|
La actriz Gabriela
Griffith, de 21 años,
parece tímida al margen
de las cámaras. Sin
embargo, la envuelve una
seguridad que paraliza y
encanta. La percibo muy
seria, como si
dispusiera de un número
de sonrisas limitado que
la conmina a no
gastarlas… bajo ningún
concepto.
Su mirada es un exceso
de sagacidad que me
frena. Ella y Magda,
papel que Griffith
interpretara en
Afinidades, se me
confunden a ratos.
Sea la joven
representada que
experimenta la más
apreciable conversión
moral entre los
personajes del filme,
sea la veinteañera
reservada que parece, el
cine y la vida real son
inconfundibles en algo:
son incapaces de abdicar
de la belleza física, al
menos, mientras abriguen
el propósito de seducir
al hombre.
¿Qué movió en ti
Afinidades?
Fue muy importante
porque era la primera
vez que trabajaba en
cine y, como siempre,
había sido algo
inspirador, quería que
todo saliera bien,
buscaba dar lo mejor de
mí. Había muchas cosas
en juego durante el
tiempo que estuvimos
rodando, y me entregué
para brindar lo mejor.
¿En qué se expresó el
“dar lo mejor de mí”?
En el interés que
mostraba, en las muchas
veces que me leí el
guion antes de empezar
el trabajo de mesa, en
todo el estudio que hice
de los demás personajes.
Se trataba de una
película en la cual
había que estar muy al
tanto de lo que sucedía
con los demás miembros
del elenco.
Afinidades es
llevada solo por cuatro
personajes, por lo que
era vital que los
actores estuviéramos muy
conectados, que
tuviéramos mucha
compenetración. Sabíamos
que el más mínimo
altercado se iba a
reflejar en pantalla.
¿Todo fue “color de
rosa” durante el proceso
de filmación?
“Color de rosa” pudo
haber sido el que para
mí aquello era como
vivir un sueño, que se
estaba materializando en
ese momento y que
disfruté enormemente;
pero mi nerviosismo no
lo fue; sentía
inseguridades y dudas
que después aprendí a
dejar atrás. Aunque
contaba con escasa
experiencia
—dos
meses de graduada de la
Escuela de Arte, solo
había hecho teatro nada
más—,
no permití que ello me
detuviese.
¿Qué insatisfacciones te
quedan de tu propio
papel en la película?
Todavía pienso que hay
escenas donde pude
hacerlo mejor; pero
Vladimir Cruz ya
está cansado de decirme
que no, que lo entenderé
cuando pueda ver la
película desde un punto
de vista más neutral.
¿Por ejemplo… cuáles
escenas?
Cuando el personaje que
interpreto se enfrenta a
su esposo —encarnado por
Vladimir Cruz— y le
expresa todas sus
inconformidades, sus
tristezas.
También te enfrentaste a
escenas de sexo…
Desde el día en que leí
el guion, esas escenas
me dieron miedo; pero
Perugorría (Pichi) y
Vladimir me ayudaron.
Fue muy difícil, por
supuesto, soy una
persona —y creo que esto
del pudor lo heredé de
mi abuela— más bien
reservada. Ambos
directores demostraron
lo que pocos creían.
Ellos lo tenían todo
planeado, todo claro,
sabían la película que
querían hacer en
imágenes y música, y las
escenas de nudismo eran
parte del todo.
¿Qué importancia le
atribuyes a la belleza
física dentro del cine?
Lo que importa es tener
algo que decir
convincentemente. Aunque
me parece un tema muy
subjetivo, cada persona
puede o no inspirar un
personaje a partir de su
apariencia. La cámara
puede o no quererte,
dicen por ahí. En ese
sentido, lo más
importante es la mirada.
¿Cómo te insertas en
este mundo?
¿Por qué te atrapó?
La mía es la típica
historia de la niña que
en casa era la más
inquieta, alguien que
siempre estaba
solicitando historias a
su mamá y a su abuelo,
para que ellos se las
contaran como ella
quería. Desde pequeña
siempre me atrajeron las
declaraciones ofrecidas
por directores y actores
acerca de cómo percibían
su propio trabajo.
A los 13 años comencé en
un grupo de actuación, y
lo que más recuerdo de
ese período es que uno
podía escoger la
historia que quisiera y
desdoblarse en el rol
que más lo motivase. Eso
me encantó.
Después de intentarlo
por segunda vez, logré
entrar a la Escuela
Nacional de Arte (ENA) y
allí, con mi grupo que
era fantástico, vivencié
cuatro años de teatro
que guardé como lo mejor
que había sucedido en mi
vida, pues ya había
descubierto qué era lo
que perseguía.
Luego de salir de la ENA
me presenté al
casting para
Afinidades y bueno,
el resultado ya se
conoce.
¿De qué modo te
involucras hoy con la
actuación?
Me encuentro cumpliendo
el servicio social en el
grupo Gallateatro de la
Habana, donde soy la
actriz más joven. Es un
espacio mágico, pues en
él se hacen conciertos,
exposiciones de
fotografías e, incluso,
he participado de no
pocos performances,
lo cual me place mucho.
Además, cursé por un año
un taller con la
compañía de danza
Retazos, algo que
necesito para
perfeccionar mis
cualidades como actriz.
Ahorita decías que de
niña observabas con
alguna devoción la gala
de premiaciones de los
Oscar. ¿Ser famosa te
parece el gran fin?
No, en absoluto. |