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Los que estudiamos en
las escuelas de arte
cubanas —tal vez sobre
todo en la década de los
60 y después con el
nacimiento del Instituto
Superior a finales de
los 70— tenemos la
ventaja de que las
visiones sobre las demás
especialidades nos
llegan como algo cercano
y familiar. Me explico.
En mi caso no poseo un
bagaje teórico amplio
sobre pintura, escultura
y menos en cuanto a
música sinfónica. Sin
embargo, tengo una idea
íntima, sensorial, del
proceso de preparación,
el entrenamiento que
conduce al virtuosismo o
las pifias que llevan
hasta resultados
menores. Subíamos la
escaleras de los
albergues y nuestros
pasos eran acompañados
por la entrecortada
repetición de notas de
un guitarrista que se
preparaba en la humilde
“sala de estar”; nos
sentábamos en una litera
y un amigo, compañero en
la búsqueda de novias o
frente a la bandeja del
almuerzo, nos mostraba
la cartulina o el lienzo
recién salidos de sus
manos. Los de teatro
también hacíamos a los
demás partícipes de
ensayos, entrenamientos,
tanteos.
Recuerdo un cuartico
—¿sería en el segundo o
tercer piso de aquel
edificio de Cubanacán?—
en el que se hacía un
té, con sabor a
cualquier cosa, alguna
que otra vez salpicado
de alcohol y siempre de
conversaciones,
divagaciones, sueños. La
gente de artes plásticas
o “los plásticos” —como
también les llamábamos—
llevaban la voz cantante
en aquellas tertulias.
Seguramente ahí escuché
mencionar por primera
vez al grupo de Los
Once. Y desde
entonces me conmueve la
visión, la capacidad, el
desenfado de esa pléyade
con nombre impar; la
tenacidad de ese manojo
de artistas que abrazó
la abstracción dentro
del culto al consumo, la
estética que imponía la
televisión, juguete
flamante en la Cuba de
los 50. Veo el voto por
lo fácil, lo
comprensible, lo frívolo
que proponen los más
grandes y poderosos
medios de comunicación
hoy día y admiro todavía
más a Los Once.
La vida me daría la
ocasión de conocer
—aunque menos de lo que
me hubiera gustado— a
uno de los
protagonistas. Raúl
Martínez compartió
muchos años casa y tanto
más con Abelardo
Estorino, dramaturgo
mayor, maestro, amigo
mío y de buena parte de
los jóvenes teatrólogos,
periodistas, autores
teatrales en crecimiento
que nos hemos llegado
hasta los predios de su
obra y —lo que parece
importarle más a Pepe
Estorino— hasta su
sencillo, humano,
asequible transcurrir
cotidiano. Hacia la
cómoda cocina en que
transcurren últimamente
(quiero decir hace unos
25 años) los mejores
diálogos, se pasaba por
la sala en que solía
encontrarse Raúl. He
dicho otras veces que
ese espacio, con sus
muebles de siempre, me
emociona. Ahí leían sus
obras en los duros 70
del siglo pasado
Virgilio Piñera, José
Triana, Antón Arrufat y
el propio Estorino. Pues
en esos mismos metros
saludé a Raúl,
conversamos de algo. No
mucho. Era muy
respetuoso de los
diálogos teatrales que
entablábamos los colegas
de Pepe, a unos pasos de
sus cuadros, su sonrisa,
su agradable pero
aparentemente tenue
voz.
Recientemente he leído
dos veces las memorias
de Raúl Martínez. Es un
libro ejemplar del que
podrían decirse muchas
cosas. Lección de
honradez sin golpes de
pecho, de crudeza,
sinceridad sin ánimo de
escándalo. La letra
escrita me ha permitido
conocer a ese hombre tan
trabajador, ese
diseñador de altura, del
que mi maestro de
crítica, Rine Leal,
decía algo así como:
“creo que ya escribo los
libros para disfrutar
después del diseño que
les hace Raúl
Martínez”.
Por lo demás, cultivo un
arte que —hasta en sus
versiones más
vanguardistas— puede
parecer alejado de la
idea de la abstracción.
Sobre la escena casi
siempre se habla y se
transmite o se debate.
Sin embargo, visto por
otro ángulo, nada más
abstracto que considerar
y sentir como mar un
trozo de tela pintada de
azul o ese lenguaje de
los objetos escénicos en
el que una silla es
también cama, según el
juego teatral, o hasta
caballo que sentimos
galopar si así lo quiere
el actor, tal vez en
alianza con una buena
banda sonora.
Cuesta ser artista si
desdeñas lo abstracto.
Como tenemos la certeza
de que el gran pintor
mantuvo la lección de
alta complejidad que
esgrimieron Los Once
en las otras diversas y
exitosas etapas de su
Obra. Me quedo —por
fidelidad a este género
periodístico con algo
también de
abstracto— con la medio
dulce y algo triste
sonrisa de Raúl Martínez
y con el momento en que
Los Once salieron
a relucir en aquellas
conversaciones en que el
té quemaba tanto como
las ilusiones. |