|
Habituada casi a
participar, en ocasión
de la Feria del Libro,
en la presentación de
alguno de los títulos de
la colección Mariposa de
la Editorial Oriente, ha
sido, sin embargo, una
sorpresa para mí la
coincidencia —quiero
creer no del todo
azarosa— de solicitudes
para que asumiera la
presentación de los
títulos que ahora
aparecen. Debo decir
aquí que me siento muy
honrada por la
distinción y muy feliz
de haber aceptado, pues
mi experiencia de
lectura ha sido útil y
grata, y espero
compartirla con ustedes.
Espacio literario y
escritura femenina,
de Olga García
Yero, es el ensayo
ganador del Premio José
Antonio Portuondo en
2009, y, como indica su
título, se ocupa de
explorar el espacio
imaginario, la creación
ficticia de escenarios
narrativos en la
escritura de varias
autoras cubanas. De la
recreación del paisaje
de Cubitas en Sab,
de Gertrudis Gómez de
Avellaneda, y las
crónicas de viaje en los
Escritos, de
Aurelia Castillo de
González, tomados como
pretexto, como textos
previos donde avizorar
la dirección luego
dominante en el
análisis, pasa García
Yero al estudio de las
estrategias discursivas
utilizadas por Dulce
María Loynaz en la
paradigmática Jardín;
por Renée Méndez Capote
en sus inolvidables
Memorias de una cubanita
que nació con el siglo
y por María Elena Llana
en su excelente
colección de cuentos
Casas del Vedado.
El
espacio se reduce
entonces a un sitio
específico en la urbe
habanera, el Vedado en
los albores del siglo XX, cuya representación
dialoga ya casi en el
desenlace del análisis
con la imaginada por
María Elena Llana para
dibujar eficazmente el
tránsito de una sociedad
a otra y la decadencia
de viejos modelos. El
libro es incisivo en su
estudio del espacio como
eje ideotemático de
análisis, como suerte de
espejo donde se puede
hallar la huella de
acciones, caracteres,
intuiciones; y para eso
se auxilia también de
notables figuraciones
espaciales en algunos
otros autores (Alejo
Carpentier, Juana de
Ibarbourou, Alfonsina
Storni).
Con erudición
aborda la autora el
despiece de los textos
citados para encontrar
los signos que puedan
contribuir a una lectura
casi táctil de esos
espacios significantes.
Ahora bien, lo que más
me llamó la atención en
este recorrido demorado
y gustoso por las
construcciones
espaciales elegidas fue
que el libro mismo se
construye como un
espacio autónomo, un
espacio que crece y se
diversifica, que
suspende el recorrido en
una dirección y de
pronto está pensando en
otros temas paralelos.
Para figurarlo de algún
modo, podríamos pensar
en un laberinto. El
libro es eso, un
laberinto amable, no
amenazador, no un
laberinto para perderse,
sino uno donde pueda
darse un paseo grato e
instructivo; un
laberinto que se
ramifica en una
dirección u otra y en
cuyos recovecos podemos
tener los encuentros más
inesperados con teóricos
y filósofos del espacio,
con numerosas y
abundantes citas que
hacen de este texto
también un compendio
útil en la exploración
del tema espacial: aquí
se encuentran y dialogan Iuri Lotman, Mijaíl
Bajtín, Michel De
Certeau, Michel
Foucault, con otros
muchos autores y, sobre
todo, con la autora
misma, que los utiliza
con sabiduría para
apoyar su interpretación
de las señales de los
textos. Este laberinto,
como construcción
espacial, de excursiones
y digresiones, ilustra
claramente el sentido
del texto.
Y como esa advocación al
espacio termina siendo
una invocación a
imaginar, podemos leer
el libro de Lourdes
González Herrero como la
construcción
voluntariosa de un
espacio que va
organizándose,
estructurándose, a
medida que la palabra lo
menciona. El hijo de
la arpista es
exactamente un hijo en
el sentido lato; es una
criatura, una creación,
un invento, un ejercicio
de imaginación y de
lenguaje. Porque el
lenguaje es el gran
protagonista de este
libro. Ya Lourdes había
demostrado capacidad de
moverse con soltura y
grandeza en poesía y
narrativa; pero, dada
últimamente a la
narración con más
arraigo en el paisaje de
lo real, pudiera
decirse, si tenemos en
cuenta sus últimos
libros, sorprende este
regreso a lo poético, en
fugaz conjunción con lo
narrativo. Siempre
recuerdo un libro de
poemas que "narraba"
desde la subjetividad de
un testigo en aquellos
Papeles de un
naufragio y en El
hijo del arpista
narración y poesía
vuelven a juntarse. Son
poemas en prosa, una
prosa lírica que va
creando espacios,
edificios, oquedades
cubiertas con puertas y
ventanas, que inventa
para nosotros una voz,
una voz que puede ser,
alternativamente, la de
Julieta o la de
Penélope, una voz que
construye poco a poco
espacios y paisajes
donde el yo está solo,
añorando compañía,
recordando, armando esos
espacios que el tiempo
le ha ido vedando, los
espacios del recuerdo y
del amor, los espacios
compartidos que ahora
solo pueden serlo con
ensoñaciones y
remembranzas.
Pero
Lourdes tiene una
maestría para
adelantarnos un
fragmento de lo
cotidiano en la pureza
de la poesía que va
haciéndose signo de su
escritura. Esa sabiduría
para representar las
mudas del ser
―del ser
interior, de sus
desvelos, y de los
desvelos del ser
exterior, de sus
preocupaciones o retos
habituales―
marca
también este libro
conciso y su extenso
eco. Paisajes de la
soledad, de la
invocación de los seres
y las épocas que añora,
la voz va construyendo
el espacio desde la
cercanía, aquello que
primero está al alcance
de su mano y de su
vista, para terminar, en
esa invocación
evocadora, por perderse
en el horizonte, en la
lejanía de su juventud,
en la añoranza de otros
tiempos. El mundo, la
vida, no va siendo más
que "esta realidad hecha
de pequeños pedazos, de
fragmentos minúsculos,
de lo que a ratos se
desprende, como una
nube, del horizonte".
Pero no alcanza a
responderse, y sigue
preguntándose "¿qué es
el mundo…?". Este libro
es la puesta en escena
poética de una
sensibilidad y su
diálogo
―a veces
inaudible, a veces
interrumpido por la
cotidianeidad o la
desconfianza―
con su
mundo, con ese mundo a
ratos inasible, y a ratos
tan cierto y palpable
como un grano de arroz
en la escogida.
El mundo —que puede
crearse a partir de la
palabra, que puede
imaginarse en la soledad
y poblarse con amor y
belleza, aun a sabiendas
de que acecha otra
realidad— da voz a la
arpista, que elige
aferrase a ese espejismo
salvador: la poesía.
Vivir sin papeles,
el libro de cuentos de
Mylene Fernández Pintado,
se esmera en ese otro
componente espacial: el
movimiento. Sus
personajes suelen ser
nómadas en el espacio
real
―emigrantes,
turistas, buscavidas―,
pero también en el
espacio ideal de la
imaginación
―la
nostalgia, la invocación
de un pasado carente,
pero pleno de
satisfacciones
emocionales―. Hay un
cierto tono en sus
cuentos, una extrañeza y el descubrimiento de
los vericuetos a veces
incomprensibles de la
naturaleza humana, ese
enigma, va llevándose a
cabo lenta,
ineluctablemente, como
un destino inevitable y
repetido. La ironía,
componente habitual de
sus relatos, aflora en
cada texto. Sus
historias, casi
minimalistas, escuetas,
dibujan los conflictos
humanos con sencillez y
franqueza, y también con
humor y elegancia.
Mylene ha elegido ser
una especie de cronista
interior y, por lo
tanto, aunque
reconozcamos el espacio
en que se mueven sus
personajes, no es eso
siempre lo importante,
sino lo que ocurre en el
interior de cada uno,
sus sueños, sus
esperanzas, sus anhelos
casi siempre
traicionados u olvidados
en la rutina del día a
día, y la capacidad que
tienen para enfrentar
ese desasimiento, esa
pérdida por lo visto
inevitable. Una amistad
traicionada por el
interés, la rebelión de
un personaje ante su
autor, un silencio que
se convierte en razón de
vida, la ruptura muda de
una pareja que se niega
a verbalizar sus
conflictos, la nostalgia
convertida en tabla de
salvación para
sobrevivir los asaltos
del pasado, a veces
conducentes a la muerte,
la infidelidad aceptada
y respondida y la
felicidad despreocupada
de vivir con casi nada y
a su aire, pueden ser
una enumeración más o
menos ajustada de los
temas abordados por los
cuentos de este libro.
Reconocemos en ellos
muchos de los que
movilizaban narraciones
anteriores, pues Mylene
tiene un mundo propio,
un mundo que ha sabido
narrar con eficacia y
cuyos personajes asoman
como viejos conocidos en
los escenarios donde ya
habíamos podido atisbar
parte de sus vidas.
Vivir sin papeles
viene a demostrar la
solidez narrativa de su
autora, esa vuelta a los
orígenes que es siempre
la coherencia de un
autor con su obra, pues
podemos reconocer
conflictos y personajes
de Anhedonia o
Little Woman in Blue
Jeans en algunos de
los cuentos reunidos
aquí; pero también al
grupo de huérfanos
nocturnales y amigos
fieles de Otras
plegarias atendidas,
e igual reconocemos ahí
una voz propia, cuyas
preocupaciones por lo
humano, por esos
contactos a veces
superficiales y a veces
hondamente sentidos
entre las personas, van
haciendo la semilla a
partir de la cual se
desarrolla y crece, en
el espacio del recuerdo,
pero también en el
espacio geográfico
múltiple de quienes
viven lejos de Cuba, en
el espacio lejano ya de
las experiencias
juveniles y en el
espacio infinito y vacío
creado por la
incomunicación y los
silencios
―muchas veces,
como ha sabido verlo Mylene, escudados en
prácticas de un "saber
estar" traidor de los
sentimientos―. Esa voz
de vocación cosmopolita
se prueba una y otra vez
para inventar historias
cada vez más
comprometidas con ese
lugar común, ese espacio
de lo tan desconocido,
el ser humano.
|