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Afinidades
es una película
intimista. El caos de la
moralidad, la ética y el
arribismo se muestra a
través de la psicología
de cada uno de los
cuatro protagonistas y
de las relaciones que
establecen entre ellos.
Lejos está el filme de
caracterizar una
sociedad, aunque a la
larga establece posibles
patrones de un mundo
corrupto en el que los
personajes cruzan los
límites para lograr
aspiraciones de
cualquier índole. El
sexo constituye
ingrediente explícito de
una trama que no
alimenta cohibiciones,
solo Magda (Gabriela
Griffith) sufre cambios
en su proyección a lo
largo de la historia,
los demás “siempre
fueron más de lo mismo”
como expresó en una
entrevista el propio
actor-director, Jorge
Perugorría.
El escenario de la
película resultó idóneo
para la intención final.
Nada de espacios
decadentes, todo lo
contrario, un paisaje
hecho a mano. Se le suma
la presencia de Omara
Portuondo y un ambiente
turístico, donde es casi
imposible encontrar
fisuras escenográficas,
es solo un lugar de
esparcimiento y
relajación, donde la
semiótica contextual no
tiene la intención de
sobreponerse.
Los actores entonces
llevaban sobre sí la
arquitectura desgreñada
de un ambiente de luchas
de poder que sostienen
las relaciones de
interdependencia. Guamá,
un centro turístico
ubicado en medio de La
Laguna del Tesoro en la
Ciénaga de Zapata,
constituye una
recreación de la antigua
aldea taína. Fue este
lugar el escogido por
las dos parejas (Jorge
Perugorría y Cuca
Escribano, Vladimir Cruz
y Gabriela Griffith)
para congeniar en un
intercambio de parejas.
Francisco Álvarez,
productor de
Afinidades coincidió
en que la filmación, a
pesar de no movilizar a
muchos actores, se tornó
complicada, justamente
por las características
de la Ciénaga.
“Todo se tenía que mover
en embarcaciones, si
necesitábamos luces o
traer a la maquillista
había que transportarlos
en barco. El equipo que
trabajó en la película
fue excelente, todos
éramos amigos y además
existía una química
entre nosotros,
principalmente el grupo
de luces y ambientación
hizo una labor
importante.
“En la Ciénaga y
específicamente en
Guamá, el paisaje nos
impuso su escenario. Te
montabas en el bote,
seco y cuando te
bajabas, agua por
doquier. Teníamos que
tener mucho cuidado con
el ruido que podía
filtrarse a la
grabación, porque casi
todos los caminos eran
de madera y contrastaban
con el silencio
sepulcral del lugar.
Además, debíamos estar
atentos a la salida de
las embarcaciones desde
tierra para que no se
metieran en la escena,
pero se disfrutó mucho
el trabajo y el lugar es
precioso.”
Panchito, como le llaman
sus compañeros de
filmación, ha trabajado
en muchas ocasiones con
Perugorría, (Pichi)
tanto en cine como en
espectáculos musicales,
con Vladimir en menor
medida, pero estuvieron
juntos por ejemplo en
Capa Blanca, cuando
Francisco era asistente
del Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos
(ICAIC).
La fotografía, uno de
los méritos de la
película, debe su
riqueza compositiva a
las bondades de una
naturaleza exuberante,
aunque sin duda, la
balanza se inclina por
la excelente dirección
de Luis Najmías Jr.
“Los interiores de la
película se hicieron
aquí en La Habana, en el
pueblo de Santa Fe.
Cuando ves la película,
no se nota la diferencia
entre la locación
principal en Guamá y los
interiores, estos fueron
elementos que llevaron
mucha preparación para
no descuidar ningún
detalle. Fue muy
complejo desde el punto
de vista del diseño,
tuvimos el cuidado de
observar por dónde
entraba la luz allá y
así mismo debía ser aquí
en La Habana. El
silencio fue otro
elemento que nos llevó
tiempo. Allá solo se
sentía el propio sonido
de la naturaleza, es un
lugar muy sensible al
ruido.
En Santa Fe estábamos
pegados casi a 5ta
Avenida y el ruido de
los carros es constante,
pero todo quedó
espectacularmente.”
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