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Entre las pérdidas que
nos depararon los
primeros días de 2011 se
halla la de un artista
que representó a su
país, se convirtió en
icono de su continente y
dejó una huella
inolvidable en la
visualidad del Tercer
Mundo: el mozambiqueño
Malangatana.
En Cuba comenzamos a
apreciarlo en la Primera
Bienal de La Habana,
cuando los curadores de
lo que sería el Centro
Wifredo Lam, encabezados
por la diligente Llilian
Llanes, rastrearon los
hitos de la
contemporaneidad entre
los creadores de África,
Asia y América Latina
para ofrecer una visión
descolonizada y audaz en
los procesos artísticos
en países de la mal
llamada periferia, solo
valorados todavía cuando
dan el salto hacia los
centros hegemónicos de
la cultura occidental.
En el caso de
Malangatana, se daban
tres condiciones: el
artista respondía a su
identidad sin que ello
lo sujetara a tópicos
tradicionalistas; su
pintura proponía una
reivindicación de un
ethos originario; y
su discurso artístico se
hacía acompañar de una
voz afirmativa de los
valores de los pueblos
descolonizados, como el
suyo, que acababa de
transitar, en medio de
arduos combates, hacia
la independencia.
Malangatana no se miraba
en el espejo de la
antigua metrópoli, ni
quería conquistar el
reconocimiento de los
circuitos legitimadores
convencionales. Había
mucho de grito, de
transgresión, de
proclamar el derecho a
ser tomado en cuenta tal
como era. Y a la vez
había en su pintura una
zona común de
entendimiento con los
códigos a los que
estaban habituados los
espectadores de otras
latitudes.
Su nombre completo era
Malangatana Valente
Ngwenya,
y había nacido en la
pequeña villa Malatana
el 6 de junio de 1936.
Mozambique era por
entonces una colonia
portuguesa y los nativos
sumamente explotados, al
igual que los recursos
naturales del país.
El interés de
Malangatana por el arte
surgió de una manera
espontánea, mientras
hojeaba revistas que
dejaban a la vista los
colonos que contrataban
su servicio como
empleado doméstico o
confiaban sus
pertenencias al “joven
negrito” que servía en
un club de tenis de la
actual Maputo.
Un artista portugués
radicado en Mozambique,
Pacho Guedes, se dio
cuenta del talento del
joven para el arte y
rompió lanzas por él. Lo
llevó a su taller en
igualdad de condiciones.
Guedes se encargaba de
construir edificaciones,
y Malangatana de
ambientarlas. Eso fue
por los años 50, los
mismos en que en
contacto con
intelectuales y
activistas políticos se
vinculó al Movimiento de
Liberación Anticolonial
(FRELIMO).
La Policía Secreta
Portuguesa (PIDE) supo
de sus ideas políticas y
lo confinó a prisión por
año y medio al comienzo
de los 60. Pero ya por
entonces Malangatana se
hacía notar en la vida
cultural mozambiqueña y
era muy difícil
desaparecerlo.
En esa etapa pintó
escenas de fuerte
contenido social,
alegorías sobre la
condición oprimida de
los naturales del país,
de la miseria padecida
por los campesinos y la
subordinación de los
africanos a la
burocracia colonial en
las ciudades. Lo que más
llamó la atención es que
su lenguaje, si bien
hacía evidente el sesgo
social, no era
panfletario. Había un
sentido audaz de la
composición y un toque
de realismo mágico en
las figuraciones.
Malangatana comenzó a
ser un estilo. Vino
entonces el gran
reconocimiento
internacional.
Su obra se encuentra en
la colección del Museo
Nacional de Arte
Africano en Washington.
Pintó murales,
incluyendo los de las
sedes del FRELIMO y la
UNESCO y una muy
celebrada escultura
monumental en la antigua
fábrica Mabor, en
Maputo.
Al culminar el proceso
de descolonización y
activo en la vida
política de su país como
parlamentario, ayudó a
crear varias
instituciones culturales
en Mozambique y fue
fundador del Movimiento
por la Paz mozambiqueño.
Recibió la Medalla
Nachingwea por su
contribución a la
Cultura mozambiqueña y
fue investido en
Portugal como Gran
Oficial de la Orden
Infante Don Henrique. En
1997, fue nombrado
Artista para la Paz por
la UNESCO y recibió en
Holanda el Premio
Príncipe Claus.
Hacia Cuba tuvo siempre
palabras amistosas como
cuando participó en la
Bienal de La Habana:
“Este es un sueño
cumplido. Lo que está
haciendo Cuba por los
africanos no lo ha hecho
nadie. Ningún artista
africano que se respete
puede echar a un lado a
Cuba”. |