Relente
con
fuoco
(Décimas)
Aria
de
la
sombra
El
problema
es
de
resurrección
Silvio
Rodríguez
Has
de
decirlo:
Es-per-ma,
es-per-ma.
La
boca
lenta
como
un
barco.
Bogar.
Has
de
ir
venciendo
el
charco
que
se
agiganta
mientras
merma
el
desierto,
mientras
la
enferma
aridez
repara
sus
llagas:
Es-per-ma.
Si
la
luz
apagas
verás
mejor.
Verás
la
gota
caer
de
tu
labio
a tu
bota,
verás
la
cruz
en
que
naufragas.
Si
apagas
la
luz,
si
conviertes
en
misterio
la
doble
vía,
si
expulsas
la
blanda
maría
y tu
propio
signo
subviertes:
¿qué
trampas
te
esperan?
¿Qué
muertes
podrán
carcomer
tu
talón?
¡Resurrección!
¡Resurrección!
Ése
es
nuestro
hamlet.
Lo
oscuro:
la
luz
es
un
paso
en
lo
oscuro,
el
regreso
audaz
del
salmón.
Abre
y
repite:
Es-per-ma.
Bebe.
Amamanta
el
pétalo
rojo.
No
hay
lámpara,
mas
no
hay
abrojo
que
taje
tu
nombre
o
subleve
tu
espejo
cordial.
Ahora
llueve.
Ahora
repta
la
luz
su
peso,
diluye
un
fotón.
El
exceso
podría
ser
cáncer
o
estrella.
Es
tu
opción.
La
sombra
no
es
mella:
la
sombra
penetra
en
tu
hueso.
Tira
el
velo.
Tira
el
vestido
que
dice
por
ti
tus
palabras.
No
claudiques
ante
las
glabras
letras
de
neón
(el
olvido).
Tu
cuerpo
no
es
hostia
ni
es
nido
de
serpientes.
Rompe
el
conjuro.
Coloca
la
mano
en
el
muro,
lenta,
como
la
Pasionaria:
¡Resurrección!
¡Levante
el
aria
de
tu
voz
muriendo
en
lo
oscuro!
Salta
la
noche.
Dan
las
cinco.
A
veces
entra
en
el
bosque
un
silbido
veloz
que
recorre
fugaz
la
penumbra
y la
luz,
y
los
árboles
fríos
del
bosque
soy
yo.
Silvio
Rodríguez
I
Salta
la
noche,
y
con
el
brinco
salta
la
herida
sin
ropajes,
salta
la
llaga
sin
encajes,
salta
la
noche
en
que
me
afinco.
Salta
un
perro,
ya
dan
las
cinco,
me
muerde,
rojo,
gris,
con
saña,
salta
buscando
el
bien,
la
hazaña
(blanco
perdón
tras
el
zarpazo)
yo
salto,
yo
amparo
el
retazo
de
su
muela,
que
no
me
empaña.
Salta
la
noche,
y la
maraña
del
mar
se
entreteje
en
mi
brazo,
me
guía
al
final
del
ocaso
donde
mi
numen-pez
se
baña.
Salta
la
noche,
y la
guadaña
salta
y me
alumbra
con
ahínco,
persevera
en
su
ornitorrinco
nadar,
su
vela
en
los
celajes
parece
un
huevo.
Sin
ambages
salta
la
noche.
Dan
las
cinco.
II
El
relámpago
que
ilumina
con
sus
polvos
mi
flanco
herido,
ilumina
el
salto
que
olvido
justo
al
instante
que
termina.
Abrasa
el
corte
con
la
orina
de
tres
mil
saurios
matinales,
y el
arañazo
sus
metales
intenta
fusionar
al
sol,
pero
el
astro
enseña
su
alcohol,
su
desprecio,
sus
arrabales,
los
“dignísimos”
comensales
que
aportan
al
fasto
arrebol,
y no
admite
llaga
en
su
rol,
ni
sangre,
ni
polvo,
ni
sales...
Salto
en
los
ciclos
sin
finales
de
la
noche,
salto
a la
encina
que
amparó
mi
sombra
alcalina
y me
dio
leche,
hueso
y
nido...
Regreso
al
hoyo
donde
mido
el
salto
que
no
me
asesina.
III
Me
observa
un
rostro.
De
la
noche
parte
a mi
frente
enmudecida.
Me
embiste.
Me
muerde
la
herida
como
si
deshiciera
un
broche,
como
si
yo
fuera
un
fantoche
risible,
un
pan,
un
organillo
de
ballet,
sin
fuga
ni
brillo,
que
ejecuta
un
pasaje
trágico;
un
ornitorrinco
pelágico,
un
ave,
una
marmota,
un
grillo.
Me
embiste,
reconozco
el
brillo
que
dibuja
su
haz
hemorrágico,
pero
ese
rostro
no
es
el
mágico
númen,
ni
la
hostia,
ni
el
cepillo
con
que
la
noche
peina
el
millo
de
su
cabello,
es
el
derroche
del
fulgor
en
mi
salto,
el
coche
que
brega
hacia
el
ponto
sin
brida.
Sin
alba
braceo
la
vida.
Dan
las
cinco.
Salta
la
noche.
Del
que
jamás
regresarás
Hoy
a mi
puerta
un
pájaro
trinó,
pero
abrí
y
una
sombra
se
echó
a
volar.
Silvio
Rodríguez
Hoy
he
mirado
la
humedad,
la
altura
de
mi
lecho
roto,
el
cuadro
del
novio,
la
foto
que
se
columpia
sin
piedad.
He
visto
el
bronce,
la
maldad
de
la
pátina
en
la
compuerta.
He
visto
el
olor
que
despierta
la
muerte:
triste
hedor
del
musgo.
Hoy
he
escuchado
al
Otro.
Juzgo
su
sonido,
su
vena
abierta.
La
mancha
en
la
piedra
amarilla
—el
solecito
de
papel
que
derrama
su
ojo
sin
hiel
por
el
dibujo
y la
varilla
del
papalote—
Cada
astilla
clavada
en
el
árbol
infante.
Cada
castigo
con
guisante
entre
rodilla
y
suelo
bravo.
La
serpiente.
La
niña.
El
rabo
de
lagartija
agonizante.
Hoy
no
es
ayer.
Hoy
los
testigos
se
disfrazan.
Son
el
relente.
Son
el
primo,
el
encuentro
ardiente,
la
firma
azul.
Los
enemigos
ya
no
son
“el
imperio”.
Amigos
cárdenos
y
plúmbeos
y
canos.
Amigos
venéreos,
decanos
de
la
verdad.
Amigos
otros.
Hoy
he
visto
partir
los
potros
purasangre
de
entre
mis
manos.
Hoy
es
anteayer,
y
domingo.
No
he
llegado
aún.
Ya
presiento
que
veré
la
humedad;
el
viento
de
la
memoria
ya
distingo.
No
soy
Elpidio,
ni
el
Vikingo
de
siete
mares,
ni
hombre
araña...
No
me
escogieron
(no
me
extraña)
para
gángster...
sin
maldad...
Hoy
he
mirado
la
humedad:
soplo,
calmo
y
tibio,
mi
caña.