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DANZA CONTEMPORÁNEA DE CUBA, DOS ESTRENOS MUNDIALES
Y PRIMERA GIRA POR EE.UU. EN 50 AÑOS

Ventanas de intercambio y versatilidad

Marianela González • La Habana

Fotos: Víctor Junco (La Jiribilla)

La habitual temporada de invierno de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) inicia este sábado con expectativas renovadoras: al escenario del Mella, en La Habana, subirán los bailarines en dos estrenos mundiales (28, 29 y 30 de enero; 4, 5 y 6 de febrero) y, en mayo, la compañía estará por primera vez de gira por EE.UU.

En diálogo intenso con todas las expresiones danzarias, desde su fundación en 1959, DCC —otrora Conjunto de Danza Moderna del Departamento de Danza del Teatro Nacional, Conjunto Nacional de Danza Moderna y Danza Nacional de Cuba, hasta alcanzar el nombre que hoy la designa— la compañía nacida del ímpetu transformador de Ramiro Guerra inicia su segunda mitad de siglo con un protagonismo en la escena cubana y mundial: el linaje de unas 280 obras en fichero, a cargo de más de 50 coreógrafos extranjeros, se enriquece por estos días con la incorporación de Horizonte, del cubano-americano Pedro Ruiz; a la vez que la sangre nueva corre no solo por el cuerpo de sus bailarines, sino también por sus mentes, como es el caso de George Céspedes y su obra Dejando el cascarón.  

El tour de force que los últimos meses han impuesto al equipo de Danza y su elenco —antes pensado, incluso, para tres estrenos en la temporada— reserva, no obstante, energías para un próximo capítulo que se augura histórico: a fines de mayo de este año, la compañía pisará por primera vez EE.UU. en una gira por cuatro de sus ciudades. Entre ellas, la escena del mítico Joyce, en Nueva York.  

“La compañía no ha ido nunca a EE.UU., aunque yo he ido algunas veces —explicó a La Jiribilla Miguel Iglesias, director de Danza Contemporánea de Cuba—. Las razones son casi metafísicas…. Ha habido solicitudes e incluso hemos aparecido en catálogos; pero por un presidente que cambiaba, una línea que se endurecía o condiciones que no nos favorecían… terminábamos por no ir. Ahora, por fin, a través del Joyce Theater —el teatro de la danza en Nueva York, con una tradición que hace que todo el mundo se muera por actuar ahí— se inició la negociación para ir a bailar a ese país. Es una capital importante que nos falta por visitar, conquistar o, al menos, enamorar. Si ellos lo disfrutaran tanto como nosotros, pues valdrá la pena. Otra ciudad que nos faltaría, sería Japón; pero el caso de Nueva York, una ciudad de emigrantes, es difícil de conquistar. Hasta el momento, las propuestas son Virginia, Filadelfia, Boston y Nueva York, donde haremos 16 funciones.”  

Mientras Miguel Iglesias explica algunos detalles de la gira, por el escenario del teatro Mella desfilan los bailarines de DCC en diferentes vestuarios, orientados por los dos coreógrafos que tendrán a su cargo ambos estrenos mundiales. Un entrenamiento para su próxima conquista que no deja de ser también ejercicio de conquista del público cubano, ya suyo.

“El espectáculo que presentamos en el Mella, se compone de tres estilos diferentes, totalmente: Carmen, una reposición que abrirá el espectáculo, luego Dejando el cascarón y por último Horizonte. Es algo de lo que la compañía se jacta: podemos entrar y salir de los diferentes estilos, porque la danza es una sola aunque la comuniques de diferentes maneras. No es decir que nos gusta Picasso o Van Gogh, nos gusta la plástica. La danza de este siglo es una danza contaminada y mientras más cosas incorpores, más te multiplicarás”.

Carmen

Según explicó a La Jiribilla el exbailarín y ahora director de Danza Contemporánea de Cuba, Miguel Iglesias, la coreografía de Kenneth Kvamström abrirá el espectáculo del Mella como antesala de los dos estrenos de esta temporada. “La montamos en 2005, a partir de un taller que él hizo con nosotros. Se enamoró de la compañía y la compañía de él, de modo que hicimos Carmen. La batería masculina de la obra era muy fuerte y Danza se caracteriza por una batería de hombres que sorprende siempre en todas partes; y, claro, quién mejor que nosotros para burlarnos del machismo español. Nos vino como anillo al dedo y desde entonces es parte de nuestro repertorio”.

Dejando el cascarón

“Llamo cascarón a esa cosa que dice ser usted, que habla en su nombre, que trabaja, que sueña, que hace proyectos, que se mira al espejo, en fin lo que usted llama personalidad. Lo llamo cascarón porque, en definitiva, no es más que eso, lo superficial, la cáscara que se mueve en el mundo y que afirma ser usted…”, dice Mario Corradini en La leyenda del sagrado bebedor. Es el libro y la idea que sedujeron al joven bailarín y coreógrafo de danza George Céspedes, para concebir su obra Dejando el cascarón.

“Me inspiré en eso para llevar a la danza el hecho de estar perdido, eso que te hace encontrarte de alguna manera como un ciclo que se repite y se repite, a medida en que vas superando etapas de tu vida —explicó George a La Jiribilla, en un descanso del ensayo general. Al inicio, el título sería Lost to be found; pero con el tiempo me di cuenta de que la coreografía tenía motivos más profundos. Por tanto, me decidí por la idea del cascarón: en el libro, el cascarón es la personalidad, algo con lo cual vivimos forrados y con lo que nos proyectamos en la vida.”

El coreógrafo ha compuesto también la música de su propio espectáculo y, junto con Federico Romillo, diseñó el vestuario. El diseño de luces, por su parte, corre a cargo de Erick Grass.

Horizonte

Pedro Ruiz es un reconocido coreógrafo y bailarín nacido y educado en Cuba, luego en Venezuela, antes de establecerse en Nueva York. El propio artista que durante su carrera ha bailado para distintos Presidentes en la Casa Blanca de su país y  que tiene en su haber importantes premios como  The Bessie Award, Choo-San Goh Award, The Cuban Artist’s Fund y The Joyce Foundation Award, explicó a La Jiribilla la historia de Horizonte, su primera colaboración artística con la isla que le vio nacer.

“La idea de trabajar con Danza Contemporánea de Cuba surgió en 2009, cuando vine por primera vez a Cuba después de muchísimos años —dijo—. Me emocioné cuando fui a la sede de la compañía: estaban trabajando con música afrocubana en vivo, había unos 50 bailarines en aquel estudio con un calor inmenso y con una energía colectiva que me hizo llorar. De ahí, supe que tenía que hacer algo con Danza. Regresé un tiempo después e impartí una clase de ballet, que es lo que sé enseñar; pero les dije que yo quería mezclar el ballet con todo aquello que ellos sabían de los bailes afrocubanos.

“Cuando tuve mi primer día libre en La Habana, salí a caminar y me impresionó mucho su arquitectura. Con toda aquella inspiración tan grande, empecé a trabajar. Un compositor norteamericano, Aaron Jaffe, hizo casi toda la música; otras dos piezas son originales de Rodrigo&Gabriela, dos músicos mexicanos que viven en Irlanda, quienes mezclan el flamenco con el rock y lo afrocubano… Todo eso me da muy bien lo que he visto de este país, esta mezcla de culturas tan hermosa que es Cuba. Y para cerrar, los bailarines de Danza: jóvenes con una formación y una integridad extraordinaria, muy abiertos a intentar nuevas cosas todo el tiempo. Llevarlos a mi estilo fue como una colaboración entre ambos, donde las dos partes aprendimos. Aquí se diseñaron las luces, aquí se hizo el vestuario. Estoy muy contento.”

En cuanto al título de la pieza y a la frase del boliviano Alfonso Gumucio Dragón, que lo inspira, Pedro explicó: “Quería hacer un ballet abierto. Miré a Cuba como una pintura movida y bañada por el mar, con ese oleaje que viene de un lado y de otro, el cambio de color del cielo todo el tiempo, el clima. Y el horizonte es eso, movilidad. Cuando hago una pieza, me gusta investigar, buscar poemas o historias que me den imágenes. Así, tuve la suerte de encontrar este verso de Gumucio: ‘Es una pintura mural que cambia cada día movida por tempestades de color’. Ahí lo tienes: es Cuba”.  

Horizonte y la colaboración del coreógrafo con Danza Contemporánea de Cuba, sin embargo, trascienden el propio espectáculo. En febrero de 2010, Ruiz creó The Windows Project (TWP) un proyecto innovador para celebrar y desarrollar el arte de la danza como puente cultural entre los EE.UU. y Cuba.

“Es una organización que fundé en medio de esta colaboración —dijo Pedro—. Necesitaba de un apoyo económico para llevar a cabo la idea y tuve ayuda de gente muy apasionada. TWP está en condiciones de generar un intercambio artístico entre personas de ambos países, que es lo que me interesa. De momento, vengo yo mismo a hacer coreografías primero con Danza y, para una próxima oportunidad, estamos pensando en hacer algo en conjunto con Danza del Alma, de Santa Clara. Es la ciudad donde nací. En medio de todo este proceso con DCC, di un viaje a Santa Clara y conocí al Director de la compañía, me llevaron al teatro La Caridad, donde bailé cuando tenía ocho años, y me entusiasmé con la idea de hacer algo juntos.”

Hasta el momento, el coreógrafo cubano-americano refiere no haber tenido trabas en el proyecto: “conozco que las relaciones entre ambos países han obstaculizado durante décadas intenciones como esta —dijo a La Jiribilla—; pero hasta ahora no ha habido ningún inconveniente. Espero que continúe de ese modo, porque es muy importante el intercambio cultural entre los dos países más allá de cualquier política”.

Para Miguel Iglesias, la presencia de Pedro Ruiz en el trabajo de la compañía “ha sido interesante, porque se trata de un cubano-americano que, hasta ahora, había visto a Cuba desde allá; pero ahora la ve desde acá y la lleva dentro. Con esta obra, nació también TWP, una idea que abre la ventana para los dos lados con un cariño y un respeto enormes. Mientras sea así, le auguro muy buena salud”.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
Ensayos del espectáculo de Danza Contemporánea de Cuba

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.