En estos tiempos en los
que vivimos en plena
crisis del capitalismo,
todo parece ser hostil
al arte. La industria
del entretenimiento lo
ha ido copando todo y
pretende convertir al
mundo en una gran platea
de espectadores que
presencien su propia
desmovilización. Una vez
que los ha capturado
mediante la seducción
del consumo, les crece
una nueva piel
impermeable. Y desde esa
nueva piel ejercen
pasividad. Lo primero
que les sucede es que se
les destierra el afecto
y la solidaridad.
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Allí se les representa
―con novedosos lenguajes
del entretenimiento― un
universo de relaciones
humanas, mediadas por
imágenes seductoras que
corresponden a una
especie de segunda vida
que se muestra con más
apariencia de realidad
que la verdadera.
En esa trampa han ido
cayendo muchos hacedores
de arte. Porque es un
universo muy atractivo
del cual forman parte no
solo muchas obras de
arte y de teatro que
circulan por los
festivales, sino la
publicidad y las
diversas formas de
comunicación con todas
las nuevas tecnologías a
su servicio.
Un servicio que permite
a los capturados y
pasivos espectadores
vivir, de ahí en
adelante, de ilusiones.
Por último se les
destierra todo atisbo de
rebeldía y, de esa
manera, se desmovilizan
pueblos enteros, países
y culturas.
Muy pocos espectadores y
artistas ven los hilos
que se esconden en la
traescena. Porque detrás
está la maquinaria de
las multinacionales que
pretenden monopolizar la
verdad. El chip esta
insertado ya. Se trata
de una desmovilización
en serie, mediante la
nueva arma, la seducción
que es la nueva arma, un
arma que es adquirida
por la víctima. Y que,
además de enriquecer al
victimario, apacigua a
la víctima capturada,
pero le da la ilusión de
tener en sus manos el
control.
Ya la platea no es sola
espectadora, como dijo
con lucidez extrema Guy
Debord, forma parte de
la sociedad del
espectáculo, una
sociedad que ha ido
perdiendo la posibilidad
de verse a sí misma
porque el libreto del
pensamiento único parece
no estar a su alcance.
Los artistas tenemos que
saber en qué lugar nos
colocamos.
RECIBIR EL HONORIS
CAUSA
Recibir el honoris es
una causa que
verdaderamente me honra
y lo digo con alegría.
Honra, porque en mi
caso, además de ser un
reconocimiento a los
saberes aprendidos y
acumulados, proviene de
Cuba, un país que ha
sido y es mi segunda
casa-patria y “matria”,
que me ha posibilitado
reconocer, en medio del
bloqueo más atroz del
imperio, el que ―dicho
sea por mí ahora, y no
de paso como se
acostumbra― condeno por
milésima vez.
Como decía, Cuba nos ha
permitido reconocer
saberes y sabidurías
inéditos de otros, y
acceder a creaciones
artísticas de decenas de
escritores y escritoras
marginalizados y
minorizados de América
Latina y el Caribe. Me
ha posibilitado leer sus
poemas, escuchar sus
canciones y vivir sus
relatos. Y me lo ha
permitido a mí y a
muchos de mis amigos y
compatriotas. Cuba ha
ejercido una manera
cultural de enfrentar y
romper el bloqueo desde
la puesta en
comunicación de los que
no tenían la oportunidad
de comunicarse. Desde
los que no teníamos esa
oportunidad. Eso lo ha
hecho Cuba con sus
publicaciones y
encuentros. Ha conectado
las sociedades de
América Latina y el
Caribe entre sí desde la
creación en el arte. Y
las conexiones desde la
cultura son
indestructibles.
Gracias a esta
resistencia activa,
hemos podido reconocer
que tenemos una memoria
compartida y que, por lo
tanto, somos presentes.
De manera que no es lo
mismo este honor a la
causa más noble de
todas, el saber, si
proviniera de otro lugar
o de otra universidad
del mundo. Es un honor
especial. Porque en este
caso, el lugar y la
universidad cuentan. Es
que desde Cuba muchos y
muchas hemos podido
hacer posgrados como
autodidactas porque nos
hemos reconocido en la
otredad no solo del
saber sino del afecto al
hermano y la hermana.
Ya no somos los mismos
ni las mismas desde que
leímos a Pesoa, a
Galeano, de América
Latina; y a Soyinka, de
Nigeria.
Ahora somos continente
en las letras y en las
artes. Estamos
contenidos en una
geografía y en un tiempo
histórico; pero también
en muchas otras nociones
del tiempo que no son
fácilmente reconocibles.
Honra este honoris
y valga la redundancia,
porque deja ver que la
Academia de este país es
capaz de ver con otros
ojos la experiencia del
autodidacta y en este
caso de la autodidacta
del arte, del arte del
teatro, un arte de
minuciosa elaboración
que cuesta muchos años
aprenderlo porque es un
arte que trabaja con la
condición humana, con el
comportamiento. Honra
porque viene del
Instituto Superior de
Arte (ISA), al que le
reconozco no solo muchos
de sus egresados, sino
muchos de los temas que
han surgido de los
grandes debates sobre el
arte y la cultura.
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DE DONDE VENGO
Vengo de un país que
tiene nombre de paloma,
pero que no está en paz.
Se llama Colombia, queda
en el norte del sur, en
la esquina de
Sudamérica. Tiene un
millón 140 mil
kilómetros cuadrados, 46
millones de habitantes,
dos océanos, dos ríos
gigantes que lo cruzan:
uno a lo largo, el
Magdalena y otro, el
Orinoco en la parte
selvática, en diagonal.
Es un país atravesado,
además, por tres
cordilleras. De manera
que tiene todas las
alturas posibles. Eso
nos permite tener gente
de la montaña y de la
costa, del llano y de la
selva amazónica.
Hace 20 años se encontró
la comunidad de
indígenas NUKAK MAKU,
una de las últimas
comunidades
auténticamente nómadas
del mundo. Son personas
muy ágiles, de baja
estatura, que vivían
desnudos selva adentro y
quienes, con la
colonización y la nueva
vida sedentaria, han ido
muriendo de gripa,
extraña enfermedad que
ellos y sus cuerpos
desconocían.
Según el Instituto de
Antropología, hablamos
todavía 86 lenguas,
entre ellas el inglés de
San Andrés islas.
Tenemos el bullerengue y
la cumbia, el bambuco y
el vallenato, entre
muchos otros ritmos
diversos. Todo eso lo
tenemos, a pesar de la
guerra de hace 50 años y
que tuvo como origen el
reclamo de unos
campesinos por un puñado
de tierra. La tierra les
fue negada y su reclamo
respondido con un
inclemente bombardeo.
Esto quiere decir que
hace 50 años, vivo,
vivimos, en medio de un
conflicto social y
armado agudo que nos
condiciona, nos acosa y
a la vez nos interpela.
Nos acosa porque no hay
un día que abramos las
páginas de los
periódicos y dejemos de
encontrarnos con la
noticia de masacres y
crímenes cometidos por
paramilitares, con los
asesinatos a dirigentes
de izquierda o con el
despojo de tierras a los
campesinos. Nos acosa
porque no podemos
limitarnos a narrar el
conflicto sin
involucrarnos en él.
Y nos interpela porque
nos cuestiona qué hacer
frente a lo que pasa.
Algunos estamos
irremediablemente
contaminados por lo que
pasa y no intentamos
deshacer esa afección.
La única cura posible es
hacer el trámite en el
arte y sacarlo todo a la
luz, ponerlo en escena y
buscar juntos y juntas
salidas iluminadoras que
nos permitan cambiar
colectivamente esta
dolorosa tendencia de
resolverlo todo con la
sangre.
No estamos por encima
del conflicto. No somos
mejores que el
conflicto, pero no
queremos para nada ser
inferiores a su
solución.
Este conflicto cuesta la
muerte diaria de decenas
de jóvenes, que suman ya
miles y miles que
provienen de las
familias más pobres
entre todos los pobres.
Ellos se enrolan, a
veces, como única
posibilidad de futuro,
en alguno de los
ejércitos del conflicto,
y mueren y mueren y
mueren. Las mujeres que
sobreviven, asumen la
jefatura de la familia,
cargan los heridos, el
duelo y la memoria, y se
desplazan con lo que
pueden de sus lugares de
origen.
Y comienza un nuevo
ciclo infernal de
exclusión que parece ya
una marcha interminable
de víctimas. Son cuatro
millones de desplazados,
la mayoría mujeres que
han abandonado tierras
fértiles en las que
ahora se siembran
biocombustibles.
Algunos desde el poder
creen que la única
salida está en la guerra
y le apuestan, con el
apoyo del imperio,
millones de millones a
un plan macabro llamado
paradójicamente Plan
Colombia; pero que nada
tiene que ver con
nosotros. Le apuestan a
esa salida. Y con esos
millones se ha cambiado
el mapa. En muchos
lugares donde había
parcelas campesinas y
donde se producían
alimentos, ahora se
siembran biocombustibles.
En esos lugares ya no
hay desplazamiento por
la guerra, sino guerra
para que haya
desplazamiento.
Ese plan es el intento
de apagar un incendio
con gasolina; pero
además es un gran
negocio. Sobre Colombia
―arriba de los ríos, las
selvas y las montañas―
se ciernen los más
grandes y jugosos
negocios de armas y
drogas.
Desde la resistencia
civil y cultural,
sabemos que la única
salida es la negociación
política a la que se le
oponen los mercaderes de
la guerra.
HE PARTICIPADO
Tengo el honor de haber
participado con Santiago
García en la fundación
del teatro La
Candelaria, un centro
independiente del arte y
la cultura, que fundamos
hace 45 años y que se
consolidó como grupo de
teatro estable con un
repertorio de obras de
dramaturgia nacional,
una metodología de
trabajo que cambia y se
enriquece cada día, un
teatro para 250
personas, un pensamiento
filosófico y estético, y
un público crítico que
es la joya de la corona
que nos acompaña
siempre.
Este grupo no solo
sobrevive. Este grupo,
bajo la dirección de
Santiago García, no se
detiene. No se ha
detenido un solo día en
su tarea de crear nuevas
obras de dramaturgia
nacional que den cuenta
de los tiempos en que
vivimos, pero también
del entorno.
La Candelaria ha
desarrollado una matriz
de creación colectiva
que combina ―de manera
dialéctica y compleja―
la intuición de los
actores y actrices con
las herramientas del
análisis y de la puesta
en escena. Ahora estamos
sumergidos en investigar
la relación personal
individual del actor y
de la actriz, su
autorreferencia en las
obras y su irreductible
presencia escénica.
Este camino nos ha dado
el saber estético de
cuestionar la propia
metodología en cada
nueva creación, y la
posibilidad de dejarnos
sorprender a nosotros
mismos con las obras que
emergen. Esas obras son
casi siempre ―porque no
todas las veces caza el
tigre― nuevas miradas de
la sociedad, surgidas de
la imaginación creadora
de los actores y
actrices
del
grupo. Ellos y ellas,
los integrantes, son,
somos, en últimas, los
poetas de la escena,
porque sobre nosotros es
que recae la relación
última y horizontal de
la obra de teatro.
Santiago ha estado allí
desde el primer día como
una especie de genio
estimulador, instigador
en la creación de
imágenes que subyacen
bajo la piel de los
actores y las actrices.
Por eso, cada año y
medio como promedio,
estrenamos una nueva
experiencia, y aunque
nos demoremos en crear
las obras, es verdad,
ellas se demoran también
muchos años después en
el repertorio del
teatro.
Tengo el honor también
de haber participado en
la fundación de la
Corporación Colombiana
de Teatro, una entidad
que promueve la
organización de dos
grandes festivales de
teatro, uno de ellos el
Alternativo, un
acontecimiento cultural
que se hace de manera
paralela al Festival
Iberoamericano. Y otro,
el de mujeres en Escena
por la paz. Desde allí,
desde la Corporación
Colombiana de Teatro que
presido, surgen también
grandes proyectos
populares que buscan
establecer nexos
perdurables para la
reparación de las
víctimas y el arribo
algún día del Nunca
Jamás otra guerra.
Estos proyectos nos
posibilitan extender el
laboratorio del teatro a
la calle con las
víctimas, en un trabajo
multidisciplinario.
Estamos
empeñados y empeñadas
en reconstituir los
hilos rotos por el
desafecto y la
violencia.
Estamos empeñados en
buscar nuevos lenguajes
para habitar los
espacios públicos, las
calles, las plazas y los
monumentos. Estamos
buscando voces para que
la capacidad de rebelión
frente a la Sociedad del
Espectáculo, surgida de
la Sociedad que todo lo
volvió mercado, no se
borre.
Es que de nada vale
querer involucrar el
teatro con la otredad si
no es también para que
el teatro se reinvente
cada vez a sí mismo. A
través de grandes
performances masivas y
de actos
poético-políticos,
estamos ocupando lugares
del poder para dar
testimonio de la
resistencia cultural,
con la voz y el cuerpo
de las víctimas, pero
también estamos dando
testimonio de nuestro
paso por la existencia.
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OFREZCO
Ofrezco este honor a mi
grupo de teatro, La
Candelaria; a Santiago
García, mi director y a
Enrique Buenaventura
―este último fallecido
ya―, dos de mis
maestros. A la CCT y a
los compañeros de
Rapsoda, a mis amigos
entrañables de Cuba, a
Marcia Leiseca que fue
la primera persona que
conocí en Cuba cuando
vine por primera vez en
1966, a Helmo Hernández,
a Wilfredo, a Roxana y a
Raquel, a la Doctora
Pogolotti. A mi
compañero Carlos
Satizabal, a Catalina
García, mi hija, y a mis
nietos Simón y Santiago,
a mi amiga Chila que
vino desde Colombia. Y a
la vida por esta
oportunidad.
Muchas gracias
Palabras de la
dramaturga, poetisa y
actriz colombiana en la
entrega del Doctorado
Honoris Causa, conferido
por el Instituto
Superior de Arte en La
Habana, 20 de
enero de 2011. |