La Habana. Año IX.
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4 de FEBRERO de 2011

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Entrevista al narrador y poeta boliviano
Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Nuestra identidad ahora es la de ser latinos
Xenia Reloba • La Habana
Foto: Abel (Casa de las Américas)

Al escritor boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot lo abordamos cuando recién iniciaba las labores como jurado del género novela en la edición 52 del Premio Casa de las Américas. Su presencia en La Habana, precedida por el éxito que obtuvo en el certamen literario en su edición de 2009, con la obra El exilio voluntario, nos condujo inevitablemente por dos caminos que la institución ha decidido sistematizar en fecha reciente: los estudios sobre latinos en los EE.UU., con un programa iniciado en el año 2008, y los que se dedican a las culturas originarias de América, que recién hemos abierto.

Por esto, tras las primeras impresiones compartidas, ante tantas cosas por leer y el placer de compartir con otros escritores, “conversar sobre diversos temas y sobre lo nuestro, la literatura”, y unido al gusto de regresar a Cuba, comenzamos el diálogo recabando sus opiniones sobre la conferencia que en la jornada inaugural del Premio ofreciera el vicepresidente de su país, Álvaro García Linera.

“Me pareció bien interesante. Es un hombre inteligente. Su análisis de la historia o de las coyunturas históricas me pareció correcto. La manera de implementar los cambios puede ser controversial, pero pienso que lo más importante de lo que está pasando en Bolivia es que finalmente, después de alrededor de 200 años, el indígena va a formar parte de la historia nacional como protagonista. Lo importante es el cambio, este cambio social que era necesario, urgente. Como todo proceso, va a tener sus bajas y subidas, errores y aciertos, pero creo que va a ser finalmente de gran trascendencia para el país”, enfatizó.

¿En qué sentido cree usted que Bolivia, a partir del enfoque plurinacional que ha instituido de algún modo el gobierno actual, puede convertirse en un modelo de construcción, desde los estados latinoamericanos, de esa visión, en aquellos donde forma parte de la identidad nacional?

Vamos a tener que ser todos muy creativos. Es una situación nueva, única en muchos sentidos, en otros no. Hay experiencias con los indígenas que se han realizado en otros países. Por ejemplo, las reservas indígenas en los EE.UU. son en gran medida autónomas y lo han sido por los últimos cien años. Sabemos bien el proceso de explotación y expoliación que han sufrido, pero tienen autonomía jurídica.

En Bolivia hay tres grupos étnicos importantes, numerosos y muchísimos grupos pequeños. Cuando Álvaro García Linera habló de construir carreteras y perforar pozos petrolíferos en parques nacionales, por ejemplo, tocó un punto que genera mucha controversia y conflicto, porque al hacer algo que evidentemente va a dar excedentes económicos al país, se pudiera destrozar no solo la biodiversidad, sino que al menos dos etnias indígenas selváticas van prácticamente a desaparecer. Entonces, ¿hasta dónde llega nuestro discurso de lo plurinacional? ¿O es que una mayoría —en este caso la quechua-aymara— va a determinar el destino de las otras?

Es un asunto muy íntimo nuestro, desconocido posiblemente en el extranjero: ¿cómo defender a la etnia yuqui, errante, nómada, en este bosque Isiboro-Sécure, en el parque Carrasco, si se va a comenzar a explorar petróleo, a abrir carreteras hacia el Brasil para exportación e importación? ¿Hasta dónde vamos a desarrollarnos y cómo lo haremos? Son preguntas que hay que hacerse.

En 2008, con un premio de ensayo dedicado a los Estudios sobre Latinos en los EE.UU., se abrió ese programa que nos permite sistematizar un trabajo que se venía haciendo desde antes en la Casa. Este año, inauguramos otro sobre culturas originarias de América. ¿En qué medida cree usted que un evento como el Premio contribuye a nutrir todo este acervo latinoamericano, concretamente en la literatura?

Es muy importante el hecho de que una institución como la Casa abra espacios para estudios sobre los latinos en los EE.UU. o sobre las culturas originarias, porque al reconocer a alguien, ya sea en ficción, ensayo o cualquier género, se está dando un rostro a todo un fenómeno. Lo ideal sería que con el tiempo se llegara a premiar literatura en lenguas originarias, pero es un largo camino, porque sus hablantes han sido constantemente vetados durante más de 400 años. Hoy tenemos intelectuales en Bolivia ―bilingües o trilingües― que escriben en español y también en quechua o aymara. Sería muy lindo rescatar eso, algo que José María Arguedas quiso hacer.

Los bolivianos en los EE.UU. integran —junto a otras comunidades de latinos— un discurso que hoy parece más fuerte si lo comparamos con una tradición que muestra a estos grupos de algún modo “sumergidos”. ¿Es que “lo latino” se ha ganado un espacio “real” en ese país?

No se ha ganado aún un espacio real. Que se lo va a ganar, eso es inevitable. Pueden hacer lo que quieran: deportaciones, cualquier cosa, pero no pueden evitar que los EE.UU. vayan al bilingüismo. Existen muchas facetas positivas y negativas del asunto. En el caso de los escritores, hay un elitismo marcado de la intelectualidad academicista latina en ese país, que olvida que el meollo de nuestra posición ahí son los trabajadores latinos; es esa masa de gente que va anónima, la que está fundando las bases de unos EE.UU. latinos.

Respecto a cuán firme está la presencia del “latino” en los EE.UU., lo dirá el tiempo. Generalmente, nuestra inmigración es de gente sin escuela, sin educación y cuyas terceras generaciones adquieren conocimientos, ya tienen posibilidades de hacerlo. Por supuesto, toca ir creando una conciencia política, en cierto modo hasta racial.

Los mexicanos se llaman a sí mismos “la raza” y nos incluyen a los bolivianos y a otros grupos. Suelen preguntarme: “¿Eres ‘raza’?”. Y digo: “Sí, soy ‘raza’, soy boliviano”. De ese modo, se pierden los matices particulares de cada país. En los EE.UU., los bolivianos no discutimos sobre lo plurinacional o sobre mi ancestro quechua o tu ancestro guaraní. Allí somos latinos y el español es nuestro común denominador. El panorama cambia completamente.

¿Cómo ve la identidad latina en EE.UU.?

Ahora que estamos en tiempos de conflicto con “el otro”, el anglosajón —que es un término muy general porque dentro están metiendo a ítalo-americanos, polacos, judíos, rusos…, quienes forman el bloque contra la inmigración latina, que es la más fuerte y la que representa “un riesgo” para ellos—, nuestra identidad es la de ser latinos. Pienso que cuando adquiramos posiciones de poder político, empezarán, en primer lugar, las diferenciaciones nacionales. Habrá una disputa por el poder, se perderá la esencia latina y, más adelante, sin duda alguna, también aparecerán diferenciaciones étnicas.

Pero falta mucho para eso. El problema es que los latinos tenemos cierta representación en el Congreso de los EE.UU., pero esta es débil porque no se ha tomado conciencia del poder que significa el número. Sería muy drástico y atacaría —si se quiere atacar al sistema— por el lado económico. Si un día se dice a los latinos ilegales en Colorado, por ejemplo, que este fin de semana no compren nada, ahí se va a ver cuánto importan. Es en lo económico que se debe atacar, no pedir limosnas para que nos den esta concesión o la otra, porque allí el consumo es lo más importante.

Una vez se intentó hacer una especie de huelga para no trabajar un día, en Denver, y ese día las calles estuvieron vacías, pero creo que es más importante decir: mañana no se compra, porque ahí se va a sentir la importancia de un sector muy grande de la población, que es el nuestro.

Habría que lograr determinados consensos para pasar por encima de estrategias muy débiles.

Sí, son febles, débiles, porque es muy difícil, ya que mucha gente está en los EE.UU. para sobrevivir y con lo poco que tienen, a pesar de la sombra de la persecución, viven felices. Es mejor que lo que siempre han tenido. Tengo amigos de los ranchos de Guerrero que no tuvieron luz ni agua hasta los 17 años o zapatos hasta los diez. En esas condiciones, tratar de enfrentar al “otro” es bien difícil.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.