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Entre los primeros
libros que compré, allá
en la esquinita de la
tienda de ropa de
Tamarindo, algunos eran
Premios Casa de las
Américas de los años 60
o primeros 70 del siglo
pasado. Un amigo me
acusa de demasiado
imaginativo cuando
afirmo que aquel
rinconcito se ubicaba al
lado de la sección de
ropa interior femenina.
Lo importante no es eso.
Tal vez fueran calderos
o alguna codiciada
herramienta de trabajo,
pero ahí, al lado,
estaban los libros de
Casa llenándome de
apetencia literaria e
ilusión.
Después, en muchos años
habaneros y
profesionales, he estado
cerca del Premio.
Varias veces “lo cubrí”
como periodista o
acompañé a Tania en esa
función. Recuerdo hasta
una propuesta (aceptada
con gusto) de cambio de
trabajo que me llegó de
mi entrañable Elizabeth
Díaz, directora de
Revolución y Cultura
por entonces, en plena
festividad por la
entrega del premio.
De otra ocasión, evoco
la ansiedad en la
escalera del dramaturgo
matancero Jesús del
Castillo, que me
preguntaba si lo había
visto en la lista de
ganadores recién
entregada a la prensa.
No supe decirle, pero
unos minutos después el
laborioso Chuchy saltaba
de alegría. Sí, porque
ese momento de recibir
el Casa es uno de los
sueños de muchos
escritores del
continente americano y
de los cubanos, en
particular. Recuerdo el
año de Reinaldo Montero
con sus Donjuanes,
un libro de cuentos que
me sigue pareciendo
formidable. O la
merecida suerte que han
tenido con este concurso
creadoras que respeto y
estimo: Reina María
Rodríguez y Marilyn
Bobes.
En la dramaturgia
cubana, las menciones en
Casa (en la arrancada de
los 60) significaron un
empujón en la carrera de
autores esenciales como
Héctor Quintero o
Abelardo Estorino. Otro
de los grandes, Eugenio
Hernández Espinosa,
obtuvo el premio con una
de sus obras menos
conocidas, La Simona.
Dos viejos pánicos,
de un autor tan esencial
como Virgilio Piñera,
sigue siendo uno de los
mejores Casa de Teatro.
Como dramaturgo he
tenido suerte con los
concursos. No me puedo
quejar. No copiaré del
currículo
—como
diría mi vieja, “ni es
bonito ni viene al caso”
—,
pero he obtenido buenos
galardones en Cuba y en
España. El Casa, sin
embargo, se me ha
resistido. Y aunque los
escritores no solemos
confesar aquellos
concursos (por supuesto,
los más) a los que
mandamos y no ganamos,
yo sí lo haré. He
mandado tres veces al
Casa. Y lo seguiré
haciendo.
Una vez hasta me
hablaron de la
posibilidad de formar
parte del jurado y no
pude aceptar tal honor,
pues ya había entregado
un texto para el
concurso. Otros premios
dan más dinero (de esos
he ganado uno) o tienen
otras ventajas, pero
este que organiza La
Habana en enero tiene
mucho prestigio,
resonancia continental,
cuidadas ediciones y
además, como se ha
visto, se me vincula a
recuerdos personales;
rostros y cosas
asociadas a su nombre.
El Casa es el Casa.
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