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Cuba vive momentos decisivos para la construcción de su
futuro. Llamado a
repensarse a sí mismo,
el pueblo discute cómo
serán los ajustes que en
muchos órdenes deberán
hacerse para continuar
el rumbo hacia una
sociedad más justa y
eficiente. El debate
abarca desde los
aspectos prácticos hasta
aportaciones teóricas.
Lejos de lo que suele
suceder en otras
sociedades donde los
pensadores se
desvinculan del pueblo,
los intelectuales
cubanos han ido acotando
el camino. Tres hitos
culturales de hace medio
siglo han marcado el
carácter consciente de
esta participación: la
Campaña de
Alfabetización, el
discurso de Fidel
conocido como
“Palabras a los
intelectuales” y la fundación de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC).
En un informe del Ministerio de Cultura ante el más
reciente Pleno de la
UNEAC, se citaba a
Graziella Pogolotti
cuando en su
artículo
“Cultura, mecenazgo y
subvención”
afirmaba que: “Por su naturaleza y razón de ser el
proyecto socialista
exige garantizar el
pleno desarrollo
educacional y cultural
de los ciudadanos”. Un
texto de la Comisión
para la Proyección
Internacional de la
Cultura Cubana, leído en
el mismo Pleno reconocía
que “El proceso
revolucionario cubano
que cristalizó en enero
de 1959 y continúa su
construcción en los
últimos 50 años, tuvo
desde el primer momento
hombres y mujeres que
desde sus propias obras
reconocieron la
importancia del arte en
la construcción de una
sociedad que se propone
la emancipación de sus
congéneres”.
Ese y no otro, ha sido el sino que ha marcado el
quehacer revolucionario
en Cuba. Mientras
algunos se han mostrado
preocupados por las
posibles consecuencias
de un llamado a la
eficiencia en un sector
tan atípico, el informe
del Ministerio de
Cultura expresaba que
“en las condiciones
actuales la defensa y
preservación de la obra
cultural de la
Revolución Cubana
continuará siendo una
prioridad de nuestro
país. Hemos contado y
seguiremos contando con
el respaldo necesario
para sostener nuestra
política cultural”.
Ante la convocatoria a ser racionales con nuestros
recursos, las
instituciones de la
cultura revisan
estructuras, estudian
cuáles áreas pueden ser
autosostenibles
económicamente y cuáles
solo necesitan una
subvención parcial, pero
con la conciencia de que
“no puede faltar el
financiamiento
imprescindible para
proteger los proyectos
que marcan realmente
nuestro desarrollo
cultural. La enseñanza
artística, la defensa
del patrimonio, el
trabajo en las
comunidades, la
programación cultural y
los proyectos de nuestra
vanguardia, continuarán
siendo prioridades de la
política cultural”.
En el análisis sobre el trabajo de año que recién
concluyó se refleja que
“en medio de
limitaciones materiales
muy graves, creció la
oferta cultural y
tuvieron lugar eventos
de gran valor artístico
y literario y fuerte
impacto masivo. Puede
decirse que la cultura
contribuyó durante el
2010 a elevar la calidad
de vida de la población
cubana”.
Los integrantes de la UNEAC y creadores cubanos en
general se reconocen a
sí mismos vanguardias
del pensamiento de la
nación y como tal no
exigen privilegios
diferentes a los del
pueblo, por el
contrario, apuestan por
compartir su suerte, no
solo pautan teorías
imprescindibles que
ayuden a enrumbar el
destino de la Isla,
también se preocupan por
la praxis diaria, esa
vital que puede
desvirtuar el camino o
acertar en la diana. Así
lo han reconocido
abiertamente: “Son la
intelectualidad y los
artistas, con sus obras
y destinatarios, quienes
defienden la
personalidad cultural de
un país o una región.
Cualquier proceso social
digno respeta a sus
creadores, porque ellos
reflejan y perpetúan la
vida y la historia de
las civilizaciones, su
memoria, analizan,
filosofan, cuestionan el
presente y avizoran el
devenir de otras
épocas”. |