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El día de mañana, 18 de
enero de 2011 se cumplen
exactamente cien años
del nacimiento en
Andahuaylas (Sur-Andino
peruano), de José María
Arguedas, poeta de las
lenguas quechua y
castellana, escritor,
novelista, ensayista,
etnólogo, y sobre todo
héroe cultural andino e
indígena que se definía
a sí mismo como “un
demonio feliz (que)
habla en cristiano y en
indio, en español y en
quechua… (y añadía) Yo
no soy un aculturado”.
Treinta años antes de su
muerte, en 1966,
Arguedas publicaba el
poema en quechua, “Huk
Ducturkunaman Qayay”
(“Llamado a algunos
doctores”)1,
que define su relación
ambigua y torturada con
la Academia y la
intelectualidad criolla
europeizante, cito:
“Dicen que ya no sabemos
nada, que somos el
atraso, que nos han de
cambiar la cabeza por
otra mejor.
Dicen que nuestro
corazón tampoco conviene
a los tiempos, que está
lleno de temores, de
lágrimas, como el de la
calandria, como el de un
toro grande al que se
degüella; que por eso es
impertinente;
Dicen que algunos
doctores afirman eso de
nosotros; doctores que
se reproducen en nuestra
misma tierra, que aquí
engordan o que se
vuelven amarillos.
Que estén hablando,
pues; que estén
chismeando si eso les
gusta.
De qué están hechos mis
sesos? De qué está hecha
la carne de mi corazón?
Los ríos corren bramando
en la profundidad. El
oro y la noche, la plata
y la noche temible
forman las rocas, las
paredes de los abismos
en que el río suena; de
esa roca están hechos mi
mente, mi corazón, mis
dedos.
Qué hay a la orilla de
esos ríos que tú no
conoces, doctor?
Saca tus binoculares,
tus mejores anteojos.
Mira, si puedes.
Quinientas flores de
papas distintas crecen
en los balcones de los
abismos que tus ojos no
alcanzan, sobre la
tierra en que la noche y
el oro, la plata y el
día se mezclan. Esas
quinientas flores, son
mis sesos, mi carne.
Las cien flores de la
quinua que sembré en las
cumbres hierven al sol
en colores, en flor se
ha convertido la negra
ala del cóndor y de las
aves pequeñas.”
Creo que es legítimo
afirmar que la elite
intelectual criolla del
Perú consideró a José
María Arguedas como un
traidor de clase y de
etnia. Nacido “blanco” (wiracocha-misti),
de padre abogado y juez,
miembro de la pequeña
burguesía provinciana
andina, fue relegado por
su madrasta a vivir con
los sirvientes quechua
de la hacienda. Allí, el
niño José María fue
nutrido en lengua
quechua por el calor y
la comprensión de los
comuneros andinos. Estos
años formativos,
transformaron a Arguedas
en un runa
andino, de ojos azules y
piel clara, capaz de
usar con igual soltura
el castellano y el
runasimi quechua, la
cultura andina y la
versión criolla de la
cultura del coloniaje
euroamericano; pero
sobre todo se formó el
hombre comprometido con
toda su pasión en la
lucha de liberación de
los pueblos indígenas
andinos.
La paradoja —y tragedia—
de la vida de Arguedas
es que, en su posición
de intérprete, traductor
y activista
político-cultural del
mundo indígena, ha sido
impugnado tanto por la
elite intelectual
criolla, como por el
emergente academicismo
indígena en vía de
asimilación cultural.
De Arguedas algunos
críticos literarios
andinos han podido decir
que fue un wakcha,
un huérfano, un
solitario, un
abandonado, mientras la
izquierda desvariada de
Sendero Luminoso lo
acusaba de “andino
lloriqueante” y la
derecha fundamentalista,
en su versión literaria,
le reprochaba ser un
pasadista y un utopista
arcaico. El diálogo
político, literario,
cultural que Arguedas
quiso establecer entre
los pueblos indígenas,
la antropología
académica y la
inteligencia criolla
peruana fracasó. La
formación colonial y
eurocéntrica de la
intelectualidad urbana
no estaba preparada, ni
lo está, para aceptar
una conversación que
implique un auténtico
proceso de
descolonización, el
reconocimiento de la
existencia de diferentes
epistemologías y
axiologías, la plena
legitimidad y viabilidad
de cosmologías otras, de
visiones y
reinterpretaciones del
mundo que pertenecen a
otros paradigmas de
civilización.
Un caso obvio. La
ineptitud de Mario
Vargas Llosa para ver,
reconocer, interpretar y
finalmente comprender al
Perú profundo, al Perú
indio, al Perú
multiétnico milenario y
contemporáneo, al Perú
que es precolonial,
colonial y neocolonial;
tradicional, moderno y
posmoderno al mismo
tiempo. Esta incapacidad
de estructural nos
revela el grado de
sumisión acrítica de la
intelectualidad liberal
latinoamericana a la
ficción de una “Historia
Universal”, que es
finalmente la historia
de la expansión del
Occidente euroamericano
sobre el resto de la
humanidad mundial a
golpes de fierro y fuego
y de los embustes del
capital. Para que los
“pueblos sin historia”,
los indígenas de América
y del mundo puedan
seguir sometidos y
desinterpretados, los
José María Arguedas
tienen que ser
silenciados,
desvirtuados o
arrinconados a las
márgenes de la
intelectualidad oficial
bajo el rubro de
nostálgicos del pasado y
enemigos de la
modernidad.
No es extraña, pues, la
coincidencia histórica
de José María Arguedas
con otro pensador
indígena quechua que
tres siglos y medio
antes escribiera una
carta de más de mil
folios al rey de España
Felipe III denunciando
los abusos de los
españoles invasores del
estado Inca y las
virtudes de la sociedad
y civilización indígena
de los Andes. La
Nueva Corónica y Buen
Gobierno (1615) del
intelectual andino
Huamán Puma de Ayala
intentaba establecer un
puente de diálogo
civilizacional entre la
España posmedieval y el
estado indio de
Tawantinsuyo, a través
de la primera crítica
sistemática del
colonialismo europeo en
las Américas. Huamán
Puma se oponía con
fuerza al poder y
gobierno de los
invasores extranjeros
argumentando a favor de
la restitución de las
tierras y territorios
indios así como del
restablecimiento del
modo de gobierno
indígena. En su
aceptación de la
irrevocable presencia
del cristianismo
cultural y político
español Huamán Puma de
Ayala llega a reconocer
—como lo hiciera siglos
después José María
Arguedas con la cultura
urbano- criolla— unas
cuantas virtudes de los
ideales del Occidente.
Huamán Puma reconoce que
no todo es rapacidad,
robo, engaño y violencia
en la fe de España
traída al Perú, sin
embargo, la cristiandad
del nuevo país
criollo-indio-mestizo
con su supuesta ética de
compasión debe ser capaz
de reinterpretar la
cosmología que
sustentaría este
“renovado contrato
social”.
En su dibujo del
“Mapamundi del Reino de
las Indias” (1615)
Huamán Puma pone al
centro del mundo no a
Jerusalén, sino el Cusco,
como debe ser, y los
seis ejes cósmicos
—norte, sur, oriente,
occidente, nadir y cénit—
corresponden al
ordenamiento del
Tawantinsuyo y de la
Pacha (janac
pacha, mundo de
arriba y uju pacha,
mundo de abajo). Tres
siglos y medio después
de las anotaciones de
Huamán Puma, en los
pueblos indígenas
andinos perdura el
principio de que espacio
y tiempo son dos
conceptos indivisibles,
ambos recogidos en los
términos y prácticas
sociales tales como
turpay pacha (el
tiempo-espacio de la
cosecha); kay pacha
(el tiempo-espacio en
que vivimos) y el
concepto fundante del
tiempo-espacio andino:
ñawpa pacha que
es definición del pasado
y al mismo tiempo
marcador de futuro, el
tiempo por venir2.
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En esta concepción tan
indoamericana de un
futuro que se dibuja
desde atrás, desde el
pasado, desde un pasado
que se encuentra en el
presente y que generamos
todos los días con
nuestro actuar cósmico,
que hay que discernir e
interpretar el
pensamiento y la
práctica utópica india.
La “utopía arcaica” a la
que se refieren con
cierto desprecio los
criollos posmodernos
neoliberales existen y
habitan los Andes, el
Amazona, Mesoamérica y
el Mapu, las tierras
yoemé y diné
y los barrios indios de
San Francisco,
California, es decir, la
América indígena toda.
Se trata del futuro de
justicia social, de una
comunalidad (un ayllu,
una parawa, una
guzún), una
comunalidad de
reciprocidades y de un
mundo relacional
igualitario entre todos
los entes del universo
—tangibles e
intangibles/ físicos y
bióticos—, es decir, un
universo de parientes,
con los que hay que
ponerse de acuerdo todos
los días. Lo arcaico, en
los proyectos indios, es
el principio fundante
del orden, tal como le
dijo a José María
Arguedas un campesino
quechua iletrado
respondiendo a la
pregunta: —“¿Qué es Inka?”
—“Inka es el principio
fundante de todas las
cosas”, fue la
respuesta. De allí la
plena vigencia hoy día
de la narrativa andina
de Inkarí, el
otro gran aporte de
Arguedas a la
comprensión del mundo
indígena. Inkarí,
el ser desmembrado,
cuarteado, enterrado en
pedazos a lo largo de
los Andes que se va
recomponiendo en el
ñawpa pacha:
tiempo-espacio/presente-
pasado-futuro. Cuando el
cuerpo completo de
Inkarí se haya
recompuesto, es decir,
remembrado, el proyecto
social andino volverá a
resurgir.
Deseo concluir estas
palabras con una
advertencia de
antropólogo. Hay en las
Américas del tercer
milenio entre 40 y 50
millones de indígenas,
millón más, millón
menos. Durante seis
siglos los pueblos
indígenas se han
resistido a desaparecer
y se han adaptado a
todos los cambios
impuestos a la fuerza,
de atrocidad en
atrocidad, de abuso en
abuso, de injusticia en
injusticia. La tragedia
y masacre de los pueblos
awajún y
wampis en Bagua, en
la Amazonía peruana, en
2009 es un hito más en
la larga historia de
resistencia de los
pueblos indígenas de las
Américas. Lo que revela
la insurrección de Bagua
es que el paradigma
indígena de una
civilización más humana,
igualitaria, de justicia
relacional con el
paisaje históricamente
construido (el ñawpa
pacha), se está
confrontando con fuerza,
inteligencia y
organización a la
alternativa política
destructora y genocida
del capitalismo salvaje
globalizado impuesto
desde el imperio.
Añado dos
consideraciones finales:
una pesimista y otra
esperanzada, la quiero
expresar de manera
radical: yo no creo que
sea posible concesión y
negociación alguna con
la propuesta distópica
del capitalismo global
de los fundamentalistas
neoliberales. La
descivilización impuesta
por el capital ha tenido
más de 500 años de
tiempo para demostrar su
capacidad de
civilización justa y
humanística, moral con
la humanidad y el
cosmos, atenta al
espíritu y a la belleza.
No lo ha logrado, ni
parece desear lograrlo.
La segunda consideración
y proposición
esperanzada es que el
diálogo inviable con el
capitalismo de la
distopía hay que
sustituir una
conversación honesta y
profunda con el otro
paradigma de
civilización —el
paradigma indígena— y
repensar el futuro
común, el socialismo, la
justicia social, la
ética ambiental, la
democracia cultural y la
misma belleza de la vida
(“el buen vivir”)
juntos, en solidaridad
y en aprendizaje
compartido con los
pueblos indígenas de las
Américas.
Y esta me parece ser una
enseñanza que nos dejó
José María Arguedas y
esta es también es la
propuesta que nos ofrece
hoy Casa de las Américas
con el lanzamiento de su
Programa de Estudios
sobre Culturas
Originarias de América.
Con razón José María
Arguedas lanzaba desde
el avión que lo traía a
Cuba estos versos el día
16 de enero de 1968:
“A Cuba” —Cubapaq
Estoy llegando a ti,
Pueblo que ama al
hombre;
Pueblo que ilumina al
hombre,
pueblo que libera al
hombre,
amado pueblo mío.
Dentro del avión-águila
escucho tu palabra,
la voz, el grito de
setecientos maestros y
poetas,
palabras inspiradas en
ti,
tan altas como el Sol.
Eres tú, ahora, pueblo
de Cuba, simiente del
mundo
del cielo y de la
tierra.
Chayamushkayki
runa kayaq,
runa kanchariq,
runa qespichik,
llaqtallay, llaqta
Kay wamani avionpa
qasqon ukupi uyarini
rimayniyta
qanchis pachak
amautakunapa,
harawikunapa
rimasqanta qaparinqanta.
Inti sasyayta
rimaykamusqanku
qamrayku
Qanmy kanki, kunan,
Cuballaqta mundupa rurun
hanaqpachapa, kaypachapa.
Notas:
1- Cito textualmente de
una carta que me ha
enviado mi amigo y
colega el antropólogo
boliviano
quechua-hablante
Guillermo Delgado,
profesor en la
Universidad de
California, Santa Cruz.
Guillermo ha hecho la
traducción al castellano
y al inglés de los
poemas J. M. Arguedas
que cito en este texto.
2- Gran parte de este
párrafo se sustenta
sobre el extraordinario
ensayo de Eusebio Manga
Quispe titulado: “Dos
concepciones
espacio-temporales para
dos mundos. Ñawpa y
ñawpa-n:
encaminadores de kay
pacha” publicado en
Ciberayllu (7 marzo,
2010) http://www.ciberrayllu.org. |