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Al escritor boliviano
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
lo abordamos cuando
recién iniciaba las
labores como jurado del
género novela en la
edición 52 del Premio
Casa de las Américas. Su
presencia en La Habana,
precedida por el éxito
que obtuvo en el
certamen literario en su
edición de 2009, con la
obra El exilio
voluntario, nos
condujo inevitablemente
por dos caminos que la
institución ha decidido
sistematizar en fecha
reciente: los estudios
sobre latinos en los
EE.UU., con un programa
iniciado en el año 2008,
y los que se dedican a
las culturas originarias
de América, que recién
hemos abierto.
Por esto, tras las
primeras impresiones
compartidas, ante tantas
cosas por leer y el
placer de compartir con
otros escritores,
“conversar sobre
diversos temas y sobre
lo nuestro, la
literatura”, y unido al
gusto de regresar a
Cuba, comenzamos el
diálogo recabando sus
opiniones sobre la
conferencia que en la
jornada inaugural del
Premio ofreciera el
vicepresidente de su
país, Álvaro García
Linera.
“Me pareció bien
interesante. Es un
hombre inteligente. Su
análisis de la historia
o de las coyunturas
históricas me pareció
correcto. La manera de
implementar los cambios
puede ser controversial,
pero pienso que lo más
importante de lo que
está pasando en Bolivia
es que finalmente,
después de alrededor de
200 años, el indígena va
a formar parte de la
historia nacional como
protagonista. Lo
importante es el cambio,
este cambio social que
era necesario, urgente.
Como todo proceso, va a
tener sus bajas y
subidas, errores y
aciertos, pero creo que
va a ser finalmente de
gran trascendencia para
el país”, enfatizó.
¿En qué sentido cree
usted que Bolivia, a
partir del enfoque
plurinacional que ha
instituido de algún modo
el gobierno actual,
puede convertirse en un
modelo de construcción,
desde los estados
latinoamericanos, de esa
visión, en aquellos
donde forma parte de la
identidad nacional?
Vamos a tener que ser
todos muy creativos. Es
una situación nueva,
única en muchos
sentidos, en otros no.
Hay experiencias con los
indígenas que se han
realizado en otros
países. Por ejemplo, las
reservas indígenas en
los EE.UU. son en gran
medida autónomas y lo
han sido por los últimos
cien años. Sabemos bien
el proceso de
explotación y
expoliación que han
sufrido, pero tienen
autonomía jurídica.
En Bolivia hay tres
grupos étnicos
importantes, numerosos y
muchísimos grupos
pequeños. Cuando Álvaro
García Linera habló de
construir carreteras y
perforar pozos
petrolíferos en parques
nacionales, por ejemplo,
tocó un punto que genera
mucha controversia y
conflicto, porque al
hacer algo que
evidentemente va a dar
excedentes económicos al
país, se pudiera
destrozar no solo la
biodiversidad, sino que
al menos dos etnias
indígenas selváticas van
prácticamente a
desaparecer. Entonces,
¿hasta dónde llega
nuestro discurso de lo
plurinacional? ¿O es que
una mayoría —en este
caso la quechua-aymara—
va a determinar el
destino de las otras?
Es un asunto muy íntimo
nuestro, desconocido
posiblemente en el
extranjero: ¿cómo
defender a la etnia
yuqui, errante, nómada,
en este bosque Isiboro-Sécure,
en el parque Carrasco,
si se va a comenzar a
explorar petróleo, a
abrir carreteras hacia
el Brasil para
exportación e
importación? ¿Hasta
dónde vamos a
desarrollarnos y cómo lo
haremos? Son preguntas
que hay que hacerse.
En 2008, con un premio
de ensayo dedicado a los
Estudios sobre Latinos
en los EE.UU., se abrió
ese programa que nos
permite sistematizar un
trabajo que se venía
haciendo desde antes en
la Casa. Este año,
inauguramos otro sobre
culturas originarias de
América. ¿En qué medida
cree usted que un evento
como el Premio
contribuye a nutrir todo
este acervo
latinoamericano,
concretamente en la
literatura?
Es muy importante el
hecho de que una
institución como la Casa
abra espacios para
estudios sobre los
latinos en los EE.UU. o
sobre las culturas
originarias, porque al
reconocer a alguien, ya
sea en ficción, ensayo o
cualquier género, se
está dando un rostro a
todo un fenómeno. Lo
ideal sería que con el
tiempo se llegara a
premiar literatura en
lenguas originarias,
pero es un largo camino,
porque sus hablantes han
sido constantemente
vetados durante más de
400 años. Hoy tenemos
intelectuales en Bolivia
―bilingües o trilingües―
que escriben en español
y también en quechua o
aymara. Sería muy lindo
rescatar eso, algo que
José María Arguedas
quiso hacer.
Los bolivianos en los
EE.UU. integran —junto a
otras comunidades de
latinos— un discurso que
hoy parece más fuerte si
lo comparamos con una
tradición que muestra a
estos grupos de algún
modo “sumergidos”. ¿Es
que “lo latino” se ha
ganado un espacio “real”
en ese país?
No se ha ganado aún un
espacio real. Que se lo
va a ganar, eso es
inevitable. Pueden hacer
lo que quieran:
deportaciones, cualquier
cosa, pero no pueden
evitar que los EE.UU.
vayan al bilingüismo.
Existen muchas facetas
positivas y negativas
del asunto. En el caso
de los escritores, hay
un elitismo marcado de
la intelectualidad
academicista latina en
ese país, que olvida que
el meollo de nuestra
posición ahí son los
trabajadores latinos; es
esa masa de gente que va
anónima, la que está
fundando las bases de
unos EE.UU. latinos.
Respecto a cuán firme
está la presencia del
“latino” en los EE.UU.,
lo dirá el tiempo.
Generalmente, nuestra
inmigración es de gente
sin escuela, sin
educación y cuyas
terceras generaciones
adquieren conocimientos,
ya tienen posibilidades
de hacerlo. Por
supuesto, toca ir
creando una conciencia
política, en cierto modo
hasta racial.
Los mexicanos se llaman
a sí mismos “la raza” y
nos incluyen a los
bolivianos y a otros
grupos. Suelen
preguntarme: “¿Eres
‘raza’?”. Y digo: “Sí,
soy ‘raza’, soy
boliviano”. De ese modo,
se pierden los matices
particulares de cada
país. En los EE.UU., los
bolivianos no discutimos
sobre lo plurinacional o
sobre mi ancestro
quechua o tu ancestro
guaraní. Allí somos
latinos y el español es
nuestro común
denominador. El panorama
cambia completamente.
¿Cómo ve la identidad
latina en EE.UU.?
Ahora que estamos en
tiempos de conflicto con
“el otro”, el anglosajón
—que es un término muy
general porque dentro
están metiendo a
ítalo-americanos,
polacos, judíos, rusos…,
quienes forman el bloque
contra la inmigración
latina, que es la más
fuerte y la que
representa “un riesgo”
para ellos—, nuestra
identidad es la de ser
latinos. Pienso que
cuando adquiramos
posiciones de poder
político, empezarán, en
primer lugar, las
diferenciaciones
nacionales. Habrá una
disputa por el poder, se
perderá la esencia
latina y, más adelante,
sin duda alguna, también
aparecerán
diferenciaciones
étnicas.
Pero falta mucho para
eso. El problema es que
los latinos tenemos
cierta representación en
el Congreso de los
EE.UU., pero esta es
débil porque no se ha
tomado conciencia del
poder que significa el
número. Sería muy
drástico y atacaría —si
se quiere atacar al
sistema— por el lado
económico. Si un día se
dice a los latinos
ilegales en Colorado,
por ejemplo, que este
fin de semana no compren
nada, ahí se va a ver
cuánto importan. Es en
lo económico que se debe
atacar, no pedir
limosnas para que nos
den esta concesión o la
otra, porque allí el
consumo es lo más
importante.
Una vez se intentó hacer
una especie de huelga
para no trabajar un día,
en Denver, y ese día las
calles estuvieron
vacías, pero creo que es
más importante decir:
mañana no se compra,
porque ahí se va a
sentir la importancia de
un sector muy grande de
la población, que es el
nuestro.
Habría que lograr
determinados consensos
para pasar por encima de
estrategias muy débiles.
Sí, son febles, débiles,
porque es muy difícil,
ya que mucha gente está
en los EE.UU. para
sobrevivir y con lo poco
que tienen, a pesar de
la sombra de la
persecución, viven
felices. Es mejor que lo
que siempre han tenido.
Tengo amigos de los
ranchos de Guerrero que
no tuvieron luz ni agua
hasta los 17 años o
zapatos hasta los diez.
En esas condiciones,
tratar de enfrentar al
“otro” es bien difícil. |