exposición que se
hace en Bellas Artes,
porque tiene su propia
línea independiente
desde el punto de vista
expresivo, y también
desde su ideología.
“Los abstractos
decidieron vencer
barreras en su camino.
Se ha mencionado el
ensayo de Juan Marinello
‘Conversación con los
pintores abstractos’,
que fue un texto con una
visión muy parcializada
de lo que era el
fenómeno de la
abstracción, no obstante
que yo aprecio
enormemente la obra de
Marinello, incluso he
escrito textos sobre él;
mas el suyo, en aquel
momento, fue un enfoque
limitado.
“La propia situación de
cerco social, al no ser
aceptada la abstracción,
pues tuvo que conquistar
un espacio, era una
dificultad, porque el
ambiente intelectual no
estaba quizá
suficientemente
preparado en Cuba para
estas manifestaciones.
“En los años 50 se
recibía prensa
extranjera, había una
posibilidad de acceso a
la información
inmediata, up today,
los pintores abstractos
necesitaban esta para
poder integrarse a
partir de su posición
estética. Creo que las
posibilidades de
adquisición de mayores
experiencias para los
pintores estaban en
relación con la
comunicación en doble
sentido, no solo la
textual (escrita,
televisiva, sino la del
movimiento, el viaje
hacia los EE.UU. y
Europa).
“La época de los 50 fue
muy bella, pienso que
romántica para nosotros.
A veces lo que hacíamos
era atravesar el
desierto, pero para
hacerlo hay no solo que
ver los espejismos sino
también inventarlos.
Creo que lo esencial
para nosotros fue esto
último.
“Considero que la
abstracción está viva,
no ha muerto, tiene una
vigencia extraordinaria
y tiene que ser así
porque es la experiencia
más original del arte
del siglo XX.”12
Notas:
1. La
autora agradece la
colaboración documental
y testimonial que la
doctora Graziella
Pogolotti brindó para el
enfoque de este trabajo.
2. Se
conoce de
investigaciones
inéditas, pero los
textos publicados son:
Edmundo Desnoes:
“1952-1962 en la pintura
cubana”, en: Pintores
cubanos, La Habana,
Ediciones R, 1962, pp.
39- 48. Graziella
Pogolotti:
“Expresionismo
abstracto”, en:
Examen de conciencia,
La Habana, UNEAC, 1965.
Adelaida de Juan: “La
plástica en Cuba en
1953” en: Pintura
cubana: temas y
variaciones, La
Habana, UNEAC, 1978.
Pedro de Oraá:
'”Trayectoria de Los
Once”, en La Gaceta,
N. 4, año 34,
julio-agosto de 1996,
pp. 22-24.
3. Cfr.
Nuestro Tiempo,
La Habana, Editorial
Letras Cubanas, 1989, p.
11.
4. Clement
Greenberg: Pintura
estadounidense.
Expresionismo abstracto,
México, Arte
Contemporáneo, AC, 1996,
p. 156.
5. Pedro
de Oraá: “Trayecto de
Los Once”. Véase
Nota 2.
6. Ídem.
7. Cfr.
Nuestro Tiempo.
Ob. cit., p. 170.
8. lbídem,
pp. 333-338 y 364-366.
9. Cárdenas
—que lamentablemente se
halla enfermo— no pudo
concedernos una
entrevista.
10. Entrevista de Carina
Pino-Santos al artista
Antonio Vidal el 11 de
diciembre de 1998.
11. Entrevista
de Carina Pino-Santos al
artista Salvador
Corratgé el 20 de enero
de 1999.
12.
Entrevista de Carina
Pino-Santos al artista
Pedro de Oraá el 5 de
febrero de 1999.
Texto
publicado en la revista
Revolución y Cultura,
N. 1/99 pp. 23-29. |