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Estoy casi segura
de que es una de las
obras que mejor refleja,
sobre el lienzo, la
personalidad de Martí.
“La composición
—al
decir de Loló de la
Torriente—
destacaba, en primer
plano, la singular
figura a la que sirven
de fondo los libros
amados entre los que,
seguramente, asomará
aquella edición de El
Cuervo, de Edgar
Allan Poe, ilustrada por
Doré, que fue siempre de
su predilección. (…)
Martí está escribiendo o
en actitud de quien
escribe. Nada hay
forzado en la pose. La
inmaculada hoja, sobre
la mesa, espera la
apasionada presión de
una pluma que no conoce
el descanso…”
Este suceso tuvo
como escenario el
célebre despacho de 120
Front Street, en Nueva
York, donde aquel hombre
de 38 años, que ama la
libertad, trabaja en la
preparación de la guerra
necesaria.
El cuadro,
escribió el también
pintor Federico Edelmann,
“da una idea cabal y
justa de Martí”. De 43
cm de alto y 39 de
ancho, la tela no
demanda más holgura para
apresar, como dijo algún
crítico, la propia
imagen viviente del José
Martí real, en carne y
hueso, lo que sería
confirmado por su amiga
Blanche Z. de Baralt,
quien aconseja a los
artistas que quieran
reproducir la imagen del
Apóstol que deberían
estudiar aquel retrato,
porque tenía “el sello
de su espíritu y su
carácter esencial”.
La sortija que
aparece en uno de los
dedos de su mano
izquierda, un
recordatorio trágico que
su mamá siempre quiso
llevara consigo, fue
hecha con un eslabón de
la cadena del grillete
que sufrió en presidio
siendo casi un niño, y
tenía la palabra Cuba
tallada en grandes
letras.
“¿Quién tiene ojos, y no
es pintor?”
La historia
comienza cuando el joven
artista sueco Herman
Norman, llegado en 1887
a Nueva York
—donde
trabaja como obrero en
el puerto—,
oye hablar de José
Martí. Y manifiesta su
deseo de conocerlo. Un
amigo común lo lleva a
visitar al cubano al
viejo edificio de
ladrillos ennegrecidos
de 120 Front Street. Una
corriente de simpatía se
establece muy pronto
entre los dos.
En aquella
pequeña oficina del
cuarto piso, debió nacer
la idea del retrato. El
artista sueco cayó, como
tantos otros, bajo el
hechizo de Martí. De
seguro, no faltó en la
charla la admiración que
al revolucionario
merecía la buena
pintura. “¿Quién tiene
ojos, y no es pintor?”,
se había preguntado él
antes. A los 14 años
matriculaba Dibujo
Elemental en la Academia
de Artes Plásticas San
Alejandro, llamada a la
sazón Escuela
Profesional de Pintura,
Escultura y Grabado de
La Habana.
Muchos de sus
dibujos aparecerán en
las márgenes de sus
cuadernos o en páginas
completas. El más
conocido de sus
autorretratos, el
logotipo hoy del Centro
de Estudios Martianos,
muestra una
impresionante agudeza.
Pero lo cierto es
que pese al impacto de
su encuentro con el
patriota cubano nadie
pudo imaginar entonces
que Herman Norman,
nacido en 1864
—11
años después que Martí—,
en el pueblo de Tranas,
región de la Smolandia
sueca, fuera
precisamente el creador
del único retrato al
óleo que se conoce hecho
al Apóstol en vida, y
que ha prestado enorme
servicio a su
acercamiento.
“La pluma en su mano,
fina y nerviosa…”
Sobrecoge la
fuerza expresiva que se
desprende de este
pequeño retrato que hoy
se exhibe en el Museo
Casa Natal de José
Martí, en la calle
Leonor Pérez,
—antes
Paula—,
esquina a Egido, en La
Habana Vieja.
La vista del
Apóstol esta detenida
frente al pintor, quien
captó la frente amplia,
la mirada reposada, los
labios casi tapados por
los poblados bigotes, y
los demás rasgos
faciales de Martí. Se
cree que el cuadro en
cuestión fue realizado
en 1891, aunque no hay
datos exactos al
respecto, pues su autor
no acostumbraba a fechar
sus obras. Solo firmaba
con sus iniciales.
Representa como
si Martí estuviera
sentado en el borde de
la silla frente a su
mesa de trabajo,
inclinado hacia delante.
Algunos dicen que parece
estar de pie. Mas la
suprema expresividad se
observa en los ojos y
las manos, puntos
focales de persistente
atención en casi todos
los que conocieron al
autor de La Edad de
Oro.
“La pluma en su
mano, fina y nerviosa,
era un atributo que
parecía formar parte de
su propio ser”
—según
afirmó Blanche Z. de
Baralt—,
está muy realzada en el
lienzo del artista
sueco, que, por cierto,
tenía al morir el 24 de
agosto de 1906, 42 años,
la misma edad de Martí
cuando cayó en Dos Ríos. |