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En enero de 1975, el
jurado del Premio Casa
de las Américas
adjudicaba el lauro de
poesía a un joven poeta
panameño, Manuel Orestes
Nieto. El cuaderno
Dar la cara
llamaba la atención
sobre virtudes líricas
manejadas con temprana
madurez y urgente
sentido de la
comunicación.
La Casa reencontró a
Nieto durante el examen
de las propuestas para
la obtención del Premio
Honorífico José Lezama
Lima 2010. Había reunido
lo que consideró parte
esencial de su
producción poética entre
1968 y 2008 bajo el
título El cristal
entre la luz y el
libro, de un grosor
apreciable, venía
bendecido por la
aprobación de los medios
intelectuales panameños.
Pero no era una poesía
constreñida a la “panameñidad”,
aun cuando en primera
instancia valga lo que
apuntó el crítico
Rodolfo de Gracia al
decir que “en
Manuel Orestes Nieto se
encuentra uno con una
conciencia patriótica
que estremece al lector
por la fuerza y la
contundencia de su
palabra y por la
consabida situación
contextual de la que
nacen sus versos que
demuestran el amor por
el terruño”.
Saltaba por sobre el
istmo sin abandonarlo,
daba cuneta de las
angustias, desvelos y
esperanzas, sin
grandilocuencia, con
mesura, con tono y tino,
de los seres de esta
parte del mundo abocados
a la lucha de querer ser
unos y diversos. El
Premio Lezama Lima honró
a Nieto y el Fondo
editorial de la Casa de
las Américas, en ocasión
de la 52 edición del
Premio, acaba de poner
en circulación esta obra
necesaria y visceral.
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El cristal entre la luz
es como una especie de
viaje a la semilla del
poeta. Recorre la última
estación —Ardor en la
memoria
(2008)— y desde esta nos
lanza en una
retrospectiva donde se
acumulan estampas,
elucubraciones,
reflexiones, soliloquios
y mucha vida vivida,
contenida en casi una
decena de cuadernos.
Estilísticamente se
advierte en sus versos
la impronta de un
coloquialismo que deriva
hacia una expresión
lírica concentrada,
desprovista de
artificios, en la que
unas veces bordea en
lugar común con
inteligencia y en otras
paladea las palabras de
uso cotidiano como si se
acabaran de inventar.
Lo importante, ya lo he
dicho antes, es el afán
de comunicar, de colocar
al lector ante el espejo
de su propia
experiencia. Los ecos de
un modo de hacer poesía
que empata al peruano
César Vallejo con el
salvadoreño Roque Dalton
por un lado, y por otro
las ganancias del
exteriorismo
nicaragüense que tiene
en Ernesto Cardenal su
más conspicuo
representante, nutren
las suaves ráfagas de
los versos de Manuel
Orestes Nieto.
Pero a medida que se
avanza en el libro, el
lector se percata de que
estilo y oficio no son
más que meras
herramientas para el
vuelo sostenido de un
poeta que ha elegido el
verso como opción para
contarnos de sí y de su
entorno, de sus raíces y
de su gente, de la
familia y la sociedad,
del amor y los combates.
El cristal entre la luz
puede ser leído como un
libro de memorias de un
hombre al que hemos
visto en la primera
línea de defensa de la
sensibilidad y la
dignidad humanas. |