La Habana. Año IX.
5 al 11 de FEBRERO
de 2011

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Música de cámara
 Reinaldo Montero (Ciego Montero, 1958)


Primer movimiento

       adagio con espressione

 

Llegada
(según Néstor)

Lo que se llama negrura, es ese cielo sin estrellas que dan deseos de no ver, es la laguna retinta que mejor ni mirar. Y Néstor cierra los ojos, apoya los codos en la baranda, y la vibración del barco resulta más perceptible, el ruido del motor gana cuerpo, pero la oscuridad no es mayor que cuando tenía la vista clavada en lo alto o en las aguas.

—¿Cansado?

Néstor abre los ojos, observa que ahora la laguna refleja luces distantes y que a su lado está Cristina.

—¿Con ganas de tirarte?

Cristina le ha rozado el brazo. ¿Intento de caricia? Néstor la mira con detenimiento. Nada descifra en ese rostro que conoce a la perfección, que exhibe mínimas arrugas. A Cristina no le van mal las leves ondulaciones que acentúan sus párpados. Elogio que no le gustará en absoluto. Mujer hecha y derecha Cristina. Frase que no dice nada, por consiguiente a Cristina le parecerá bien. ¿La pronuncia? Néstor no abre la boca.

—¿Arrepentido?

Néstor trata de sonreír.

—No estoy cansado. No me voy a suicidar esta noche. No me arrepiento de nada. ¿Tú te arrepientes?

Néstor sabe que su sonrisa no ha pasado de tentativa.

—¿Yo?, ¿arrepentirme? Jamás.

Cristina sí sonríe espléndida, y algo más pregunta, ¿qué?

—Que qué hora tienes.

—Estamos llegando.

Y Néstor va a indicar con el índice las luces cada vez más próximas.

—Mi adorado tormento, ¿por qué nunca me respondes lo que te pregunto?

El gesto de Néstor, como la sonrisa, ha quedado a medias.

—Son las once.

—¿Cómo lo sabes?

Néstor no ha mirado el reloj, no lo mira ahora, solo alarga el brazo, coloca la muñeca que conoce del tiempo ante la nariz de Cristina. Que se convenza si quiere, él está muy ocupado con las luces que permiten ver la boca de un canal.

—¿Vamos para allá?

Néstor se da cuenta, Cristina no se refiere ni al canal ni a sus focos. En el otro lado de la proa están Magda y Bruno apoyados también en la baranda, en silencio, como hipnotizados por las luces como dardos, ¿o piensan en algo?, ¿contemplar lámparas con intensidad pondrá a pensar? Néstor se promete que también va a llenar su cabeza de luces. Imposible. Cristina acaba de atraparle la muñeca que conoce del tiempo y hala con decisión. Néstor se deja conducir. Magda y Bruno les hacen un lugar sin quebrar el silencio.

Él, junto a Cristina. Al lado de Cristina, Bruno. Apretada contra Bruno, Magda. Y no hace falta que eche una ojeada para volver a comprobarlo, en el barco no hay más pasajeros.

—¿Me das un beso?

Qué capacidad la de Cristina para conversar formulando preguntas. No es que en esa cabeza haya un flujo de dudas, no, ocurre que la mitad más una de las boberías que le pasan a Cristina por la sesera, las suelta interrogando. ¿Le comenta esta revelación? No delante de Bruno y Magda, no antes de darle el beso. Y Néstor comienza a aproximarse a Cristina, pero detiene el movimiento. Cristina y Bruno se están besando.

Néstor advierte que Magda se ha separado un poco de su marido y también observa el beso que promete ser largo, y cuando nota que Néstor la mira, rápido alza la vista, como si algo le llamara la atención en el oscuro sin estrellas. ¿Qué pretende encontrar por allá arriba? ¿Un ángel? El Ángel de ángeles, y que se le acerque, se pose ante ella, la abrace, la dote de dicha, de La Dicha, que la deje exhausta por el derroche dichoso. Santa Magda del Cielo Bruno evita que la vea pendiente de cómo se besan Santa Cristina de La Laguna Prieta y El Arcángel Bruno. Arcángel es más que Ángel, entonces puede ser más terrible y perverso, aunque mucho menos que La Negra Conciencia. La Negra Conciencia tal vez sí esté conduciendo a Magda por el camino del arrepentimiento, ¿o Santa Magda estará deseando en este instante que él se le acerque, él y no El Arcángel Bruno? Bésala, llega hasta la boca de Magda, hazlo, le dicta La Negra Conciencia. ¿Será eso lo que busca por el cielo La Santa? Quizá sea más simple, y Magda esté cansada. ¿O ella sí quisiera tirarse al agua? ¿La Negra Conciencia de Magda pretenderá arrastrarla hasta ese extremo? Disparate de disparates, todo es disparate.

Néstor contiene la respiración, e imita a Magda, mira también a lo alto. Qué triste espectáculo, ni siquiera hay una luz diminuta. Cielo tacaño, algo merecería suceder allá arriba para que Magda y él lo contemplasen mientras un beso se prolonga en un pequeño barco que flota sin hundirse, que no lo parte un rayo.

El beso termina. Milagro. Néstor exhala.

Santa Cristina y El Arcángel Bruno han quedado mirando hacia la entrada del canal. Magda deja de interesarse en lo alto, y también fija la vista en las luces que ya ciegan un poco. Néstor vuelve a cerrar los ojos.

Pudiera aliviar la tirantez haciendo un chiste. Uno de Pepito. Pepito ya no es fiñe, es adulto, subgerente de una corporación, ese último grito de la moda laboral. De nuevo disparatando, ¿cuándo se ha visto que los chistes alivien? Un chiste denunciaría que él se siente inquieto, tenso. Lo que pasa es simple, después que la mujer se decide, se relaja, y después que el hombre sabe que la cosa va, se tensiona. ¿Y por fin la cosa va? ¿Él será el único de los cuatro que respira no solo tensión, también malestar, más bien disgusto, preocupación, quizá arrepentimiento? Además, sabrán el chiste. Puede que él, como Pepito, esté entrando en una nueva etapa de la vida, que no pudiera llamar adultez, donde se impone una reeducación. En el mundo de hoy, todo hay que aprenderlo de nuevo cada cinco años, dicta, no La Negra Conciencia, sino un tipo que Néstor escuchó no hace mucho. ¿O eso será falso? Lo verdadero es que él, la gente, el país en pleno, están cambiando, o están obligados a cambiar.

—¿Y si agarro ese salvavidas y lo lanzo al agua?

Néstor mantiene los ojos cerrados. Que Cristina haga lo que quiera con lo que quiera, con quien quiera.

—¿Llegamos?

Y a esta otra pregunta, que tampoco necesita respuesta, ¿contesta él o contesta Bruno? ¿Qué aconseja La Negra Conciencia? Seguro Cristina dirigió la pregunta a los dos, y también a Magda, y por supuesto que a nadie. ¿Comenta algo de esto? Menos aún. A respetar el silencio.

Deben estar al atracar porque el ruido del motor es silbo, la vibración del barco ha disminuido. La oscuridad es lo único inalterable dentro de los ojos de Néstor.

 

De las palabras y el deseo
(según Bruno)

Un proyecto avanza si no se le da demasiadas vueltas, y aborta si se debate mucho. Bruno aseguraría que conoce el par de perogrulladas por lo que llaman experiencia, que mejor deberían nombrar Rutina de Vida. La ligereza con que Néstor, Cristina y él manejaron el asunto aceleró las cosas, aparte de que fueron fulminantes ciertas palabras al final de un almuerzo, palabras que empezaron a transformar el proyecto en hecho.

Él es el último que entra a la cabaña con pretensiones de rusticidad, sembrada sobre pilotes a orillas del canal que da acceso a la laguna. Cabaña ideal, sin televisor, sin radio. Quizá a este lado del agua no llegue ni el periódico. Motel ideal, ignorado por los turistas, despreciado por los dirigentes con vacaciones garantizadas, como Néstor, que hubiera preferido una casa en la playa, no en este sitio olvidado con laguna de nombre tan esperanzador como mentiroso. Iremos a La Laguna del Tesoro, un lugar ideal, anunció Cristina por teléfono a los pocos días del célebre almuerzo. Y dijo más. Dijo, ¿por qué se llamará Del Tesoro?, ay, a Magda le va a encantar, sí, niño, ya verás, entre los cuatro encontraremos El Tesoro. Hubo picardía en la voz de Cristina. Y él le respondió en la misma tónica, aunque no recuerda las palabras y no importa. Mosquitos habrá por miles, eso sí es importante y ni se mencionó.

Bruno se asoma a una ventana y piensa que lo ideal sería que se viera un pequeño pueblo, una iglesia y un camino, como cabe en los paisajes que apellidan bucólicos. Afuera solo hay cielo queriendo desplomarse sobre el agua, y un bote de remos que es mancha gris al pie del pequeño espigón de la cabaña. El bote no hace falta que lo alquilen, va con la reservación, informó sin amabilidad y sin descortesía el carpetero del motel. Afuera, además de cielo vacío y bote, Bruno adivina hierbazales sin fin y otra cabaña lejana. Ese es el paisaje. ¿Comieron?, ¿sí?, tienen bebida en la cabaña, ¿les ayudo con el equipaje?, ¿no?, entonces es por ahí derecho, aquella, ¿ven?, buenas noches, concluyó el carpetero antes de esfumarse hasta del recuerdo. ¿Qué está proponiendo Cristina?

—A las damas nos toca escoger. ¿Cuál te gusta?

—Creo que son iguales.

—¿Cómo iguales? Mira bien.

—Hablo de los dos cuartos.

—Niña, qué acelerada. Claro que hablamos de cuartos. Prefiero este, tiene una sola cama.

Y Cristina ríe, ella sola.

Adentro, lo han comprobado, todo es estrecho. Sala, cocina, baño y cuartos tienen el espacio mínimo, y demasiado barniz, y olor a guardado.

En aquel almuerzo, cuando andaban a la altura del café, en medio de una conversación que daba tumbos a propósito de amores, parejas, desavenencias y convenciones, a él se le ocurrió que si Magda se iba con Néstor, él trataría de consolarse con Cristina. Lo interesante es que tú te consueles conmigo y Néstor con Magda sin que nadie se mueva de su lugar, concluyó Cristina y se echó a reír, también ella sola.

Silencio en la cabaña.

Bruno recuerda que hubo silencio para beber el café, pero las palabras, esos seres que gozan de una existencia propia, que a veces pesan como un cielo sin luz, habían logrado delinear el proyecto. Él pudiera jurar que nunca le había pasado por la cabeza besar a la mujer de Néstor, y la besó cuando venían en el barco. Menos aún hubiera maquinado la posibilidad de templársela, y el acto ocurrirá muy pronto. Es más, hasta que Cristina y Magda no delimitaron territorios, estuvo dudando si lo harían.

Frente a las tazas vacías de café, Bruno recuerda que las palabras giraron con alborozo, condujeron el proyecto hasta convertirlo en inexcusable, seguro que por eso Néstor concedió que estaba dispuesto a consolarse con Magda. Ni que fuera un sacrificio, ay, no te preocupes, niña, lo conozco, tiene la boca hecha agua, dijo más o menos Cristina. Y el deseo recién fundado forzó a que él pusiera la precisa, porque si no lo hacían, se iban a arrepentir de no haberlo hecho. ¿Hablas en serio?, ya tengo embullo, vamos los cuatro para mi casa, no, hoy no, calma, ando en mis días, ¿y tú, niña, no vas a abrir la boca? No malees esto, que se me está parando. Sí, Bruno se acuerda, soltó esa frase, o una parecida. Luego del impulso regocijante de las palabras, el deseo se hace dueño, empieza a usarlas. Y Cristina rió de nuevo, también recuerda, y de nuevo ella sola.

—Hay ron y una cafetera. Traje un paquete de café, por si el subdesarrollo, quizá no haya tiendas por esta manigua. Mujer precavida vale por cuatro.

Y Cristina algo susurra a Magda, que acaba de entrar al baño. Bruno no pudo escucharlo. Del otro lado de la puerta del baño, Magda le responde. Tampoco logra descifrar qué.

—La dueña del cuarto con dos camas no quiere nada. Yo sí, ron. ¿Y los caballeros?, ¿ron o café? No hay hielo.

—Ron.

—Ron, pero una gota.

Y Cristina abre la botella, enjuaga tres vasos con destreza, sirve en cada uno la misma cantidad.

—No tengo gotero, mi adorado tormento. Ah, y ocúpate de organizarte tú mismo, ni voy a vaciarte el maletín, la esclava está para otra cosa.

A la salida del almuerzo, después de despedirse de Néstor y Cristina, él y Magda se miraron del modo que ellos saben. Magda se limitó a instruir, que Cristina y Néstor resuelvan una reservación en alguna parte, ellos pueden, no quiero que lo hagamos en su casa. No te preocupes, no va a prosperar, comentó él con convicción.

—¿Por qué tan callados?

La voz de Cristina deshaciendo el recuerdo.

Cristina es el ejemplo vivo de la venganza de las palabras. Tanta cháchara le trae, como mínimo, una pérdida de fuerza. Y como máximo, la barahúnda palabrera la hace caer en un incesante seguimiento de las cosas sin acercarse a sustancia alguna. En fin, ella no es la mayor enemiga del silencio, es la personificación del silencio, cuando habla. ¿No dejará de hacer bulla con la boca mientras tiempla?, ¿y cuando mama seguirá soltando palabras?

Magda sale del baño con el salto de cama azul que la mano de Bruno conoce.

—Información para el caballero Bruno. La Princesa no imitará a Magda, no necesita darse un baño, y ahora mismo se retira a su habitación privada, y allí lo espera.

Y Cristina se va de la sala y del mundo, sobre todo porque Magda se acerca a Néstor, y Bruno ve cómo los labios de Magda besan con delicadeza los labios de Néstor, y nada más ve. Cuando Bruno regresa al siglo, Magda no está en la sala. ¿Entró en uno de los cuartos? ¿Cuánto duró el beso?

—Estamos chao, uno a uno.

¿Él ha soltado esa frase por obediencia a otro tipo de palabras? Sí, las palabras también enmascaran lo que se quiere decir. Y Néstor trató de responderle con una sonrisa. Le salió una mueca.

 

La espera
(según Cristina)

¿Será mejor ponerse algo para que Bruno no la vea tan preparada?, ¿se enfunda dentro del ropón que trajo?, ¿mejor un pulóver?, ¿o se queda así, desnuda?, ¿busca el pulóver?, ¿el ropón?, no y no, ¿y por qué se demora?, ¿todavía dando palique con Néstor?, ¿sobre lo mismo?, en cuanto salieron de La Habana, a Néstor le dio por discursear que administrar recursos no da derechos porque el cargo sirve para servir, que así la batalla económica va conducida por ideas morales, y todo eso mientras conducía no una batalla, sino su máquina, que es su derecho por el cargo que tiene, y a ella le entraron ganas de cambiar tema tan soso y empezar a armar la jodedera, pero se aguantó, como se aguantó cuando cenaron, antes de subirse al barco, y vino el palique con que si en una sola gota de agua hay más moléculas que todas las estrellas de todas las galaxias, y qué terror cuando venían, cuando estaban a punto de llegar, y las luces del motel ahí casi, y ella pegada a su marido, no podía ser, así que agarró a Bruno, y lengua con él hasta en la campanilla, para que quedara claro a qué han venido, eso sí se llama Conducir Las Ideas Morales, eso sí es tragarse burujón de estrellas, ¿y el par no acabará su cháchara?, a los dos se les ve nerviosos, ¿estarán hablando de La Invasión de España, o La Reconquista, como pronostica Bruno?, es el comienzo de una corporación de mutua conveniencia, le aclaró Néstor, ¿el dale para arriba y dale para abajo con ese asunto los relaja?, y hace rato, ni murmullos, ¿hablarán por lo bajo?, ¿no querrán que nadie más los oiga?, ¿qué pasa?, ¿a Néstor le habrá dado por soltar el chiste de Pepito bebiendo cerveza con el español?, no para de repetir esa pesadez, ¿y si ella se levanta, entra en la sala, rescata a Bruno?, ¿y si lo llama desde la cama con voz romántica?, ¿estará bien que lo espere así, mirando hacia la puerta?, ay, que primero Bruno le vea el pelo, ¿se acomoda boca abajo y que la sábana le cubra los hombros?, ¿por completo?, no, que el pelo parezca como un despeinado de peluquería, quizá Bruno le quite despacio la sábana, le acaricie la espalda, ¿y si lo espera boca arriba, sin sábana, con piernas abiertas, con boca abierta?, el terror, ¿cómo será Bruno aterrorizado?, no, no debe reírse así, ¿habrá sonado su carcajada demasiado sabrosa?, ¿por esas paredes se oirá todo?, qué importa, ella va a reír muy putamente si le da la gana, pero a su tiempo, Bruno tiene que acabar de entrar, acercarse, hacer, alguna vez le escuchó que el sexo femenino abriga, Bruno dijo abriga, un interés propio e interno, aparte de armar una frase machista, ¿qué es lo de él?, ¿qué le pasa?, y bueno, sí, ella tiene en este minuto un interés propio e interno, ¿y si se sienta en la única silla que hay en el cuarto, sube una pierna, deja que su mano busque?, la mano encontraría, y a acariciar suave, muy suave, y ella con los ojos cerrados, sintiendo, y de improviso Bruno abriría la puerta, y de nuevo a poner cara de terror, ¿o esta vez no?, ¿y si a Bruno se le ocurriera entrar desnudo?, tiene ganas de vérsela, se la tocará, se la va a lamer lento, al principio, después se la morderá suave, por el tronco, que Bruno no la tenga ni demasiado gorda, ni enana, ese sí es un interés propio e interno, ¿y si Bruno se aparece enfundado en condón?, le romperá el disfraz con los dientes, el sexo tiene sus riesgos, no hay más remedio que correrlos, según una telenovela, ella no quiere que Bruno use preservativos, lo habló con Néstor, y Néstor tampoco se lo pondrá con Magda, pero ellos no conversaron sobre el punto con la contraparte, como se escribe en lengua negociante, y mira que hubo acuerdos telefónicos de última hora, ¿será de mal gusto mezclar interés propio e interno con condones?, no hay peligro de que termine preñada, la medusa se encarga, ¿Magda también…?, sí, parece que la dan por la libreta, ay, a templar como locas, y la demografía tranquila, ¿y si saca una pierna por debajo de la sábana?, que Bruno le vea el muslo, no, a esconder la pierna, qué deseo interno de arrebato, qué deseo propio de arrebatada, y cómo le cuesta aguantar las ganas de reír, que Bruno acabe de llegar con su cosa parada, de tamaño conveniente, y que le quite la sábana de un tirón, que le separe las piernas, que le agarre los muslos, fuerte, y hasta atrás, coño, qué ricura tan interna, tan propia, ay, el sexo se le ha humedecido, no va a comprobarlo, cuando Néstor anda de viaje, ella a veces se masturba, ¿no es lo normal?, y alguna que otra vez, cuando no puede soportar lo insoportable, busca un amigo de otro tiempo, o trata de dar con alguien sin complicaciones, lo normal, ¿para Néstor qué son los viajes?, su único interés propio e interno, sí, salir al extranjero, andar por ahí dos semanas, comer, beber, acostarse con alguien, traer dólares, Néstor no le pide más al mundo, tampoco el mundo le ofrece más, y no tiene por qué quejarse, ella y él llevan vida cómoda, hasta donde es posible en un país de miseria, y buenas relaciones, no tan influyentes como quisieran, pero algo es algo, esto mismo de alquilar una cabaña en La Laguna del Tesoro es una extravagancia, Néstor puede aspirar a una casa en Varadero, pero desde hace par de años habían pensado venir a este lugar, un rincón para ellos solos, qué romántico, y Bruno sin acabar de entrar, ¿pasará algo?, ese Bruno sí anda mal, no viaja nunca, ¿si choca con un billete de avión se quedará?, sería cómico que aparezca en Miami, en un programa del canal 41, Néstor se lo comentó una vez, Bruno jamás se quedaría, es demasiado cobarde, ¿y si da la sorpresa?, desde hace años Bruno comparte con Néstor trabajos, nunca viajes, y tampoco trabajos, Néstor siempre ha estado por encima de Bruno, coño ya, no puede esperar más, hasta se ha puesto a morder la funda de la almohada, no, qué rico estar así, esperando así, ¿Bruno no vendrá nunca?, los dientes se le aprietan contra el trozo de funda, es poco rico, muy poco, el oficio del sexo y de los dientes es el mismo, un sexo seco da grima, unos dientes resecos son un asco, viva la humedad, ay, por poco vuelve a reír, lo va a enlazar con las piernas, lo va a exprimir hasta que Bruno no pueda aguantar más, porque se pondrá a aguantar, como todos, o casi todos, ella hará que suelte, primero se la va a saborear hasta que salgan las goticas, las que llegan un poco antes del aluvión, y después, lo dejará vacío, qué ganas de desbordarlo, de desbordarse, no, el orgasmo es una caída, no un desbordamiento, ¿lo piensa un instante?, pero sí, exacto, es un descender por el pozo de ricura que se va estrechando y estrechando hasta no permitir el menor movimiento, entonces la ricura se hace insoportable, y sobreviene algo como un grito con carcajada, y a ráfagas comienzan a abrirse las paredes del pozo, y llega el gran alivio, esa cosa es de una fascinación incurable aunque se repita mil veces, uf, ¿cómo creer en las mujeres de la televisión que inventan dolores de cabeza?, incluso si no lo alcanzan, siempre saldrían con un calentón, un cosquilleo, lo dice el dicho, quien come bueno y come malo, come dos veces, ¿será que ella tiene más apetito propio e interno que gusto, y por eso prueba tan variado tantas veces?, no tanto ni tantas, ¿eso que oye será el sonido de la puerta al abrirse, al cerrarse?, ¿y si los hombres se han puesto de acuerdo para que no pase nada?, son muy capaces, pendejos, ¿habrá entrado Néstor?, que sea Bruno o le mete candela a la cabaña, debe mirar de reojo sin alzar la cabeza de la almohada, un bálsamo, no es Néstor, ni Magda, ah, Bruno se estaba bañando, se acerca con la toalla alrededor de la cadera, y ella que quería olérsela bien, saboreársela bien, ay, le gusta eso, le gusta cómo se quitó la toalla, cómo la dejó en la silla, ahora es rico morder la almohada teniéndolo ahí, morderla con suavidad.
 

Intento de fuga
(según Magda)

No iba a funcionar, Magda lo sabía desde mucho antes de ver a Cristina besando a Bruno en el barco. Lo peor es que ella también besó a Néstor en la sala. Fue un acto mentiroso. ¿Por qué lo hizo?, ¿ella misma se estaba forzando a qué?, ¿para qué? Y menos que menos pudiera funcionar con la algarabía de Cristina atravesando la pared y con ese espejo tan apuntado para la cama. Néstor trató de ser delicado. Cuando le preguntó si quería que apagara la luz, ella pensó con la boca cerrada, primero pide a Cristina que se calle. Néstor es un caballero, hasta donde la violencia del sexo lo permite, y ella lo iba a dejar hacer, ¿de qué modo impedirlo? Dios, qué terrible cuando los minutos se alargan, cuando se espera que algo acabe, cuando el algo inacabable tiene que ver con esa cosa sobrestimada que se llama sexo, que en sí mismo es tan insuficiente, porque el sexo, es sexo más sexo imaginado, presentido, inhalado. El olor de Néstor no resulta desagradable. Condición necesaria, no suficiente. Por si fuera poco, la cama canta de solo sentarse. Del otro lado de la pared Cristina y Bruno habrían escuchado. Y ella, a fingir. Néstor se hubiera dado cuenta. Mentir cabe, fingir no. Néstor es un caballero. Los dos permanecieron sentados en la cama, en silencio. Luego él se sacó los zapatos, las medias, el pantalón, y se recostó. De inmediato quedó rendido, o eso parecía. Ella no iba a quitarse nada, bueno, los zapatos. No quiso levantarse, cambiarse a la otra cama. ¿Qué hacer? Decidió acostarse con cuidado al lado de Néstor, sin siquiera rozarlo. Lo logró. Pésima idea. Que no se vaya a despertar ahora. Y Magda comienza a encoger una pierna muy despacio, para que no dé ni una nota la cama cantora. ¿Del otro lado de la pared también estarán dormidos? Sexo y sueño. Desespero e insomnio. Qué absurdo venir hasta aquí para jugar a quién sabe qué. ¿Al juego de hacer sexo? El hombre, por naturaleza, puede que sea gregario y promiscuo. Y si es así, ¿no se trata de una desgracia antigua? ¿O los cuatro vinieron para violar una prohibición dictada por La Decencia? Otro problema. Lícito es lo decente. ¿Y qué tribunal falla sobre licitudes y decencias? Se tiene por decente lo útil y aceptable. Y llueven las prohibiciones de los políticos, de los padres de familia, de todo el que tenga pizca de opresor. Una calamidad. Los buenos opresores saben hacer las cosas, dan la sensación de que cumplen con su deber de manera aceptable por encima de cualquier utilidad. Y de fondo, la calamidad de calamidades, el sexo, que ejerce también su opresión, que desde hace tantísimo ha sido inventariado, que nada nuevo dice. ¿O ella se equivoca? ¿Será que el sexo logra el efecto de una droga? Antes de abordar el barco, Cristina le susurró que se le había quedado yerba de primera. Fue una sorpresa, ni sospechaba que Néstor y Cristina se las entendían con la marihuana, y quién sabe si también con drogas duras. El caso es que la simple idea del sexo es torturante. ¿Habrá manera de dejarle claro a Néstor que no lo va a hacer ni ahora ni después? Dios, es pavoroso tocar la línea que separa lo tolerable de lo insoportable. Droga, tortura, soportar, sexo. Hace un rato ocurrió una subversión, se trocó el orden, la cabaña hirvió con el sexo de Bruno y Cristina. Qué fiesta triste, al menos para ella, ojalá también para Néstor. Dios, termina con el fin de semana. Lo oculto se ha manifestado, y no es otra cosa que su aversión al sexo. Dios, si el sexo fuera tan simple como pronunciar te-quiero. Te-quiero quizá carezca de una certidumbre sin fisuras, pero ni miente ni finge, si hasta da miedo, y cautiva. Una pareja puede progresar hasta la total felicidad si regresa una y otra vez a te-quiero. ¿O en esto también se equivoca? Y Magda comienza a estirar la pierna, que el pie se vaya aproximando al piso. Por suerte la cama no quiere crujir, por ahora. El espejo sí hace de las suyas. Qué manía de duplicar cuerpos, gestos. Los espejos advierten que hasta un sonido puede ser palpable. Un tren es la evidencia de un tren con solo escucharlo. Esa es una de las normas del mundo. La norma, las normas, las anormalidades normadas, deseosas de preservarse, como los políticos y los padres de familia. Lo único cierto es que la cama sigue callada mientras ella y la mujer del espejo mueven la pierna. También hay otras dos certezas. Una, Néstor sigue dormido. La otra, Cristina y Bruno no hacen bulla tras la pared. ¿Queda alguna otra certeza en el mundo? Mejor deja de pensar, de tratar de comprender. Total, comprendiendo o no, el problema sigue donde mismo, ignorándose a sí mismo. Los trenes no dejan de hacer ruido aunque ella no los escuche, el espejo que tiene delante continuará mostrándola aunque ella cierre los ojos, el sexo seguirá siendo el primer obstáculo del sexo aunque el erotismo y la pornografía pretendan lo contrario. Y el pie toca el piso, Magda lo sabe gracias al espejo y cierta frialdad. Lo ideal sería ir al sexo olvidándose del sexo. ¿O eso es un despropósito? Y Magda escucha murmullos del otro lado de la pared. ¿Los vecinos recomienzan? Magda se sienta con lentitud en la cama. El espejo lo confirma. Ahora solo le resta ponerse de pie, dar unos pasos. ¿Para qué? Para pensar, para ver si…

—No te preocupes, no vamos a hacerlo.

La voz de Néstor es pausada. No estaba dormido. Magda no quiere mirarlo, no saca los ojos de la mujer sentada del otro lado del espejo.

—Si quieres acuéstate en la otra cama, o yo me mudo.

En el cuarto hay dos camas, dos mujeres por culpa de un espejo, un hombre acostado casi desnudo, demasiados absurdos.

—Néstor, ellos lo han hecho antes, ¿verdad?

—¿En eso estabas pensando?

—Sí.

¿Por qué miente?, ¿o es la mujer del espejo la que miente? ¿Y por qué arma ese chanchullo? Debe ser por la bulla. Del otro lado de la pared, los murmullos se han convertido en gemidos. Rápido corren los carros por los rieles del ferrocarril.

—Seguro lo han hecho antes.

—No, quizá no. No sé por qué dije eso. Olvida. No sé cómo voy a mirar a Bruno cuando amanezca. Eso es lo que estaba pensando.

Ahora la mujer del espejo no ha mentido del todo. Y Magda escucha la inconfundible voz de Bruno a través de la pared. Aunque no descifra una palabra, sabe cuál es la intención exacta de esa voz.

¿Y qué la pasa ahora a Néstor? Néstor mueve la cama, mucho, fuerte, hasta la cabecera golpea a veces la pared, como si cama y ellos estuvieran idos del mundo. Qué simpático. Néstor, como un niño, haciendo que la cama escandalice. Ella lo mira, ríe. Néstor se lleva el índice a los labios. Ella no puede impedir reír a carcajadas.

La mujer del otro lado del espejo deja de reír. La cama se aquieta. Y Magda se sorprende mirando las piernas desnudas de Néstor, y la vista se encapricha en observar las rodillas. Debería ser un arte mirar hasta la saciedad un cuerpo acostado, un sexo en reposo. Y una de sus manos ha ido a acariciar un muslo de Néstor, y al instante ella alza el pie del piso, y solo entonces comprueba el silencio. ¿Del otro lado de la pared hay calma, o ella ha dejado de escuchar el guirigay de los vecinos?, ¿le empieza a dar igual? Qué importa. Importa que Néstor le está acariciando la espalda con delicadeza, en silencio, y que una mano de ella avanza hacia el sexo en reposo, palpable, de Néstor.

 

Primer capítulo de la novela Música de cámara


* Reinaldo Montero: (Ciego Montero, Cienfuegos, 1952) Poeta, narrador, dramaturgo y guionista de cine. Licenciado en Filología en la Universidad de La Habana. En el Grupo Teatro Estudio y la Compañía Hubert de Blanck ha asesorado más de una treintena de obras de teatro, tales como Lisístrata de Aristófanes, Macbeth de William Shakespeare, Galileo Galilei de Bertolt Brecht, El precio de Arthur Miller, Aire Frío de Virgilio Piñera, Vagos rumores de Abelardo Estorino.  Entre otras, es autor de las novelas Misiones, La visita de la Infanta; la cuentinovela Donjuanes; y las obras teatrales Los equívocos morales, Medea y Fausto. Entre otros premios, ha recibido el Premio Juan Rulfo, 1996, por Trabajos de amor perdidos; el Premio Castilla-La Mancha, 1992, por Los equívocos morales; Premio Benalmádena, 1988, por El arte de la fuga; Premio Casa de Las Américas, 1986, por Donjuanes; y el Premio Fray Luis de León, 2006, por su obra teatral Liz.

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.