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Julio Vázquez decidió
cambiarse el nombre. A
primera hora se presentó
en las Oficinas
Estatales de
Inscripción. La
recepcionista le indicó
que esperara sentado en
uno de los bancos,
mientras ella ordenaba
los papeles encima de la
mesa y enumeraba el
registro de turnos
diarios. Esa mañana de
lunes el cielo mostraba
un azul intenso, tal
parecía que aún no
terminaba de amanecer.
Al rato la recepcionista
llamó al abogado por el
intercomunicador y le
dijo a Julio que podía
pasar. El local era
pequeño, solo estaba
compuesto por una mesa,
dos sillas y un archivo
metálico adosado a una
de las esquinas.
—Quiero cambiarme el
nombre— dijo Julio.
—¿Solo el nombre? —
preguntó el abogado.
—Bueno, quizás también
el primer apellido.
¿Cuánto cuesta el primer
apellido?
—El precio incluye todo
el paquete, como un tres
en uno. Además, tiene
usted mucha suerte.
Estamos en la semana de
descuentos.
—Entonces quiero
cambiarme el nombre y el
primer apellido— dijo
Al abogado le resultó
extraño, la mayoría de
los clientes acudían a
la oficina en la semana
de descuentos para
cambiar la nacionalidad,
el sexo, el color de la
piel, el nombre no tenía
mucho sentido. Por
supuesto, el abogado no
podía imaginar que Julio
estaba apuntalado por un
sueño recurrente, donde
un tipo delgado, de
largas orejas y ojos
saltones, le indicaba
una importante misión,
algo así como un acto
heroico.
¿Y quién ha visto que un
superhéroe se llame
Julio Vázquez?
Todos los superhéroes
tienen nombres
atractivos, fáciles de
recordar: Batman,
Espartaco, el Zorro,
Superman, Sherlock
Holmes, Yuri Gagarin,
Ulises, Jimmy Hendrix,
Aquiles o Don Quijote.
Julio Vázquez se
llamaría a partir de ese
momento: James Bond.
Cuando James salió a la
calle con su nuevo carné
de identidad notó que la
gente no hacía otra cosa
que mirar al cielo. Las
nubes habían adoptado
una forma circular y
dibujaban gruesos
anillos concéntricos.
Pensó por un momento que
eso podría formar parte
de su misión, pero luego
desechó la idea, aún le
faltaban varias cosas
para convertirse en un
verdadero superhéroe y
el sujeto de las grandes
orejas lo había aclarado
muy bien: solo le daría
las instrucciones cuando
estuviera realmente
preparado.
James regresó a casa y
construyó una lista de
las cosas que
necesitaría a partir de
ese momento. Encendió el
televisor para ver el
parte de noticias
mientras ajustaba los
últimos detalles. Varios
reporteros se habían
apostado frente al
Instituto de
Meteorología, donde los
especialistas analizaban
a puertas cerradas el
extraño fenómeno de las
nubes. Las personas
habían dejado de
trabajar usando el
pánico social como
pretexto, unos se
escondían en casa, otros
llenaban las calles,
miraban hacia el cielo
con binoculares para
detallar los contornos
de los anillos y los
temerosos de Dios
abarrotaban las Iglesias
a la espera del Juicio
Final. El Obispo les
había orientado a todos
los curas que
repartieran botellas de
agua y carne enlatada
entre los feligreses,
esa no era la primera
vez que Dios daba una
falsa alarma.
James terminó la lista,
la guardó en el bolsillo
del pantalón y salió a
la calle. Lo primero que
necesitaba era un traje
digno de un superhéroe.
Visitó tiendas,
sastrerías y bazares,
pero todos estaban
cerrados. No le quedó
otro remedio que entrar
a escondidas en los
almacenes de vestuario
de los estudios de
televisión y apañarse lo
primero que encontrara.
De tal modo pudo hacerse
de una boina negra, un
chaleco a cuadros rojos
y unas botas con
espuelas que le quedaban
un poco grandes. De
momento eso era
suficiente. Ya tendría
tiempo, con el éxito de
la primera misión, de
encargar un traje a su
medida.
Tras las noticias el
presidente dio un breve
discurso, habló sobre la
contaminación ambiental
y las consecuencias
nefastas del desarrollo
tecnológico. Según los
especialistas no había
de qué preocuparse, los
círculos desaparecerían
de un momento a otro.
Mientras tanto James
desandaba los barrios
bajos en busca de
“Benedicto el vagabundo”
para cumplir la segunda
parte del plan. Todo
superhéroe debe tener un
ayudante a modo de
escudero y Benedicto era
el indicado, pero el
hombre no aparecía por
ninguna parte. Era como
si la tierra, o la
basura, se lo hubiera
tragado. Por supuesto,
James no podía imaginar
que Benedicto tenía un
sueño recurrente donde
corría a través de un
campo de trigo y al
final lo esperaba Dios
para bendecirlo con una
vida llena de riquezas.
Después del trigal: el
valle.
Después del valle: la
montaña.
En la cumbre de la
montaña Dios blande una
varita mágica con una
estrella plateada en la
punta. James no podía
imaginar, ni por asomo,
que “Benedicto el
vagabundo” había
decidido escapar de la
ciudad, en busca de un
campo de trigo.
Al final de la tarde
decidió poner en
práctica el plan B y
hacerle una visita a
“Joaquín el carnicero”.
Estaba seguro de
convencerlo por una
mísera suma de diez
pesos diarios mientras
durara la misión. Por
supuesto, James no podía
imaginar que Joaquín
soñaba, desde niño, con
hacer el papel de
villano y solo lo habían
colocado como figurante,
tramoyista o miembro del
coro, en las obras de
teatro escolar.
—Acepto la misión de
escudero si puedo
cumplir los dos roles a
la vez.
James estuvo de acuerdo.
Joaquín debería, a
ratos, cuidarle las
espaldas o impedir el
éxito de la misión,
blandir un cuchillo con
su experiencia de
carnicero, ensuciarse un
poco las manos en
aquellos asuntos
escabrosos y, por
supuesto, cambiarse el
nombre.
¿Quién ha visto que el
ayudante de un
superhéroe se llame
“Joaquín el carnicero”?.
¿Quién ha visto que el
villano de una historia
de superhéroes se llame
“Joaquín el carnicero”?
Todos los ayudantes
tienen nombres
atractivos, fáciles de
recordar: Robin, Watson,
Engels, Telémaco, Timón,
Héctor, Obelix o Sancho
Panza.
Todos los villanos
tienen nombres
atractivos, fáciles de
recordar: Dos caras, The
Joker, La Reina de
Corazones, el Capitán
Garfio, el Hombre
Lagarto, Osama Bin
Laden, Shere Khan o el
Sheriff de Nottingham.
Antes que cayera la
noche fueron a las
Oficinas Estatales de
Inscripción, pero como
era de suponer, ya
estaban cerradas. Para
sortear la pérdida de
tiempo James sugirió ir
hasta su casa, abrir una
botella de vino y
renombrar a “Joaquín el
carnicero” usando su
cuchillo como si fuera
la espada de un Rey:
—A partir de ahora te
llamarás Félix Leiter-Terminator,
ya puedes ponerte de
pie.
James sirvió vino para
los dos y Félix Leiter-Terminator
arremetió contra la mesa
servida.
Esa noche el sueño de
James duró un poco más
de lo acostumbrado. El
tipo flaco de las
grandes orejas y los
ojos saltones le dijo
que todo marchaba según
lo planeado y le dictó
al oído varios objetos
necesarios que debía
reunir. Le concedió tres
días como plazo máximo
para la entrega y fin de
la primera misión. Si no
cometía ningún fallo
sería ascendido y le
encargarían misiones más
importantes en regiones
de ultramar. Despertó
entusiasmado, le quitó
las sábanas a su
villano-ayudante y
después de un frugal
desayuno decidió sacar
el auto del garaje y
ponerlo en marcha.
Recorrieron varias zonas
de la ciudad. Los
círculos concéntricos
aún permanecían en el
cielo, pero ya la gente
no les prestaba
atención, los niños
dibujaban anillos en sus
cuadernos con la misma
naturalidad que pintaban
la luna o el sol, los
meteorólogos regresaban
a sus informes de
rutina, solo algunos
feligreses muy temerosos
y pobres por demás, se
mantenían de rodillas
frete al altar y solo
interrumpían sus rezos
cuando el cura repartía
carne enlatada y
botellas de agua.
El tercer punto de la
agenda era encontrar una
doncella por la cual un
superhéroe pudiera
perder la cabeza. James
revisó algunas revistas
de moda, pero todas las
chicas le parecieron
demasiado superficiales.
Su misión precisaba un
compromiso serio, una
real convicción. Pensó
entonces en la mujer que
friega las escaleras de
su edificio y trazó un
plan para hacerle la
propuesta sin que
pareciera un agravio
contra la integridad
moral. Por supuesto,
James no podía imaginar
que la mujer atravesaba
una crisis económica y
aceptaría sin titubeos
ser doncella-femme-fatale,
por diez pesos
diarios.
James tampoco podía
imaginar, ni por asomo,
que la mujer tenía un
sueño recurrente muy
parecido al de
“Benedicto el
vagabundo”, solo que en
vez de correr por un
campo de trigo, lo hacía
por un boulevard
y al término de la
calle, la Virgen de la
Caridad del Cobre la
esperaba para bendecirla
con una vida llena de
riquezas.
Después del boulevard:
el parque.
Después del parque: la
boutique.
En el departamento de
cosméticos de la
Boutique, la Virgen
de la Caridad del Cobre
blande una varita mágica
con una estrella
plateada en la punta. La
mujer lleva tres meses
haciendo el mismo
recorrido pero aún no la
ha encontrado.
—Quizás en la semana de
descuentos —piensa—
cuando los productos
bajen a la mitad del
precio, tenga mejor
suerte.
—Tus tareas no
resultarán complicadas—
le dijo James.
La mujer solo debía
aparecer en los momentos
de peligro para inspirar
al superhéroe, lanzar,
si acaso, algún que otro
gritico de espanto ante
un escenario tenebroso,
dejarse raptar por el
villano-ayudante y
cambiarse el nombre.
¿Dónde se ha visto que
una doncella-femme-fatale
se llame María de la
Concepción Valdés?
Todas las doncellas-femme-fatale
tienen nombres
atractivos, fáciles de
recordar: la mujer
Maravilla, Rebeca,
Blancanieves, Lolita,
Giselle, Gilda, Satine,
Lucía, Greta Garbo o
Dulcinea del Toboso.
Como ya era tarde y no
podían perder tiempo,
James bautizó a María de
la Concepción Valdés con
el mismo cuchillo de
carnicero a modo de
espada real. A partir de
ese momento comenzó a
llamarse: Bjork.
Los entrenamientos
fueron sencillos. En el
sótano colocaron varias
lámparas, una alfombra
verde y un fondo que
representaba una escena
urbana apocalíptica.
James trazó el guión de
algunas posibles
situaciones, le orientó
a Félix Leiter-Terminator
la posición que debía
adoptar ante un peligro
inminente de ataque y
cómo debía usar el
cuchillo para que sus
estocadas resultaran
creíbles, o más que
creíbles, temibles. En
la primera sesión todos
cumplieron a cabalidad
su papel, todos menos
Bjork, que por mucho que
ensayara, no lograba
lanzar un grito
decente.
Al final del día James
terminó tan cansado, que
le confió a su escudero
la tarea de rastrear en
toda la ciudad los
objetos que aún faltaban
por reunir. Construyó un
recuadro detallado y se
fue a la cama, el sueño
de esa noche sería
decisivo.
Félix Leiter-Terminator
le pidió ayuda a Bjork.
Entre los dos estudiaron
el listado.
|
No |
Objeto |
Marca o Título |
Procedencia o
autor |
|
1 |
Poster |
World Tour 1981 |
The Rolling
Stones |
|
2 |
Libro |
Fight Club |
Chuck Palahniuk |
|
3 |
DVD |
The Birds |
Alfred Hitchcok |
|
3 |
CD |
Californication |
Red Hot Chili
Peppers |
|
4 |
Ropa de cuero |
The Sex Machine |
Central Sex-Shop |
Un par de horas después
regresaron. El villano
le indicó a Bjork que
era el momento de
raptarla. Dejaron los
objetos sobre una cesta
en la sala y
compartieron la sábana,
el sofá y algún que otro
orgasmo. Abrieron las
ventanas para que
corriera el fresco de la
noche. Con la vista fija
en los bordes de los
círculos concéntricos se
quedaron dormidos.
James despertó a las
seis de la mañana con el
sueño colgado en la
retina. Anotó la
dirección y dijo que no
podían desayunar.
Agarraron la cesta,
encendieron el auto y
salieron a toda
velocidad. Durante el
trayecto James les
recordó a sus
colaboradores que la
misión específica le
correspondía a él, ellos
solo eran figurantes y a
ese rol debían
ajustarse. Asintieron un
poco adormecidos y se
recostaron a las
ventanillas del auto.
Cuando llegaron al
descampando eran más de
las siete, sin embargo
aún no terminaba de
amanecer. El cielo
mostraba un azul intenso
y las nubes circulares
habían cambiado de
posición, todas se
concentraban sobre un
punto de luz que
dibujaba figuras entre
las sombras del césped.
James se acercó, levantó
la cesta como si le
ofreciera un tributo a
los dioses y la nave,
lentamente, comenzó a
descender.
Félix Leiter-Terminator
quedó estupefacto y
retrocedió unos metros
olvidando sus
obligaciones de
escudero, también las de
villano. Bjork quiso
gritar, pero había
gastado tanto la voz en
los ensayos, que apenas
pudo lanzar un gritico
muy parecido al llanto
de un cachorro.
Cuando la nave tomó
posición en el
descampado se apagaron
los motores, se abrió
una compuerta y un tipo
alto, muy alto, se
acercó a James, lo miró
con un par de ojos
tristes, como suelen
mirar las vacas, tomó la
cesta y regresó a la
nave. James quiso decir
algo, pero solo atinó a
cuadrarse y hacer un
saludo militar cuando ya
el tipo le daba la
espalda. Por supuesto,
James no podía imaginar
que el sujeto alto
cargaba un siglo de
cansancio, ya estaba
aburrido de recorrer
todos los planetas,
reuniendo material
folclórico para la feria
expositiva de su
universidad. No veía el
momento de que lo
ascendieran a profesor
de cátedra y había
jurado que ese sería su
último viaje. James no
podía imaginar, ni por
asomo, que el tipo tenía
un sueño recurrente,
donde se plantaba frente
al rector para decirle:
¡o me pones a cargo de
un departamento, o
renuncio!
La nave despegó y
desaparecieron las nubes
circulares. En la calle
todos se detenían,
clavaban los ojos en el
cielo y se preguntaban
dónde habían ido a parar
las nubes. Ante la
ausencia la gente usó el
pánico como pretexto
para regresar a sus
casas, los temerosos de
Dios se reunieron en la
Iglesia a esperar el
Juicio Final, el Obispo
les orientó a todos sus
curas que dejaran de
repartir botellas de
agua y carne enlatada,
ya estaba cansado de
tantos gastos para
entrenamientos.
James les pagó el sueldo
a sus colaboradores y
les dijo que podían
retirarse, pero ellos se
quedaron, al parecer,
las tareas de
villano-ayudante y
doncella-femme-fatale,
eran más rentables que
picar carne o fregar el
suelo.
Yonnier Torres
Rodríguez (Placetas,
1981). Sociólogo.
Narrador. Egresado del
XI Curso de Técnicas
Narrativas del Centro
Nacional de Formación
Literaria Onelio Jorge
Cardoso. Ha obtenido
entre otros premios:
Primer Premio en el
Concurso Latinoamericano
de Narrativa Breve Tinta
Fresca 2010; Mención de
Narrativa en el Premio
Calendario 2010; Premio
Nacional de Narrativa El
mar y la montaña 2010 y
Premio Nacional de
Narrativa Luis Rogelio
Nogueras 2010. Cuentos
suyos han sido
publicados en revistas
de España, Argentina,
Bolivia, Colombia y
Cuba. Es Miembro de la
Asociación Hermanos Saíz
(AHS). |