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José Martí, el más
universal de los
cubanos, tiene el arte
de embrujar con su verbo
sincero convertido en
acto. Aún hoy, viernes
como aquel 28 de enero
de 1853, su palabra
alivia y convence.
Bálsamo espiritual y
sólido argumento
encuentra uno en las
minas del sinfín que son
sus textos públicos o
íntimos. Este
comunicador de altos
quilates, aspiraba a ser
amigo de los niños.
Nunca se creyó supremo
este mortal que con los
pobres de la Tierra echó
su suerte. Tenía el don
de sumar voluntades y
multiplicar afectos. No
fue ducho en restas ni
divisiones. Por eso,
todavía aumentan sus
admiradores.
El Apóstol es
inabarcable y todo
futuro, como sostuvo el
estudioso Cintio Vitier,
ya fallecido, después de
tantos años bebiendo de
la savia del Maestro.
Practicó el periodismo
como misión. Vivió
noches innombrables en
la imprenta. Corrigió
planas hasta el límite
de la obsesión. Escribió
en cantidad y calidad
para siglos. Sus
Escenas norteamericanas
son dignas del
cinematógrafo, por
ejemplo.
En tantos artículos y
crónicas memorables que
esparció por los diarios
de este mundo, se revela
un mismo propósito:
contribuir a la
redención personal de
los seres humanos y al
equilibrio de la Patria
Grande, y el mundo.
Por equilibrar al mundo
padeció, amó y triunfó.
Para alcanzar tal
empeño, trabajó en
organizar la guerra
necesaria en Cuba con el
objetivo de lograr la
independencia.
Su prédica constante fue
convocar a los hombres a
crecer hasta la estatura
de los buenos como su
Meñique de La Edad de
Oro, revista siempre
joven.
Conversó a los padres
veteranos y a los hijos
nuevos del continente en
gestación a finales del
siglo XIX, definido y
defendido por él como
comunidad humana y
cultural desde Río
Bravo, en México, hasta
la
Patagonia en Argentina y
Chile.
Guardó luto por su
tierra esclava, y en uno
de sus versos definió a
Cuba y la noche como sus
dos patrias.
"Sin defender no sé
vivir", confesó a su
queridísimo amigo
mexicano
Manuel Mercado. Él,
perfecto enamorado de la
vida, murió en combate
“de cara al sol”, como
poetizó; “en el campo de
batalla”, como profetizó
en su poema dramático
“Abdala” escrito cuando
iba a cumplir apenas 16
años.
"Como la lava salen del
alma las palabras que en
ella se crían; salen al
alma con fuego y dolor"
sentenció. Y con su
palabra abrasadora y
abrazadora, el Apóstol
nuestro que está,
seguirá estando. |