La Habana. Año IX.
29 de ENERO al
4 de FEBRERO de 2011

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Malangatana presente
Virginia Alberdi • La Habana

Entre las pérdidas que nos depararon los primeros días de 2011 se halla la de un artista que representó a su país, se convirtió en icono de su continente y dejó una huella inolvidable en la visualidad del Tercer Mundo: el mozambiqueño Malangatana.

En Cuba comenzamos a apreciarlo en la Primera Bienal de La Habana, cuando los curadores de lo que sería el Centro Wifredo Lam, encabezados por la diligente Llilian Llanes, rastrearon los hitos de la contemporaneidad entre los creadores de África, Asia y América Latina para ofrecer una visión descolonizada y audaz en los procesos artísticos en países de la mal llamada periferia, solo valorados todavía cuando dan el salto hacia los centros hegemónicos de la cultura occidental.

En el caso de Malangatana, se daban tres condiciones: el artista respondía a su identidad sin que ello lo sujetara a tópicos tradicionalistas; su pintura proponía una reivindicación de un ethos originario; y su discurso artístico se hacía acompañar de una voz afirmativa de los valores de los pueblos descolonizados, como el suyo, que acababa de transitar, en medio de arduos combates, hacia la independencia.

Malangatana no se miraba en el espejo de la antigua metrópoli, ni quería conquistar el reconocimiento de los circuitos legitimadores convencionales. Había mucho de grito, de transgresión, de proclamar el derecho a ser tomado en cuenta tal como era. Y a la vez había en su pintura una zona común de entendimiento con los códigos a los que estaban habituados los espectadores de otras latitudes.

Su nombre completo era Malangatana Valente Ngwenya, y había nacido en la pequeña villa Malatana el 6 de junio de 1936. Mozambique era por entonces una colonia portuguesa y los nativos sumamente explotados, al igual que los recursos naturales del país.

El interés de Malangatana por el arte surgió de una manera espontánea, mientras hojeaba revistas que dejaban a la vista los colonos que contrataban su servicio como empleado doméstico o confiaban sus pertenencias al “joven negrito” que servía en un club de tenis de la actual Maputo.

Un artista portugués radicado en Mozambique, Pacho Guedes, se dio cuenta del talento del joven para el arte y rompió lanzas por él. Lo llevó a su taller en igualdad de condiciones. Guedes se encargaba de construir edificaciones, y Malangatana de ambientarlas. Eso fue por los años 50, los mismos en que en contacto con intelectuales y activistas políticos se vinculó al Movimiento de Liberación Anticolonial (FRELIMO).

La Policía Secreta Portuguesa (PIDE) supo de sus ideas políticas y lo confinó a prisión por año y medio al comienzo de los 60. Pero ya por entonces Malangatana se hacía notar en la vida cultural mozambiqueña y era muy difícil desaparecerlo.

En esa etapa pintó escenas de fuerte contenido social, alegorías sobre la condición oprimida de los naturales del país, de la miseria padecida por los campesinos y la subordinación de los africanos a la burocracia colonial en las ciudades. Lo que más llamó la atención es que su lenguaje, si bien hacía evidente el sesgo social, no era panfletario. Había un sentido audaz de la composición y un toque de realismo mágico en las figuraciones. Malangatana comenzó a ser un estilo. Vino entonces el gran reconocimiento internacional.  

Su obra se encuentra en la colección del Museo Nacional de Arte Africano en Washington. Pintó murales, incluyendo los de las sedes del FRELIMO y la UNESCO y una muy celebrada escultura monumental en la antigua fábrica Mabor, en Maputo.
 

Al culminar el proceso de descolonización y activo en la vida política de su país como parlamentario, ayudó a crear varias instituciones culturales en Mozambique y fue fundador del Movimiento por la Paz mozambiqueño.
 

Recibió la Medalla Nachingwea por su contribución a la Cultura mozambiqueña y fue investido en Portugal como Gran Oficial de la Orden Infante Don Henrique. En 1997, fue nombrado Artista para la Paz por la UNESCO y recibió en Holanda el Premio Príncipe Claus.
 

Hacia Cuba tuvo siempre palabras amistosas como cuando participó en la Bienal de La Habana: “Este es un sueño cumplido. Lo que está haciendo Cuba por los africanos no lo ha hecho nadie. Ningún artista africano que se respete puede echar a un lado a Cuba”.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.