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El Premio Literario Casa de las
Américas reúne en cada
una de sus ediciones
anuales a destacados
profesores,
investigadores y
escritores de diversas
partes del mundo.
Eduardo Becerra, crítico
y profesor titular de
Literatura
Hispanoamericana de la
Universidad Autónoma de
Madrid (UAM) y Doctor en
Filosofía y Letras
(Filología Hispánica)
por el antes mencionado
Centro de Altos
Estudios, participa como
jurado en la categoría
de Cuento en la 52
entrega de uno de los
premios más importantes
para la literatura
latinoamericana.
Autor de libros como Pensar el
lenguaje; escribir la
escritura. Experiencias
de la narrativa
hispanoamericana
contemporánea
(1995); o de artículos
tales como “Recepción de
la narrativa
hispanoamericana en
España. Un nuevo
horizonte de lectura”,
publicado en la revista
Letras Libres
(2002) y “Hacia
la descolonización de la
colonia. Testimonio,
crítica literaria y
tradición ancilar
latinoamericana”, en
América sin nombre
(2004);
también editor del
volumen El arquero
inmóvil. Nuevas poéticas
del cuento, 2006,
Becerra ha dedicado gran
parte de su carrera a
estudiar los modos de
hacer, las principales
características y a su
vez limitantes de la
literatura en nuestro
continente. Con este
autor estuvo conversando
La Jiribilla a
propósito de temáticas
como los nuevos textos
en concurso o las
semejanzas y diferencias
entre la narrativa
contemporánea europea y
la
latinoamericana.
Después de varias
sesiones de lectura y de
análisis de las obras en
concurso como parte del
jurado en la categoría
de Cuento, ¿cómo valora
la calidad de los
materiales presentados
en esta 52 edición del
Premio Casa?
El proceso comenzó por un reparto de
las muchísimas obras que
se presentaron. Me
sorprendió también
porque ha habido un
contacto más directo con
los demás jurados y con
las obras. Ha sido un
trabajo duro, pero
intenso, bonito. Hemos
seleccionado en algunos
casos un libro o dos, en
otras ocasiones hasta
tres, y a partir de ahí
todos los cuentos.
Aunque todavía no
tenemos una decisión
definitiva, pues nos
faltan algunos libros
por terminar.
De manera general, la calidad me ha
parecido media, no creo
que haya habido muchas
obras con
características que las
distingan por encima de
las demás, pero sí
suficientes. La única
reflexión que me ha
surgido por estos días
con respecto al género
en cuestión y a las
obras presentadas —he
estudiado mucho el
cuento y me parece que
es un género con reglas
específicas—, es que
muchas veces los
narradores no escriben
con la conciencia que
exige relatar un cuento.
No ha sucedido en todos
los casos, pero una
mayoría escribe igual
que si estuviera
contando una novela,
solamente con
diferencias en la
extensión. En cierta
medida, es lo que he
echado de menos. Creo
sinceramente en la
singularidad del cuento
como género, no en su
dependencia con la
novela, y me hubiera
gustado más que los
propios escritores
defendieran eso. No he
encontrado muchos
autores que escriban
pensando en un espacio
literario narrativo
distinto.
Y en cuanto a los
temas…
Como siempre, hay bastante
diversidad; pero son
pautas muy generales:
ciertos cuentos con un
intento de reflejo del
espacio social en
determinados contextos
históricos por un lado,
y por otro, cuentos más
volcados a cierto
intimismo, a
problemáticas más
individuales, y algunos
vinculados a
determinados imaginarios
americanos, de la
identidad, culturas
indígenas, etcétera. Un
poco es el resumen de
los seleccionados como
finalistas.
¿En qué momento se
encuentra la narrativa
y, específicamente, el
cuento en nuestro
continente?
En el cuento hay un fenómeno que es
significativo,
relacionado además con
el mundo editorial, y
tiene también una
vertiente un poco
lamentable. En el ámbito
hispánico, la tradición
latinoamericana en el
género del cuento es
infinitamente más rica
que en España, es una
tradición mucho más
potente, una
respetabilidad del
género, por decirlo de
alguna manera, mucho más
significativa que en mi
país, hasta hace diez
años, pues ha habido una
revitalización, un
clarísimo despertar del
interés, escritores que
se han reivindicado
fundamentalmente como
cuentistas, algo que
siempre ha existido en
América Latina: Quiroga,
Borges, Felisberto
Hernández, Silvina
Ocampo, en España no
existía. Entonces hay un
poco de equilibrio.
La vertiente lamentable, como factor
extraliterario —lo
corroboro con mayor
notoriedad en cada
ocasión con algunos
autores
latinoamericanos—,
consiste en la
dificultad de despertar
el interés de las
editoriales por los
libros de cuentos, algo
que en América Latina no
había existido, sin
embargo, en España sí.
Aunque en el continente
hay extraordinarios
escritores y un grupo
bastante numeroso de
narradores, me parece
muy importante que se
reafirmen como
cuentistas.
Hace algunos años editó
un volumen titulado
El arquero inmóvil,
una compilación de
textos sobre el cuento
como género literario.
¿Existe a su juicio una
única poética del
cuento?
La idea del libro venía más bien por
algunas cuestiones que
se iban suscitando a
partir del estudio del
género. El cuento
literario moderno es un
género joven donde la
teoría es contemporánea
a la creación. Poe lo
fundó y fue el primero
que lo analizó. Entonces
toda la teoría es, en
buena medida, de ese
largo período llamado
modernidad.
Según iba leyendo cuentos de
diferentes autores
recientemente, me dio la
impresión de que de
manera reiterativa iban
rompiendo las reglas del
género, y esa ruptura
conlleva la necesidad de
teorizar también de una
manera diferente.
Reinaban aún las pautas
del período anterior: la
felicidad, el final
sorprendente, la teoría
del iceberg, de
las dos historias, entre
otras más.
El arquero inmóvil
no fue tanto el producto
de esa convicción como
de esas inquietudes. Tal
vez para saber qué
pasaría entre los
autores más jóvenes
cuando se encontraran
con otros modos de
indagar en el cuento. Y
en ese sentido, existe
toda una serie de
propuestas tanto de
poéticas, como de
prácticas narrativas que
invitarían un poco a
pensar el género desde
nuevos parámetros. No
porque haya tendencias
diferentes en el cuento,
sino porque hay casi
reglas de composición
diferentes, que rompen
con todo lo que se ha
dicho.
¿Cuáles son los límites
del género? ¿Hasta dónde
nos permite llegar?
Hasta donde vayamos. Es un artefacto
literario que puede
alcanzar las
dimensiones, la
trascendencia y la
complejidad que
queramos. El autor
latinoamericano que más
literatura crítica ha
generado, es Borges,
como cuentista, también
poeta y ensayista; pero
lo significativo es que
escribió a partir de
pautas diferentes a las
de la novela y la
poesía.
Pero el cuento, como cualquier otro
género, permite indagar
sobre los aspectos más
extremos, plurales,
complejos y
contradictorios que
pueda ofrecer la
literatura concebida
como una disciplina
generadora de sentido,
de significados y de
cosmovisiones.
¿Existe el cuento
perfecto?
Hay algunos que lo son. Aunque el
cuento perfecto puede
escribirse de muchas
maneras. Decir perfecto
puede ser arriesgado,
pero sí. A lo mejor no
podemos decir que una
novela es perfecta
porque le quitaríamos
esta o aquella
descripción; pero a lo
mejor conoces algún
soneto perfecto, algún
poema perfecto, entonces
el punto es que si no lo
son, se acercan
bastante.
En el panel ¿Cómo narrar
en/la América Latina?
hizo referencia a la
existencia de una
estandarización de los
lenguajes nacionales,
tal vez como uno de los
elementos más
recurrentes en la
literatura de manera
general. ¿De qué manera
influye este aspecto en
la narrativa
contemporánea?
Siempre que hablamos de nueva
narrativa, lo hacemos
refiriéndonos a ciertos
sectores. Martín Plana
insistió —y a mí también
me parece—que es uno de
los elementos más
debatidos, por lo cual
impone determinadas
pautas. No es que el
lenguaje estandarizado
condicione la nueva
narrativa, es un poco el
proceso contrario.
Disímiles factores de la
circulación de los
textos en relación con
algunas aspiraciones del
escritor pueden provocar
la estandarización;
aunque podría estar
condicionado si las
obras se vuelven
influyentes y los
autores optan por ese
cauce, entonces la
capacidad de influencia
puede generar
evidentemente este tipo
de efecto. Antes había
sido provocada por otras
causas relacionadas,
incluso, con la
posibilidad de hacer más
accesible a un público
más amplio, las
historias que se
contaban y el lenguaje
con el que se hacía.
Hace algunos años
comentaba que en España
existía una distorsión
en la recepción de la
literatura
latinoamericana, debido
al empeño de seguir
leyendo las obras del
continente bajo los
cánones del boom.
¿Cómo se comporta este
fenómeno en la
actualidad?
Cada vez es menos. Ha habido una
insistencia de los
autores por separarse de
los modelos del boom
o por reivindicar ser
leídos de otra manera.
En un primer momento,
sigue enquistando un
poco la discusión de la
narrativa en relación
con aquellos
antecedentes; pero al
mismo tiempo el medio
literario dio un giro
enfocado a analizar las
obras desde otras
perspectivas, preguntar
por temas diferentes.
Ahora comienza a
normalizarse, al mismo
tiempo la normalización
genera unos debates cada
vez menos anclados en el
problema de las
identidades, de la
dimensión continental de
las propuestas.
¿Cuáles considera usted
los puntos de contacto
entre la narrativa
latinoamericana y la
europea?
Hablar de la narrativa europea es
mucho más difícil que
referirnos a la
latinoamericana. La
literatura europea ha
estado tradicionalmente
mucho más distanciada de
estas problemáticas de
las identidades
nacionales, regionales o
continentales. Hasta
donde me atrevería a
decir, hay una
aproximación de
inquietudes. Ahora las
temáticas comienzan a
acercarse, pues en el
discurso latinoamericano
empezaron a su vez a
atenuarse. La nueva
literatura en tránsito
de la que hablaba Martín
Kohan, relacionada con
aspectos que tienen que
ver con la emigración,
el trasplante cultural,
ha sido detectada en
autores de países
eslavos, rusos, que en
determinado momento
pasan a vivir a otras
tradiciones nacionales
como Francia o Alemania.
El movimiento de
desubicación, destierro
y exilio puede generar
ciertas propuestas o
poéticas similares.
En cuanto a las diferencias, en
España tradicionalmente
existe una menor
obsesión por la
literatura nacional y
por la identidad; pero
quizá ahora mismo se
esté atenuando, porque
cada vez es más
frecuente ver que los
narradores de América
Latina y también de
España, o de cualquier
otro lugar, cuando
hablan de sus referentes
no tienen por qué ser, y
en muchos casos no son,
autores de su región.
Sus antecedentes no
llegan de su propio país
o continente.
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