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En su larga vida de más
de cinco décadas, la
revista Casa,
cuyo primer ejemplar vio
la luz a mediados de
1960, ha tenido momentos
de particular esplendor,
en los cuales, ya a
través de los
editoriales que reflejan
una definición ante
hechos fundamentales de
nuestra América o
rindiendo homenaje a
figuras cimeras de su
cultura, ha contribuido
al propósito de ir
“construyendo sagazmente
nuestra casa en el
presente”, como anunció
en sus páginas
iniciales.
Recuerdo con mucha
nitidez aquel voluminoso
número dedicado a la
conmemoración de los
diez años de la revista,
donde aparecían textos
antológicos del quehacer
intelectual
latinoamericano, o las
entregas dedicadas a la
literatura caribeña de
habla inglesa, la poesía
nueva, o a la figura de
Julio Cortázar.
Entre las ediciones que
marcan algunos hitos
especiales en la
trayectoria de la
revista habría que
incluir, desde ahora,
esta entrega, que
constituye un homenaje a
Lezama Lima. El maestro
de Trocadero, que
también viera su poesía
y algunos de sus más
importantes ensayos
publicados en Casa
y que laboró en esta
institución durante los
años finales de su vida,
recibe ahora, en el
centenario de su
natalicio, el
reconocimiento de
admiradores y estudiosos
de su obra.
Lezama en la memoria
En brevísimas palabras
―dirigidas no, como
otros textos suyos, al
estudio de la obra del
poeta, sino a recuperar
algunos recuerdos de la
“persona inolvidable”
que fue Lezama Lima―
evoca Fina García Marruz
al amigo que a través de
humoradas, ironías
―finezas de una amistad
entrañable― solía
llamarla muy temprano
para celebrar el santo
común, San José, en un
juego convertido a
través de los años en
ritual. Los recuerdos,
sin embargo, como suele
suceder entre poetas,
traicionan los
propósitos iniciales de
la autora de
Visitaciones: la
poesía se impone
inevitablemente,
convirtiendo las
remembranzas en
evocación de sus versos
preferidos de Lezama,
quizá la mejor manera de
convocar su presencia.
Desde la perspectiva del
estudiante de
bachillerato que fue
Ciro Bianchi Ross cuando
María Luisa Bautista era
su profesora de
Literatura en el
Instituto de la Víbora,
comienzan a engarzarse
los recuerdos de sus
primeros acercamientos a
la leyenda y la obra
lezamianas. Anécdotas,
hábitos de escritura,
conversaciones, chistes,
impresiones de sus
charlas públicas desde
el punto de vista del
espectador son recreadas
a través del recuento de
una larga amistad.
“Últimos días de
Lezama”, narrados con
clínica exactitud y
amoroso cuidado por el
poeta y médico personal
del maestro, José Luis
Moreno del Toro,
constituye un
estremecedor testimonio
de los diversos rostros
que mostró la enfermedad
final, pese al celo de
sus amigos. La
resistencia a ir al
hospital, al ser
finalmente vencida, aún
debió superar el
obstáculo de las
estrechas dimensiones de
la casa de Trocadero,
que obligaron a una
forzosa salida por la
ventana. Si Ricardo
Piglia encontró un
poderoso símbolo en el
ataúd de Roberto Arlt
suspendido por una grúa
sobre la ciudad de
Buenos Aires, la camilla
con el cuerpo enfermo de
Lezama saliendo por el
ventanal de su casa,
sostenida por la
vecinería barriotera de
Centro Habana, se me
antoja símbolo de la
criolla esencialidad de
su figura.
Lezama en su
narrativa
La catedrática de la
Universidad de
Salamanca, Carmen Ruiz
Barrionuevo, lleva a
cabo un detenido
acercamiento a las
claves narrativas del
primer capítulo de
Paradiso y esclarece
algunos de los momentos
iniciales significativos
que irradian su sentido
sobre el resto del
texto. También el primer
capítulo de Paradiso
es sometido a una
acuciosa lectura por
Juan Duchesne, quien, a
partir de interesantes
consideraciones sobre la
identidad como juego de
enmascaramientos,
advierte un desvío de
“las alegorías usuales
de la nación, la
identidad y la historia”
en la narrativa
lezamiana.
La imagen femenina en la
novelística de Lezama es
el tema que ocupa a
Benito Pelegrín. En un
rastreo que va desde las
figuras maternales hasta
mitos negativos como el
de la vampiresa, la
mujer serpiente o la
vagina dentada, el
ensayista aborda
distintas aristas de la
configuración de lo
femenino, tema que
resulta altamente
incitante desde la
perspectiva de los
estudios de género.
El verso lezamiano
Presente de un modo u
otro en la mayoría de
los ensayos que
conforman esta revista,
la poesía de Lezama va
iluminando otras zonas
de su extensa obra. En
su “Aproximaciones a la
poesía de José Lezama
Lima”, Nancy Morejón se
acerca de un modo muy
particular a la
escritura del poeta en
un sentido ensayo donde
se entremezclan sus
experiencias directas de
lectura y el
conocimiento de su obra
con opiniones sobre la
evolución de su poesía o
sus vínculos con otros
grandes poetas del siglo
XX.
Dime qué lees y te
diré quién eres
El Lezama lector, en
íntimo o público diálogo
con la obra de otros
autores, es uno de los
ejes temáticos más
interesantes de este
número homenaje.
Acercarse a un escritor
a través de sus lecturas
implica una labor de
rastreo, dedicada
búsqueda que permita
reconstruir sus
opiniones. Es lo que
hace Luisa Campuzano con
paciencia arqueológica,
revisando cartas
inéditas, manuscritos,
apuntes, diarios y,
sobre todo, las
bibliotecas de Lezama y
Carpentier para
reconstruir las
opiniones del autor de
Muerte de Narciso
sobre la obra
carpentieriana y develar
aristas poco conocidas
de la amistad y mutua
admiración de estos dos
maestros del siglo XX
cubano, contrapuestos o
enfrentados por la
crítica en más de una
ocasión.
El diálogo de Lezama con
la poesía, a través de
sucesivas e infatigables
lecturas, es comentado
por dos estudiosos
españoles, Álvaro
Salvador y Ángel
Esteban, quienes
consideran la
Antología de la poesía
cubana publicada por
Lezama en 1965 como un
libro “que sobrepasa con
mucho la simple labor de
compilación” para
convertirse en “una obra
más de maestro”.
A través de la pasión
por la poesía y la
filosofía helénicas
compartida por Lezama y
María Zambrano, estudia
Allan West-Durán el
sostenido diálogo
epistolar de estos
autores. Esta
conversación, que
incluye los comentarios
sobre sus respectivas
obras ―Analecta del
reloj, El hombre
y lo divino― se
extiende a un
contrapunteo entre las
deidades griegas, Orfeo
y Antígona, celebradas
por ellos.
“¿Estamos los dos locos?
¿Por dónde saco la
cabeza para respirar,
frenético de ahogo,
después de esta profunda
natación de 617 páginas,
Paradiso?”, se
preguntó sorprendido
Julio Cortázar después
de su profunda
zambullida en la novela
de Lezama Lima. Ahora,
el puertorriqueño César
Salgado analizará con
detenimiento las
diferentes lecturas de
Rayuela
realizadas por el autor
de Paradiso: la
primera, en la conocida
mesa redonda celebrada
en 1963 cuando Lezama se
mostró escéptico ante su
importancia; la segunda,
en su fabuloso “ensayete”,
como él mismo le llamó,
en el que la Maga y no
Morelli se convierte en
centro de su interés.
Lezama y la cultura
Como una deuda pendiente
desde 1967, cuando pensó
en Ensayo de otro
mundo, revisitar la
obra de Lezama desde una
perspectiva diferente
―aquella que partía de
la conciencia del Tercer
Mundo y que pocos años
después desembocó en la
escritura de un ensayo
fundamental de la
literatura
latinoamericana:
Caliban―, se acerca
Roberto Fernández
Retamar a la obra del
maestro de Trocadero,
para develar los rasgos
calibanescos de su
pensamiento cultural. La
libertad creadora en la
apropiación de las
grandes culturas, su
apetito devorador, la
parodia son algunos de
los rasgos que iluminan
este estudio en el que
parece asistirse a la
degustación de la
obertura palatal que
conduce al horno
transmutativo, “estómago
del conocimiento”, donde
se digiere y asimila lo
leído.
A partir del análisis de
algunas aristas de su
sistema poético y su
teoría de la cultura, en
la que lo mítico
predomina sobre lo
factual, estudia Emilio
Bejel la relación entre
los propósitos estéticos
e ideológicos del Lezama
y la ficcionalización de
su obra a partir de los
90. El leitmotiv
del almuerzo lezamiano
en los filmes Fresa y
chocolate y Lista
de espera es uno de
los tópicos de su
interés.
En un acucioso análisis
del ensayo “Paralelos:
la pintura y la poesía
en Cuba en los siglos
XVIII y XIX”, Roberto
Méndez advierte “la
propuesta de un método
para configurar la
cultura cubana desde sus
orígenes, como la ‘era
imaginaria’ que da cima
a sus sistemas y explica
el ser íntimo nacional”.
La sustitución de las
pérdidas a través de la
imagen halla su cabal
expresión en la pintura
de Juana Borrero
supliendo el vacío de la
página arrancada del
Diario martiano.
Como un modelo para
pensar la cultura
latinoamericana en su
siempre problemática
relación entre el “aquí”
y el “allá”, se acerca
Julio Ortega a la obra
lezamiana, poniendo
énfasis en la capacidad
creativa de
reapropiación de las
grandes culturas para
construir mundos
propios. El diálogo
creador con el resto del
mundo constituye una de
las cifras más notables
del empeño del autor
cubano por pensar y
asimilar la cultura.
Con óleos de Jorge Arche
y Mariano Rodríguez, así
como con la conocida
caricatura de Juan
David, y fotos y dibujos
de Lezama está ilustrada
la revista que en su
visualidad también
constituye un homenaje y
un intento de fijar en
la memoria la imagen del
poeta.
Lezama, que pasó la
mayor parte de su vida,
como él mismo afirmó,
“uncido a revistas”,
recordó en una ocasión
cómo “era una maravilla
oler los ejemplares
frescos, dejarse
envolver por el aroma a
pan que tiene la tinta,
a trigo fresco, a saludo
de la mañana”. Como una
jubilosa salutación
mañanera, frescura de
los buenos días vividos
por el poeta,
seguramente comenzará a
circular también este
número tan especial de
Casa.
Palabras en la
presentación el 15 de
febrero del número 261
de la revista Casa,
dedicada al
centenario de José
Lezama Lima. |