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Tomar tscha y no
té, porque de esa manera
lo recomendaba el
mentor. Así se escuchaba
aristocrático y
recordaba al veterano
ciertos días de lluvia
bajo un paraguas del
cual solo él guardaba
recuerdos gratos, o tal
vez terribles como esa
invitación tardía para
aplacar el relente y el
frío con unos sorbos de
infusión... Los tiempos,
¡oh, los tiempos!, en
sepia y nubes, casi se
borraban y el maestro,
un sombrío escritor,
hacía todo lo posible
por revivirles el color,
por dejar a otro un
fantasma como herencia.
Quién sabe cuáles fueran
los acuerdos del
contrato anterior,
¿quién sabe? No importa.
El maestro, que distaba
varios años de la
aprendiz, comenzaba a
olvidar la época en que
él interpretaba el otro
papel, tan ridículo, tan
vulnerable pero a la vez
tan peligroso por ese
miasma de ingenuidad o
hipocresía ―aún no sabía
cuál de las dos— a punto
de emerger a modo de una
traición inevitable.
Bebía para quedar hueco,
para posar las nalgas en
una silla y que del
estómago, la paz fuera
extendiéndose hacia la
totalidad del cuerpo.
Así, imperturbable, sin
saber si realmente
quería, comenzaba su
penosa jornada donde
pudiera parecer al que
observa desde afuera,
que uno compraba el alma
a aquella que con cierto
desenfadado se la
ofrecía como un bien que
le estorba, que no
necesita.
La aprendiz, valiéndose
del calco de las obras
escritas y luego
repudiadas por el
maestro, lograba
terminar algunos
fragmentos de lo que,
llegado el momento,
convertiría en su primer
libro. Sin embargo, no
había plagio. El maestro
estaba al tanto del tipo
de labor para la que
destinaba aquellos
despojos, además de que
en los tiempos que
corrían, lo que llamaban
reciclaje posmoderno
―digamos, “perpetuidad
del ciclo”, “recurrencia
a lo ya dicho por
otros”― pasaba por
lícito por aquello de
que ya no es posible
hacer literatura, sino
algo como remiendo en un
abrigo de lejanos
inviernos. “Escribir”,
repetía el maestro en
cada lección mientras la
alumna asentía con
visibles gestos de
felicidad, “no es un
acto divino, mucho menos
original. Es, con sus
particularidades, tan
acto creativo como
torcer tabaco: las hojas
descartadas por
defectuosas, para
picadura, y de ahí, para
cigarrillos. Y todos a
inhalar contentos o
disgustados sin pensar
que un simple pitillo es
el refrito de un
malogrado habano, ¿no es
cierto, nena?”.
De modo que la joven no
plagiaba, tan solo
“fumaba” textos, con lo
cual no queremos decir
que los convirtiera en
cilindros finos, o que
los acercara al fuego
para transformarlos en
un montón de cenizas.
Cuando conseguía
disciplinar treinta
líneas fallidas, cuando
neutralizados en el
hato-página, creía haber
domeñado las
ambigüedades del verbo,
la perversidad del
hipérbaton, las
“mariconerías del cabrón
lenguaje”, entonces
escanciaba un chorro de
tscha, bebía,
disparaba todo el
aliento contenido
durante la “poiesis”
(diría el maestro),
besaba la cuartilla
guiñaposa como quien se
despide de un difunto y
la enviaba a reposar en
una carpeta, a hacerla
engordar, a cebarla como
un cerdo al que
alimentan con todo tipo
de sobra y sancocho.
Cada página merecía una
fiesta, pero bastaba
solo con alzarla como a
un bebé, hacerle upa upa,
comprobar si se parece a
papá y, luego, si el
análisis resultaba
positivo, era colocada
junto a sus hermanas, en
una cunita marcada con
el rótulo: “Proyecto de
Novela o algo parecido”.
Los trabajos y los días
se perpetuaban sin
variaciones notables.
Sutileza era variar el
tscha por el ron
las tardes en que el
maestro se retiraba
temprano afectado por
una gripe o por una
papilloma humana
galopante que le
sembraba molestas
verrugas por todo el
cuerpo. Esos encuentros
donde escaseaban los
regalos (aunque el
maestro resolvía la
cuestión con un poco de
dinero), la muchacha,
dejando correr su
euforia, compraba dos o
tres botellas, invitaba
a una media docena de
seguidores del amo —los
menos fieles, pero los
más cercanos— y allí, en
su casa, en secreto como
en un ritual véhmico, la
noche y la madrugada y
el nuevo día y otra vez
la tarde, cuando el
deber reclamaba el fin,
casi lograban la orgía
perpetua sobre una cama
terriblemente extraña.
La sangre y la carne
reaccionaban cuando el
sol estaba a punto de
ocultarse, cuando la
casa no toleraba más
vapor acumulado y
comenzaba a evacuar
alimañas de rincón.
Entonces bebía agua para
sentir la recuperación
del peso corporal, se
sustraía a la deriva de
sí misma, acomodaba el
rictus viciado que
permanece como un
tatuaje después de tan
prolongada vela de
armas, y ya a las siete,
cuando suponía que el
maestro había terminado
la cena y se disponía a
esperarla, marchaba a
sus quehaceres.
Digamos que al llegar,
la visitante notó que la
sala y el corredor que
conduce a la cocina,
estaban a oscuras.
Quizás por eso la escasa
luz de la entrada del
apartamento le hizo
suponer que el semblante
del maestro estaba
pálido y huesudo.
Parecía tan serio como
si todos los siglos de
enrevesadas ascendencias
se hubiesen condensado
en su postrer
descendiente, pues el
maestro era el último de
su propia especie.
El visitado, con un
gesto indefinido,
ecléctico por no decir
ridículo (aunque todos
sus gestos eran
parecidos), la invitó a
pasar. “¿No hay luz?”,
preguntó la muchacha
cuando se vio envuelta
en penumbras. Intentaba
calmar los nervios,
porque tanto en el fondo
como en la superficie de
sí, temía a aquella
criatura intrigante que
cerraba la puerta a sus
espaldas. “¿No hay
luz?”, insistió, pero el
maestro solo se limitó a
colocarle una mano en el
hombro para animarla a
seguir.
Los otros lugares,
después de la sala,
donde podían sentarse a
conversar eran el
comedor y el cuarto, tal
vez el baño, pero en
este último el maestro
prefería otros
ejercicios de relajación
donde no valía la
palabra, ni siquiera el
diálogo más elemental.
“Debemos ocultarnos. Más
o menos a las diez
alguien importante nos
hará una visita, y todo
debe estar a oscuras. No
tolera la luz”, dijo el
maestro al llegar al
final del corredor,
donde había colocado
tres sillas en círculo
como para una sesión
espiritual. Los dos se
sentaron a esperar la
llegada del “alguien”.
La joven intentó subir
los pies, pero el
maestro quebró la acción
con un vistazo.
¿Tocarían a la puerta o
habría despliegues de
trompetas y corderos
degollados? Quiso
taparse los oídos pero
el maestro casi la mata
de una reojada. Si la
aprendiz intentaba hacer
alguna pregunta, el
maestro con un silbido
le indicaba volver al
silencio total: “no te
muevas”, “respira con
moderación”, “no cruces
las piernas ni los
brazos”, “concéntrate en
el asiento desocupado”.
Con un tono entre Kafka
y Buster Keaton, sudando
a chorros, invadida por
todos los tics que
biológicamente podía
producir, esperaba la
muchacha. La armazón
consumida del maestro
proyectaba señas de
influencias nefastas.
Las perturbaciones
gripales y las rasquiñas
epidérmicas lo habían
transformado en una
versión deplorable de sí
mismo. En el maestro o
en el espectáculo de
sombras, con
independencia de ellas,
a salvo de la
distorsión, lo único
intacto eran las maneras
imperiosas de solicitar
y la voz, cuyo timbre
inconfundible evocaba,
en vez de cuerdas
vocales, tensas tiras de
hule tan finas y
frágiles como un condón.
A las diez menos cinco,
el fondo del asiento de
la muchacha se había
convertido en una laguna
de sudores. Al maestro
parecía no molestarle el
empeño obstinado de
transitar de un estado
físico a otro pues, sin
enfado, y hasta
paternal, le sugirió:
“Cálmate, idiota, o te
evaporo de un puñetazo”.
En ese instante, de la
sala, casi plasmáticos,
atemporales, como diez
aldabonazos en la
oquedad de un abismo,
llegaron los avisos de
un reloj. La silla
vacante que cerraba el
círculo comenzó a
verdear. Como en el
teatro, una luz tenue y
cenital provocaba
ilusiones cromáticas
pero siempre dentro del
verde. A los pocos
segundos se formó una
pátina que no era tal
porque burbujeaba con
explosiones de gases
fétidos en tránsito
hacia una neblina
primero densa, luego
viscosa y con apariencia
animal. La muchacha,
oscilante entre la
catalepsia y el terror
optó por una histeria
convulsiva donde
combinaba, al mismo
tiempo, el castañeteo de
los dientes, el mambo y
los pasos más difíciles
del chachachá y el
tango. Por su parte, el
maestro, al parecer
acostumbrado a esas
raras visitaciones,
apenas alteró su
comportamiento. Si le
temblaron los labios, no
fue de espanto ni de
vejez, intentaba, y
logró decir:
“Bienvenido”.
Luego de las
transfiguraciones, el
tercer puesto quedó
ocupado. Aún clareando
los verdes,
palideciéndolos, una
silueta humanoide,
humeante y cetrina
correspondió al
recibimiento: “La muerte
nunca es por completo un
huésped bienvenido”,
sentenció irónico y
agregó a lo dicho un
eructo de placer.
Habiendo logrado una
apariencia terrenal,
aunque demasiado blanco
para estar vivo, el
recién llegado acomodó
las manos en el mango de
un paraguas que apoyaba
en el piso. Reguló los
espejuelos (usaba unos
de pasta, nada
elegantes) con un rápido
arrugón de nariz, fijó
la vista en la cosa con
aspecto de muchacha, que
todavía convulsionaba y,
sin palabras (el bulto
aquel no merecía tales
honores), solo apuntando
con la barbilla,
preguntó al maestro
quién era la de tan
extrañas reverencias.
Un tanto avergonzado el
maestro elevó la mano
derecha, la alisó como
si preparase una
chiringa, y la dejó caer
en picada contra la
cabeza de la tontuela
quien no tardó en volver
en sí. La muchacha no
sabía si aquel ente
plasmático le era
totalmente desconocido.
Se trataba de un hombre
que en cuestiones de
fealdad podía retar al
maestro y ganarle. Tenía
la expresión de un
águila calva. La mirada
—meditaba la joven— era
muy parecida a la de
otro ser que había visto
en un cartel de cine, o
en la contracubierta de
un libro. “¡Sí!”, logró
reconocerlo, pero se
resistía a creer que
fuera cierto. Quizás
estaba allí, fruto de
las convulsiones o de la
pérdida excesiva de
líquidos o resaca del
alcohol. Invención de la
oscuridad, digamos.
“Nada de eso, pequeña,
su mente no puede
producirme”, dijo el
visitante para mostrar
la agudeza de su
pensamiento. Y en una
sonrisa envolvió una
burla dirigida al
maestro: “Muy aburrido
debes de estar cuando
acudes a tan menores
compañías”, pero este no
dio explicaciones y
resolvió la paz
proponiendo un tema para
esa noche porque, al
parecer, se reunían con
cierta frecuencia:
“Hablemos del futuro de
esta joven. Desea ser
novelista...”. No había
dado fin a la propuesta,
cuando una carcajada
hueca y fingida inundó
el círculo.
–Juegas, ¿no es cierto?
—la pregunta del
aparecido salió como un
desafío donde no se
admitían negaciones.
–Tú hiciste algo similar
conmigo —le ripostó el
maestro para
contrarrestar el ataque.
–Y mira lo que resultó,
una copia degenerada, un
pobre ejemplo a
imitar. El recién
llegado ordenaba las
palabras con desprecio.
–Creo que me marcho, no
es un buen día para
visitas. Pudiste cerrar
el círculo con una
invitada mejor: la mente
de esa... aprendiz, pude
verlo sin ninguna
dificultad, solo produce
errores. Ves, ni
siquiera es interesante.
¿Por qué no le arreas
otro chiringazo?
–¿Acaso no recuerdas tu
mismo refrán? “Un
guiñapo puede servir de
vela; una artesa
cualquiera es un buen
barco”, —dijo el maestro
con la satisfacción de
haber dado una buena
estocada.
–Sí, pero ¿cómo
sigue?... “nunca volará
quien no haya volado
hoy” y esa tonta solo ha
visto volar las
chiringas sobre su
cabeza, y las moscas, ¡oh,
peste infernal!
–Lo que dices no es
cierto —interrumpió el
maestro—, está
impresionada... además,
no hagamos caso a
palabrería de brujas.
Durante media hora
disputaron sobre el
destino de la muchacha.
Más allá del ¡No!
sostenido, el maestro
solo encontraba
imposibles mayores.
Hasta que vio algo de
claridad tras la brecha
abierta por la fatiga de
la discusión: los
muertos también pierden
energía.
–Si al menos… la
chiquilla… Si al menos
tuviese un ápice,
digamos, de positividad
que recompensara su
atrofiadito sistema de
neuronas (creo que estoy
siendo bondadoso al
atribuirle algo muy
complicado) —comenzaba a
ceder el intransigente
convocado.
–¡Sí, lo tiene! —le
aseguró el maestro con
la alegría del náufrago
que llega a ver algo
parecido a una isla en
el horizonte.
Reinó el silencio.
Víctimas de un colapso,
ninguno (la joven no
cuenta) siquiera
pestañeó. Es más, el
fantasma, que
proporcional a su
disgusto recobraba los
verdes como para una
despedida, dio marcha
atrás al proceso y
retornó al blanco, que
era su color neutral, su
signo de lo estable.
Sirviéndose de un gesto
minúsculo, el maestro
acercó los labios a la
oreja izquierda del
visitante (en cuestiones
de hechicería lo
siniestro favorece el
entendimiento) y susurró
algo. La masa
ectoplasmática elevó el
paraguas, lo extendió
hasta la muchacha, y
comenzó a palparle los
contornos.
–Hay cosas mucho más
valederas en este mundo.
Creo que te encierras y
te engañas —dijo el
aparecido con el tono de
quien comprueba que
cierta mercancía,
pregonada como
exclusiva, es posible
hallarla en cualquier
esquina.
–Bueno, puede que tengas
razón… —aceptó el
maestro y quedó
dubitativo. –Pero bien
sabes que no se trata de
simple placer…
–Si quieres transformo
tu petición. Y en vez de
convertir este
corpúsculo común en
novelista… tarea
difícil, fíjate qué poco
logré contigo…
–No ofendas —le replicó
el maestro.
–No ofendo, digo la
verdad. Créeme a mí, que
por muchos años tuve que
mascarte, duro manjar
(como tú a mí). Ningún
hombre digiere la vieja
levadura –el fantasma
acorralaba al maestro,
lo rodeaba de los
argumentos más
implacables.
–Pero ¡yo la quiero! —melodramatizó
el maestro como un
Montesco descarriado
luchando por su Capuleto
indiferente.
–¡Sea en buena hora! —el
fantasma no pudo
aguantar la risa y
verdeó con estruendo
durante unos minutos.
–Pienso que haréis bien
en dar oídos a la razón.
¿Recuerdas aquel
consejillo que
Mefistófeles dio a
Fausto en su primera
plática? Muy sano:
“Asociaos a un poeta,
dejad que el maestro
divague en sus
pensamientos y amontone
sobre vuestra respetable
testa todas las nobles
cualidades.” ¿Ves?, como
si en lugar de cabeza
tuviésemos un escaparate
como culminación del
pescuezo. Poeta no eres,
mucho menos maestro.
Divagas del peor modo en
tus pensamientos, te
pierdes y los cansas,
tanto que no pueden
sostenerse luego en una
miserable hoja. Y no
hablemos de testas
respetables ni
cualidades nobles…
Digamos que al igual que
esta tonta, no eres nada
especial… Deberías dar
talocha a tu bovedita, a
ver si contienes tu
“inspiración”… —ahora el
fantasma intentaba
retomar la idea
inconclusa. –Pero
prosigamos con nuestro
asunto. Te decía que, si
quieres (yo en tu lugar
aceptaría), transformo
la petición que me
hiciste. Claro, lo hago
por respeto al pasado…
El maestro, al oír la
última palabra, comenzó
a rezar un sinfín de
quejas.
—Deja el llanto y las
deudas por pagar para
otro día. ¿Qué te parece
el trato?
Atontado, el maestro
hizo vibrar los labios
al acariciarlos con el
índice, dio vueltas a la
cabeza buscando
recuperarse de un mareo
y cerró una mano en
puño. Se protegía.
—Si miras a tu
alrededor, viejo tonto
(solo a ti se te ocurre
cambiar obra por… mira
esas verrugas) –el
fantasma atacaba porque
se sabía con ventajas–
verás que tres formamos
un buen equipo de
imbéciles (ya recibí mi
castigo por tenerte como
compañía) y dos,
ustedes, son el peor
ejemplo a imitar… acepta
mi oferta.
–¿Cuál, dime? —preguntó
el maestro como el niño
que espera un regalo.
–Esa chiquilla no.
Ninguna. Multiplicarnos
no nos salva. La causa
de quienes viven en el
pasado se muere —dijo el
fantasma con algo de
Rhet Butler en la
cadencia.
–¿Y qué hago entonces?
–Toma lo externo, la
envoltura, y basta, sin
otras pretensiones. ¿Por
qué esa mente baladí y
ese cuerpo menudo?
–Tal vez por mi afición
a las causas perdidas…
tal vez por mí mismo.
El aparecido, hinchado y
verde, estuvo a punto de
convertir su paraguas en
un sable, pero se
contuvo.
–De esa no sacarás nada,
vetusto. Mañana te
enviaré algún
cuerpecillo mejor, pero
solo el cuerpo, no
pretendas más, no eres
un dios… eres vulnerá…
Campanadas. Azufre o
huevos podridos, no
importa. El ambiente
quedó casi limpio al
restaurarse la ausencia.
La aprendiz más el
maestro, la presencia de
ambos, fueron el único
obstáculo para la
pulcritud total. De
nuevo incompleto el
círculo, desalojado el
asiento, terminada la
visita, el maestro meneó
la cabeza en señal de
asentimiento. La
muchacha nunca supo a
quién la momia dijo
“Sí”. De todos modos,
ese gesto de eunuco lo
había aprendido muy
bien, y era la clave
obligada para sellar y
complacer los deseos del
fantasma. No deseaba
enfadarlo, corría
peligro en plena
rebeldía, no estaba
ajeno a las
consecuencias, pero aún
así discutía, digamos
que no se dejaba
arrebatar fácilmente el
orgullo, que regateaba
como un comerciante de
bazar. Digamos que le
daba lo mismo.
Pasados unos minutos,
saga ya el fastidioso
aparecido, el maestro
recuperó su
imperiosidad. Se
levantó, caminó hacia la
muchacha, le cerró la
boca con delicadeza de
estomatólogo y le pidió
que se marchara, que no
regresara la próxima
tarde, que se habían
acabado los papeles y
las otras regalías, que
no volviera nunca:
“Jamás”.
El tullido cerdo de
papel, al que
cariñosamente llamaba su
“Proyecto de Novela o
algo parecido”, apenas
engordaba. Aún bajo los
efectos del sínodo
infernal, traumatizada
por el desplante del
maestro y por los
insultos del meteco
inoportuno y prepotente,
la aprendiz no lograba (de)generar
una nueva página. Las
hojas, a punto de ser
trituradas por el
rodillo de la máquina de
escribir, se cambiaban
en llanuras siberianas o
en desiertos lunares
cuando se hacía
consciente de sus
pretensiones. En ese
instante prolongado en
la existencia estéril
—el más indicado para
cambiar de rumbo y
probar suerte en otras
cosas—, oía la voz del
arrepentimiento: “Puedes
imaginar que avanzas y
solo caminarás en
círculos.” Entonces
retrocedía sin disparar
ni una letra. No estaba
de ánimos para
exploraciones. Creía que
con un poco de chapoteo
sobre las teclas y un
mínimo de maniobra dadá,
podía prescindirse del
genio y del oficio. Que
el mundo era su voluntad
y ella un grandísima
testaruda que
simplemente —esto lo
tomaba del maestro—
debía hacer una buena
representación.
Dramatizaba. Se figuraba
ridícula tras un
cristal, observada por
todos. Pensaba en el
fracaso de su comedia
con el maestro y en lo
urgente de insistir más
en la reconquista del
proveedor que en los
intentos de escribir un
párrafo suyo de
principio a fin. Por la
tarde haría de su cara
linda un callo, un
calcañal, y se
enfrentaría a cualquier
tipo de desaire: un par
de caricias
greco-latinas donde
mezclara storge,
agape, manía, pragma,
ludus y eros;
algo —no mucho— de los
cantos líricos de Hafiz;
más los consejos de Von
Knigge en su libro
Sobre el trato con los
seres humanos (en su
momento ella aplicaría
los del capítulo III:
“Sobre la manera de
comportarse con los
animales”), le
facilitarían la
bienaventurada
reconciliación. Era
evidente —meditaba— que
el maestro había sido
hipnotizado por el
intruso verde, por
tanto, las
probabilidades de un
fracaso no eran nada
despreciables sino
alarmantes en exceso
pero, frente a una
emergencia de tal
magnitud, quedaba un
último argumento con el
cual vencer la diabólica
resistencia. Lo había
leído en algunos libros
de R.L. Stine, lo había
visto en alguna que otra
serie televisiva: con
dos palmadas fuertes y
un “vuelve a tu estado
normal, aquí y ahora”,
susurrado con autoridad
al oído, las influencias
letárgicas liberarían el
Qi de la momia
y... “¡vengan nuevamente
papeluchos a mí!”. La
muchacha apartó con
desprecio la máquina de
escribir, descansó los
pies sobre la mesa, dijo
“y ustedes, ¿qué miran?”
a las hojas listas para
el martirio y comenzó a
fumar para... para hacer
algo útil mientras
esperaba la puesta de
sol. Más tarde, cuando
el dedo penetró en la
caja encontró la
ausencia. Había
calculado que más o
menos al llegar la hora
del último cigarro
(contó unos quince) era
el momento de ascender a
los dominios del vejete
para una reconquista.
Un golpe para llamar la
atención del maestro y
otro para precisarle que
no se equivocaba, que
aquel ruido impertinente
había sido un toque a la
puerta. Miró el techo y
se arregló el vestido,
comprobó que las uñas
estaban limpias,
resistió la demora
habitual y, como un divo
remolón, sedentario y
obeso en el escenario,
apareció el maestro.
Convencida de su
condición de persona
grata, la muchacha hizo
una mueca de
satisfacción (que el
vetusto entendió como
una burla) y sonrió
feliz (lo que el maestro
tradujo como el mayor de
los sarcasmos). Sin
esperar a que la
invitaran a pasar,
extendió la mano y con
el dedo trazó ruleticas
de cariño en la barbilla
de quien, polifónico y
glauco, comenzó a
erupcionar. La aprendiz,
atribuyendo aquella
algarabía a una típica
reacción hipnótica, pasó
de los circulitos en el
mentón al desempolve de
la coronilla y de allí a
los capuchinitos en la
nariz, lo que el
encolerizado tomó como
la agresión más
denigrante y sumó a la
furia en ascenso un
pataleo. Confundida —ya
las reacciones del
maestro no le parecían
normales—, acudió a
nuevos recursos: cruzó
los índices siete veces,
vació un frasco de agua
bendita sobre el vejete
y dispuso las manos para
las percusiones y el
abracadabra, pero el
airado maestro se
adelantó a la hechicera,
elevó las palmas como
para un “olé olé”
magistral y las hizo
sonar como un
estruendoso gong. La
muchacha quiso entender
que con la súbita
transmutación del
aspaviento en
castañuelas, el supuesto
endemoniado comenzaba a
liberarse de las
influencias nefastas
pero, en ese momento,
una presencia no
contemplada en los
proyectos, un moreno tan
corpulento como genio de
lámpara, proyectó su
sombra en la pared de la
sala y dio por terminado
los desencantamientos.
Contra un aprendiz
sustituto de semejante
talla no obraba su
teoría de la hipnosis.
La muchacha se supo
derrotada y se aceptó
así. El maestro
crocitaba de regocijo, y
cuando pudo articular
palabras gritó: “¡Vuelve
a tu casa, ahora!”. Y
crecieron el nuevo
aprendiz y la puerta
entre los dos.
Para respetar o temer,
pendiente de una viga
del techo, oscilaba una
soga. Con la lengua
afuera, el cuello azul y
estriado, y las orejas
rojas e inflamadas, la
muchacha catarreaba
entre lamentos de una
lógica apachurrante:
“Intenté suicidarme y
casi me mato”. Pensaba
en los otros discípulos
del maestro y en el
enjambre de lengüinos
que se preparaba para
aguijonearla a ella y a
su “Proyecto de Novela o
algo parecido”. Quizá el
vejete, creyéndose a
resguardo de todo mal, y
muy fiel a sus maneras
siempre malévolas de
actuar, se daría a la
burla sañosa de divulgar
el contenido de las
donaciones, las bases
del singular contrato.
Por momentos confiaba en
el amor propio del
maestro, en su orgullo
de vampiresa
mesopotámica y olvidaba
la posibilidad de un
escándalo; pero al poco
rato, la seguridad se
desvanecía influida por
las mismas razones:
“¡Plagio, plagio,
plagio!”, bramaría el
vejete. Este
pensamiento la deprimía
y le recordaba la
chafaldita con que el
mentor una vez había
celebrado las primeras
páginas de su engendro:
“Estos fragmentos, dicen
mucho sobre ti. Harás
época, más aún; y estos
papeles son algo así
como tu corazón. De modo
que los críticos —humana
labor— tendrán que
acudir corriendo pues se
cae el porvenir si
continúas como vas”. Sin
duda, el maestro sentía
envidia. Deseaba poseer
aquella agudeza para
dominar el intríngulis
del reciclaje, el
sentido y la perspicacia
para lograr de la basura
su definición mayor. El
sexagenario sospechaba
en ella —joven iluminada
por los espíritus del
pop y de lo matérico— la
destreza de un Alberto
Burri al emplastar
hierros, sacos, nylons y
toda clase de tarecos.
No había plagio. ¿Acaso
Robert Rauschenberg,
después de tachar y
raspar un dibujo de
Willen de Kooning, no
presentó el resultado
como fruto de su más
original talento? ¿Peor
no fue la irreverencia
de Yves Klein, con su
Exposición del
vacío y sus zonas de
sensibilidad pictórica
inmaterial? “Al menos yo
no cometeré el cinismo
de publicar una cubierta
con páginas en blanco en
su interior… aunque la
idea me seduce… tal vez
haga algo (no todo) un
poco Klein y así, de
paso, gano algunas
cuartillas para la causa
del librito…”, pensaba
la chica y la envolvía
al mismo tiempo una
felicidad de giardia
enquistada en el hígado
de un cromañón.
A pesar de que los
pensamientos recursaban
a las justificaciones,
no era tan estúpida como
aparentaba. Era mucho
más. Comprendía que con
el bye bye del
maestro finalizaba lo
que hubiese sido una
carrera próspera; que
debía buscar materia
reciclable en otro lugar
pero no era saludable
practicar ejercicio tan
humillante que solo la
discreción mantenida por
el maestro convertía en
probidad. Encerrada en
un dilema trágico, al
abrir la puerta del
apartamento quiso hacer
un poco de teatro. Deseó
mostrarse histérica por
rechazada, por no
apetecida, Lady
Daga Mortal, toda llanto
y greñas, chorreando
Maybelline, color y
rostro Helena Rubistein
y lágrimas negras y
tacones lejanos. Quería
verse al borde de un
ataque de nervios con
faldas y a lo loco:
“¿Qué he hecho yo para
merecer esto?”. Corrió a
la cocina y buscó entre
los cuchillos. No
encontró uno con el filo
necesario pues los había
amolado el día anterior
y resultaban muy
peligrosos. Registró los
estantes en busca de
queroseno o ácido, y
sintió alivio al
tropezar con un
solitario frasco de
efedrina infantil. No
tenía pistolas como
Hedda Gabler (por
suerte), ni coronas de
pámpanos, ni cuchillas
de afeitar. Cuando creyó
haber visto un paquete
de ellas en la repisa
del baño, con disimulo
desvió la mirada hacia
la bañera pero… pero
allí, en el piso húmedo
reposaba un raro
ejemplar oxidado que,
dejándola sin
escapatoria, la hizo
exclamar: “Sí, deseo
morir, pero no de
tétanos”, salió toda
lágrimas en busca de
opciones nuevas.
¡Candela! ¡Candela!,
pero ni alcohol ni
fósforos. La última caja
no podía invertirla en
el suicidio, ¿y después
cómo habría de encender
los cigarrillos? Lo más
prudente era ahorcarse.
La autoeliminación
hubiera sido su única
idea genial (o su única
idea, a secas). Quizás
por eso, y renuente a
generar actos
filantrópicos (no quería
hacer tanto bien a la
humanidad) y de refinada
excelencia, fue a buscar
la muerte con una navaja
en el bolsillo (ella
quería una cuchilla o un
cuchillo, no una
navaja). Si la cuerda
resultaba una solución
dolorosa y dañina (no
pretendía exagerar ni
ser extremista, es
decir, no gustaba de
colgar de los extremos
de nada) había motivos
suficientes para cortar
y repensar la idea del
suicidio. Además, todo
el tiempo le molestó
pensar que la
encontrarían ahorcada.
Como saltar de la silla
y pender no resultaron
acciones agradables,
sino más bien
traumáticas, pues pudo
comprobar que la soga le
apretaba el cuello,
decidió dejar las cosas
como estaban, mientras
aquello otro que le
apremiaba (el “Proyecto
de Novela o algo
parecido”) decidió
atenderlo a la mañana
siguiente. Al despertar,
si recuperada de los
dolores y las marcas en
el cuello, si los
antinflamatorios,
anticoagulantes y
antidepresivos le
permitían seguir con
vida, le mostraría al
maestro cuán innecesario
resultaban los despojos
de escribanía que alguna
vez le proporcionara.
Estaba decidida a
explorar.
Más o menos a las diez
el sol iluminó el rostro
más escuálido del mundo.
El verdugón del cuello
semejaba un collar, como
si la carótida en vez de
ascender, circulara
horizontal. No se
asustó. Le faltaban sólo
unas bolsas de hielo y
un poco de jabón para
volver a ser la misma.
Se arrepintió del
desenfreno. Intentó ser
una Madame Buterfly y
apenas logró parecerse
al cadáver de la
silesiana Carlota
Proening; pero no dio
importancia a las
frustraciones y fue a
sentarse frente al
artefacto escritural. No
sucedió nada. Le temía a
la experiencia
desagradable de
contemplar el relieve
inmutable de aquel
segundo vital. No se
esforzó por obrar
transformaciones sobre
el escritorio. Esta vez
ni siquiera hubo
martirios. Con lo poco
que había reunido le
bastaba para terminar.
Pegaría trozos y
destrozos, a pesar de
disparidades y estilos.
Había contemplado unas
fotos de los manuscritos
de Marcel Proust:
¡Cuánto pegolín!
¡Cuántos fragmentos
ensamblados! Buscaba
recobrar el tiempo
perdido. “¡Oh, temps
perdu!”, “¡oh,
temps retrouver!”.
Emplastaba.
Machihembraba. Se
empeñaba en el
acoplamiento de las
páginas hasta
encadenarlas. Acetileno
y oxígeno. Soplete entre
un texto y otro.
Imitando el común
proceder de los autores,
hizo una lectura corrida
de todo el material.
Juntó los ataúdes,
perdón, los papeles; los
clasificó por orden de
putrefacción (aunque se
sospecha que la
selección fue azarosa y
que cierta excelencia
carroñera la condujo con
tacto exquisito), los
presilló y se arrellanó
en una poltrona de cuero
parecida a la del
maestro para ver si el
confort hacía
desaparecer los
disparates, los hacía
ligeros, soportables. No
satisfecha con los
estragos, determinó la
carencia de acabado. Y
como la lectura
transcurrió veloz,
sospechó de cierta falta
de volumen, y por tanto,
de la urgencia de una
docena de páginas que en
cuestiones de literatura
eran algo así como la
sal de la
respetabilidad. ¿Acaso
la tropa de colegas que
saludaba a diario, lejos
de preguntarle por
temas, argumentos,
complejidades de la voz
narrativa y otras
aberraciones, no iba
directo, y de manera
casi única, a la
cantidad de páginas? Eso
le hacía pensar en la
importancia del grosor
del mamotreto. Recordó
que el maestro había
escrito uno que
proporcionaba papel
suficiente como para
empaquetar (y solo para
eso servía) cinco o seis
rascacielos de Manhattan,
y de los más altos, pero
la muchacha no se
proponía exagerar. Tan
solo evitaba sentirse
inferior ante las
exclamaciones de algunos
paginíferos que solían
vagar y montear por todo
el país registrando
records y
averages porque al
parecer, los
coleccionaban. Por eso,
al sopesar el
triste-flaco bulto de
celulosa, la afectaron
penas y carencias, pero
también presintió que su
obra dejaba de ser
incipiente (no así
insipiente) y comenzaba
a alcanzar el fastigio
(¿no así, el fastidio?).
Dio vuelta a la tapa,
hizo lazo de dos cintas,
y dejó reposar los
desechos, para ver si se
inflaban como una pizza.
Aún la cercaban tremores.
No sabía con cuáles
costumbres la había
contaminado el maestro.
Si llegaba la tarde
sentía la obligación de
la visita, pero
recordaba —resistiéndose
al vértigo de actuar
inconsciente—, que esa
había dejado de ser
tarea suya. Aceptaba que
el impulso de ir emergía
de los papeles
necesarios, estaba en
ellos, pero no lograba
comprender por qué
estaba obligada a
buscarlos allí, por qué
se empeñaba en las
regalías del maestro
cuando, durante la noche
del hombre del paraguas,
había podido comprobar
la simpleza del
vejestorio, su
genialidad fingida. De
cierto modo, el diablejo
verde le había trazado
un camino que poco a
poco comenzaba a ver con
mayor claridad:
precisaba apartarse de
lo antiguo y buscar lo
nuevo, pactar con otros.
Atribuía su condición
estéril —la incapacidad
para fabular, el miedo a
saltar de la línea al
párrafo, del párrafo a
la página y de la página
al capítulo— a la
neurosis del encierro.
Durante años se limitó a
interactuar con la tribu
de gaznápiros que
reverenciaba al maestro
y en la cual, por
supuesto, no se incluía,
y de cierta forma, esa
mezcla, atrofió su
visión. Ahora todo
resultaba obvio: trató
todo el tiempo de
aprehender un fondo
imposible. Debía alertar
al maestro, en honor a
lo pasado… pero estaba
convencida de que el
sexagenario divisaba muy
bien la nada, que
comprendía lo incómodo
que podía resultar caer
en ella, pero se hacía
tarde para otras
opciones y realmente no
le importaba el impacto
incierto del maestro
contra los enigmas del
Obscuro porque ¿habría
eco?
Entre derrumbamientos y
desamores convocó otras
caras agónicas. Se
sacudió las canas del
maestro, aún prendidas a
las ropas, y canceló
planes de épocas
superadas, pero
sobrevivió la práctica
de revolver en las
escrituras ajenas. Lo
nuevo fue multiplicar
los lugares donde
buscaba, fue no buscar
regalos. Lo nuevo fue
robar. Con el pretexto
de las juergas, con la
estrategia tamerlanesca
de convertir la casa en
el recreo semanal (y a
veces diario) del bello
sexo, la anfitriona
había derivado en el
pirata de los siete
mares. Durante un buen
tiempo recibió visitas,
que seducidas por el
alcohol y ablandadas por
carnales exhibiciones,
develaban planes y
descubrían argumentos
pero algunas veces
estallaban incidentes
donde lo mejor era el
silencio angustioso y lo
peor, el encontrarse en
la carne del cazador
cazado. En esos lances
convergía con otros
corsarios pagineros,
casi siempre protervos
antologadores que
envidiosos y poco
creativos la fusilaban
con el «te antologué» o
la amenazaban con el «te
voy a antologar». A esos
y a esas los despachaba
rápido: poco podría
darles ella.
La visitaban amigos
(quienes francamente le
advertían que dejara
aquello, que se dedicara
a otra cosa, que el de
la palabra no era oficio
para jugar) y enemigos
(quienes la animaban a
seguir dando rodillo de
un lado a otro porque
¿quién sabe?, jijí jijí).
De estos últimos
llegaron montones en
busca de ron, cigarros y
todo lo que pudiera ser
gratis. En menos de un
mes pasaron por el lugar
más personas que
concubinas por el lecho
del califa Harum Al
Rachid. Aunque todo
vestigio de presencia
humana en el lugar había
desaparecido (muebles,
vasos, hasta la soga que
colgaba del techo desde
el día del suicidio
frustrado), los
resultados de la
operación fueron dignos
de loa: la pizza estaba
casi lista, solo debía
hornear y comer.
Aunque Joseph Brodsky
haya dicho que por muy
brutal que pueda ser tu
confrontación con lo
real, la tarea de la
poesía consiste en
resistir a la realidad,
en presentar al menos
una alternativa
lingüística, en temperar
el corazón para
cualquier eventualidad,
incluso la propia y
definitiva derrota;
aunque el Life’s
Little
Instruction Book
recomienda contar hasta
diez antes de proferir
algo desagradable al más
injurioso de los
vejadores de profesión,
el pobre editor que
asumió el riesgo de leer
los mecanuscritos, no
pudo evitar ser infeliz,
sentirse derrotado y
terminar asistido por su
secretaria quien le hizo
un conteo regresivo
antes de cantarle
knock out. Después
de mucho abaniqueo en el
rostro, sales, amoniaco
y brigada de primeros
auxilios, el hombre, que
no pudo resistir el
primer round,
levantó las manos al
cielo y exclamó: “¡Por
Dios, esa chiquilla es
una asesina, no debieran
permitirle hacer estas
cosas. Hay que evitar
que ande suelta! ¡Hay
que alejarla a toda
costa del papel!”, y
regresando al desmayo,
cerró los ojos y nunca
más volvió en sí.
Al no recibir noticias
sobre el destino de su
opera prima, la
muchacha sospechó de
ciertos celos y
rivalidades que
provenientes de sus
episodios con el maestro
se reanimaban ahora, con
viento propicio y en
forma de vendetta.
Por su mente no
despuntaba la
posibilidad de que el
libro, aún antes de ser
publicado, fuera el
causante de una muerte,
tres jubilaciones, cinco
casos de autismo y diez
de esquizofrenia, además
del éxodo de
trabajadores en las
editoriales por donde
pasaba. Ajena a la
verdad, aferrada a
falsos axiomas hechos de
cuanta moharra lograba
convencerla, decidió
pedir ayuda a varios
compinches de holgorio
que no tardaron en hacer
navegar sin percances el
engendro beberrosmérico.
De modo que sobre un río
de compensaciones
futuras, de personas
protegidas por contratos
de alto riesgo, y
procesos simulados,
finalmente la obra,
editada e impresa, se
convirtió en...
¿Un best seller o un
megaseller del tipo
Stephen King, Robert
Ludlum, Dean Koontz, Tom
Clancy, Anne Rice?
Pude haberte dicho,
acatando la lógica y sin
mucho rodeo, que tanta
manufactura —y no verás
nada extraño— paró en
libro; pero ¿todo lo
impreso puede ser
considerado como tal? o
¿la forma de dos tapas,
un lomo y unas tripas
según el perfil de una
colección resultan
indispensables para ser
integrados al concepto?
En diacronía, todo
entra: tablillas, rollos
y cuerdas anudadas; en
sincronía, lo demás que
no sea, es la muerte.
Entonces, digamos por
ahora, que los papeles
de la muchacha se
convirtieron en nuevos
papeles, en diversos
tipos de pulpa y en
pocos días fue dispuesto
lo necesario para la
presentación. Ignorante
de los preparativos, la
joven no tuvo peor
suerte que mantenerse al
margen y unirse por
simbiosis natural a la
pandilla de santos
inocentes. Se había
olvidado del vejete, lo
pensaba en distantes y
profundas esferas,
muerto, enterrado y
haciéndole compañía a
sus colegas la harina de
Castilla y el talco.
Pero ahora el maestro
estaba allí, de frente.
¿Se trataba de una
aparición? Y ella,
menina pletórica de
vitalidad, ¿estaba lista
para qué? ¿Para la
muerte?: “¡Solavaya!”
“¿Así me recibes?», el
maestro procuró
desdoblar la sonrisa más
cordial, pero apenas
desplegó la más irónica.
Intuyendo el
despropósito, intentó
apuntalar la atmósfera y
aliviar los traumas de
la muchacha con un poema
de Chang Chiu-Ling:
“Conmovido por el
resplandor lunar apago
el candil. Me cubro con
la capa porque el
relente es frío. Me
aflige no poder asir un
puñado de luz de luna y
ofrecértelo; vuelvo al
lecho y sueño nuevamente
contigo…”, e insistió
con la sonrisita, esta
vez mucho más creíble.
Entonces la trampa
comenzó a funcionar.
Sucede que a raíz de la
propuesta de publicar
los papeles de la
muchacha, se desataron
enconadas polémicas y
hasta hubo quien, sin
esperanzas de hallar
solución pacífica al
conflicto y viéndose
emboscado por un hampa
de necios y barrenados,
planeó el estallido de
una guerra civil. Tal
efervescencia, semejante
choque de pasiones, ese
nunca visto derroche de
estulticia y sordidez,
corrió de boca en boca
hasta resonar en los
oídos del maestro quien,
siempre alerta al
enemigo rumor y nada
perezoso, desató su
perversidad y dio fin al
asunto con una
malevolencia que, a lo
mejor, no fue de su
cosecha, sino de la del
emparaguado verde. Ya
verás. Luego de sopesar
pérdidas y ganancias,
después de rememorar la
penuria pasada y no
resarcida, y de apostar
al tin marín en el
centro de la
encrucijada, concluyó
que el retorno del
sexagenario resultaba un
beneficio. No estaba
resuelta a echar la vida
en espléndidos y caros
arreglos, ron y cigarros
trocados en páginas y
ocurrencias;
sustituyendo
inspiraciones
auténticas; agregando
silicona a la oquedad
craneal. El maestro, a
juzgar por el desaliño,
la vuelta sin avisar y
los versos de Chang Chiu-Ling,
se mostraba arrepentido
y dispuesto a cerrar un
nuevo convenio. Quién
sabe si a partir de ese
instante cesaran los
rastrojos, los cestos y
los vejámenes y se
abriera el camino a la
inversión celestial, a
la rebelión de las
masas, al cambio de
roles, con la salvedad
de que el maestro
continuaría siendo el
productor y la muchacha,
como gran cacica, la
única beneficiada.
Además, allí, en la
puerta, como el conejo
que acude a refugiarse
donde la zorra, se
presentaba, ingenua, la
posibilidad de una
venganza: apachurraría
al maestro.
–¿A qué has venido?
–preguntó la joven con
ligera desconfianza.
–Quiero acompañarte a la
presentación del libro,
estar a tu lado. ¿Me lo
permites? Esa obra, en
parte tuya, en parte
mía, es como el hijo de
los dos…
–¡Presentación? ¿Cuándo,
dónde, por qué se me
avisa ahora?
El aturdimiento de la
muchacha advirtió al
maestro de la obligación
de pulsar las cuerdas
del novelón radial, y
agregando bemoles a la
voz, a los ojos y a los
pliegues de su faz
apuntalada, frotó las
manos (hallaba placer en
el engaño) y cantó una
vidalita:
–Era una sorpresa. Te
evitamos la ansiedad…
Sabes el mal que te
produce.
Esta mentirilla derritió
el corazoncito de la
jovenzuela y le obligó a
callar porque había
mordido el cebo y, con
la boca llena… solo pudo
suspirar como queriendo
decir: “Entonces, vamos.
Observa cómo triunfo”.
Al entrar a la sala de
presentación buscó con
la mirada los cajones de
libros que estaban
amontonados en una
esquina. De súbito fue
dominada por el impulso
de ir hacia ellos para
tomar los ejemplares que
le pertenecían, para ver
su nombre integrado al
azar de la inmortalidad,
dando los primeros pasos
en dirección a la
trascendencia, pero el
maestro le sedó los
ánimos: “Cálmate, ahora
pasas a ser importante.
Deja que te los
ofrezcan. Debes actuar
aristocrática”, y eso
bastó para inmovilizar a
la víctima, para no
precipitar el desenlace
trágico, pues el error
había sido cometido.
Repleto, el auditorio
oscurecía con cada nuevo
mirón que lograba
colarse. En las primeras
filas desplegaban sus
pericones las arpías del
cenáculo del maestro; en
las del medio hacía
señas, lanzaba tacos y
se sacaba mocos, la
gentuza que la acompañó
cuando se las daba de
Lúculo en los días de
cetrería; en las del
fondo, alejados de las
bocinas y cercanos a la
bebida, tonteaban
desconocidos, piezas
únicas, hominicacos de
colección, rarezas
museables escapadas
quizás del
Diccionario de la
estupidez humana de
Bechtel y Carrière. Los
pasillos entre las
hileras de sillas no
admitían una persona
más, y en la puerta…
“¿qué objetivo tiene esa
cola de gente casi turba
en la puerta?, por el
revuelo indiscreto no
parecen lectores… con
seguridad están
equivocados, tal vez
confundan el lugar con
un pedestre mercadillo”,
la muchacha preguntó al
maestro pero este le
disipó la inquietud con
antiguas mitologías y
canciones de cuna donde
un molino era un
gigante, un tronco
áspero, un ágil y bien
entrenado Clavileño, y
los espejismos de la
demencia, felonías de
Malambruno y chanzas del
Caballero del Verde
Gabán.
Cuando los dientes
dejaron atrás las uñas
para roer la carne, la
muchacha estuvo a punto
de zafarse un zapato y
continuar en los dedos
del pie la molienda que
inició en los de las
manos. El maestro, a
diferencia de
oportunidades
anteriores, enmascaró la
intolerancia en ademanes
de aprobación y mimó a
la joven invitándola a
la calma porque todo
permanecía bajo su
control. En ese preciso
momento, desde una mesa
que los enfrentaba y
excluía, un presentador
solidario aferrado al
micrófono, pidió
silencio y comenzó a
repartir felicidades a
los cuatro vientos, a
las mil direcciones de
la rosa náutica, a los
amigos y amigas reunidos
esa tarde “¡Oh, la
tarde!, amigas y
amigos…”. El presentador
fue interrumpido por los
gritos de los hombres y
mujeres aglomerados en
la puerta. Le pedían que
callara, que comenzara
la venta y que “comiese
raspa” en otra
oportunidad. A la
muchacha aquella
histeria hollywoodense
le pareció la cumbre del
estrellato, y encontró
conveniente el
intervenir presentándose
como la autora, porque
de seguro lograría la
escampada de sus
admiradores, también la
lluvia de flores y el
laurel, pero al
levantarse el impacto de
una col a dos
centímetros de sus pies,
la convenció de los
riesgos de la embajada y
de lo natural de tales
tumultos y desacatos. No
pudiendo alcanzar el
silencio deseado, el
presentador se inclinó
por la opción de
acelerar su discurso:
“Felices de este
esfuerzo conjunto de
escritores, editores,
obreros de la industria
del papel y del cartón.
Felices deben estar
nuestras amas de casa,
esas mujeres dedicadas
al hogar… –¡Por favor,
silencio!–. Feliz debe
estar esta autora
(señaló cortésmente a la
muchacha) quien ha
aceptado tan culta y
desenfadada iniciativa,
símbolo de la humildad y
la tajante ruptura de
las concepciones
capitalistas del hecho
literario (tales elogios
sonrojaron a la joven,
que sonrió para no
defraudar a sus
admiradores quienes, no
supo por qué, en lugar
de aplaudir le lanzaron
trompetillas; y se
encogió de hombros
porque no entendía
nada).
Pero-no-demoremos-lo-esperado
(esta última frase fue
condensada por una
calabaza veloz que, por
un tilín, casi logra
desfigurar la nariz del
presentador), ni a estas
¡Señoras! (otra
calabaza) que hacen cola
afuera desde bien
temprano en la mañana,
que han sabido mantener
la disciplina (naranjas
podridas, papas, zapatos
viejos… ¡Piedras no, por
favor!)…Venga pues, sin
más perorata, la
venta…”.
El presentador,
protegido por dos
paraguas, pidió que le
acercaran una de las
cajas. Miró a la
muchacha —que a esas
alturas continuaba
parapetada tras el
maestro— para guiñarle
un ojo en actitud
lastimera, pues tampoco
entendía en profundidad
la sustancia de aquel
asunto, pero a
diferencia de la joven
actuaba seguro de lo que
hacía. Evidentemente,
pensaba la muchacha, en
ese lanzamiento (se
refería al del libro)
faltaban algunos
detalles (porque de
lanzar, lanzaban), y
sobre todo, cordura.
¿Por qué no se le pidió
que hablara? Bueno,
claro, no podría hacerlo
con tanta confusión.
¿Por qué, al menos, no
se dispuso de la mesa
para autografiar los
ejemplares? La muchacha
ansiaba ver la cubierta,
sentir el olor
inconfundible a
pegamento y papel, a
tinta y a nuevo. Quería
comprobar el grosor.
Volvió a preguntar con
la angustia enfermiza de
un Andrei Efimich pero
el maestro le exigió la
calma con palmadas ya no
tan suaves en los
muslos.
Por fin la caja fue
abierta. El presentador
reclamó orden y que
pasaran en grupos
pequeños para no
provocar el pandemónium.
La mano del presentador,
ahora tratante de
comercio, se sumergió
lento en el cajón,
tanteó buscando un
bulto. Llamó a los
primeros y…taratatán… un
rollito de frágil papel,
de esos que solemos
colocar en el baño para
limpiar los restos de
diversas y cíclicas
evacuaciones, apareció,
como deus ex machina,
entre carcajadas y
chiflidos del público.
Por segundos la muchacha
creyó en burdas
cuchufleteadas de
primeriza, en maldad de
escolares, que debía
reír para que la
representación y el
bautismo transcurrieran
a todo tren, sin
dilaciones, pero al
mezclarse los insultos
con vocingleras
revelaciones del
maestro, cuando miles de
secretos se esparcieron
como los males de la
caja consabida, se
percató —ya sin remedio—
de que el corro era una
celada, y la celada, el
final. A su lado —como
le había pedido— el
maestro se revolvía en
un vendaval de
carcajadas. A ratos
volaba un rollo como
serpentina.
Constantemente le hacían
palomitas con los
pulgares en los cachetes
y le sacaban la lengua;
la muchacha solo atinaba
a repetir: “¿por qué?”,
“¿por qué?”, mientras
del maestro continuaban
la risa y la tos, la tos
y la risa, y la tos, la
tos, la tos: “¿por qué
has hecho, Dios mío, mi
alma tan triste?”, dijo
el vejete en una
erupción apagada, hasta
que rojo, cual luz o
bruma crepuscular, cual
paila hirviente del
infierno, sobrevino la
apoplejía, y aprovechó
la oportunidad de imitar
a Julián del Casal en lo
único que pudo.
Cuando la muchacha llegó
a su casa pensó en
arrojarse por una
ventana, pero el valor
no resultó suficiente,
tal vez si lo intentaba
al otro día,
incrementadas las
fuerzas y el bochorno,
el balcón sería fácil
trampolín y los huesos
quebrados un purgante
radical pero lo sucedido
quizá no había sido tan
grave y la solución
podía ser mucho más
simple: no abrir la
puerta jamás, olvidarlo
todo, perder como la
consecuencia de fallar
en una partida o en una
apuesta. Naderías como
un sorbo de coñac
distraen la atención
concentrada en las
cartas del contrario
quien gana aprovechando
la sed ajena, la
garganta seca. En ese
caso nadie piensa en el
caos porque la muerte
nunca es por completo un
huésped bienvenido, y la
vergüenza es fugaz, se
disipa en la otra
vuelta, o no es. No hay
motivos —a no ser la
bancarrota y el
cansancio— para
abandonar el tapete.
Ella, ¡pobre muchacha!,
continuaría insistiendo
porque todos los
gariteros yerran, violan
una regla, hacen una
trampa, brujulean, y
ella no se consideraba
la peor de todas. Solo
había cometido una falta
aligerada en la eufonía
de una lección de miedo.
Cuando llegó al último
escalón, pensó
—digamos—, que no tenía
tiempo para pensar.
Abrió la puerta del
apartamento, atravesó la
oscuridad y se arrodilló
delante de una silla
donde una silueta
nebulosa comenzó a
verdear.
Este texto forma parte
del libro El arte de
morir a solas, ganador
del Premio Alejo
Carpentier de cuento
2011
*
Ernesto Pérez Chang: La
Habana, junio de
1971. Ha publicado los
libros de relatos
Últimas fotos de mamá
desnuda (Premio
David, 1999), Los
fantasmas de Sade
(Premio Iberoamericano
de cuento Julio
Cortázar, 2002),
Historias de Seda
(2003) y Variaciones
para ágrafos (Premio
Nacional de la Crítica,
2007). En 2006 apareció
su primera novela por la
editorial Letras
Cubanas: Tus ojos
frente a la nada están.
Ha recibido además otros
premios importantes como
la Beca de creación
Onelio Jorge Cardoso, en
1998 y el Premio de
Cuento de La Gaceta
de Cuba, en 2008.
Actualmente se desempeña
como Jefe de Redacción
de la revista Unión,
de la UNEAC. |