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Más de 15 años después
de su encuentro
histórico en Fresa y
chocolate
(histórico, ya sabemos,
por más de una razón)
los actores Jorge
Perugorría y Vladimir
Cruz se reúnen
nuevamente en la
pantalla grande, pero
ahora lo hacen también
tras la cámara, en lo
que constituye la ópera
prima de ambos en la
dirección (en el caso
del segundo, también es
autor del guion). Y la
nueva (co)incidencia se
titula Afinidades
(2009), una coproducción
cubano-española que
parte de la novela
Música de cámara,
de Reinaldo Montero.
Dos parejas pasan unos
días en un hermoso
centro turístico (la
paradisíaca Laguna del
Tesoro, en Matanzas);
las maravillas naturales
del lugar sirven de
escenario a un
progresivo desatarse de
ciertos intercambios
eróticos, mas pronto nos
enteramos de que todo (o
casi) estaba
planificado: Néstor
(Perugorría) es el
director de una empresa
mixta y Bruno (Cruz) un
competente físico
subordinado a aquel
quien teme perder su
puesto en próximas e
inminentes
racionalizaciones; la
joven esposa de este
sería el precio que se
debe pagar para que ello
no ocurra.
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De solo una ojeada a tal
sinopsis, el lector
comprobará cuán actual
resulta la historia en
el aquí y ahora de
nuestra sociedad, como
se sabe enfrascada en un
también inaplazable
proceso de reajuste
económico donde no pocas
plazas en centros
laborales serán
racionalizadas y muchos
de sus ocupantes pasarán
a trabajar en el sector
privado, algo que de
hecho ya ha comenzado;
sin embargo, la
perspectiva del filme
apunta a zonas mucho más
generales que lo sitúan
en el terreno de la
ontología, y en un
espacio y un tiempo que
también trascienden
aquellos.
Afinidades
mueve y muestra los
resortes de la ambición,
el poder, el miedo, la
libertad, la felicidad y
el sexo dentro de las
relaciones humanas, para
lo cual los encuentros y
desencuentros de estas
cuatro personas
constituyen un oportuno
microcosmos, donde esas
y otras pasiones se
entrecruzan y
desarrollan en teoría y
práctica.
Si bien el relato demora
en despegar (con una
primera parte acaso
demasiado morosa y algo
torpe), una vez que esto
ocurre, el receptor se
conecta con el
desarrollo de los
sucesos, la evolución de
los personajes y sus
interacciones, lo cual
se mantiene hasta el
final; no obstante, los
intercambios verbales,
abundosos y constantes,
no gozan de la misma
consecución, por lo cual
acaso el excesivo apego
a la fuente literaria
haya dañado un tanto la
diégesis.
Son tantas las ironías,
las agudezas, el doble
(y hasta triple) sentido
de casi todos y cada uno
de los diálogos, que a
la postre ello se torna
bastante artificioso y
cargante; cualquier
espectador se pregunta
si en unos días de
vacaciones, cuatro
amigos, amén de las
profundas reflexiones
que intercambian sobre
lo humano y lo divino,
también no pueden hablar
por unos minutos al
menos de las comidas, el
clima o las
características del
sitio visitado: hasta la
elección de los cuartos
reviste un carácter
traslaticio en los (no
otro término cabe)
combates verbales de
estas personas.
No es menos cierto que
muchos de estos diálogos
y frases resultan
motivadores, pero el
exceso rodea el filme de
una atmósfera
retoricista e, incluso,
a veces, seudopoética.
En otro orden,
Afinidades es, como
puede inferirse, una
película erótica, y qué
bien que nuestro cine,
de antiguo tan pacato y
conservador en este
orden, se atreva con una
obra que por demás se
asume sin disimulos ni
escamoteos. Sin embargo,
la perspectiva
heteronormativa
masculina, a la que
responden tanto el autor
de la novela, como del
filme en cuestión, les
impide romper esa
limitante e ir más allá:
las alternancias
sexuales llegan a las
propias mujeres, ya sea
solas o cuando se
practica el encuentro
grupal, sin embargo, los
hombres no pasan de
miradas, insinuaciones,
ciertos roces
pero….“hasta ahí las
clases”, lo cual no deja
de ser una
inconsecuencia y una
tremenda limitación
teniendo en cuenta el
espíritu de libertad y
desprejuiciamiento que
late, y hasta a veces se
explicita, en el
discurso.
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La puesta ha sido
suficientemente
cuidadosa, lo cual habla
bien de los realizadores
debutantes y de la
mayoría de sus
colaboradores: la
planimetría, por
ejemplo, ha logrado que
la cámara focalice
mediante expresivos
encuadres y una
diversidad de planos,
los estados anímicos y
situaciones particulares
que van desarrollándose,
y —aún con los señalados
titubeos del comienzo—
se va entronizando
cierta atmósfera de
suspense que va muy
bien con las coordenadas
del relato.
La fotografía de Luis
Najmías Jr. no cede a la
tentación del paisajismo
turístico al que el
escenario fílmico
pudiera invitar: si bien
se recrea
inteligentemente en las
bondades geográficas
(lente abierto,
iluminación matizada y
precisa, angulaciones
certeras) no deja de
trabajar la penumbra y
la gradación en los
espacios cerrados,
también muy importantes
en el devenir dramático.
Silvio Rodríguez, como
autor de la música, ha
aportado unos delicados
y discretos pasajes
tecladísticos que se
incorporan a la
atmósfera íntima del
filme, solo, como
tocaba, en tanto
comentarista lateral de
las líneas conflictuales,
ajenos por tanto a
énfasis o subrayados que
las hubieran
entorpecido; también
compuso especialmente
dos preciosas canciones
(una en voz de Omara
Portuondo, quien aparece
interpretándola, y otra
en su propia voz, in
off, que acompaña
los créditos finales).
Derubín Jacome, una vez
más, se luce en una
dirección artística
ajustada y
complementaria.
Como es de imaginar, en
una película con cuatro
personajes, cuyo peso en
el magma dramático es de
pareja significación, la
labor de los actores se
hace más que decisiva.
Sobre todo considerando
la aludida carga
verbalista que padece
buena parte de los
parlamentos, los
histriones califican con
sobresaliente. La tan
elogiosa dupla de
Fresa…, cuyos
desempeños allí nacieron
ya, pudiéramos decir,
legendarios, con la
madurez adquirida en
casi dos décadas
experimentando en los
más diversos roles,
Perugorría y Cruz
repiten la hazaña. Jorge
lleva a planos
sobresalientes el
cinismo, el pragmatismo
de su gerente, mas en un
tono justo, sin
exageraciones ni
superfluos acentos;
Vladimir trabaja sobre
todo las potencialidades
de su mirada (polisémica,
altamente expresiva) en
su físico inescrupuloso
y arribista; la española
Cuca Escribano viste del
necesario hedonismo su
“hembra compartida” y
llena el ambiente de la
sensualidad y el
desenfado de su
personaje; la debutante
Gabriela Griffith
alterna momentos de
vigor interpretativo con
otros de cierta opacidad
(más allá de los estados
anímicos y la evolución
de su joven y amorosa
pero convencional
cónyuge al principio
llena de ataduras que
libera para bien),
aunque en términos
generales convence su
trabajo.
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Afinidades
no logró afinar en todo
el pulso y el tiro, pero
significa una
experiencia notable en
nuestro cine; dentro de
la carrera de sus
bisoños directores, un
inicio que promete y que
invita desde ya al
seguimiento en la
trayectoria de estos
buenos actores que, como
tantos colegas en el
mundo del cine, un buen
día decidieron ocupar la
silla directriz. |