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Primer movimiento
adagio con
espressione
Llegada
(según
Néstor)
Lo que se
llama negrura, es ese
cielo sin estrellas que
dan deseos de no ver, es
la laguna retinta que
mejor ni mirar. Y Néstor
cierra los ojos, apoya
los codos en la baranda,
y la vibración del barco
resulta más perceptible,
el ruido del motor gana
cuerpo, pero la
oscuridad no es mayor
que cuando tenía la
vista clavada en lo alto
o en las aguas.
—¿Cansado?
Néstor abre
los ojos, observa que
ahora la laguna refleja
luces distantes y que a
su lado está Cristina.
—¿Con ganas
de tirarte?
Cristina le
ha rozado el brazo.
¿Intento de caricia?
Néstor la mira con
detenimiento. Nada
descifra en ese rostro
que conoce a la
perfección, que exhibe
mínimas arrugas. A
Cristina no le van mal
las leves ondulaciones
que acentúan sus
párpados. Elogio que no
le gustará en absoluto.
Mujer hecha y derecha
Cristina. Frase que no
dice nada, por
consiguiente a Cristina
le parecerá bien. ¿La
pronuncia? Néstor no
abre la boca.
—¿Arrepentido?
Néstor trata
de sonreír.
—No estoy
cansado. No me voy a
suicidar esta noche. No
me arrepiento de nada.
¿Tú te arrepientes?
Néstor sabe
que su sonrisa no ha
pasado de tentativa.
—¿Yo?,
¿arrepentirme? Jamás.
Cristina sí
sonríe espléndida, y
algo más pregunta, ¿qué?
—Que qué
hora tienes.
—Estamos
llegando.
Y Néstor va
a indicar con el índice
las luces cada vez más
próximas.
—Mi adorado
tormento, ¿por qué nunca
me respondes lo que te
pregunto?
El gesto de
Néstor, como la sonrisa,
ha quedado a medias.
—Son las
once.
—¿Cómo lo
sabes?
Néstor no ha
mirado el reloj, no lo
mira ahora, solo alarga
el brazo, coloca la
muñeca que conoce del
tiempo ante la nariz de
Cristina. Que se
convenza si quiere, él
está muy ocupado con las
luces que permiten ver
la boca de un canal.
—¿Vamos para
allá?
Néstor se da
cuenta, Cristina no se
refiere ni al canal ni a
sus focos. En el otro
lado de la proa están
Magda y Bruno apoyados
también en la baranda,
en silencio, como
hipnotizados por las
luces como dardos, ¿o
piensan en algo?,
¿contemplar lámparas con
intensidad pondrá a
pensar? Néstor se
promete que también va a
llenar su cabeza de
luces. Imposible.
Cristina acaba de
atraparle la muñeca que
conoce del tiempo y hala
con decisión. Néstor se
deja conducir. Magda y
Bruno les hacen un lugar
sin quebrar el silencio.
Él, junto a
Cristina. Al lado de
Cristina, Bruno.
Apretada contra Bruno,
Magda. Y no hace falta
que eche una ojeada para
volver a comprobarlo, en
el barco no hay más
pasajeros.
—¿Me das un
beso?
Qué
capacidad la de Cristina
para conversar
formulando preguntas. No
es que en esa cabeza
haya un flujo de dudas,
no, ocurre que la mitad
más una de las boberías
que le pasan a Cristina
por la sesera, las
suelta interrogando. ¿Le
comenta esta revelación?
No delante de Bruno y
Magda, no antes de darle
el beso. Y Néstor
comienza a aproximarse a
Cristina, pero detiene
el movimiento. Cristina
y Bruno se están
besando.
Néstor
advierte que Magda se ha
separado un poco de su
marido y también observa
el beso que promete ser
largo, y cuando nota que
Néstor la mira, rápido
alza la vista, como si
algo le llamara la
atención en el oscuro
sin estrellas. ¿Qué
pretende encontrar por
allá arriba? ¿Un ángel?
El Ángel de ángeles, y
que se le acerque, se
pose ante ella, la
abrace, la dote de
dicha, de La Dicha, que
la deje exhausta por el
derroche dichoso. Santa
Magda del Cielo Bruno
evita que la vea
pendiente de cómo se
besan Santa Cristina de
La Laguna Prieta y El
Arcángel Bruno. Arcángel
es más que Ángel,
entonces puede ser más
terrible y perverso,
aunque mucho menos que
La Negra Conciencia. La
Negra Conciencia tal vez
sí esté conduciendo a
Magda por el camino del
arrepentimiento, ¿o
Santa Magda estará
deseando en este
instante que él se le
acerque, él y no El
Arcángel Bruno? Bésala,
llega hasta la boca de
Magda, hazlo, le dicta
La Negra Conciencia.
¿Será eso lo que busca
por el cielo La Santa?
Quizá sea más simple, y
Magda esté cansada. ¿O
ella sí quisiera tirarse
al agua? ¿La Negra
Conciencia de Magda
pretenderá arrastrarla
hasta ese extremo?
Disparate de disparates,
todo es disparate.
Néstor
contiene la respiración,
e imita a Magda, mira
también a lo alto. Qué
triste espectáculo, ni
siquiera hay una luz
diminuta. Cielo tacaño,
algo merecería suceder
allá arriba para que
Magda y él lo
contemplasen mientras un
beso se prolonga en un
pequeño barco que flota
sin hundirse, que no lo
parte un rayo.
El beso
termina. Milagro. Néstor
exhala.
Santa
Cristina y El Arcángel
Bruno han quedado
mirando hacia la entrada
del canal. Magda deja de
interesarse en lo alto,
y también fija la vista
en las luces que ya
ciegan un poco. Néstor
vuelve a cerrar los
ojos.
Pudiera
aliviar la tirantez
haciendo un chiste. Uno
de Pepito. Pepito ya no
es fiñe, es adulto,
subgerente de una
corporación, ese último
grito de la moda
laboral. De nuevo
disparatando, ¿cuándo se
ha visto que los chistes
alivien? Un chiste
denunciaría que él se
siente inquieto, tenso.
Lo que pasa es simple,
después que la mujer se
decide, se relaja, y
después que el hombre
sabe que la cosa va, se
tensiona. ¿Y por fin la
cosa va? ¿Él será el
único de los cuatro que
respira no solo tensión,
también malestar, más
bien disgusto,
preocupación, quizá
arrepentimiento? Además,
sabrán el chiste. Puede
que él, como Pepito,
esté entrando en una
nueva etapa de la vida,
que no pudiera llamar
adultez, donde se impone
una reeducación. En el
mundo de hoy, todo hay
que aprenderlo de nuevo
cada cinco años, dicta,
no La Negra Conciencia,
sino un tipo que Néstor
escuchó no hace mucho.
¿O eso será falso? Lo
verdadero es que él, la
gente, el país en pleno,
están cambiando, o están
obligados a cambiar.
—¿Y si
agarro ese salvavidas y
lo lanzo al agua?
Néstor
mantiene los ojos
cerrados. Que Cristina
haga lo que quiera con
lo que quiera, con quien
quiera.
—¿Llegamos?
Y a esta
otra pregunta, que
tampoco necesita
respuesta, ¿contesta él
o contesta Bruno? ¿Qué
aconseja La Negra
Conciencia? Seguro
Cristina dirigió la
pregunta a los dos, y
también a Magda, y por
supuesto que a nadie.
¿Comenta algo de esto?
Menos aún. A respetar el
silencio.
Deben estar
al atracar porque el
ruido del motor es
silbo, la vibración del
barco ha disminuido. La
oscuridad es lo único
inalterable dentro de
los ojos de Néstor.
De las palabras y el
deseo
(según
Bruno)
Un proyecto
avanza si no se le da
demasiadas vueltas, y
aborta si se debate
mucho. Bruno aseguraría
que conoce el par de
perogrulladas por lo que
llaman experiencia, que
mejor deberían nombrar
Rutina de Vida. La
ligereza con que Néstor,
Cristina y él manejaron
el asunto aceleró las
cosas, aparte de que
fueron fulminantes
ciertas palabras al
final de un almuerzo,
palabras que empezaron a
transformar el proyecto
en hecho.
Él es el
último que entra a la
cabaña con pretensiones
de rusticidad, sembrada
sobre pilotes a orillas
del canal que da acceso
a la laguna. Cabaña
ideal, sin televisor,
sin radio. Quizá a este
lado del agua no llegue
ni el periódico. Motel
ideal, ignorado por los
turistas, despreciado
por los dirigentes con
vacaciones garantizadas,
como Néstor, que hubiera
preferido una casa en la
playa, no en este sitio
olvidado con laguna de
nombre tan esperanzador
como mentiroso. Iremos a
La Laguna del Tesoro, un
lugar ideal, anunció
Cristina por teléfono a
los pocos días del
célebre almuerzo. Y dijo
más. Dijo, ¿por qué se
llamará Del Tesoro?, ay,
a Magda le va a
encantar, sí, niño, ya
verás, entre los cuatro
encontraremos El Tesoro.
Hubo picardía en la voz
de Cristina. Y él le
respondió en la misma
tónica, aunque no
recuerda las palabras y
no importa. Mosquitos
habrá por miles, eso sí
es importante y ni se
mencionó.
Bruno se
asoma a una ventana y
piensa que lo ideal
sería que se viera un
pequeño pueblo, una
iglesia y un camino,
como cabe en los
paisajes que apellidan
bucólicos. Afuera solo
hay cielo queriendo
desplomarse sobre el
agua, y un bote de remos
que es mancha gris al
pie del pequeño espigón
de la cabaña. El bote no
hace falta que lo
alquilen, va con la
reservación, informó sin
amabilidad y sin
descortesía el carpetero
del motel. Afuera,
además de cielo vacío y
bote, Bruno adivina
hierbazales sin fin y
otra cabaña lejana. Ese
es el paisaje.
¿Comieron?, ¿sí?, tienen
bebida en la cabaña,
¿les ayudo con el
equipaje?, ¿no?,
entonces es por ahí
derecho, aquella, ¿ven?,
buenas noches, concluyó
el carpetero antes de
esfumarse hasta del
recuerdo. ¿Qué está
proponiendo Cristina?
—A las damas
nos toca escoger. ¿Cuál
te gusta?
—Creo que
son iguales.
—¿Cómo
iguales? Mira bien.
—Hablo de
los dos cuartos.
—Niña, qué
acelerada. Claro que
hablamos de cuartos.
Prefiero este, tiene una
sola cama.
Y Cristina
ríe, ella sola.
Adentro, lo
han comprobado, todo es
estrecho. Sala, cocina,
baño y cuartos tienen el
espacio mínimo, y
demasiado barniz, y olor
a guardado.
En aquel
almuerzo, cuando andaban
a la altura del café, en
medio de una
conversación que daba
tumbos a propósito de
amores, parejas,
desavenencias y
convenciones, a él se le
ocurrió que si Magda se
iba con Néstor, él
trataría de consolarse
con Cristina. Lo
interesante es que tú te
consueles conmigo y
Néstor con Magda sin que
nadie se mueva de su
lugar, concluyó Cristina
y se echó a reír,
también ella sola.
Silencio en
la cabaña.
Bruno
recuerda que hubo
silencio para beber el
café, pero las palabras,
esos seres que gozan de
una existencia propia,
que a veces pesan como
un cielo sin luz, habían
logrado delinear el
proyecto. Él pudiera
jurar que nunca le había
pasado por la cabeza
besar a la mujer de
Néstor, y la besó cuando
venían en el barco.
Menos aún hubiera
maquinado la posibilidad
de templársela, y el
acto ocurrirá muy
pronto. Es más, hasta
que Cristina y Magda no
delimitaron territorios,
estuvo dudando si lo
harían.
Frente a las
tazas vacías de café,
Bruno recuerda que las
palabras giraron con
alborozo, condujeron el
proyecto hasta
convertirlo en
inexcusable, seguro que
por eso Néstor concedió
que estaba dispuesto a
consolarse con Magda. Ni
que fuera un sacrificio,
ay, no te preocupes,
niña, lo conozco, tiene
la boca hecha agua, dijo
más o menos Cristina. Y
el deseo recién fundado
forzó a que él pusiera
la precisa, porque si no
lo hacían, se iban a
arrepentir de no haberlo
hecho. ¿Hablas en
serio?, ya tengo
embullo, vamos los
cuatro para mi casa, no,
hoy no, calma, ando en
mis días, ¿y tú, niña,
no vas a abrir la boca?
No malees esto, que se
me está parando. Sí,
Bruno se acuerda, soltó
esa frase, o una
parecida. Luego del
impulso regocijante de
las palabras, el deseo
se hace dueño, empieza a
usarlas. Y Cristina rió
de nuevo, también
recuerda, y de nuevo
ella sola.
—Hay ron y
una cafetera. Traje un
paquete de café, por si
el subdesarrollo, quizá
no haya tiendas por esta
manigua. Mujer precavida
vale por cuatro.
Y Cristina
algo susurra a Magda,
que acaba de entrar al
baño. Bruno no pudo
escucharlo. Del otro
lado de la puerta del
baño, Magda le responde.
Tampoco logra descifrar
qué.
—La dueña
del cuarto con dos camas
no quiere nada. Yo sí,
ron. ¿Y los caballeros?,
¿ron o café? No hay
hielo.
—Ron.
—Ron, pero
una gota.
Y Cristina
abre la botella, enjuaga
tres vasos con destreza,
sirve en cada uno la
misma cantidad.
—No tengo
gotero, mi adorado
tormento. Ah, y ocúpate
de organizarte tú mismo,
ni voy a vaciarte el
maletín, la esclava está
para otra cosa.
A la salida
del almuerzo, después de
despedirse de Néstor y
Cristina, él y Magda se
miraron del modo que
ellos saben. Magda se
limitó a instruir, que
Cristina y Néstor
resuelvan una
reservación en alguna
parte, ellos pueden, no
quiero que lo hagamos en
su casa. No te
preocupes, no va a
prosperar, comentó él
con convicción.
—¿Por qué
tan callados?
La voz de
Cristina deshaciendo el
recuerdo.
Cristina es
el ejemplo vivo de la
venganza de las
palabras. Tanta cháchara
le trae, como mínimo,
una pérdida de fuerza. Y
como máximo, la
barahúnda palabrera la
hace caer en un
incesante seguimiento de
las cosas sin acercarse
a sustancia alguna. En
fin, ella no es la mayor
enemiga del silencio, es
la personificación del
silencio, cuando habla.
¿No dejará de hacer
bulla con la boca
mientras tiempla?, ¿y
cuando mama seguirá
soltando palabras?
Magda sale
del baño con el salto de
cama azul que la mano de
Bruno conoce.
—Información
para el caballero Bruno.
La Princesa no imitará a
Magda, no necesita darse
un baño, y ahora mismo
se retira a su
habitación privada, y
allí lo espera.
Y Cristina
se va de la sala y del
mundo, sobre todo porque
Magda se acerca a
Néstor, y Bruno ve cómo
los labios de Magda
besan con delicadeza los
labios de Néstor, y nada
más ve. Cuando Bruno
regresa al siglo, Magda
no está en la sala.
¿Entró en uno de los
cuartos? ¿Cuánto duró el
beso?
—Estamos
chao, uno a uno.
¿Él ha
soltado esa frase por
obediencia a otro tipo
de palabras? Sí, las
palabras también
enmascaran lo que se
quiere decir. Y Néstor
trató de responderle con
una sonrisa. Le salió
una mueca.
La espera
(según
Cristina)
¿Será mejor
ponerse algo para que
Bruno no la vea tan
preparada?, ¿se enfunda
dentro del ropón que
trajo?, ¿mejor un
pulóver?, ¿o se queda
así, desnuda?, ¿busca el
pulóver?, ¿el ropón?, no
y no, ¿y por qué se
demora?, ¿todavía dando
palique con Néstor?,
¿sobre lo mismo?, en
cuanto salieron de La
Habana, a Néstor le dio
por discursear que
administrar recursos no
da derechos porque el
cargo sirve para servir,
que así la batalla
económica va conducida
por ideas morales, y
todo eso mientras
conducía no una batalla,
sino su máquina, que es
su derecho por el cargo
que tiene, y a ella le
entraron ganas de
cambiar tema tan soso y
empezar a armar la
jodedera, pero se
aguantó, como se aguantó
cuando cenaron, antes de
subirse al barco, y vino
el palique con que si en
una sola gota de agua
hay más moléculas que
todas las estrellas de
todas las galaxias, y
qué terror cuando
venían, cuando estaban a
punto de llegar, y las
luces del motel ahí
casi, y ella pegada a su
marido, no podía ser,
así que agarró a Bruno,
y lengua con él hasta en
la campanilla, para que
quedara claro a qué han
venido, eso sí se llama
Conducir Las Ideas
Morales, eso sí es
tragarse burujón de
estrellas, ¿y el par no
acabará su cháchara?, a
los dos se les ve
nerviosos, ¿estarán
hablando de La Invasión
de España, o La
Reconquista, como
pronostica Bruno?, es el
comienzo de una
corporación de mutua
conveniencia, le aclaró
Néstor, ¿el dale para
arriba y dale para abajo
con ese asunto los
relaja?, y hace rato, ni
murmullos, ¿hablarán por
lo bajo?, ¿no querrán
que nadie más los oiga?,
¿qué pasa?, ¿a Néstor le
habrá dado por soltar el
chiste de Pepito
bebiendo cerveza con el
español?, no para de
repetir esa pesadez, ¿y
si ella se levanta,
entra en la sala,
rescata a Bruno?, ¿y si
lo llama desde la cama
con voz romántica?,
¿estará bien que lo
espere así, mirando
hacia la puerta?, ay,
que primero Bruno le vea
el pelo, ¿se acomoda
boca abajo y que la
sábana le cubra los
hombros?, ¿por
completo?, no, que el
pelo parezca como un
despeinado de
peluquería, quizá Bruno
le quite despacio la
sábana, le acaricie la
espalda, ¿y si lo espera
boca arriba, sin sábana,
con piernas abiertas,
con boca abierta?, el
terror, ¿cómo será Bruno
aterrorizado?, no, no
debe reírse así, ¿habrá
sonado su carcajada
demasiado sabrosa?, ¿por
esas paredes se oirá
todo?, qué importa, ella
va a reír muy putamente
si le da la gana, pero a
su tiempo, Bruno tiene
que acabar de entrar,
acercarse, hacer, alguna
vez le escuchó que el
sexo femenino abriga,
Bruno dijo abriga, un
interés propio e
interno, aparte de armar
una frase machista, ¿qué
es lo de él?, ¿qué le
pasa?, y bueno, sí, ella
tiene en este minuto un
interés propio e
interno, ¿y si se sienta
en la única silla que
hay en el cuarto, sube
una pierna, deja que su
mano busque?, la mano
encontraría, y a
acariciar suave, muy
suave, y ella con los
ojos cerrados,
sintiendo, y de
improviso Bruno abriría
la puerta, y de nuevo a
poner cara de terror, ¿o
esta vez no?, ¿y si a
Bruno se le ocurriera
entrar desnudo?, tiene
ganas de vérsela, se la
tocará, se la va a lamer
lento, al principio,
después se la morderá
suave, por el tronco,
que Bruno no la tenga ni
demasiado gorda, ni
enana, ese sí es un
interés propio e
interno, ¿y si Bruno se
aparece enfundado en
condón?, le romperá el
disfraz con los dientes,
el sexo tiene sus
riesgos, no hay más
remedio que correrlos,
según una telenovela,
ella no quiere que Bruno
use preservativos, lo
habló con Néstor, y
Néstor tampoco se lo
pondrá con Magda, pero
ellos no conversaron
sobre el punto con la
contraparte, como se
escribe en lengua
negociante, y mira que
hubo acuerdos
telefónicos de última
hora, ¿será de mal gusto
mezclar interés propio e
interno con condones?,
no hay peligro de que
termine preñada, la
medusa se encarga,
¿Magda también…?, sí,
parece que la dan por la
libreta, ay, a templar
como locas, y la
demografía tranquila, ¿y
si saca una pierna por
debajo de la sábana?,
que Bruno le vea el
muslo, no, a esconder la
pierna, qué deseo
interno de arrebato, qué
deseo propio de
arrebatada, y cómo le
cuesta aguantar las
ganas de reír, que Bruno
acabe de llegar con su
cosa parada, de tamaño
conveniente, y que le
quite la sábana de un
tirón, que le separe las
piernas, que le agarre
los muslos, fuerte, y
hasta atrás, coño, qué
ricura tan interna, tan
propia, ay, el sexo se
le ha humedecido, no va
a comprobarlo, cuando
Néstor anda de viaje,
ella a veces se
masturba, ¿no es lo
normal?, y alguna que
otra vez, cuando no
puede soportar lo
insoportable, busca un
amigo de otro tiempo, o
trata de dar con alguien
sin complicaciones, lo
normal, ¿para Néstor qué
son los viajes?, su
único interés propio e
interno, sí, salir al
extranjero, andar por
ahí dos semanas, comer,
beber, acostarse con
alguien, traer dólares,
Néstor no le pide más al
mundo, tampoco el mundo
le ofrece más, y no
tiene por qué quejarse,
ella y él llevan vida
cómoda, hasta donde es
posible en un país de
miseria, y buenas
relaciones, no tan
influyentes como
quisieran, pero algo es
algo, esto mismo de
alquilar una cabaña en
La Laguna del Tesoro es
una extravagancia,
Néstor puede aspirar a
una casa en Varadero,
pero desde hace par de
años habían pensado
venir a este lugar, un
rincón para ellos solos,
qué romántico, y Bruno
sin acabar de entrar,
¿pasará algo?, ese Bruno
sí anda mal, no viaja
nunca, ¿si choca con un
billete de avión se
quedará?, sería cómico
que aparezca en Miami,
en un programa del canal
41, Néstor se lo comentó
una vez, Bruno jamás se
quedaría, es demasiado
cobarde, ¿y si da la
sorpresa?, desde hace
años Bruno comparte con
Néstor trabajos, nunca
viajes, y tampoco
trabajos, Néstor siempre
ha estado por encima de
Bruno, coño ya, no puede
esperar más, hasta se ha
puesto a morder la funda
de la almohada, no, qué
rico estar así,
esperando así, ¿Bruno no
vendrá nunca?, los
dientes se le aprietan
contra el trozo de
funda, es poco rico, muy
poco, el oficio del sexo
y de los dientes es el
mismo, un sexo seco da
grima, unos dientes
resecos son un asco,
viva la humedad, ay, por
poco vuelve a reír, lo
va a enlazar con las
piernas, lo va a
exprimir hasta que Bruno
no pueda aguantar más,
porque se pondrá a
aguantar, como todos, o
casi todos, ella hará
que suelte, primero se
la va a saborear hasta
que salgan las goticas,
las que llegan un poco
antes del aluvión, y
después, lo dejará
vacío, qué ganas de
desbordarlo, de
desbordarse, no, el
orgasmo es una caída, no
un desbordamiento, ¿lo
piensa un instante?,
pero sí, exacto, es un
descender por el pozo de
ricura que se va
estrechando y
estrechando hasta no
permitir el menor
movimiento, entonces la
ricura se hace
insoportable, y
sobreviene algo como un
grito con carcajada, y a
ráfagas comienzan a
abrirse las paredes del
pozo, y llega el gran
alivio, esa cosa es de
una fascinación
incurable aunque se
repita mil veces, uf,
¿cómo creer en las
mujeres de la televisión
que inventan dolores de
cabeza?, incluso si no
lo alcanzan, siempre
saldrían con un
calentón, un cosquilleo,
lo dice el dicho, quien
come bueno y come malo,
come dos veces, ¿será
que ella tiene más
apetito propio e interno
que gusto, y por eso
prueba tan variado
tantas veces?, no tanto
ni tantas, ¿eso que oye
será el sonido de la
puerta al abrirse, al
cerrarse?, ¿y si los
hombres se han puesto de
acuerdo para que no pase
nada?, son muy capaces,
pendejos, ¿habrá entrado
Néstor?, que sea Bruno o
le mete candela a la
cabaña, debe mirar de
reojo sin alzar la
cabeza de la almohada,
un bálsamo, no es
Néstor, ni Magda, ah,
Bruno se estaba bañando,
se acerca con la toalla
alrededor de la cadera,
y ella que quería
olérsela bien,
saboreársela bien, ay,
le gusta eso, le gusta
cómo se quitó la toalla,
cómo la dejó en la
silla, ahora es rico
morder la almohada
teniéndolo ahí, morderla
con suavidad.
Intento de fuga
(según
Magda)
No iba a
funcionar, Magda lo
sabía desde mucho antes
de ver a Cristina
besando a Bruno en el
barco. Lo peor es que
ella también besó a
Néstor en la sala. Fue
un acto mentiroso. ¿Por
qué lo hizo?, ¿ella
misma se estaba forzando
a qué?, ¿para qué? Y
menos que menos pudiera
funcionar con la
algarabía de Cristina
atravesando la pared y
con ese espejo tan
apuntado para la cama.
Néstor trató de ser
delicado. Cuando le
preguntó si quería que
apagara la luz, ella
pensó con la boca
cerrada, primero pide a
Cristina que se calle.
Néstor es un caballero,
hasta donde la violencia
del sexo lo permite, y
ella lo iba a dejar
hacer, ¿de qué modo
impedirlo? Dios, qué
terrible cuando los
minutos se alargan,
cuando se espera que
algo acabe, cuando el
algo inacabable tiene
que ver con esa cosa
sobrestimada que se
llama sexo, que en sí
mismo es tan
insuficiente, porque el
sexo, es sexo más sexo
imaginado, presentido,
inhalado. El olor de
Néstor no resulta
desagradable. Condición
necesaria, no
suficiente. Por si fuera
poco, la cama canta de
solo sentarse. Del otro
lado de la pared
Cristina y Bruno habrían
escuchado. Y ella, a
fingir. Néstor se
hubiera dado cuenta.
Mentir cabe, fingir no.
Néstor es un caballero.
Los dos permanecieron
sentados en la cama, en
silencio. Luego él se
sacó los zapatos, las
medias, el pantalón, y
se recostó. De inmediato
quedó rendido, o eso
parecía. Ella no iba a
quitarse nada, bueno,
los zapatos. No quiso
levantarse, cambiarse a
la otra cama. ¿Qué
hacer? Decidió acostarse
con cuidado al lado de
Néstor, sin siquiera
rozarlo. Lo logró.
Pésima idea. Que no se
vaya a despertar ahora.
Y Magda comienza a
encoger una pierna muy
despacio, para que no dé
ni una nota la cama
cantora. ¿Del otro lado
de la pared también
estarán dormidos? Sexo y
sueño. Desespero e
insomnio. Qué absurdo
venir hasta aquí para
jugar a quién sabe qué.
¿Al juego de hacer sexo?
El hombre, por
naturaleza, puede que
sea gregario y
promiscuo. Y si es así,
¿no se trata de una
desgracia antigua? ¿O
los cuatro vinieron para
violar una prohibición
dictada por La Decencia?
Otro problema. Lícito es
lo decente. ¿Y qué
tribunal falla sobre
licitudes y decencias?
Se tiene por decente lo
útil y aceptable. Y
llueven las
prohibiciones de los
políticos, de los padres
de familia, de todo el
que tenga pizca de
opresor. Una calamidad.
Los buenos opresores
saben hacer las cosas,
dan la sensación de que
cumplen con su deber de
manera aceptable por
encima de cualquier
utilidad. Y de fondo, la
calamidad de
calamidades, el sexo,
que ejerce también su
opresión, que desde hace
tantísimo ha sido
inventariado, que nada
nuevo dice. ¿O ella se
equivoca? ¿Será que el
sexo logra el efecto de
una droga? Antes de
abordar el barco,
Cristina le susurró que
se le había quedado
yerba de primera. Fue
una sorpresa, ni
sospechaba que Néstor y
Cristina se las
entendían con la
marihuana, y quién sabe
si también con drogas
duras. El caso es que la
simple idea del sexo es
torturante. ¿Habrá
manera de dejarle claro
a Néstor que no lo va a
hacer ni ahora ni
después? Dios, es
pavoroso tocar la línea
que separa lo tolerable
de lo insoportable.
Droga, tortura,
soportar, sexo. Hace un
rato ocurrió una
subversión, se trocó el
orden, la cabaña hirvió
con el sexo de Bruno y
Cristina. Qué fiesta
triste, al menos para
ella, ojalá también para
Néstor. Dios, termina
con el fin de semana. Lo
oculto se ha
manifestado, y no es
otra cosa que su
aversión al sexo. Dios,
si el sexo fuera tan
simple como pronunciar
te-quiero. Te-quiero
quizá carezca de una
certidumbre sin fisuras,
pero ni miente ni finge,
si hasta da miedo, y
cautiva. Una pareja
puede progresar hasta la
total felicidad si
regresa una y otra vez a
te-quiero. ¿O en esto
también se equivoca? Y
Magda comienza a estirar
la pierna, que el pie se
vaya aproximando al
piso. Por suerte la cama
no quiere crujir, por
ahora. El espejo sí hace
de las suyas. Qué manía
de duplicar cuerpos,
gestos. Los espejos
advierten que hasta un
sonido puede ser
palpable. Un tren es la
evidencia de un tren con
solo escucharlo. Esa es
una de las normas del
mundo. La norma, las
normas, las
anormalidades normadas,
deseosas de preservarse,
como los políticos y los
padres de familia. Lo
único cierto es que la
cama sigue callada
mientras ella y la mujer
del espejo mueven la
pierna. También hay
otras dos certezas. Una,
Néstor sigue dormido. La
otra, Cristina y Bruno
no hacen bulla tras la
pared. ¿Queda alguna
otra certeza en el
mundo? Mejor deja de
pensar, de tratar de
comprender. Total,
comprendiendo o no, el
problema sigue donde
mismo, ignorándose a sí
mismo. Los trenes no
dejan de hacer ruido
aunque ella no los
escuche, el espejo que
tiene delante continuará
mostrándola aunque ella
cierre los ojos, el sexo
seguirá siendo el primer
obstáculo del sexo
aunque el erotismo y la
pornografía pretendan lo
contrario. Y el pie toca
el piso, Magda lo sabe
gracias al espejo y
cierta frialdad. Lo
ideal sería ir al sexo
olvidándose del sexo. ¿O
eso es un despropósito?
Y Magda escucha
murmullos del otro lado
de la pared. ¿Los
vecinos recomienzan?
Magda se sienta con
lentitud en la cama. El
espejo lo confirma.
Ahora solo le resta
ponerse de pie, dar unos
pasos. ¿Para qué? Para
pensar, para ver si…
—No te
preocupes, no vamos a
hacerlo.
La voz de
Néstor es pausada. No
estaba dormido. Magda no
quiere mirarlo, no saca
los ojos de la mujer
sentada del otro lado
del espejo.
—Si quieres
acuéstate en la otra
cama, o yo me mudo.
En el cuarto
hay dos camas, dos
mujeres por culpa de un
espejo, un hombre
acostado casi desnudo,
demasiados absurdos.
—Néstor,
ellos lo han hecho
antes, ¿verdad?
—¿En eso
estabas pensando?
—Sí.
¿Por qué
miente?, ¿o es la mujer
del espejo la que
miente? ¿Y por qué arma
ese chanchullo? Debe ser
por la bulla. Del otro
lado de la pared, los
murmullos se han
convertido en gemidos.
Rápido corren los carros
por los rieles del
ferrocarril.
—Seguro lo
han hecho antes.
—No, quizá
no. No sé por qué dije
eso. Olvida. No sé cómo
voy a mirar a Bruno
cuando amanezca. Eso es
lo que estaba pensando.
Ahora la
mujer del espejo no ha
mentido del todo. Y
Magda escucha la
inconfundible voz de
Bruno a través de la
pared. Aunque no
descifra una palabra,
sabe cuál es la
intención exacta de esa
voz.
¿Y qué la
pasa ahora a Néstor?
Néstor mueve la cama,
mucho, fuerte, hasta la
cabecera golpea a veces
la pared, como si cama y
ellos estuvieran idos
del mundo. Qué
simpático. Néstor, como
un niño, haciendo que la
cama escandalice. Ella
lo mira, ríe. Néstor se
lleva el índice a los
labios. Ella no puede
impedir reír a
carcajadas.
La mujer del
otro lado del espejo
deja de reír. La cama se
aquieta. Y Magda se
sorprende mirando las
piernas desnudas de
Néstor, y la vista se
encapricha en observar
las rodillas. Debería
ser un arte mirar hasta
la saciedad un cuerpo
acostado, un sexo en
reposo. Y una de sus
manos ha ido a acariciar
un muslo de Néstor, y al
instante ella alza el
pie del piso, y solo
entonces comprueba el
silencio. ¿Del otro lado
de la pared hay calma, o
ella ha dejado de
escuchar el guirigay de
los vecinos?, ¿le
empieza a dar igual? Qué
importa. Importa que
Néstor le está
acariciando la espalda
con delicadeza, en
silencio, y que una mano
de ella avanza hacia el
sexo en reposo,
palpable, de Néstor.
Primer
capítulo de la novela
Música de cámara
* Reinaldo Montero:
(Ciego Montero,
Cienfuegos, 1952) Poeta,
narrador, dramaturgo y
guionista de cine.
Licenciado en Filología
en la Universidad de La
Habana. En el Grupo
Teatro Estudio y la
Compañía Hubert de
Blanck ha asesorado más
de una treintena de
obras de teatro, tales
como Lisístrata
de Aristófanes,
Macbeth de William
Shakespeare, Galileo
Galilei de Bertolt
Brecht, El precio
de Arthur Miller,
Aire Frío de
Virgilio Piñera,
Vagos rumores de
Abelardo Estorino.
Entre otras, es autor
de las novelas
Misiones, La
visita de la Infanta;
la cuentinovela
Donjuanes; y las
obras teatrales Los
equívocos morales, Medea
y Fausto.
Entre otros premios, ha
recibido el Premio Juan
Rulfo, 1996, por
Trabajos de amor
perdidos; el Premio
Castilla-La Mancha,
1992, por Los
equívocos morales;
Premio Benalmádena,
1988, por El arte de
la fuga; Premio Casa
de Las Américas, 1986,
por Donjuanes; y
el Premio Fray Luis de
León, 2006, por su obra
teatral Liz.
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