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Luego de varios
desencuentros llegamos a
las oficinas de
Ediciones Boloña en
Tacón
No. 20,
con la
prisa que impone la
Feria Internacional del
Libro. Siempre
corriendo, esperamos… y
siempre sonriente
apareció Silvana Garriga,
Premio Nacional de
Edición 2010, quien por
estos días celebra sus
“cinco minutos de
gloria” sin creerse “muy
importante”. El
reconocimiento a más de
30 años de labor no
impone nuevos retos,
precisamente,
constituye
“cinco minutos de
gloria”
que los amigos
han coloreado con
festejos y silbidos.
Apagada la algarabía
“lo que queda por
delante es más trabajo”,
dice la editora. Así,
entre cajas de libros,
llamadas y consultas,
La Jiribilla intenta
reconstruir, apelando a
la memoria y a la
paciencia infinita de la
editora, tres décadas de
aprendizaje…
¿La temprana inclinación
por la lectura determinó
su futura profesión?
Mi interés por la
lectura me dio una base
de conocimientos que me
permitieron una cierta
seguridad a la hora de
enfrentar el trabajo de
edición. Pero hasta que
salí de la
universidad
nunca pensé en ser
editora:
apenas conocía
lo que era
esta profesión.
Creo que ahora hay
talleres y seminarios de
edición para los
estudiantes de
Filología, pero en mi
época no existían.
Era una ávida lectora
que desconocía
absolutamente el mundo
editorial. Recordaba
―porque me había leído
muchos volúmenes de la
colección Huracán―
el
nombre de Andrés B. Couselo,
el
editor de casi todos sus
títulos,
pero vine a
enterarme de qué era y
qué hacía un editor,
incluso de qué era una
editorial, cuando empecé
en Letras Cubanas.
En la etapa de la
carrera me interesaba
más la investigación;
me
parecía que podía ir con
mi personalidad. Lo que
sabía era que no me
gustaba la promoción
cultural, que fue lo que
hice en mi época de
estudiante.
Me tocó
el plan de
estudio-trabajo:
de 8:00
a.m. a 12:00 p.m.
cumplía con el horario
laboral
y,
después,
de 2:00 p.m. a
7:00 p.m. recibíamos las
clases, sin ser un
Curso
para trabajadores.
Estaba en la Dirección
de Extensión
Universitaria, donde
coordinaba las
actividades de música de
la universidad. Lo hacía
con entusiasmo
porque
trabajé en la primera
etapa con Pablo Milanés,
a quien
admiraba
muchísimo, y después con
Adolfo Costales, que era
el director del grupo Mayohuacán;
pero no me
quería dedicar a eso, a
la docencia tampoco,
siempre pensé en la
investigación.
Cuando hablábamos de mi
futuro, cuando
especulábamos sobre qué
iba a hacer cuando me
graduara, mi padre
siempre me decía: “Tú
serías una buena
editora”, pero
no
prestaba mucha atención
porque no sabía qué era
ser un buen editor.
Descubrí ese mundo en
Letras Cubanas, y cuando
llegué
siempre
confundía las
funciones
como todo el
que no está en el medio…
el corrector, el editor,
el redactor de estilo,
para mí todo eso era
algo muy parecido.
Después empecé a ver la
delimitación de las
funciones, a conocer y
a
transitar por cada uno
de esos trabajos.
El recién graduado
debe tener ese
entrenamiento.
¿Las preferencias
personales como lectora
han influido a la hora
de escoger un libro para
editar?
Ha sido
exactamente al revés;
o
sea, mi trabajo como
editora ha ido guiando
mis preferencias como
lectora.
Leía mucha
narrativa, me encantaban
las novelas, los
cuentos, el teatro, Shakespeare, Ibsen… y
leía el ensayo como la
bibliografía necesaria
para el estudio. Sin
embargo, como he
trabajado ensayo desde
que comencé a editar
hasta hoy, cuando elijo
un libro para leer,
generalmente me inclino
hacia el ensayo. Sigo
leyendo narrativa, pero
no en la misma medida en
que lo hacía antes.
¿Y los nueve años de
lecciones de piano?
En los años de mi
infancia se decía que el
piano era un adorno para
la mujer. Con esa
concepción lo estudié,
pero finalmente esos
estudios me ayudaron, en
primer lugar, a llegar a
la redacción de arte de
Letras Cubanas
porque Radamés Giro estaba
buscando a alguien que
fuera graduado de Letras
―por el dominio del
idioma que debe tener un
editor―, y además que
contara con
conocimientos de música.
Como reunía esas
condiciones,
comencé a
atender las colecciones
de música. O sea, que
esos estudios, no tanto
los de piano como los de
teoría o historia de la
música, me ayudaron,
porque a veces los
libros traen partituras
y es necesario
entenderlas, leerlas y
hasta cantarlas para
saber dónde ubicar una
ilustración.
¿Cómo fueron los
primeros tiempos en
Letras Cubanas?
Las primeras lecciones
de lo que era ser editor
las recibí de Radamés,
que era mi jefe en
Letras Cubanas y es una
persona con un tremendo
interés por enseñar. Él
me explicó los primeros
pasos del trabajo, qué
era ser editor y todas
las complejidades que
tenía. Me llevó a las
imprentas para que
conociera los diversos
métodos de impresión que
existían en ese momento:
impresión directa,
impresión indirecta…
fuimos a los talleres
con los que imprimía
Letras Cubanas
habitualmente y puso a
mi disposición su
biblioteca, que es
maravillosa:
así
me abrió un
universo nuevo de
conocimientos. Conté
también con la ayuda de
muchos compañeros
experimentados que
trabajaban en Letras
Cubanas: Ana María
Muñoz, José Tajes, Ana
Victoria Fon, Esther
Acosta, Dulcida
Cañizares, Eduardo Heras… dispuestos todos
a ayudar.
Aprendí a base de
golpes,
de
equivocarme y volverme a
equivocar. El Chino Heras revisó un libro
mío y encontró un mundo
de
errores
que
se me habían ido:
“Quiero ser
una buena editora
―fue
mi decisión―, y lo que
me queda es ponerme a
estudiar y leer, leer
con visión de editor
no
solo los originales que
esté trabajando, sino
todos los textos”. Eso
te resta una parte del
disfrute de la lectura
porque estás leyéndote
una buena novela o un
buen ensayo,
y
a la vez
estás
pensando en la
estructura, en cómo usó
esta palabra el autor,
si se repitieron no sé
cuántos adverbios
terminados en
-mente;
pero es un período
imprescindible de
aprendizaje.
También matriculé varios
cursos de postgrado: uno
de Gramática con María
Dolores Ortiz, otro de
Redacción con Evangelina
Ortega y uno de Técnica
Editorial con Ambrosio
Fornet.
Volví a estudiar
casi más que en la
carrera
porque me daba
cuenta de las lagunas
que tenía: la
universidad te da una
base para muchas
especializaciones
posteriores, pero la
especialización se la
tiene que ganar uno
estudiando y trabajando.
¿Cuáles fueron los
primeros títulos que
editó y cómo fue la
relación con los
autores?
De los primeros libros
no quisiera ni
acordarme, y cuando veo
que alguien los cita por
ahí cruzo los dedos para
que no se noten sus
peores momentos, porque
son volúmenes con
errores, con
deficiencias. El primer
libro que trabajé fue
Algo sobre apreciación
musical, de Amadeo
Roldán, que hacía muchos
años había fallecido,
así que no tuve que
enfrentarme al autor.
El segundo fue
Presencia y vigencia de
Brindis de Salas,
selección de textos
realizada por un joven
violinista, Armando
Toledo; era su primer
libro y el segundo mío,
así que imagínate la
conjunción de
inexperiencias. Pero lo
recuerdo con cariño
porque le pusimos mucho
amor y
empeño. Una
vez recorrimos todo
Centro Habana buscando
la partida de nacimiento
de Brindis de Salas.
Después anduvimos toda
la calle Paseo porque
nos dijeron que había un
señor por allí que
conservaba un arco de
violín que había sido de
él.
Fuimos tocando puerta
por puerta, de las dos
bandas, para ver si lo
encontrábamos, pero
nada; en cambio,
dimos
con un señor que tenía
una colección
maravillosa de dibujos
de Conrado Massaguer.
Nos pasamos la mañana
entera conversando con
el hombre,
que nos sacó
todas sus caricaturas y
dibujos. Nada que ver
con Brindis de Salas.
Esos fueron los dos
primeros libros que
edité, los recuerdo con
mucho susto todavía,
pero también con mucho
cariño.
A partir de ahí trabajé
varios
títulos de música
y con todos los autores
he logrado tener una
buena relación, sobre la
base de demostrarles el
respeto que siento por
su trabajo, que es un
respeto real. No es que
escenifique una pieza de
teatro en torno a esto,
sino que respeto mucho
la labor de
investigación y autoría.
Siempre he tenido la
suerte de trabajar con
personas muy dedicadas y
serias, sean jóvenes o
viejos. Algunos han
pasado a formar parte de
mi familia, como Zoila
Lapique, que es, como
dice mi hijo, una tía
para nosotros; o como
Leonardo Acosta, con
quien tengo una relación
que sobrepasa la del
autor con el editor para
ser una relación de
amistad y admiración.
Luego de 11 años en
Ediciones Boloña y más
de dos décadas en Letras
Cubanas, ¿en qué se
diferencia la dinámica
de una y otra casa de
publicaciones?
En Boloña revisamos
textos de museología y
también programas de
conciertos,
de teatro
musical
o catálogos de
exposiciones. Aquí
trabajamos una serie de
materiales
a
los que
no
estaba
acostumbrada en Letras
Cubanas, donde nos
ceñíamos al libro. Por
tanto, entré a un mundo
nuevo.
Fue un
aprendizaje muy
interesante. Tenía que
ir en un sentido casi
contrario a lo que
estaba habituada a
hacer, porque el ensayo
es, en definitiva, la
extensión y expansión de
las ideas, y aquí lo que
hay que hacer es
sintetizar y tachar las
ideas, no porque estén
mal, sino porque no son
lo suficientemente
concisas. No podemos
llenar las paredes de
las exposiciones y
museos con pancartas de
texto, por eso hay que
buscar la esencia.
Ese
fue un tiempo de
aprendizaje en el que me
apoyó todo el equipo.
Además, en Boloña
comencé con libros de
temas históricos, y
en Letras Cubanas
estaba acostumbrada a
los
libros de
música. Con el tiempo
fueron llegando a Boloña
autores que habían
estado conmigo en
la otra editorial, pero también
trabajé con temáticas
novedosas y así descubrí
mundos nuevos, como el
de la arqueología, por
ejemplo, que para mí era
un misterio.
Trabajé 21 años en
Letras Cubanas y cuando
vine para Boloña, aunque
me sentí bien por la
acogida,
me
quedaba una gran
nostalgia. Boloña en
aquella época quedaba en
Oficios
No. 6 y hubo
veces en que salía de la
editorial, y cuando
tenía que regresar,
seguía de largo,
atravesaba la Plaza de
Armas y llegaba al
portal del Palacio del
Segundo Cabo;
ahí me
daba cuenta de que ya no
trabajaba en Letras
Cubanas. Eran muchos
años de hábito.
Dentro del panorama
editorial, ¿se ha
dedicado más a la
gestión de libros o al
trabajo de mesa?
Gracias a la percepción
que tiene Radamés sobre
el trabajo del editor,
todas las compañeras que
trabajábamos con él en
la redacción de arte nos
dedicábamos
indistintamente a las
dos líneas: teníamos que
gestionar libros,
evaluarlos, editarlos;
también podíamos
proponer antologías. Radamés siempre trató de
abrir nuestro abanico de
posibilidades. Aquí en
Boloña ha sido más o
menos igual. Pedro Juan
Rodríguez, el director,
es una persona con un
criterio muy abierto de
lo que es el trabajo del
editor. Nos ha dado
mucha libertad para
trabajar;
una libertad bajo
control, claro.
Sin embargo, hay otros
compañeros que no se han
desarrollado de esa
manera, no porque no
tengan capacidad, sino
por jefes de
departamento o
directores con un
concepto más estrecho de
lo que es el trabajo del
editor.
Radamés Giro se ha
referido al editor como
el mejor aliado del
escritor. ¿Cómo ve el
oficio a tantos años de
profesión?
El editor es casi
siempre el primer
crítico “oficial” de la
obra
―digo oficial
porque por lo regular el
autor lo ha consultado
con sus amigos y
familiares―, pero el
primero que se enfrenta
al libro es el editor.
Incluso, en muchas
editoriales el editor
tiene la difícil tarea
de decidir si el libro
se va a publicar o no,
por lo tanto, hay que
enfrentar la primera
lectura de un original
con mucha
responsabilidad, sin
prejuicios: las
simpatías o antipatías
aquí no valen, uno tiene
que despojarse de todo
eso, aunque a veces
cueste trabajo.
Cuando se decide que el
libro se va a publicar,
comienza el trabajo del
editor sobre el
original. Primero en
solitario, proponiendo
en muchas ocasiones
cambios de estructura:
este capítulo no debe ir
aquí, este libro
necesita un prólogo,
esta introducción es
innecesaria,
o esto que
está como parte del
texto vamos a pasarlo
para un apéndice
o un
anexo:
son una serie de
decisiones sobre la
concepción misma de la
obra.
Por supuesto, también
llevamos el trabajo
sobre el lenguaje, el
más conocido. Se trata
no solo de cazar
erratas, sino de ver que
el lenguaje sea fluido,
lo más elegante posible
―sin forzar el estilo
propio del autor―, que
no se reiteren palabras,
que los nombres estén
bien escritos,
que las
citas sean fieles al
original.
Luego viene la
confrontación de todo
eso que uno ha hecho a
lápiz con el autor, que
es en última instancia
quien decide: es el
padre de la criatura;
nosotros podemos
proponer un tratamiento,
pero él decide si se lo
aplica o no. Es un
momento difícil, uno se
pone nervioso
porque le
vas a decir a alguien
que entregó una obra que
consideraba terminada o
perfecta, que no estaba
tan terminada, que hay
que hacer
modificaciones, que se
la
tiene que llevar para
transformarla.
Es un
momento muy complejo y
uno tiene que demostrar
que su propuesta es
racional.
Por
lo general,
los autores
son receptivos
porque
saben que los cambios no
son cuestión de
caprichos o gustos.
Después viene otro
proceso: el libro va a
diseño. Nadie se ha
leído tanto el libro
―excepto el autor―
como
el editor. Entonces,
nadie como el editor
para trasmitir al
diseñador la visión que
tiene del libro, qué es
lo que te propones, a
qué público quieres
llegar, cómo lo quieres
dar, si va a ser con
gran despliegue de
ilustraciones o más
modesto. Con ese
espíritu hay que llegar
al diseñador, con quien
también se discute y se
pacta. Luego que el
diseñador termina el
libro vuelve al editor
para ver si el trabajo
del diseñador responde a
la idea que uno se había
hecho.
Se habla a menudo del
poco reconocimiento que
tiene la labor del
editor…
No soy de las que se
queja mucho del
anonimato del editor.
Este
cumple
una función,
pero la persona
que tiene que ser
conocida es el autor del
libro, que es el dueño
de la obra. A lo mejor
un arreglista es
esencial a la hora de la
recepción que pueda
tener una canción, y a
quien se conoce es al
cantante y al autor, y
muchas veces solo al
cantante;
pasa igual con
el coreógrafo: todo el
mundo sabe que bailó Viengsay Valdés, por
ejemplo, pero no quién
hizo la coreografía, sin
la cual Viengsay no
hubiera podido bailar.
Pasa todo el tiempo, no
solo con los editores,
no creo que la tengan
cogida con nosotros:
compartimos el anonimato
con otras profesiones
muy útiles.
Usted ha dicho que son
necesarias firmeza y
sensibilidad en el
trabajo de edición.
¿Cómo dialogan estas
concepciones en
apariencia
contrapuestas?
No creo que sean
exactamente
contrapuestas. Es
importante la
sensibilidad para darte
cuenta de cuándo estás
ante una gran obra o
ante un original con
determinadas
deficiencias, pero que
con trabajo puede llegar
a ser un gran libro,
o
sea, sensibilidad para
reconocer un diamante en
bruto y olfato para
identificar las demandas
no satisfechas del
panorama editorial.
También
firmeza
para defender
determinados criterios,
tanto con tus superiores
como con los autores. A
la vez, una firmeza
flexible
que permita
negociar.
En general, el editor
debe ser un gran
conocedor del lenguaje y
un buen lector:
un
lector inteligente.
Estoy pensando en un
lector analítico, que no
se deja llevar por la
lectura, que sabe lo que
está buscando
y debe
ser muy dedicado.
Por
ejemplo, cuando estaba a
cargo de los libros de
música en Letras
Cubanas,
no me perdía
un coloquio de
musicología
o un
festival de guitarra o
las jornadas científicas
del Instituto Superior
de Arte;
de cualquiera
de esos lugares podía
surgir un libro. Además,
el editor debe ser una
persona humilde,
dispuesta a aprender
hasta del vecino, y muy
curiosa. |