La Habana. Año IX.
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4 de FEBRERO de 2011

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Entrevista con Eduardo Becerra
Pasos de una nueva narrativa latinoamericana
Liliana Rodríguez • La Habana
Foto: Abel (Casa de Las Américas)

El Premio Literario Casa de las Américas reúne en cada una de sus ediciones anuales a destacados profesores, investigadores y escritores de diversas partes del mundo. Eduardo Becerra, crítico y profesor titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y Doctor en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por el antes mencionado Centro de Altos Estudios, participa como jurado en la categoría de Cuento en la 52 entrega de uno de los premios más importantes para la literatura latinoamericana.

Autor de libros como Pensar el lenguaje; escribir la escritura. Experiencias de la narrativa hispanoamericana contemporánea (1995); o de artículos tales como “Recepción de la narrativa hispanoamericana en España. Un nuevo horizonte de lectura”, publicado en la revista Letras Libres (2002) y “Hacia la descolonización de la colonia. Testimonio, crítica literaria y tradición ancilar latinoamericana”, en América sin nombre (2004); también editor del volumen El arquero inmóvil. Nuevas poéticas del cuento, 2006, Becerra ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar los modos de hacer, las principales características y a su vez limitantes de la literatura en nuestro continente. Con este autor estuvo conversando La Jiribilla a propósito de temáticas como los nuevos textos en concurso o las semejanzas y diferencias entre la narrativa contemporánea europea y la latinoamericana.

Después de varias sesiones de lectura y de análisis de las obras en concurso como parte del jurado en la categoría de Cuento, ¿cómo valora la calidad de los materiales presentados en esta 52 edición del Premio Casa?

El proceso comenzó por un reparto de las muchísimas obras que se presentaron. Me sorprendió también porque ha habido un contacto más directo con los demás jurados y con las obras. Ha sido un trabajo duro, pero intenso, bonito. Hemos seleccionado en algunos casos un libro o dos, en otras ocasiones hasta tres, y a partir de ahí todos los cuentos. Aunque todavía no tenemos una decisión definitiva, pues nos faltan algunos libros por terminar.

De manera general, la calidad me ha parecido media, no creo que haya habido muchas obras con características que las distingan por encima de las demás, pero sí suficientes. La única reflexión que me ha surgido por estos días con respecto al género en cuestión y a las obras presentadas —he estudiado mucho el cuento y me parece que es un género con reglas específicas—, es que muchas veces los narradores no escriben con la conciencia que exige relatar un cuento. No ha sucedido en todos los casos, pero una mayoría escribe igual que si estuviera contando una novela, solamente con diferencias en la extensión. En cierta medida, es lo que he echado de menos. Creo sinceramente en la singularidad del cuento como género, no en su dependencia con la novela, y me hubiera gustado más que los propios escritores defendieran eso. No he encontrado muchos autores que escriban pensando en un espacio literario narrativo distinto.

Y en cuanto a los temas…

Como siempre, hay bastante diversidad; pero son pautas muy generales: ciertos cuentos con un intento de reflejo del espacio social en determinados contextos históricos por un lado, y por otro, cuentos más volcados a cierto intimismo, a problemáticas más individuales, y algunos vinculados a determinados imaginarios americanos, de la identidad, culturas indígenas, etcétera. Un poco es el resumen de los seleccionados como finalistas.

¿En qué momento se encuentra la narrativa y, específicamente, el cuento en nuestro continente?

En el cuento hay un fenómeno que es significativo, relacionado además con el mundo editorial, y tiene también una vertiente un poco lamentable. En el ámbito hispánico, la tradición latinoamericana en el género del cuento es infinitamente más rica que en España, es una tradición mucho más potente, una respetabilidad del género, por decirlo de alguna manera, mucho más significativa que en mi país, hasta hace diez años, pues ha habido una revitalización, un clarísimo despertar del interés, escritores que se han reivindicado fundamentalmente como cuentistas, algo que siempre ha existido en América Latina: Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Silvina Ocampo, en España no existía. Entonces hay un poco de equilibrio.

La vertiente lamentable, como factor extraliterario —lo corroboro con mayor notoriedad en cada ocasión con algunos autores latinoamericanos—, consiste en la dificultad de despertar el interés de las editoriales por los libros de cuentos, algo que en América Latina no había existido, sin embargo, en España sí. Aunque en el continente hay extraordinarios escritores y un grupo bastante numeroso de narradores, me parece muy importante que se reafirmen como cuentistas.

Hace algunos años editó un volumen titulado El arquero inmóvil, una compilación de textos sobre el cuento como género literario. ¿Existe a su juicio una única poética del cuento?

La idea del libro venía más bien por algunas cuestiones que se iban suscitando a partir del estudio del género. El cuento literario moderno es un género joven donde la teoría es contemporánea a la creación. Poe lo fundó y fue el primero que lo analizó. Entonces toda la teoría es, en buena medida, de ese largo período llamado modernidad.

Según iba leyendo cuentos de diferentes autores recientemente, me dio la impresión de que de manera reiterativa iban rompiendo las reglas del género, y esa ruptura conlleva la necesidad de teorizar también de una manera diferente. Reinaban aún las pautas del período anterior: la felicidad, el final sorprendente, la teoría del iceberg, de las dos historias, entre otras más.

El arquero inmóvil no fue tanto el producto de esa convicción como de esas inquietudes. Tal vez para saber qué pasaría entre los autores más jóvenes cuando se encontraran con otros modos de indagar en el cuento. Y en ese sentido, existe toda una serie de propuestas tanto de poéticas, como de prácticas narrativas que invitarían un poco a pensar el género desde nuevos parámetros. No porque haya tendencias diferentes en el cuento, sino porque hay casi reglas de composición diferentes, que rompen con todo lo que se ha dicho.

¿Cuáles son los límites del género? ¿Hasta dónde nos permite llegar?

Hasta donde vayamos. Es un artefacto literario que puede alcanzar las dimensiones, la trascendencia y la complejidad que queramos. El autor latinoamericano que más literatura crítica ha generado, es Borges, como cuentista, también poeta y ensayista; pero lo significativo es que escribió a partir de pautas diferentes a las de la novela y la poesía.

Pero el cuento, como cualquier otro género, permite indagar sobre los aspectos más extremos, plurales, complejos y contradictorios que pueda ofrecer la literatura concebida como una disciplina generadora de sentido, de significados y de cosmovisiones.

¿Existe el cuento perfecto?

Hay algunos que lo son. Aunque el cuento perfecto puede escribirse de muchas maneras. Decir perfecto puede ser arriesgado, pero sí. A lo mejor no podemos decir que una novela es perfecta porque le quitaríamos esta o aquella descripción; pero a lo mejor conoces algún soneto perfecto, algún poema perfecto, entonces el punto es que si no lo son, se acercan bastante.

En el panel ¿Cómo narrar en/la América Latina? hizo referencia a la existencia de una estandarización de los lenguajes nacionales, tal vez como uno de los elementos más recurrentes en la literatura de manera general. ¿De qué manera influye este aspecto en la narrativa contemporánea? 

Siempre que hablamos de nueva narrativa, lo hacemos refiriéndonos a ciertos sectores. Martín Plana insistió —y a mí también me parece—que es uno de los elementos más debatidos, por lo cual impone determinadas pautas. No es que el lenguaje estandarizado condicione la nueva narrativa, es un poco el proceso contrario. Disímiles factores de la circulación de los textos en relación con algunas aspiraciones del escritor pueden provocar la estandarización; aunque podría estar condicionado si las obras se vuelven influyentes y los autores optan por ese cauce, entonces la capacidad de influencia puede generar evidentemente este tipo de efecto. Antes había sido provocada por otras causas relacionadas, incluso, con la posibilidad de hacer más accesible a un público más amplio, las historias que se contaban y el lenguaje con el que se hacía.

Hace algunos años comentaba que en España existía una distorsión en la recepción de la literatura latinoamericana, debido al empeño de seguir leyendo las obras del continente bajo los cánones del boom. ¿Cómo se comporta este fenómeno en la actualidad?

Cada vez es menos. Ha habido una insistencia de los autores por separarse de los modelos del boom o por reivindicar ser leídos de otra manera. En un primer momento, sigue enquistando un poco la discusión de la narrativa en relación con aquellos antecedentes; pero al mismo tiempo el medio literario dio un giro enfocado a analizar las obras desde otras perspectivas, preguntar por temas diferentes. Ahora comienza a normalizarse, al mismo tiempo la normalización genera unos debates cada vez menos anclados en el problema de las identidades, de la dimensión continental de las propuestas.

¿Cuáles considera usted los puntos de contacto entre la narrativa latinoamericana y la europea?

Hablar de la narrativa europea es mucho más difícil que referirnos a la latinoamericana. La literatura europea ha estado tradicionalmente mucho más distanciada de estas problemáticas de las identidades nacionales, regionales o continentales. Hasta donde me atrevería a decir, hay una aproximación de inquietudes. Ahora las temáticas comienzan a acercarse, pues en el discurso latinoamericano empezaron a su vez a atenuarse. La nueva literatura en tránsito de la que hablaba Martín Kohan, relacionada con aspectos que tienen que ver con la emigración, el trasplante cultural, ha sido detectada en autores de países eslavos, rusos, que en determinado momento pasan a vivir a otras tradiciones nacionales como Francia o Alemania. El movimiento de desubicación, destierro y exilio puede generar ciertas propuestas o poéticas similares.

En cuanto a las diferencias, en España tradicionalmente existe una menor obsesión por la literatura nacional y por la identidad; pero quizá ahora mismo se esté atenuando, porque cada vez es más frecuente ver que los narradores de América Latina y también de España, o de cualquier otro lugar, cuando hablan de sus referentes no tienen por qué ser, y en muchos casos no son, autores de su región. Sus antecedentes no llegan de su propio país o continente.  
   

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.