La Habana. Año IX.
15 al 21 de ENERO
de 2011

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Una sonrisa con abstracto candor
Amado del Pino • La Habana

Los que estudiamos en las escuelas de arte cubanas —tal vez sobre todo en la década de los 60 y después con el nacimiento del Instituto Superior a finales de los 70— tenemos la ventaja de que las visiones sobre las demás especialidades nos llegan como algo cercano y familiar. Me explico. En mi caso no poseo un bagaje teórico amplio sobre pintura, escultura y menos en cuanto a música sinfónica. Sin embargo, tengo una idea íntima, sensorial, del proceso de preparación, el entrenamiento que conduce al virtuosismo o las pifias que llevan hasta resultados menores. Subíamos la escaleras de los albergues y nuestros pasos eran acompañados por la entrecortada repetición de notas de un guitarrista que se preparaba en la humilde “sala de estar”; nos sentábamos en una litera y un amigo, compañero en la búsqueda de novias o frente a la bandeja del almuerzo, nos mostraba la cartulina o el lienzo recién salidos de sus manos. Los de teatro también hacíamos a los demás partícipes de ensayos, entrenamientos, tanteos. 

Recuerdo un cuartico —¿sería en el segundo o tercer piso de aquel edificio de Cubanacán?— en el que se hacía un té, con sabor a cualquier cosa, alguna que otra vez salpicado de alcohol y siempre de conversaciones, divagaciones, sueños. La gente de artes plásticas o “los plásticos” —como también les llamábamos— llevaban la voz cantante en aquellas tertulias. Seguramente ahí escuché mencionar por primera vez al grupo de Los Once. Y desde entonces me conmueve la visión, la capacidad, el desenfado de esa pléyade con nombre impar; la tenacidad de ese manojo de artistas que abrazó la abstracción dentro del culto al consumo, la estética que imponía la televisión, juguete flamante en la Cuba de los 50. Veo el voto por lo fácil, lo comprensible, lo frívolo que proponen los más grandes y poderosos medios de comunicación hoy día y admiro todavía más a Los Once

La vida me daría la ocasión de conocer —aunque menos de lo que me hubiera gustado— a uno de los protagonistas. Raúl Martínez compartió muchos años casa y tanto más con Abelardo Estorino, dramaturgo mayor, maestro, amigo mío y de buena parte de los jóvenes teatrólogos, periodistas, autores teatrales en crecimiento que nos hemos llegado hasta los predios de su obra y —lo que parece importarle más a Pepe Estorino— hasta su sencillo, humano, asequible transcurrir cotidiano. Hacia la cómoda cocina en que transcurren últimamente (quiero decir hace unos 25 años) los mejores diálogos, se pasaba por la sala en que solía encontrarse Raúl. He dicho otras veces que ese espacio, con sus muebles de siempre, me emociona. Ahí leían sus obras en los duros 70 del siglo pasado Virgilio Piñera, José Triana, Antón Arrufat y el propio Estorino. Pues en esos mismos metros saludé a Raúl, conversamos de algo. No mucho. Era muy respetuoso de los diálogos teatrales que entablábamos los colegas de Pepe, a unos pasos de sus cuadros, su sonrisa, su agradable pero aparentemente tenue voz. 

Recientemente he leído dos veces las memorias de Raúl Martínez. Es un libro ejemplar del que podrían decirse muchas cosas. Lección de honradez sin golpes de pecho, de crudeza, sinceridad sin ánimo de escándalo. La letra escrita me ha permitido conocer a ese hombre tan trabajador, ese diseñador de altura, del que mi maestro de crítica, Rine Leal, decía algo así como: “creo que ya escribo los libros para disfrutar después del diseño que les hace Raúl Martínez”. 

Por lo demás, cultivo un arte que —hasta en sus versiones más vanguardistas— puede parecer alejado de la idea de la abstracción. Sobre la escena casi siempre se habla y se transmite o se debate. Sin embargo, visto por otro ángulo, nada más abstracto que considerar y sentir como mar un trozo de tela pintada de azul o ese lenguaje de los objetos escénicos en el que una silla es también cama, según el juego teatral, o hasta caballo que sentimos galopar si así lo quiere el actor, tal vez en alianza con una buena banda sonora.  

Cuesta ser artista si desdeñas lo abstracto. Como tenemos la certeza de que el gran pintor mantuvo la lección de alta complejidad que esgrimieron Los Once en las otras diversas y exitosas etapas de su Obra. Me quedo —por fidelidad a este género periodístico con algo también de abstracto— con la medio dulce y algo triste sonrisa de Raúl Martínez y con el momento en que Los Once salieron a relucir en aquellas conversaciones en que el té quemaba tanto como las ilusiones.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.