La Habana. Año IX.
29 de ENERO al
4 de FEBRERO de 2011

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Lecciones de miedo
Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971)

Tomar tscha y no té, porque de esa manera lo recomendaba el mentor. Así se escuchaba aristocrático y recordaba al veterano ciertos días de lluvia bajo un paraguas del cual solo él guardaba recuerdos gratos, o tal vez terribles como esa invitación tardía para aplacar el relente y el frío con unos sorbos de infusión... Los tiempos, ¡oh, los tiempos!, en sepia y nubes, casi se borraban y el maestro, un sombrío escritor, hacía todo lo posible por revivirles el color, por dejar a otro un fantasma como herencia. Quién sabe cuáles fueran los acuerdos del contrato anterior, ¿quién sabe? No importa. El maestro, que distaba varios años de la aprendiz, comenzaba a olvidar la época en que él interpretaba el otro papel, tan ridículo, tan vulnerable pero a la vez tan peligroso por ese miasma de ingenuidad o hipocresía ―aún no sabía cuál de las dos— a punto de emerger a modo de una traición inevitable.

Bebía para quedar hueco, para posar las nalgas en una silla y que del estómago, la paz fuera extendiéndose hacia la totalidad del cuerpo. Así, imperturbable, sin saber si realmente quería, comenzaba su penosa jornada donde pudiera parecer al que observa desde afuera, que uno compraba el alma a aquella que con cierto desenfadado se la ofrecía como un bien que le estorba, que no necesita.

La aprendiz, valiéndose del calco de las obras escritas y luego repudiadas por el maestro, lograba terminar algunos fragmentos de lo que, llegado el momento, convertiría en su primer libro. Sin embargo, no había plagio. El maestro estaba al tanto del tipo de labor para la que destinaba aquellos despojos, además de que en los tiempos que corrían, lo que llamaban reciclaje posmoderno ―digamos, “perpetuidad del ciclo”, “recurrencia a lo ya dicho por otros”― pasaba por lícito por aquello de que ya no es posible hacer literatura, sino algo como remiendo en un abrigo de lejanos inviernos. “Escribir”, repetía el maestro en cada lección mientras la alumna asentía con visibles gestos de felicidad, “no es un acto divino, mucho menos original. Es, con sus particularidades, tan acto creativo como torcer tabaco: las hojas descartadas por defectuosas, para picadura, y de ahí, para cigarrillos. Y todos a inhalar contentos o disgustados sin pensar que un simple pitillo es el refrito de un malogrado habano, ¿no es cierto, nena?”.

De modo que la joven no plagiaba, tan solo “fumaba” textos, con lo cual no queremos decir que los convirtiera en cilindros finos, o que los acercara al fuego para transformarlos en un montón de cenizas. Cuando conseguía disciplinar treinta líneas fallidas, cuando neutralizados en el hato-página, creía haber domeñado las ambigüedades del verbo, la perversidad del hipérbaton, las “mariconerías del cabrón lenguaje”, entonces escanciaba un chorro de tscha, bebía, disparaba todo el aliento contenido durante la “poiesis” (diría el maestro), besaba la cuartilla guiñaposa como quien se despide de un difunto y la enviaba a reposar en una carpeta, a hacerla engordar, a cebarla como un cerdo al que alimentan con todo tipo de sobra y sancocho. Cada página merecía una fiesta, pero bastaba solo con alzarla como a un bebé, hacerle upa upa, comprobar si se parece a papá y, luego, si el análisis resultaba positivo, era colocada junto a sus hermanas, en una cunita marcada con el rótulo: “Proyecto de Novela o algo parecido”.

Los trabajos y los días se perpetuaban sin variaciones notables. Sutileza era variar el tscha por el ron las tardes en que el maestro se retiraba temprano afectado por una gripe o por una papilloma humana galopante que le sembraba molestas verrugas por todo el cuerpo. Esos encuentros donde escaseaban los regalos (aunque el maestro resolvía la cuestión con un poco de dinero), la muchacha, dejando correr su euforia, compraba dos o tres botellas, invitaba a una media docena de seguidores del amo —los menos fieles, pero los más cercanos— y allí, en su casa, en secreto como en un ritual véhmico, la noche y la madrugada y el nuevo día y otra vez la tarde, cuando el deber reclamaba el fin, casi lograban la orgía perpetua sobre una cama terriblemente extraña.

La sangre y la carne reaccionaban cuando el sol estaba a punto de ocultarse, cuando la casa no toleraba más vapor acumulado y comenzaba a evacuar alimañas de rincón. Entonces bebía agua para sentir la recuperación del peso corporal, se sustraía a la deriva de sí misma, acomodaba el rictus viciado que permanece como un tatuaje después de tan prolongada vela de armas, y ya a las siete, cuando suponía que el maestro había terminado la cena y se disponía a esperarla, marchaba a sus quehaceres.

Digamos que al llegar, la visitante notó que la sala y el corredor que conduce a la cocina, estaban a oscuras. Quizás por eso la escasa luz de la entrada del apartamento le hizo suponer que el semblante del maestro estaba pálido y huesudo. Parecía tan serio como si todos los siglos de enrevesadas ascendencias se hubiesen condensado en su postrer descendiente, pues el maestro era el último de su propia especie.

El visitado, con un gesto indefinido, ecléctico por no decir ridículo (aunque todos sus gestos eran parecidos), la invitó a pasar. “¿No hay luz?”, preguntó la muchacha cuando se vio envuelta en penumbras. Intentaba calmar los nervios, porque tanto en el fondo como en la superficie de sí, temía a aquella criatura intrigante que cerraba la puerta a sus espaldas. “¿No hay luz?”, insistió, pero el maestro solo se limitó a colocarle una mano en el hombro para animarla a seguir.

Los otros lugares, después de la sala, donde podían sentarse a conversar eran el comedor y el cuarto, tal vez el baño, pero en este último el maestro prefería otros ejercicios de relajación donde no valía la palabra, ni siquiera el diálogo más elemental. “Debemos ocultarnos. Más o menos a las diez alguien importante nos hará una visita, y todo debe estar a oscuras. No tolera la luz”, dijo el maestro al llegar al final del corredor, donde había colocado tres sillas en círculo como para una sesión espiritual. Los dos se sentaron a esperar la llegada del “alguien”. La joven intentó subir los pies, pero el maestro quebró la acción con un vistazo. ¿Tocarían a la puerta o habría despliegues de trompetas y corderos degollados? Quiso taparse los oídos pero el maestro casi la mata de una reojada. Si la aprendiz intentaba hacer alguna pregunta, el maestro con un silbido le indicaba volver al silencio total: “no te muevas”, “respira con moderación”, “no cruces las piernas ni los brazos”, “concéntrate en el asiento desocupado”. Con un tono entre Kafka y Buster Keaton, sudando a chorros, invadida por todos los tics que biológicamente podía producir, esperaba la muchacha. La armazón consumida del maestro proyectaba señas de influencias nefastas. Las perturbaciones gripales y las rasquiñas epidérmicas lo habían transformado en una versión deplorable de sí mismo. En el maestro o en el espectáculo de sombras, con independencia de ellas, a salvo de la distorsión, lo único intacto eran las maneras imperiosas de solicitar y la voz, cuyo timbre inconfundible evocaba, en vez de cuerdas vocales, tensas tiras de hule tan finas y frágiles como un condón.

A las diez menos cinco, el fondo del asiento de la muchacha se había convertido en una laguna de sudores. Al maestro parecía no molestarle el empeño obstinado de transitar de un estado físico a otro pues, sin enfado, y hasta paternal, le sugirió: “Cálmate, idiota, o te evaporo de un puñetazo”. En ese instante, de la sala, casi plasmáticos, atemporales, como diez aldabonazos en la oquedad de un abismo, llegaron los avisos de un reloj. La silla vacante que cerraba el círculo comenzó a verdear. Como en el teatro, una luz tenue y cenital provocaba ilusiones cromáticas pero siempre dentro del verde. A los pocos segundos se formó una pátina que no era tal porque burbujeaba con explosiones de gases fétidos en tránsito hacia una neblina primero densa, luego viscosa y con apariencia animal. La muchacha, oscilante entre la catalepsia y el terror optó por una histeria convulsiva donde combinaba, al mismo tiempo, el castañeteo de los dientes, el mambo y los pasos más difíciles del chachachá y el tango. Por su parte, el maestro, al parecer acostumbrado a esas raras visitaciones, apenas alteró su comportamiento. Si le temblaron los labios, no fue de espanto ni de vejez, intentaba, y logró decir: “Bienvenido”.

Luego de las transfiguraciones, el tercer puesto quedó ocupado. Aún clareando los verdes, palideciéndolos, una silueta humanoide, humeante y cetrina correspondió al recibimiento: “La muerte nunca es por completo un huésped bienvenido”, sentenció irónico y agregó a lo dicho un eructo de placer. Habiendo logrado una apariencia terrenal, aunque demasiado blanco para estar vivo, el recién llegado acomodó las manos en el mango de un paraguas que apoyaba en el piso. Reguló los espejuelos (usaba unos de pasta, nada elegantes) con un rápido arrugón de nariz, fijó la vista en la cosa con aspecto de muchacha, que todavía convulsionaba y, sin palabras (el bulto aquel no merecía tales honores), solo apuntando con la barbilla, preguntó al maestro quién era la de tan extrañas reverencias.

Un tanto avergonzado el maestro elevó la mano derecha, la alisó como si preparase una chiringa, y la dejó caer en picada contra la cabeza de la tontuela quien no tardó en volver en sí. La muchacha no sabía si aquel ente plasmático le era totalmente desconocido. Se trataba de un hombre que en cuestiones de fealdad podía retar al maestro y ganarle. Tenía la expresión de un águila calva. La mirada —meditaba la joven— era muy parecida a la de otro ser que había visto en un cartel de cine, o en la contracubierta de un libro. “¡Sí!”, logró reconocerlo, pero se resistía a creer que fuera cierto. Quizás estaba allí, fruto de las convulsiones o de la pérdida excesiva de líquidos o resaca del alcohol. Invención de la oscuridad, digamos. “Nada de eso, pequeña, su mente no puede producirme”, dijo el visitante para mostrar la agudeza de su pensamiento. Y en una sonrisa envolvió una burla dirigida al maestro: “Muy aburrido debes de estar cuando acudes a tan menores compañías”, pero este no dio explicaciones y resolvió la paz proponiendo un tema para esa noche porque, al parecer, se reunían con cierta frecuencia: “Hablemos del futuro de esta joven. Desea ser novelista...”. No había dado fin a la propuesta, cuando una carcajada hueca y fingida inundó el círculo.

–Juegas, ¿no es cierto? —la pregunta del aparecido salió como un desafío donde no se admitían negaciones.

–Tú hiciste algo similar conmigo —le ripostó el maestro para contrarrestar el ataque.

–Y mira lo que resultó, una copia degenerada, un pobre ejemplo a imitar.   El recién llegado ordenaba las palabras con desprecio. –Creo que me marcho, no es un buen día para visitas. Pudiste cerrar el círculo con una invitada mejor: la mente de esa... aprendiz, pude verlo sin ninguna dificultad, solo produce errores. Ves, ni siquiera es interesante. ¿Por qué no le arreas otro chiringazo?

–¿Acaso no recuerdas tu mismo refrán? “Un guiñapo puede servir de vela; una artesa cualquiera es un buen barco”, —dijo el maestro con la satisfacción de haber dado una buena estocada.

–Sí, pero ¿cómo sigue?... “nunca volará quien no haya volado hoy” y esa tonta solo ha visto volar las chiringas sobre su cabeza, y las moscas, ¡oh, peste infernal!

–Lo que dices no es cierto —interrumpió el maestro—, está impresionada... además, no hagamos caso a palabrería de brujas.

Durante media hora disputaron sobre el destino de la muchacha. Más allá del ¡No! sostenido, el maestro solo encontraba imposibles mayores. Hasta que vio algo de claridad tras la brecha abierta por la fatiga de la discusión: los muertos también pierden energía.

–Si al menos… la chiquilla… Si al menos tuviese un ápice, digamos, de positividad que recompensara su atrofiadito sistema de neuronas (creo que estoy siendo bondadoso al atribuirle algo muy complicado) —comenzaba a ceder el intransigente convocado.

–¡Sí, lo tiene! —le aseguró el maestro con la alegría del náufrago que llega a ver algo parecido a una isla en el horizonte.

Reinó el silencio. Víctimas de un colapso, ninguno (la joven no cuenta) siquiera pestañeó. Es más, el fantasma, que proporcional a su disgusto recobraba los verdes como para una despedida, dio marcha atrás al proceso y retornó al blanco, que era su color neutral, su signo de lo estable.

Sirviéndose de un gesto minúsculo, el maestro acercó los labios a la oreja izquierda del visitante (en cuestiones de hechicería lo siniestro favorece el entendimiento) y susurró algo. La masa ectoplasmática elevó el paraguas, lo extendió hasta la muchacha, y comenzó a palparle los contornos.

–Hay cosas mucho más valederas en este mundo. Creo que te encierras y te engañas —dijo el aparecido con el tono de quien comprueba que cierta mercancía, pregonada como exclusiva, es posible hallarla en cualquier esquina.

–Bueno, puede que tengas razón… —aceptó el maestro y quedó dubitativo. –Pero bien sabes que no se trata de simple placer…
–Si quieres transformo tu petición. Y en vez de convertir este corpúsculo común en novelista… tarea difícil, fíjate qué poco logré contigo…
–No ofendas —le replicó el maestro.
–No ofendo, digo la verdad. Créeme a mí, que por muchos años tuve que mascarte, duro manjar (como tú a mí).  Ningún hombre digiere la vieja levadura –el fantasma acorralaba al maestro, lo rodeaba de los argumentos más implacables.

–Pero ¡yo la quiero! —melodramatizó el maestro como un Montesco descarriado luchando por su Capuleto indiferente.

–¡Sea en buena hora! —el fantasma no pudo aguantar la risa y verdeó con estruendo durante unos minutos. –Pienso que haréis bien en dar oídos a la razón. ¿Recuerdas aquel consejillo que Mefistófeles dio a Fausto en su primera plática? Muy sano: “Asociaos a un poeta, dejad que el maestro divague en sus pensamientos y amontone sobre vuestra respetable testa todas las nobles cualidades.” ¿Ves?, como si en lugar de cabeza tuviésemos un escaparate como culminación del pescuezo. Poeta no eres, mucho menos maestro. Divagas del peor modo en tus pensamientos, te pierdes y los cansas, tanto que no pueden sostenerse luego en una miserable hoja. Y no hablemos de testas respetables ni cualidades nobles… Digamos que al igual que esta tonta, no eres nada especial… Deberías dar talocha a tu bovedita, a ver si contienes tu “inspiración”… —ahora el fantasma intentaba retomar la idea inconclusa. –Pero prosigamos con nuestro asunto. Te decía que, si quieres (yo en tu lugar aceptaría), transformo la petición que me hiciste. Claro, lo hago por respeto al pasado…

El maestro, al oír la última palabra, comenzó a rezar un sinfín de quejas.

—Deja el llanto y las deudas por pagar para otro día. ¿Qué te parece el trato?

Atontado, el maestro hizo vibrar los labios al acariciarlos con el índice, dio vueltas a la cabeza buscando recuperarse de un mareo y cerró una mano en puño. Se protegía.

—Si miras a tu alrededor, viejo tonto (solo a ti se te ocurre cambiar obra por… mira esas verrugas) –el fantasma atacaba porque se sabía con ventajas– verás que tres formamos un buen equipo de imbéciles (ya recibí mi castigo por tenerte como compañía) y dos, ustedes, son el peor ejemplo a imitar… acepta mi oferta.

–¿Cuál, dime? —preguntó el maestro como el niño que espera un regalo.

–Esa chiquilla no. Ninguna. Multiplicarnos no nos salva. La causa de quienes viven en el pasado se muere —dijo el fantasma con algo de Rhet Butler en la cadencia.

–¿Y qué hago entonces?

–Toma lo externo, la envoltura, y basta, sin otras pretensiones. ¿Por qué esa mente baladí y ese cuerpo menudo?

–Tal vez por mi afición a las causas perdidas… tal vez por mí mismo.

El aparecido, hinchado y verde, estuvo a punto de convertir su paraguas en un sable, pero se contuvo.

–De esa no sacarás nada, vetusto. Mañana te enviaré algún cuerpecillo mejor, pero solo el cuerpo, no pretendas más, no eres un dios… eres vulnerá…

Campanadas. Azufre o huevos podridos, no importa. El ambiente quedó casi limpio al restaurarse la ausencia. La aprendiz más el maestro, la presencia de ambos, fueron el único obstáculo para la pulcritud total. De nuevo incompleto el círculo, desalojado el asiento, terminada la visita, el maestro meneó la cabeza en señal de asentimiento. La muchacha nunca supo a quién la momia dijo “Sí”. De todos modos, ese gesto de eunuco lo había aprendido muy bien, y era la clave obligada para sellar y complacer los deseos del fantasma. No deseaba enfadarlo, corría peligro en plena rebeldía, no estaba ajeno a las consecuencias, pero aún así discutía, digamos que no se dejaba arrebatar fácilmente el orgullo, que regateaba como un comerciante de bazar. Digamos que le daba lo mismo.

Pasados unos minutos, saga ya el fastidioso aparecido, el maestro recuperó su imperiosidad. Se levantó, caminó hacia la muchacha, le cerró la boca con delicadeza de estomatólogo y le pidió que se marchara, que no regresara la próxima tarde, que se habían acabado los papeles y las otras regalías, que no volviera nunca: “Jamás”.

El tullido cerdo de papel, al que cariñosamente llamaba su “Proyecto de Novela o algo parecido”, apenas engordaba. Aún bajo los efectos del sínodo infernal, traumatizada por el desplante del maestro y por los insultos del meteco inoportuno y prepotente, la aprendiz no lograba (de)generar una nueva página. Las hojas, a punto de ser trituradas por el rodillo de la máquina de escribir, se cambiaban en llanuras siberianas o en desiertos lunares cuando se hacía consciente de sus pretensiones. En ese instante prolongado en la existencia estéril —el más indicado para cambiar de rumbo y probar suerte en otras cosas—, oía la voz del arrepentimiento: “Puedes imaginar que avanzas y solo caminarás en círculos.” Entonces retrocedía sin disparar ni una letra. No estaba de ánimos para exploraciones. Creía que con un poco de chapoteo sobre las teclas y un mínimo de maniobra dadá, podía prescindirse del genio y del oficio. Que el mundo era su voluntad y ella un grandísima testaruda que simplemente —esto lo tomaba del maestro— debía hacer una buena representación. Dramatizaba. Se figuraba ridícula tras un cristal, observada por todos. Pensaba en el fracaso de su comedia con el maestro y en lo urgente de insistir más en la reconquista del proveedor que en los intentos de escribir un párrafo suyo de principio a fin. Por la tarde haría de su cara linda un callo, un calcañal, y se enfrentaría a cualquier tipo de desaire: un par de caricias greco-latinas donde mezclara storge, agape, manía, pragma, ludus y eros; algo —no mucho— de los cantos líricos de Hafiz; más los consejos de Von Knigge en su libro Sobre el trato con los seres humanos (en su momento ella aplicaría los del capítulo III: “Sobre la manera de comportarse con los animales”), le facilitarían la bienaventurada reconciliación. Era evidente —meditaba— que el maestro había sido hipnotizado por el intruso verde, por tanto, las probabilidades de un fracaso no eran nada despreciables sino alarmantes en exceso pero, frente a una emergencia de tal magnitud, quedaba un último argumento con el cual vencer la diabólica resistencia. Lo había leído en algunos libros de R.L. Stine, lo había visto en alguna que otra serie televisiva: con dos palmadas fuertes y un “vuelve a tu estado normal, aquí y ahora”, susurrado con autoridad al oído, las influencias letárgicas liberarían el Qi de la momia y... “¡vengan nuevamente papeluchos a mí!”. La muchacha apartó con desprecio la máquina de escribir, descansó los pies sobre la mesa, dijo “y ustedes, ¿qué miran?” a las hojas listas para el martirio y comenzó a fumar para... para hacer algo útil mientras esperaba la puesta de sol. Más tarde, cuando el dedo penetró en la caja encontró la ausencia. Había calculado que más o menos al llegar la hora del último cigarro (contó unos quince) era el momento de ascender a los dominios del vejete para una reconquista.

Un golpe para llamar la atención del maestro y otro para precisarle que no se equivocaba, que aquel ruido impertinente había sido un toque a la puerta. Miró el techo y se arregló el vestido, comprobó que las uñas estaban limpias, resistió la demora habitual y, como un divo remolón, sedentario y obeso en el escenario, apareció el maestro.

Convencida de su condición de persona grata, la muchacha hizo una mueca de satisfacción (que el vetusto entendió como una burla) y sonrió feliz (lo que el maestro tradujo como el mayor de los sarcasmos). Sin esperar a que la invitaran a pasar, extendió la mano y con el dedo trazó ruleticas de cariño en la barbilla de quien, polifónico y glauco, comenzó a erupcionar. La aprendiz, atribuyendo aquella algarabía a una típica reacción hipnótica, pasó de los circulitos en el mentón al desempolve de la coronilla y de allí a los capuchinitos en la nariz, lo que el encolerizado tomó como la agresión más denigrante y sumó a la furia en ascenso un pataleo. Confundida —ya las reacciones del maestro no le parecían normales—, acudió a nuevos recursos: cruzó los índices siete veces, vació un frasco de agua bendita sobre el vejete y dispuso las manos para las percusiones y el abracadabra, pero el airado maestro se adelantó a la hechicera, elevó las palmas como para un “olé olé” magistral y las hizo sonar como un estruendoso gong. La muchacha quiso entender que con la súbita transmutación del aspaviento en castañuelas, el supuesto endemoniado comenzaba a liberarse de las influencias nefastas pero, en ese momento, una presencia no contemplada en los proyectos, un moreno tan corpulento como genio de lámpara, proyectó su sombra en la pared de la sala y dio por terminado los desencantamientos. Contra un aprendiz sustituto de semejante talla no obraba su teoría de la hipnosis. La muchacha se supo derrotada y se aceptó así. El maestro crocitaba de regocijo, y cuando pudo articular palabras gritó: “¡Vuelve a tu casa, ahora!”. Y crecieron el nuevo aprendiz y la puerta entre los dos.

Para respetar o temer, pendiente de una viga del techo, oscilaba una soga. Con la lengua afuera, el cuello azul y estriado, y las orejas rojas e inflamadas, la muchacha catarreaba entre lamentos de una lógica apachurrante: “Intenté suicidarme y casi me mato”. Pensaba en los otros discípulos del maestro y en el enjambre de lengüinos que se preparaba para aguijonearla a ella y a su “Proyecto de Novela o algo parecido”. Quizá el vejete, creyéndose a resguardo de todo mal, y muy fiel a sus maneras siempre malévolas de actuar, se daría a la burla sañosa de divulgar el contenido de las donaciones, las bases del singular contrato. Por momentos confiaba en el amor propio del maestro, en su orgullo de vampiresa mesopotámica y olvidaba la posibilidad de un escándalo; pero al poco rato, la seguridad se desvanecía influida por las mismas razones: “¡Plagio, plagio, plagio!”, bramaría el vejete. Este  pensamiento la deprimía y le recordaba la chafaldita con que el mentor una vez había celebrado las primeras páginas de su engendro: “Estos fragmentos, dicen mucho sobre ti. Harás época, más aún; y estos papeles son algo así como tu corazón. De modo que los críticos —humana labor— tendrán que acudir corriendo pues se cae el porvenir si continúas como vas”. Sin duda, el maestro sentía envidia. Deseaba poseer aquella agudeza para dominar el intríngulis del reciclaje, el sentido y la perspicacia para lograr de la basura su definición mayor. El sexagenario sospechaba en ella —joven iluminada por los espíritus del pop y de lo matérico— la destreza de un Alberto Burri al emplastar hierros, sacos, nylons y toda clase de tarecos. No había plagio. ¿Acaso Robert Rauschenberg, después de tachar y raspar un dibujo de Willen de Kooning, no presentó el resultado como fruto de su más original talento? ¿Peor no fue la irreverencia de Yves Klein, con su Exposición del vacío y sus zonas de sensibilidad pictórica inmaterial? “Al menos yo no cometeré el cinismo de publicar una cubierta con páginas en blanco en su interior… aunque la idea me seduce… tal vez haga algo (no todo) un poco Klein y así, de paso, gano algunas cuartillas para la causa del librito…”, pensaba la chica y la envolvía al mismo tiempo una felicidad de giardia enquistada en el hígado de un cromañón.

A pesar de que los pensamientos recursaban a las justificaciones, no era tan estúpida como aparentaba. Era mucho más. Comprendía que con el bye bye del maestro finalizaba lo que hubiese sido una carrera próspera; que debía buscar materia reciclable en otro lugar pero no era saludable practicar ejercicio tan humillante que solo la discreción mantenida por el maestro convertía en probidad. Encerrada en un dilema trágico, al abrir la puerta del apartamento quiso hacer un poco de teatro. Deseó mostrarse histérica por rechazada, por no apetecida, Lady Daga Mortal, toda llanto y greñas, chorreando Maybelline, color y rostro Helena Rubistein y lágrimas negras y tacones lejanos. Quería verse al borde de un ataque de nervios con faldas y a lo loco: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”. Corrió a la cocina y buscó entre los cuchillos. No encontró uno con el filo necesario pues los había amolado el día anterior y resultaban muy peligrosos. Registró los estantes en busca de queroseno o ácido, y sintió alivio al tropezar con un solitario frasco de efedrina infantil. No tenía pistolas como Hedda Gabler (por suerte), ni coronas de pámpanos, ni cuchillas de afeitar. Cuando creyó haber visto un paquete de ellas en la repisa del baño, con disimulo desvió la mirada hacia la bañera pero… pero allí, en el piso húmedo reposaba un raro ejemplar oxidado que, dejándola sin escapatoria, la hizo exclamar: “Sí, deseo morir, pero no de tétanos”, salió toda lágrimas en busca de opciones nuevas. ¡Candela! ¡Candela!, pero ni alcohol ni fósforos. La última caja no podía invertirla en el suicidio, ¿y después cómo habría de encender los cigarrillos? Lo más prudente era ahorcarse. La autoeliminación hubiera sido su única idea genial (o su única idea, a secas). Quizás por eso, y renuente a generar actos filantrópicos (no quería hacer tanto bien a la humanidad) y de refinada excelencia, fue a buscar la muerte con una navaja en el bolsillo (ella quería una cuchilla o un cuchillo, no una navaja). Si la cuerda resultaba una solución dolorosa y dañina (no pretendía exagerar ni ser extremista, es decir, no gustaba de colgar de los extremos de nada) había motivos suficientes para cortar y repensar la idea del suicidio. Además, todo el tiempo le molestó pensar que la encontrarían ahorcada.

Como saltar de la silla y pender no resultaron acciones agradables, sino más bien traumáticas, pues pudo comprobar que la soga le apretaba el cuello, decidió dejar las cosas como estaban, mientras aquello otro que le apremiaba (el “Proyecto de Novela o algo parecido”) decidió atenderlo a la mañana siguiente. Al despertar, si recuperada de los dolores y las marcas en el cuello, si los antinflamatorios, anticoagulantes y antidepresivos le permitían seguir con vida, le mostraría al maestro cuán innecesario resultaban los despojos de escribanía que alguna vez le proporcionara. Estaba decidida a explorar.

Más o menos a las diez el sol iluminó el rostro más escuálido del mundo. El verdugón del cuello semejaba un collar, como si la carótida en vez de ascender, circulara horizontal. No se asustó. Le faltaban sólo unas bolsas de hielo y un poco de jabón para volver a ser la misma. Se arrepintió del desenfreno. Intentó ser una Madame Buterfly y apenas logró parecerse al cadáver de la silesiana Carlota Proening; pero no dio importancia a las frustraciones y fue a sentarse frente al artefacto escritural. No sucedió nada. Le temía a la experiencia desagradable de contemplar el relieve inmutable de aquel segundo vital. No se esforzó por obrar transformaciones sobre el escritorio. Esta vez ni siquiera hubo martirios. Con lo poco que había reunido le bastaba para terminar. Pegaría trozos y destrozos, a pesar de disparidades y estilos. Había contemplado unas fotos de los manuscritos de Marcel Proust: ¡Cuánto pegolín! ¡Cuántos fragmentos ensamblados! Buscaba recobrar el tiempo perdido. “¡Oh, temps perdu!”, “¡oh, temps retrouver!”. Emplastaba. Machihembraba. Se empeñaba en el acoplamiento de las páginas hasta encadenarlas. Acetileno y oxígeno. Soplete entre un texto y otro. Imitando el común proceder de los autores, hizo una lectura corrida de todo el material. Juntó los ataúdes, perdón, los papeles; los clasificó por orden de putrefacción (aunque se sospecha que la selección fue azarosa y que cierta excelencia carroñera la condujo con tacto exquisito), los presilló y se arrellanó en una poltrona de cuero parecida a la del maestro para ver si el confort hacía desaparecer los disparates, los hacía ligeros, soportables. No satisfecha con los estragos, determinó la carencia de acabado. Y como la lectura transcurrió veloz, sospechó de cierta falta de volumen, y por tanto, de la urgencia de una docena de páginas que en cuestiones de literatura eran algo así como la sal de la respetabilidad. ¿Acaso la tropa de colegas que saludaba a diario, lejos de preguntarle por temas, argumentos, complejidades de la voz narrativa y otras aberraciones, no iba directo, y de manera casi única, a la cantidad de páginas? Eso le hacía pensar en la importancia del grosor del mamotreto. Recordó que el maestro había escrito uno que proporcionaba papel suficiente como para empaquetar (y solo para eso servía) cinco o seis rascacielos de Manhattan, y de los más altos, pero la muchacha no se proponía exagerar. Tan solo evitaba sentirse inferior ante las exclamaciones de algunos paginíferos que solían vagar y montear por todo el país registrando records y averages porque al parecer, los coleccionaban. Por eso, al sopesar el triste-flaco bulto de celulosa, la afectaron penas y carencias, pero también presintió que su obra dejaba de ser incipiente (no así insipiente) y comenzaba a alcanzar el fastigio (¿no así, el fastidio?). Dio vuelta a la tapa, hizo lazo de dos cintas, y dejó reposar los desechos, para ver si se inflaban como una pizza.

Aún la cercaban tremores. No sabía con cuáles costumbres la había contaminado el maestro. Si llegaba la tarde sentía la obligación de la visita, pero recordaba —resistiéndose al vértigo de actuar inconsciente—, que esa había dejado de ser tarea suya. Aceptaba que el impulso de ir emergía de los papeles necesarios, estaba en ellos, pero no lograba comprender por qué estaba obligada a buscarlos allí, por qué se empeñaba en las regalías del maestro cuando, durante la noche del hombre del paraguas, había podido comprobar la simpleza del vejestorio, su genialidad fingida. De cierto modo, el diablejo verde le había trazado un camino que poco a poco comenzaba a ver con mayor claridad: precisaba apartarse de lo antiguo y buscar lo nuevo, pactar con otros. Atribuía su condición estéril —la incapacidad para fabular, el miedo a saltar de la línea al párrafo, del párrafo a la página y de la página al capítulo— a la neurosis del encierro. Durante años se limitó a interactuar con la tribu de gaznápiros que reverenciaba al maestro y en la cual, por supuesto, no se incluía, y de cierta forma, esa mezcla, atrofió su visión. Ahora todo resultaba obvio: trató todo el tiempo de aprehender un fondo imposible. Debía alertar al maestro, en honor a lo pasado… pero estaba convencida de que el sexagenario divisaba muy bien la nada, que comprendía lo incómodo que podía resultar caer en ella, pero se hacía tarde para otras opciones y realmente no le importaba el impacto incierto del maestro contra los enigmas del Obscuro porque ¿habría eco?

Entre derrumbamientos y desamores convocó otras caras agónicas. Se sacudió las canas del maestro, aún prendidas a las ropas, y canceló planes de épocas superadas, pero sobrevivió la práctica de revolver en las escrituras ajenas. Lo nuevo fue multiplicar los lugares donde buscaba, fue no buscar regalos. Lo nuevo fue robar. Con el pretexto de las juergas, con la estrategia tamerlanesca de convertir la casa en el recreo semanal (y a veces diario) del bello sexo, la anfitriona había derivado en el pirata de los siete mares. Durante un buen tiempo recibió visitas, que seducidas por el alcohol y ablandadas por carnales exhibiciones, develaban planes y descubrían argumentos pero algunas veces estallaban incidentes donde lo mejor era el silencio angustioso y lo peor, el encontrarse en la carne del cazador cazado. En esos lances convergía con otros corsarios pagineros, casi siempre protervos antologadores que envidiosos y poco creativos la fusilaban con el «te antologué» o la amenazaban con el «te voy a antologar». A esos y a esas los despachaba rápido: poco podría darles ella.

La visitaban amigos (quienes francamente le advertían que dejara aquello, que se dedicara a otra cosa, que el de la palabra no era oficio para jugar) y enemigos (quienes la animaban a seguir dando rodillo de un lado a otro porque ¿quién sabe?, jijí jijí). De estos últimos llegaron montones en busca de ron, cigarros y todo lo que pudiera ser gratis. En menos de un mes pasaron por el lugar más personas que concubinas por el lecho del califa Harum Al Rachid. Aunque todo vestigio de presencia humana en el lugar había desaparecido (muebles, vasos, hasta la soga que colgaba del techo desde el día del suicidio frustrado), los resultados de la operación fueron dignos de loa: la pizza estaba casi lista, solo debía hornear y comer.

Aunque Joseph Brodsky haya dicho que por muy brutal que pueda ser tu confrontación con lo real, la tarea de la poesía consiste en resistir a la realidad, en presentar al menos una alternativa lingüística, en temperar el corazón para cualquier eventualidad, incluso la propia y definitiva derrota; aunque el Life’s Little Instruction Book recomienda contar hasta diez antes de proferir algo desagradable al más injurioso de los vejadores de profesión, el pobre editor que asumió el riesgo de leer los mecanuscritos, no pudo evitar ser infeliz, sentirse derrotado y terminar asistido por su secretaria quien le hizo un conteo regresivo antes de cantarle knock out. Después de mucho abaniqueo en el rostro, sales, amoniaco y brigada de primeros auxilios, el hombre, que no pudo resistir el primer round, levantó las manos al cielo y exclamó: “¡Por Dios, esa chiquilla es una asesina, no debieran permitirle hacer estas cosas. Hay que evitar que ande suelta! ¡Hay que alejarla a toda costa del papel!”, y regresando al desmayo, cerró los ojos y nunca más volvió en sí.

Al no recibir noticias sobre el destino de su opera prima, la muchacha sospechó de ciertos celos y rivalidades que provenientes de sus episodios con el maestro se reanimaban ahora, con viento propicio y en forma de vendetta. Por su mente no despuntaba la posibilidad de que el libro, aún antes de ser publicado, fuera el causante de una muerte, tres jubilaciones, cinco casos de autismo y diez de esquizofrenia, además del éxodo de trabajadores en las editoriales por donde pasaba. Ajena a la verdad, aferrada a falsos axiomas hechos de cuanta moharra lograba convencerla, decidió pedir ayuda a varios compinches de holgorio que no tardaron en hacer navegar sin percances el engendro beberrosmérico. De modo que sobre un río de compensaciones futuras, de personas protegidas por contratos de alto riesgo, y procesos simulados, finalmente la obra, editada e impresa, se convirtió en... ¿Un best seller o un megaseller del tipo Stephen King, Robert Ludlum, Dean Koontz, Tom Clancy, Anne Rice? Pude haberte dicho, acatando la lógica y sin mucho rodeo, que tanta manufactura —y no verás nada extraño— paró en libro; pero ¿todo lo impreso puede ser considerado como tal? o ¿la forma de dos tapas, un lomo y unas tripas según el perfil de una colección resultan indispensables para ser integrados al concepto? En diacronía, todo entra: tablillas, rollos y cuerdas anudadas; en sincronía, lo demás que no sea, es la muerte. Entonces, digamos por ahora, que los papeles de la muchacha se convirtieron en nuevos papeles, en diversos tipos de pulpa y en pocos días fue dispuesto lo necesario para la presentación. Ignorante de los preparativos, la joven no tuvo peor suerte que mantenerse al margen y unirse por simbiosis natural a la pandilla de santos inocentes. Se había olvidado del vejete, lo pensaba en distantes y profundas esferas, muerto, enterrado y haciéndole compañía a sus colegas la harina de Castilla y el talco. Pero ahora el maestro estaba allí, de frente. ¿Se trataba de una aparición? Y ella, menina pletórica de vitalidad, ¿estaba lista para qué? ¿Para la muerte?: “¡Solavaya!”

“¿Así me recibes?», el maestro procuró desdoblar la sonrisa más cordial, pero apenas desplegó la más irónica. Intuyendo el despropósito, intentó apuntalar la atmósfera y aliviar los traumas de la muchacha con un poema de Chang Chiu-Ling: “Conmovido por el resplandor lunar apago el candil. Me cubro con la capa porque el relente es frío. Me aflige no poder asir un puñado de luz de luna y ofrecértelo; vuelvo al lecho y sueño nuevamente contigo…”, e insistió con la sonrisita, esta vez mucho más creíble. Entonces la trampa comenzó a funcionar.

Sucede que a raíz de la propuesta de publicar los papeles de la muchacha, se desataron enconadas polémicas y hasta hubo quien, sin esperanzas de hallar solución pacífica al conflicto y viéndose emboscado por un hampa de necios y barrenados, planeó el estallido de una guerra civil. Tal efervescencia, semejante choque de pasiones, ese nunca visto derroche de estulticia y sordidez, corrió de boca en boca hasta resonar en los oídos del maestro quien, siempre alerta al enemigo rumor y nada perezoso, desató su perversidad y dio fin al asunto con una malevolencia que, a lo mejor, no fue de su cosecha, sino de la del emparaguado verde. Ya verás. Luego de sopesar pérdidas y ganancias, después de rememorar la penuria pasada y no resarcida, y de apostar al tin marín en el centro de la encrucijada, concluyó que el retorno del sexagenario resultaba un beneficio. No estaba resuelta a echar la vida en espléndidos y caros arreglos, ron y cigarros trocados en páginas y ocurrencias; sustituyendo inspiraciones auténticas; agregando silicona a la oquedad craneal. El maestro, a juzgar por el desaliño, la vuelta sin avisar y los versos de Chang Chiu-Ling, se mostraba arrepentido y dispuesto a cerrar un nuevo convenio. Quién sabe si a partir de ese instante cesaran los rastrojos, los cestos y los vejámenes y se abriera el camino a la inversión celestial, a la rebelión de las masas, al cambio de roles, con la salvedad de que el maestro continuaría siendo el productor y la muchacha, como gran cacica, la única beneficiada. Además, allí, en la puerta, como el conejo que acude a refugiarse donde la zorra, se presentaba, ingenua, la posibilidad de una venganza: apachurraría al maestro.

–¿A qué has venido? –preguntó la joven con ligera desconfianza.

–Quiero acompañarte a la presentación del libro, estar a tu lado. ¿Me lo permites? Esa obra, en parte tuya, en parte mía, es como el hijo de los dos…

–¡Presentación? ¿Cuándo, dónde, por qué se me avisa ahora?

El aturdimiento de la muchacha advirtió al maestro de la obligación de pulsar las cuerdas del novelón radial, y agregando bemoles a la voz, a los ojos y a los pliegues de su faz apuntalada, frotó las manos (hallaba placer en el engaño) y cantó una vidalita:

–Era una sorpresa. Te evitamos la ansiedad… Sabes el mal que te produce.

Esta mentirilla derritió el corazoncito de la jovenzuela y le obligó a callar porque había mordido el cebo y, con la boca llena… solo pudo suspirar como queriendo decir: “Entonces, vamos. Observa cómo triunfo”.

Al entrar a la sala de presentación buscó con la mirada los cajones de libros que estaban amontonados en una esquina. De súbito fue dominada por el impulso de ir hacia ellos para tomar los ejemplares que le pertenecían, para ver su nombre integrado al azar de la inmortalidad, dando los primeros pasos en dirección a la trascendencia, pero el maestro le sedó los ánimos: “Cálmate, ahora pasas a ser importante. Deja que te los ofrezcan. Debes actuar aristocrática”, y eso bastó para inmovilizar a la víctima, para no precipitar el desenlace trágico, pues el error había sido cometido.

Repleto, el auditorio oscurecía con cada nuevo mirón que lograba colarse. En las primeras filas desplegaban sus pericones las arpías del cenáculo del maestro; en las del medio hacía señas, lanzaba tacos y se sacaba mocos, la gentuza que la acompañó cuando se las daba de Lúculo en los días de cetrería; en las del fondo, alejados de las bocinas y cercanos a la bebida, tonteaban desconocidos, piezas únicas, hominicacos de colección, rarezas museables escapadas quizás del Diccionario de la estupidez humana de Bechtel y Carrière. Los pasillos entre las hileras de sillas no admitían una persona más, y en la puerta… “¿qué objetivo tiene esa cola de gente casi turba en la puerta?, por el revuelo indiscreto no parecen lectores… con seguridad están equivocados, tal vez confundan el lugar con un pedestre mercadillo”, la muchacha preguntó al maestro pero este le disipó la inquietud con antiguas mitologías y canciones de cuna donde un molino era un gigante, un tronco áspero, un ágil y bien entrenado Clavileño, y los espejismos de la demencia, felonías de Malambruno y chanzas del Caballero del Verde Gabán.

Cuando los dientes dejaron atrás las uñas para roer la carne, la muchacha estuvo a punto de zafarse un zapato y continuar en los dedos del pie la molienda que inició en los de las manos. El maestro, a diferencia de oportunidades anteriores, enmascaró la intolerancia en ademanes de aprobación y mimó a la joven invitándola a la calma porque todo permanecía bajo su control. En ese preciso momento, desde una mesa que los enfrentaba y excluía, un presentador solidario aferrado al micrófono, pidió silencio y comenzó a repartir felicidades a los cuatro vientos, a las mil direcciones de la rosa náutica, a los amigos y amigas reunidos esa tarde “¡Oh, la tarde!, amigas y amigos…”. El presentador fue interrumpido por los gritos de los hombres y mujeres aglomerados en la puerta. Le pedían que callara, que comenzara la venta y que “comiese raspa” en otra oportunidad. A la muchacha aquella histeria hollywoodense le pareció la cumbre del estrellato, y encontró conveniente el intervenir presentándose como la autora, porque de seguro lograría la escampada de sus admiradores, también la lluvia de flores y el laurel, pero al levantarse el impacto de una col a dos centímetros de sus pies, la convenció de los riesgos de la embajada y de lo natural de tales tumultos y desacatos. No pudiendo alcanzar el silencio deseado, el presentador se inclinó por la opción de acelerar su discurso: “Felices de este esfuerzo conjunto de escritores, editores, obreros de la industria del papel y del cartón. Felices deben estar nuestras amas de casa, esas mujeres dedicadas al hogar… –¡Por favor, silencio!–. Feliz debe estar esta autora (señaló cortésmente a la muchacha) quien ha aceptado tan culta y desenfadada iniciativa, símbolo de la humildad y la tajante ruptura de las concepciones capitalistas del hecho literario (tales elogios sonrojaron a la joven, que sonrió para no defraudar a sus admiradores quienes, no supo por qué, en lugar de aplaudir le lanzaron trompetillas; y se encogió de hombros porque no entendía nada). Pero-no-demoremos-lo-esperado (esta última frase fue condensada por una calabaza veloz que, por un tilín, casi logra desfigurar la nariz del presentador), ni a estas ¡Señoras! (otra calabaza) que hacen cola afuera desde bien temprano en la mañana, que han sabido mantener la disciplina (naranjas podridas, papas, zapatos viejos… ¡Piedras no, por favor!)…Venga pues, sin más perorata, la venta…”.

El presentador, protegido por dos paraguas, pidió que le acercaran una de las cajas. Miró a la muchacha —que a esas alturas continuaba parapetada tras el maestro— para guiñarle un ojo en actitud lastimera, pues tampoco entendía en profundidad la sustancia de aquel asunto, pero a diferencia de la joven actuaba seguro de lo que hacía. Evidentemente, pensaba la muchacha, en ese lanzamiento (se refería al del libro) faltaban algunos detalles (porque de lanzar, lanzaban), y sobre todo, cordura. ¿Por qué no se le pidió que hablara? Bueno, claro, no podría hacerlo con tanta confusión. ¿Por qué, al menos, no se dispuso de la mesa para autografiar los ejemplares? La muchacha ansiaba ver la cubierta, sentir el olor inconfundible a pegamento y papel, a tinta y a nuevo. Quería comprobar el grosor. Volvió a preguntar con la angustia enfermiza de un Andrei Efimich pero el maestro le exigió la calma con palmadas ya no tan suaves en los muslos.

Por fin la caja fue abierta. El presentador reclamó orden y que pasaran en grupos pequeños para no provocar el pandemónium. La mano del presentador, ahora tratante de comercio, se sumergió lento en el cajón, tanteó buscando un bulto. Llamó a los primeros y…taratatán… un rollito de frágil papel, de esos que solemos colocar en el baño para limpiar los restos de diversas y cíclicas evacuaciones, apareció, como deus ex machina, entre carcajadas y chiflidos del público.

Por segundos la muchacha creyó en burdas cuchufleteadas de primeriza, en maldad de escolares, que debía reír para que la representación y el bautismo transcurrieran a todo tren, sin dilaciones, pero al mezclarse los insultos con vocingleras revelaciones del maestro, cuando miles de secretos se esparcieron como los males de la caja consabida, se percató —ya sin remedio— de que el corro era una celada, y la celada, el final. A su lado —como le había pedido— el maestro se revolvía en un vendaval de carcajadas. A ratos volaba un rollo como serpentina. Constantemente le hacían palomitas con los pulgares en los cachetes y le sacaban la lengua; la muchacha solo atinaba a repetir: “¿por qué?”, “¿por qué?”, mientras del maestro continuaban la risa y la tos, la tos y la risa, y la tos, la tos, la tos: “¿por qué has hecho, Dios mío, mi alma tan triste?”, dijo el vejete en una erupción apagada, hasta que rojo, cual luz o bruma crepuscular, cual paila hirviente del infierno, sobrevino la apoplejía, y aprovechó la oportunidad de imitar a Julián del Casal en lo único que pudo.

Cuando la muchacha llegó a su casa pensó en arrojarse por una ventana, pero el valor no resultó suficiente, tal vez si lo intentaba al otro día, incrementadas las fuerzas y el bochorno, el balcón sería fácil trampolín y los huesos quebrados un purgante radical pero lo sucedido quizá no había sido tan grave y la solución podía ser mucho más simple: no abrir la puerta jamás, olvidarlo todo, perder como la consecuencia de fallar en una partida o en una apuesta. Naderías como un sorbo de coñac distraen la atención concentrada en las cartas del contrario quien gana aprovechando la sed ajena, la garganta seca. En ese caso nadie piensa en el caos porque la muerte nunca es por completo un huésped bienvenido, y la vergüenza es fugaz, se disipa en la otra vuelta, o no es. No hay motivos —a no ser la bancarrota y el cansancio— para abandonar el tapete. Ella, ¡pobre muchacha!, continuaría insistiendo porque todos los gariteros yerran, violan una regla, hacen una trampa, brujulean, y ella no se consideraba la peor de todas. Solo había cometido una falta aligerada en la eufonía de una lección de miedo.

Cuando llegó al último escalón, pensó —digamos—, que no tenía tiempo para pensar. Abrió la puerta del apartamento, atravesó la oscuridad y se arrodilló delante de una silla donde una silueta nebulosa comenzó a verdear.


Este texto forma parte del libro El arte de morir a solas, ganador del Premio Alejo Carpentier de cuento 2011


* Ernesto Pérez Chang: La Habana, junio de 1971. Ha publicado los libros de relatos Últimas fotos de mamá desnuda (Premio David, 1999), Los fantasmas de Sade (Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar, 2002), Historias de Seda (2003) y Variaciones para ágrafos (Premio Nacional de la Crítica, 2007). En 2006 apareció su primera novela por la editorial Letras Cubanas: Tus ojos frente a la nada están. Ha recibido además otros premios importantes como la Beca de creación Onelio Jorge Cardoso, en 1998 y el Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en 2008. Actualmente se desempeña como Jefe de Redacción de la revista Unión, de la UNEAC.

 
 
 
 
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