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Ya que la cita es a las
5 de la tarde en la casa
de María Elena Walsh, no
está mal salir con
tiempo para honrar así
la puntualidad de la que
la hora del té es sabido
arquetipo. Pero por la
impaciencia y la
celeridad del colectivo
y el risueño desgano que
provoca la idea de
repetir esa escena de
adolescencia en la que
María Elena es invitada
a tomar el té a casa de
los Bioy Casares, y
porque llega
tempranísimo, decide dar
varias vueltas a la
manzana antes de tocar
el timbre... para evitar
justamente eso y no
tener que andar
calculando la cantidad
de vueltas en función de
los minutos que restan
para que sean las 5, el
descenso se produce dos
paradas antes con la
idea de dar un paseo por
el escenario que la
Walsh ha elegido para su
último libro.
Qué mejor manera de ir
entrando en tema,
después de todo. Qué más
apropiado que hacer el
intento de divisar
detrás de los palos
borrachos del parque Las
Heras la estela de
alguno de los fantasmas
de los que ella habla en
Fantasmas en el
parque.
Fantasmas que en un
primer momento arrastran
tras de sí un pasado del
que ya no quedan
rastros, y que la
máquina del tiempo que
María Elena Walsh pone a
funcionar, descubre
entre los desaparecidos
murallones de la
Penitenciaría Nacional
que se erigía allí hasta
que en 1962 fue
demolida, pero que
también adquieren el
rostro de sus seres
queridos y la estampa de
sus propios y
entrañables difuntos,
alrededor de los cuales
se va hilando aquello
que de autobiográfico
posee este libro (que,
por cierto, es bastante)
así como su tono
crepuscular, su afán
introspectivo, sus aires
de despedida.
Mito viviente, prócer
cultural, blasón de casi
todas las infancias
―cuántos grandes han
escuchado sus canciones
siendo padres y la han
adoptado
retroactivamente―, María
Elena Walsh cumplió el
1ro. de febrero 78 años.
Y si bien se acaban de
editar por primera vez
en formato de libro sus
célebres obras de teatro
Canciones para mirar
y Doña Disparate y
Bambuco, es
Fantasmas en el parque
su verdadero regreso a
la literatura desde que
en 1990 publicó
Novios de antaño, su
primera novela.
A este libro, en el que
cuenta en clave de
ficción sus años de
niñez y su primera
adolescencia, parece
venir a completar
Fantasmas en el parque,
aunque de un modo
fragmentario y siguiendo
los caprichosos vaivenes
del recuerdo. Vaivenes
que desde nuevos ángulos
echan luz sobre momentos
clave de su biografía,
como sus tempranos
inicios en la poesía y
su acceso vertiginoso al
círculo literario que
orbitaba entre el diario
La Nación y la
revista Sur, el
padrinazgo de Juan Ramón
Jiménez y su estadía en
los EE.UU. bajo su
tutela, su viaje a París
junto a Leda Valladares
en 1952 y el inicio de
su carrera como
cantante, la muerte de
sus padres y la
conflictiva relación con
su única hermana, el
cáncer óseo que le
diagnosticaron en 1981 y
del que se curó luego de
muchos padecimientos,
junto a un larguísimo
etcétera. [...]
A las 5 en punto el dedo
índice se precipita
sobre el portero
eléctrico del edificio
de la calle Scalabrini
Ortiz y quien baja a
abrir es el escritor
Leopoldo Brizuela, amigo
de María Elena y
artífice de que ella
haya aceptado
—renuente
a dar notas por su
estado de salud― hacer
esta entrevista. Con su
cabellera blanca y esa
mirada de rayos X ante
la que de golpe uno se
siente como desnudo, y
que es atribuible a su
ojo fotográfico, Sara
Facio abre la puerta de
arriba.
María Elena está cinco
pasos más allá, con una
blusa amarilla,
visiblemente nerviosa,
sentada en la silla de
ruedas desde la que se
ha acostumbrado a
hacerles pito catalán a
sus fatigadas piernas. Y
al final del living,
cuyas paredes albergan
nutridas bibliotecas,
está la mesa dispuesta
para el té que permitirá
romper el hielo, y en
cuyo transcurso Facio
cantará sin poder
cazarle el tono ni una
sola vez una canción de
Antonio Tormo titulada
“Amemonós” ―así, con
acento al final―, cuya
letra les ha llevado
vaya uno a saber por qué
Leopoldo Brizuela.
Para el que no sepa qué
hace allí la fotógrafa
Sara Facio, quizá sea
bueno aclarar que ella y
María Elena viven juntas
desde hace casi 30 años.
Y que Sara, según se
dice en la página 63 de
Fantasmas en el
parque, es su “gran
amor, ese amor que no se
desgasta sino que se
transforma en perfecta
compañía”. ¿Para qué
seguir ocultándolo?
¿Para qué ocultar que
Sara Facio no es tanto
“el primero de los
muchos ángeles que
secundan a María Elena
Walsh” ―como dijo un
periodista en la
presentación del libro―
sino su compañera de
ruta, su pareja, al
igual que lo fueron Leda
Valladares y María
Herminia Avellaneda en
otros momentos de su
vida? Y con esto no se
peca de chismoso ni se
cae en la indiscreción.
Solo es informar que
María Elena Walsh ha
decidido hacerlo público
en Fantasmas en el
parque. [...]
Después del té, en un
cuarto contiguo donde
será posible hablar en
privado, María Elena se
acomoda de un lado del
escritorio, toma un
sorbo de agua y dice
estar lista. Antes, Sara
Facio ―que se nota que
la cuida― adelanta que
ella puede cansarse si
la charla se prolonga, y
que en ese caso habrá
que parar la entrevista.
Pero de lo que se trata
ahora es de empezar. De
hacer la primera
pregunta. Puntualmente,
una que es casi de rigor
y que la invita a contar
cómo surgió la idea de
escribir Fantasmas en
el parque.
“De mis paseos por el
parque Las Heras, que
tiene algo fantasmal
porque allí hubo una
cárcel. En algún
momento, era un
montecito en los
confines de la ciudad en
donde estaba la
Penitenciaría Nacional,
y recuerdo una temporada
que pasé en una pensión
desde cuya terraza veía
cómo los guardias
cumplían en las torres
sus rondas de vigilancia
con las armas al hombro.
Y así fue que, una vez
desaparecida la cárcel,
de la que por supuesto
no quedó ni un ladrillo
de recuerdo, como es
nuestra costumbre, quizá
porque allí hubo
fusilamientos y
quisieron borrar toda
cuota de ignominia,
persistió ese aire
fantasmal que cuando yo
iba al parque me tomaba
por asalto.
“Hace mucho que vivo en
los aledaños del parque.
Desde que me vine a
vivir a la capital, con
poco más de 20 años,
siempre viví en Palermo
o en las cercanías. Y en
aquel entonces la
Penitenciaría era ya un
lugar mítico dentro del
barrio. Mítico y
temible. Pero no temible
porque fuera a escaparse
algún criminal, aunque
es célebre la fuga que
ocurrió en 1923, sobre
la que Eduardo Mignogna
hizo una película, en la
que 14 presos huyeron
por un túnel muy angosto
que tenía más de 20
metros de largo, y en el
que uno de ellos se
quedó atascado por tener
unos kilos de más,
malogrando el escape de
los que iban detrás. El
hecho es que a nadie le
gusta vivir cerca de una
cárcel, más allá de que
esa extraña obsesión que
me dio a mí con el
parque haya tenido que
ver con perseguir sus
huellas. También con
evocar mis propios
fantasmas.
“He andado mucho por sus
veredas, y lo que quise
contar en este libro es
que me daba cuenta de
que caminaba por un
lugar lleno de
fantasmas. Los viajes en
tranvía por la calle Las
Heras con mi padre, por
ejemplo, se me aparecían
teñidos de esa pátina.
El es uno de los
fantasmas que me salían
al paso. Y hoy siento
que yo misma lo soy
también un poco.”
María Elena dice haber
escrito una historia sin
nostalgia por el tiempo
pasado. Y si bien la
ficción es una parte
importante, también allí
se deja oír una voz de
una sinceridad
despiadada.
“Ese es el problema de la
gente reservada como yo:
a la hora de hacer
confidencias, se da
cuenta de que
escribiendo es más
fácil. Y eso sucede
porque en la escritura
uno está como escondido,
no muestra la cara, y
les puede dar forma a
las ideas y a los
recuerdos como mejor le
parezca. Sin duda hay
una transformación
cuando uno sale a
escena, cuando se expone
ante los otros. Recuerdo
estar viendo a Tita
Merello tras bambalinas,
un ser chiquito y medio
pordiosero, que apenas
si tenía garbo para
caminar, y que cuando
pisaba el escenario
parecía alta y despedía
luz y era una maravilla.
Y todo porque al salir
al ruedo hay quienes se
invisten de algo que no
sabés bien qué es ni de
dónde viene. Aunque en
la escritura es
diferente.
“En Fantasmas en el
parque hay un
esconderse detrás de la
ficción, pero también
hay otra zona que es
todo lo contrario, en la
que hago strip-tease
y me digo: ‘Bueno, yo en
este libro me juego, no
tengo nada que esconder,
no hay nada que me
parezca ominoso ni
terrible’.” [...]
¿Y por qué creés que
quienes han escrito
sobre tu vida han sido
tan pudorosos a la hora
de hablar de tus amores?
Porque es una actitud
mía que se contagia. No
me gusta hablar no solo
de mis amores, sino de
cualquier otro tema
personal o íntimo. Soy
una persona pudorosa,
muy inglesa, y por eso
hay cosas de las que no
se habla.
Pero en Fantasmas
en el parque
confesás que Sara Facio
es tu gran amor y lo
hacés en el marco de una
conversación en la que
alguien habla de ustedes
como si fueran hermanas.
¿Por qué pensás que
sigue siendo tan común
confundir con otra cosa
el amor entre mujeres?
Porque es un gran tabú
que todavía existe. El
amor entre hombres está
más liberado, porque
ellos son piolas y
liberan todo en su
favor, pero a las
mujeres nos cuesta más,
y cuando nos sancionan
nos dan con todo. Con la
desaparición pública,
por ejemplo. Aunque yo
no veo mal mantener allí
una cuota de secreto. No
creo que haya que andar
ventilando las
cuestiones íntimas o
hacer de la sexualidad
una pancarta. Me gusta
lo secreto, la cosa
ambigua, porque también
es una forma estética de
mantener un estilo de
vida y un estilo de
escritura.
Si pensamos en
escritoras como Silvina
Ocampo o Alejandra
Pizarnik, cuyos diarios
fueron prácticamente
expurgados de todo
contenido homosexual
cuando salieron a la
luz, está claro que ese
tabú aún impera...
Sí, por supuesto. Y más
si se trata de una obra
de características tan
particulares como son
los diarios de una
escritora, que en el
caso de Pizarnik cayeron
en manos de un pariente
que no quiso saber nada
con que su sexualidad
quedara expuesta. Era
obvio que los iban a
censurar. ¡Si hasta
tienen terror de
mencionar el tema! Pero
una cosa es el pánico
homosexual y esa forma
terrible de
discriminación que es la
censura, y otra muy
distinta el silencio y
la reserva asumidos
voluntariamente. En este
sentido, creo que las
mujeres seguimos siendo
poco perdonadas.
Si no, decime cuántos no
verían con malos ojos
que una mujer se niegue
a la maternidad y diga:
“Me revienta ser madre y
tener hijos”. La verdad,
muy pocos. Y ahí es
donde se nota que en
nuestro país no ha
habido feminismo. O que
si lo ha habido, ha sido
una versión tímida,
blandengue,
autoencerrada por miedo,
por pudor, por lo que
sea. En países donde
existió y existe el
feminismo, se habla de
estos temas con mucha
más franqueza. Y en la
Argentina, mal que nos
pese, aún estamos lejos
de arriar la bandera del
machismo.
Cuando en el país le
llegó el turno al
general Perón, María
Elena Walsh (M. E. W.)
ya era una poeta de
renombre y sus textos
aparecían en las páginas
del suplemento cultural
de La Nación y en
la revista El Hogar.
A los 17 años había
ganado el Segundo Premio
Municipal de Poesía ―le
dijeron que era
demasiado joven para
darle el primero―, y en
1947 había publicado su
primer poemario,
Otoño imperdonable,
autofinanciado con lo
que ella extrajo de “una
alcancía en forma de
libro donde mis padres
me habían ahorrado
monedas y billetitos”.
Ese primer libro fue
celebrado nada menos que
por Pablo Neruda y Juan
Ramón Jiménez, que de
paso por Buenos Aires la
invitó a quedarse en su
casa de Maryland, en los
EE.UU., donde le
oficiaría de maestro. De
vuelta de ese viaje, en
donde alcanzó a visitar
a Ezra Pound en el
hospicio y tuvo que
padecer el mal genio de
Juan Ramón, a pesar de
lo que este la ayudó a
mejorar su poesía, María
Elena aterrizó en plena
efervescencia peronista,
con las caras de Evita y
Perón hasta en la sopa.
Y ese clima, que ella
juzgó dictatorial, poco
a poco se le hizo
irrespirable.
Como una paloma blanca
que traía en su pico una
ramita de olivo, en 1951
una carta de otra poeta,
Leda Valladares, por
entonces desterrada en
Costa Rica, le cayó con
una invitación a
seguirla en su aventura.
M. E. W., cansada de
lidiar con los celos de
sus pares y de no hallar
su lugar en el mundo,
decidió volver a partir
desoyendo los rezongos
de su madre. Leda y
María Elena se
encontraron en Panamá y
desde allí se embarcaron
rumbo a Europa en el
Reina del Pacífico,
barco cuyos días y
noches fueron testigos
de los primeros pasos de
M. E. W. como cantante.
A bordo, ella probó su
voz en zambas de
Yupanqui y los Hermanos
Abalos, en chacareras,
bagualas y vidalitas
anónimas, al son de los
instrumentos que Leda
llevaba consigo a todas
partes. [...]
“París era no solo la
universidad de los
jóvenes, sino la ruta a
la libertad individual,
a los amores extraídos
del almario ―digo bien,
almario, con palabra de
Lope―”, leemos en
Fantasmas en el parque.
‘París era la libertad;
la libertad con todo lo
que esa palabra
significa’, amplía una
María Elena a la que
recordar aquellos
tiempos le ilumina el
rostro.
“Además, pensá que acá
había dos presiones muy
grandes para cualquier
joven, y más para una
chica: una era la
familiar, y la otra la
de la sociedad en que
vivíamos. Estábamos en
una dictadura donde la
Iglesia tenía como
siempre una pata metida,
y era lógico que una se
sintiera presionada por
todos lados. Y en París,
que ni idea de estas
cosas, una podía hacer
eclosión en lo artístico
y en lo personal porque
la mentalidad era otra.
No en vano los artistas
siempre fueron a buscar
libertad a París. Algo
en lo que hubo siempre
una cuota no menor de
indiferencia, porque si
allí te dejan libre es
porque no te ven ni les
importás. Ese era un
pequeño precio que había
que pagar, y que a mí no
me costó en lo más
mínimo.”
Igualmente ese
anonimato total en París
no les duró mucho. Y
cuando volvieron a la
Argentina directamente
se esfumó, porque
enseguida se
convirtieron en
protagonistas de esa
enorme renovación del
folclore argentino que
tuvo lugar a comienzos
de los 60. ¿Te produce
nostalgia el idealismo
de esos años?
No. En general, no soy
dada a la nostalgia. Lo
único que me produce
nostalgia es no poder
vivir en un mundo un
poquito menos poblado,
donde no todo sea
multitudes y empujones.
Pero de eso en especial
no tengo nostalgia,
porque siempre
contradije la ocurrencia
de que con la poesía o
con el arte o las letras
de las canciones se
podía modificar a las
personas, inculcarles
algo, ser docentes.
Nunca me sentí atraída
por ideas como esa. Y
eso se ve en mis
trabajos para chicos, en
donde alcanza con usar
un lenguaje rico y que
los versos estén bien
medidos para cumplir con
la “docencia”. Nunca
pensé que hiciera falta
agregar moraleja al
final de una canción ni
decirles a los nenes que
se porten bien. Nunca me
interesó ponerme en el
papel de madre. [...]
¿Y por qué dejaste de
componer canciones?
Porque me pareció que
era una etapa terminada
y me di cuenta de que
trabajaba por etapas. Y
porque me dio miedo
estirar lo de los chicos
y terminar
estropeándolo. Después
me pasó lo mismo con las
otras canciones, las
canciones para adultos.
Eran etapas, series de
cosas para hacer y no
para dilatar más de la
cuenta. De hecho, tenía
el ejemplo de artistas
que iban estirando su
obra, que la iban
repitiendo con escasas
variaciones, y eso me
parecía empobrecedor y
facilista. Además, se
venía una censura
tremenda.
Fue en julio de 1978, si
mal no recuerdo, que
decidí no seguir
componiendo ni cantar
más en público. Y eso
fue el fin de una serie
de cosas que habían ido
limitando mi libertad de
expresión y la de tantos
otros. Como el día en
que iba a venir a verme
el general Videla y
alguien me hizo llegar
una amenazadora
sugerencia: “Mire que
hoy viene el general, no
cante tal canción,
¿estamos?”. Pero a decir
verdad no recuerdo
haberlo visto, creo que
al final no fue, pero sí
que habían preparado
toda la mise en scène
por si llegaba... Todo
eso fue antes del golpe.
Él era comandante de las
Fuerzas Armadas, y
entonces capaz que ni se
le cruzaba por la cabeza
llegar a presidente.
Aunque, si te digo algo,
yo ya lo veía venir nada
más que por la pinta.
Más de una vez has
tenido opiniones sobre
la vida política del
país que levantaron
polvareda. ¿Hay alguno
de esos dichos de los
que hoy te arrepientas?
No. Para nada. Al
contrario. Muchas veces
los repito y me dicen:
“Mirá, lo que vos
dijiste hace diez o 20
años ahora pasa
exactamente igual”. En
general, no me
arrepiento de nada de lo
que publiqué, porque lo
que publico pasa antes
por un tamiz. Un tamiz
mío, interior, que me
permite meditar. Y
porque escribiendo es
más difícil irse de
boca, para mí es más
improbable arrepentirme
después.
A fines de los 70
hiciste varios viajes,
¿no es cierto?
Preferirías no estar
tanto acá, me imagino...
No, no era eso. En
general he viajado todo
lo que he podido, pero
no por décadas.
Buscándome pretextos o
razones, hice varios
viajes a Europa y a los
EE.UU. El que sí
recuerdo como una huida
fue el primero, porque
ese peronismo facho no
me lo aguantaba, y
además no podía trabajar
en casi nada porque no
tenía el carnet de
afiliada al partido. Y
fijáte qué curioso:
cuando vino Madonna a la
Argentina a filmar
Evita, me mostró muy
orgullosa el carnet de
la primera afiliada a la
rama femenina del
partido. ¡Se lo habían
regalado! Ahí ves la
frivolidad, la estupidez
de la gente, la
ignorancia. Cuando en
realidad podrían
habérselo dado a alguien
que realmente se hubiera
jugado por la causa, o
ponerlo en un museo.
Pero el show
puede a todos,
evidentemente.
Se la ve cansada. Hace
un silencio. Pone cara
de circunstancia. Tose
un poco. Suspira.
“Bueno, esto iba a ser
corto, corazón. ¿Qué
entendés por corto?”
Falta un poquito.
Cinco o seis preguntas.
Si estás cansada,
paramos un rato.
No. ¡Terminemos con esta
farsa!
Sara Facio, que ha oído
desde el living,
entra a ver qué pasa.
¿Estás cansada?
Sí. He querido echarlo,
pero se resiste.
¿Le pegamos?
¡Después! Ahora dejemos
que termine.
Además de su costado
cascarrabias, en más de
una oportunidad María
Elena Walsh ha asumido
su temperamento
melancólico y cierta
inclinación a pensar en
la muerte. “Esa
tendencia depresiva que
tengo va y viene ―decía
en una entrevista―. A
veces la gente no
entiende eso. Que una
escriba para chicos y
sea así. Pero también se
espera que los cómicos
sean gente divertida. Y
he conocido a varios de
los grandes cómicos y
eran amargos y
malhumorados y
deprimidos”.
Fantasmas en el
parque es un libro
sobre la vejez y la
muerte. Un libro que
ella acepta haber
escrito al abrigo de
esos pensamientos
taciturnos que tantas
veces tiene. “La muerte
sobrevuela sus páginas
como un gran pajarraco
―dice con el tono que
acaso le pondría a la
primera frase de un
cuento de misterio―. Y
eso me hace recordar una
película de Leonardo
Favio, que no sé si
viste o si se vio,
porque él un día me la
trajo a casa, en la que
aparece un pajarraco
enorme, feísimo, que da
mucho miedo, y que si
algo queda claro es que
nos va a comer a todos.
Bueno, eso es. Eso está
en el libro”.
Algo que también está en
Fantasmas en el
parque es la
referencia al cáncer
óseo que le
diagnosticaron en 1981 y
del que se curó al cabo
de dos años de
tratamiento. Esto le
permitió a María Elena
trazar un paralelismo
entre su enfermedad y la
situación que entonces
atravesaba el país, de
un modo análogo a como
Martínez Estrada le
había atribuido al
peronismo esa extraña
enfermedad de la piel
que lo tuvo postrado
durante casi cinco años
y de la que se curó una
vez que Perón fue
derrocado.
¿Qué pensaste cuando
supiste que estabas
gravemente enferma?
Lo primero que pensé
fue: “No. Yo no. Esto no
puede ser cierto”. Y
después, cuando lo
acepté, sentí mucha
bronca, mucho fastidio.
No porque dijera: “¿Por
qué a mí?”, sino por mi
edad, por lo joven que
era. Entonces tenía 50
años... La flor de la
vida. Fue difícil de
aceptar, pero posible
gracias a los amigos, a
algún médico y al apoyo
de los que estaban
cerca.
¿Cuánto de dicha y
cuánto de infortunio ha
implicado envejecer, en
tu caso?
La dicha reside en que
uno se va desprendiendo
de ciertas
responsabilidades, de
ciertas presiones, de
ciertas angustias. Y el
infortunio es la
semiinmovilidad, en mi
caso, que es lo que me
tiene más loca, y
también el dolor. El
dolor físico es
terrible. Más allá de
que ahora existen muchos
paliativos. De hecho, me
están dando un calmante
que no sé bien qué es,
pero que hace que no me
esté quejando todo el
tiempo.
¿Qué sentimientos te
despierta la palabra
“póstumo”?
Es como una burla. Creo
que lo póstumo, si uno
lo piensa en función de
su propia posteridad, es
una especie de chiste.
Pero en otro sentido
pienso que es una
palabra simpática,
porque hay mucha obra
póstuma por la que hemos
conocido a grandes
autores o artistas. No
sé... quizá es una
palabra que a esta
altura debería estudiar
un poco.
¿Y cómo te gustaría
que te recordaran?
Como alguien que quería
dar alegría a los demás,
aunque no le saliera
siempre.
Fuente:
La Ventana
Como la cigarra
Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la
desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.
Cantando al sol como la
cigarra
después de un año bajo
la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces me
borraron,
tantas desaparecí.
A mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el
pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez,
y volví cantando.
Cantando al sol como la
cigarra
después de un año bajo
la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad,
alguien te rescatará
para ir cantando:
Cantando al sol como la
cigarra
después de un año bajo
la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
María Elena Walsh
(1ro. febrero 1930 - 10
de enero 2011)
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