Se supone que uno
coloque en él los
libros, el búcaro
(cosa rara: con lo
que me gustan las
flores, jamás he
tenido un florero),
las figuritas
simpáticas que le
han ido regalando
los amigos de
cumpleaños en
cumpleaños, un
candelabro, quizá,
una foto enmarcada,
y luego se dedique a
limpiar todo eso de
polvo con cierta
periodicidad.
Compréndeme: lo
considero un mueble
en extremo eficaz,
de hecho hay varios
en mi sala, cocina,
baño, cuarto, pero
...
Aquella amiga de la
que te hablé, la que
bota muebles,
sabes. Su casa es
caótica y poco
acogedora, con una
mezcla de estilos
insultante y
abarrotada,
abarrotada,
abarrotada de
adornos.
¿Qué hacer con la
maceta de yeso de la
que brotan tallos
plásticos coronados
por rojas flores de
tela que me regaló
mi última ex suegra?
¿Qué hacer con el
pastor y la pastora
de loza, obsequio de
una señora conmovida
a la que hice un
favor? ¿Qué hacer
con las frutas de
caucho traídas por
una amiga en su
envoltura de
celofán junto a la
tarjeta navideña?
¿Botarlos? ¿Sin la
menor piedad, sin
sentimientos de
culpa? ¿Fuera las
flores secas
recogidas en la
costa una mañana de
hallazgos
milagrosos? ¿Que
perezcan en los
basureros la casita
de barro, el plato
ruso de madera, los
divertidos peluches?
¿Que se pudra la
botella vacía de
tequila, los pomos
de champú, crema o
desodorante, la
cesta con cascarones
de huevo pintados,
la cajita de música?
Intento vislumbrar
mis habitaciones
vacías,
impersonales,
limpias y me
espanto.
¿Hasta qué punto yo
soy yo por mí misma
y no la suma de
pasado, sueños,
esperanzas,
recuerdos apiñados
sobre una tabla?
Cuento incluido en
el libro Mirada
de reojo, de
Anna Lidia Vega Serova