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La producción
cinematográfica cubana
más reciente, según
puede leerse en la
página del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos
(ICAIC)
http://www.cubacine.cu, en su segmento
relativo a los estrenos
de 2010, incluye un
espectro inusualmente
amplio de temas, géneros
y registros tonales para
una cinematografía más
bien aferrada, en sus
primeros 30 años
(contando solo a partir
de 1959) a los rigores
del cine
histórico-épico, a las
películas de autor de
sesgo dramático y
enfoque psicológico o, en
las antípodas, a la
comedia de costumbres
burlesca y folclórica.
Basta con registrar los
títulos, las
declaraciones de
intención de los
directores y el género
de las películas
cubanas, durante los
últimos diez o 15 años,
para comprobar las
variaciones y
transiciones hacia
géneros que eludan el
tópico, dentro de temas
y tonos menos
paradigmáticos. En este
sentido, merece una
mención Afinidades,
codirigida por
Jorge Perugorría y
Vladimir Cruz, los
emblemáticos
protagonistas de
Fresa y chocolate.
En su sinopsis oficial
puede leerse lo
siguiente: “Ante el
vacío y la falta de
explicación racional de
muchos de los problemas
del mundo contemporáneo,
a veces parece que la
única salida es
refugiarse en los
instintos… y los
instintos suelen
conducir al sexo. Al
menos esta es la salida
que encuentran los
protagonistas de esta
historia: el sexo a modo
de descarga eléctrica
para mantenerse vivos,
la manipulación de los
demás como vía de
conjurar la impotencia y
reafirmar sus
personalidades laceradas
por la soledad”. Puede
añadirse como coletilla
que el “experimento”
tiene consecuencias
imprevisibles y,
precisamente, en ese
acercamiento a la
sexualidad como
manifestación de
conflictos ontológicos y
sociales radica la
peculiaridad de la
película, bastante
novedosa en un ambiente
cinematográfico marcado
por su habitual
distancia con el
erotismo y la
sensualidad visualmente
expresada.
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Afinidades |
Después de casi una
década con escasos
títulos dentro del cine
histórico y biográfico,
José Martí: el ojo del
canario, según
Fernando Pérez, elude
por completo la visión
hagiográfica e
historicista, frecuente
en el cine cubano
anterior, para
presentarnos al Héroe
Nacional y adalid de
nuestra independencia en
tanto joven común,
abocado al despertar de
la sexualidad, a
conflictos de índole
doméstica y al
nacimiento de una
rebeldía que selló su
destino excepcional. Ese
Martí se encuentra entre
los 9 y los 17,
precisamente la única
etapa en que conoció de
cerca a su patria y
cuando aprendió a amarla
y entenderla, para luego
emprender la magna obra
que le tomó el resto de
su vida. En la sinopsis
oficial se dice que no
se trata de una
biografía, sino de un
itinerario espiritual.
La conclusión del filme
justo en el momento en
que se inicia el
presidio político,
génesis del apostolado
martiano a favor de la
independencia nacional,
da cuenta de la
distancia que el filme y
su autor mantienen
respecto a la saga
épico-marmórea del cine
cubano.
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José Martí:
el ojo del
canario |
Daniel Díaz Torres
construyó una comedia
particularmente grave
con
Lisanka, que
oscila entre la comedia
retro y el melodrama
femenino con momentos de
trascendencia simbólica.
En Veredas, pueblo
imaginario de la Cuba de
principios de los años
60, se encuentran
enclavados cohetes
soviéticos. Dos jóvenes,
Sergio y Aurelio (ambos
con agendas políticas
contrapuestas) se
disputan el amor de
Lisanka, la muchacha más
bella y deseada de la
zona. La Crisis de los
Misiles está por
comenzar y llega al
lugar un “grupo” de
soldados soviéticos,
entre ellos, Volodia,
quien se convierte en un
peligroso rival para
Sergio y Aurelio.
Entonces, la vida
cotidiana del lugar y la
de Lisanka se altera
irremediablemente,
porque la muchacha
deberá elegir, al modo
de las comedias
románticas (y no de
sátira social como es
común en el cine cubano)
a uno solo entre los
tres hombres que aspiran
a regir su destino.
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Lisanka |
Precisamente los
numerosos elementos
trágicos, y simbólicos,
son los que comportan un
tono en Lisanka
que se diferencia de
nuestras habituales
comedias, típicas en la
filmografía de Díaz
Torres. Aunque consagre
algún guiño al realismo
mágico, Lisanka
se distancia del absurdo
cáustico de Alicia en
el pueblo de Maravillas,
y también se desmarca de
los enredos paródicos de
Kleines Tropicana
o del costumbrismo
cercano a la sitcom
que se elabora en
Hacerse el sueco.
También se distancia de
su registro genérico
habitual (en comedias
satíricas estilo
Adorables mentiras,
Paraíso bajo las
estrellas y
Perfecto amor equivocado)
Gerardo Chijona, quien
prefirió contar, en
Boleto al paraíso,
la trágica historia de
Eunice, una adolescente
que huye del acoso
sexual de su padre y de
Alejandro, un joven
roquero que roba una
farmacia y parte con un
par de amigos hacia La
Habana. Sus destinos se
cruzan en la carretera
y, juntos, deciden
partir en busca de un
Paraíso que marcará el
resto de sus vidas.
Hasta ahí la historia ni
siquiera suena demasiado
trágica, pero en cuanto
nos enteramos de que la
película se relaciona
con el Virus de
Inmunodeficiencia Humana
y el trayecto recorrido
por personajes que
decidieron
voluntariamente el
contagio, aparece el
carácter trágico de esta
nueva producción del
ICAIC.
La complejidad formal, o
más bien narrativa, de
Larga distancia,
y su ficción quebrada,
circular; el palimpsesto
genérico (melodrama,
documental, cine
encuesta, tragedia,
drama filosófico y
coral), los saltos en el
punto de vista
narrativo, y la casi
constante ruptura tanto
del principio de la
causalidad, como de la
unidad espacio-temporal
convierten el primer
largometraje de Esteban
Insausti en un filme
bastante excepcional en
el panorama del cine
cubano, aunque lidie con
algunos de temas no
precisamente nuevos en
nuestro contexto
audiovisual como los
costados de la
migración, la soledad,
el naufragio a que te
arriesgas incluso
quedándote, y los
trágicos dilemas
filiales de cuatro
personajes bastante
atípicos en la tipología
a la que estamos
acostumbrados.
Casa vieja
cuenta entre sus méritos
la capacidad para pulsar
una clave temática que a
casi todos los cubanos
nos concierne y afecta
mientras demuestra, otra
vez, la tendencia de los
creadores cubanos para
realizar obras de alta
calidad —apoyados sobre
todo en las virtudes
alusivas y conmovedoras
de una historia eficaz,
y de un grupo de actores
absolutamente poseídos
por sus personajes— con
muy modestos recursos, y
mínimo despliegue en
cuanto a extras,
locaciones y otros
requerimientos
encarecedores. Enterados
de que la envergadura
humana y artística de un
proyecto jamás se
relaciona de forma
directa con el capital
empeñado en la
realización del mismo,
los implicados en esta
película decidieron
apelar a la sinceridad y
al rigor del realismo en
clave melodramática e
intimista, en el anhelo
fructífero por rescatar
y adaptar a las
circunstancias actuales
el clásico teatral
La casa vieja,
de Abelardo Estorino. Y
no tampoco son
frecuentes en nuestro
medio las películas que
adapten obras de teatro
para relatar, al fin y
al cabo, la erosión de
los recuerdos, el
encontronazo entre
opuestas maneras de
entender y asumir el
crecimiento personal. Se
narra la pelea con las
sombras obstinadas, y la
escapada en busca de
luces que jamás te
alumbrarán lo
suficiente.
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Casa vieja |
Recién egresado de la
Facultad de los Medios
de Comunicación, y con
algún que otro corto que
participara en las
Muestra Joven del ICAIC,
Carlos M. Quintela se
las arregló para
producir, dirigir y
posproducir
La piscina, una
obra que rechaza todas
las etiquetas estampadas
irreflexivamente y se
aparta de casi todas las
convenciones del cine
cubano en cuanto a tono,
personajes, género y
estilo expositivo. Se
muestra un día
cualquiera de las
vacaciones de cuatro
adolescentes
discapacitados, mientras
se revela que el
entrenamiento de su
profesor de natación no
es lo que más importa en
la piscina. Es una
película de escasa
acción dramática y una
historia muy leve, que
la acerca al documental
observacional y al cine
experimental, tan
escasamente pulsado por
nuestros creadores.
El mayor
distanciamiento, tal vez
aparente, con los
géneros habituales del
cine cubano lo demarca
la próxima comedia de
zombis, Juan de los
Muertos, porque el
audiovisual cubano
apenas ha rozado hasta
ahora las tinieblas, los
terrores y los crímenes
propios de un género
donde se inscriben
clásicos como Drácula,
Psicosis, El
exorcista, Alien,
El resplandor o
Los otros, y
tampoco ha intentado la
parodia de tales
horrores, como es el
caso de la próxima
comedia satírica cubana.
El formulismo repetitivo
de las películas de
zombies, en EE.UU. e
Italia, terminó
originando las llamadas
comedias de terror, que
se burlan de las
situaciones sin salida,
de la estolidez de los
muertos vivientes y de
la increíble torpeza del
grupo de seres humanos
víctimas de los zombies.
Precisamente, de los
guiños paródicos y
posmodernos que
caracterizan a las
llamadas comedias de
terror parecen
apropiarse Brugués y su
equipo en la concepción
de
Juan de los Muertos,
que algunos llaman ya la
primera comedia cubana
de zombis, como
garantizando una
mutación genérica, y una
transformación en las
afinidades electivas de
los realizadores, que ya
es indetenible. |