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Hacia 1844 habitaba en
Nueva Gerona un
corregidor con fama de
tener malas pulgas
llamado Francisco Rasco,
y quien, harto ya de los
lamentos de la población
nativa contra la
opresión y la pobreza,
les increpó: ¿Por qué
rayos no cantan, en vez
de llorar y no tocan
alguna música en vez de
meter tanto ruido? Y
aquella misma noche, —al
decir de la tradición—,
los de los lamentos
organizaron el Sucu
suco.
Como instrumentos
musicales disponían de
un caracol marino
llamado guamo, una vieja
filarmónica y un trozo
de machete usado, que
percutían para llevar el
ritmo. “La música
resultante no era más
que un falsete muy
prolongado y
descompasado presidido
por un vocerío infernal
lleno de risas extrañas,
forzadas por el ron de
mala ley y las
implicaciones libertinas
de la oscuridad en que
bailaban las parejas.”
La algarabía fue de las
grandes. No había
cristiano que pudiese
conciliar el sueño. Y el
corregidor de marras, en
paños menores, se
presentó en el jolgorio
sable en mano, gritando
a voz en cuello:
¡Largaos, bellacos de
todos los demonios,
largaos al infierno, a
la ciénaga, y al monte,
y a donde queráis con
tal de que yo no os
oiga, ni os vea nunca
más!
Quizá sea esta la
historia de la
primigenia
interpretación musical
del ritmo tradicional
pinero, la que fue
narrada por Filiberto
Ramírez Corría en su
libro Excerta de una
isla mágica o biografía
de un latifundio,
luego de entrevistar en
1946 a los ancianos de
la Isla de Pinos,
(actual Isla de la
Juventud), también
llamada El Evangelista,
por Colón, y luego por
otros pilotos Santa
María, en el siglo XVI.
De origen rural, surgido
a finales de la primera
mitad del XIX, el Sucu
suco (como lo llaman los
lugareños) o Sucu sucu
(para otros, en su
generalidad, no
pineros), es
considerado, al decir de
Juan Carlos Jiménez y
Guadalupe Martínez, como
“patrimonio de una
pequeña ínsula y parte
inseparable de la
familia pinera”.
“Si no fuera por
campana”
Las parejas se
entrelazan tomándose por
el talle y la cintura,
inmóviles los hombros y
las caderas, sin
levantar los pies del
piso. Un corto paso
hacia delante, con un
pie y luego con el otro,
lo mismo se hace para
atrás, girando alrededor
del cuerpo. Así se baila
el contagioso ritmo del
Sucu suco, que era “al
propio tiempo un
divertimento y una forma
de expresión de las
ideas críticas del
pueblo”. Su nombre
procedía del ruido
especial que hacen los
bailadores sobre el
piso, al deslizar
rítmicamente los pies.
Las letras estaban, la
mayoría de las veces,
compuestas de una sola
estrofa como aquella,
según se cree, de su
primera interpretación
musical, y la que, por
cierto, se adopta como
su patrón rítmico:
“Campana, campana, /
Campana, sube la loma /
si no fuera por campana,
/ naide subiría
la loma! / si no fuera
por campana, / naide
bajaría la loma!”
Todavía hay quienes
recuerdan en la pequeña
ínsula pinera aquellos
tradicionales festejos
donde se cantaba y
bailaba hasta el
amanecer al ritmo del
Sucu suco. Las mujeres
vestían unas batas
largas, acicaladas con
cintas y vuelos; los
hombres, guayabera
blanca y sombrero de
yarey.
Ya en 1848, existía la
certidumbre de un ritmo
y baile diferentes a los
interpretados en la isla
principal de Cuba. De
ello da fe un cronista
anónimo, quien visitó la
región pinera en la data
de referencia y se
impresionó con aquel
“bailecillo” en nada
parecido a los valses,
las habaneras y las
contradanzas de La
Habana de entonces.
Es de lamentar que el
susodicho no profundizó
acerca de sus
particularidades, aunque
sí hizo hincapié en su
carácter tradicional
propio de la entonces
Isla de Pinos, ubicada
al suroeste de Cuba,
expuesta a los embates
del mar Caribe. La que
recibió diferentes
nombres, el más
altisonante, sin duda,
el de Isla del Tesoro,
de cuando fue refugio de
los piratas ávidos de
las riquezas del Nuevo
Mundo.
Con la peculiaridad
pinera
Para una autoridad como
la musicóloga María
Teresa Linares, el Sucu
suco “es una variante
del son, muy similar al
montuno en la estructura
formal, melódica,
instrumental y armónica.
Alterna un solista con
el coro que canta un
pasaje fijo acompañado
del conjunto. El solista
entona improvisaciones
sobre una cuarteta o una
décima”.
Según consideran otros,
es el baile pinero por
excelencia, representado
por sus pasos cortos y
ritmo particular, que
tiene de guajira y de
criolla, todo
entremezclado de son y
de danzón, sin ser uno
ni otro, pues, fue
primero que los dos.
Para Juan Carlos Jiménez
y Guadalupe Martínez
—ninguno de los dos
pineros, como pudiera
creerse, sino de Las
Villas y de La Habana,
respectivamente—,
autores de un profundo
estudio sobre el tema,
“el Sucu suco tanto ayer
como hoy, es el ritmo
autóctono que
tradicionalmente ha
amenizado los guateques
en esta ínsula (hoy Isla
de la Juventud) que
constituyen todo un
acontecimiento en el
cual el hecho social
tiene una importante
significación. En estos
guateques, se bailaba,
había banquetes, se
desarrollaban los más
variados juegos, se
tomaba vino, hábito este
que se fue transformando
hasta llegar al ron y la
cerveza, todo con la
peculiaridad pinera y el
protagonismo fundamental
de su ritmo tradicional,
el Sucu suco”.
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Eliseo Grenet,
uno de los
músicos que
popularizó el
sucu suco |
“Y Maceo se la quitó, se
la quitó”
Por cierto, el más
famoso de todos los Sucu
suco, recogido del
folclor pinero por
Eliseo Grenet, y que
posee, acaso, el mayor
número de versiones
—incluso una de los
españoles— es una sátira
contra el delator Felipe
Blanco. Este, según se
cuenta, llevó a los
sublevados del 26 de
julio de 1896 a su
propia casa, donde les
dio comida y abrigo solo
para entregarlos después
a la soldadesca
colonial. En esa cobarde
acción, fueron
asesinados los hermanos
Pimienta y un poeta de
apellido Iturriaga.
Dicen que los pineros
entristecidos por la
traición cantaban: “Ya
los majases no tienen
cuevas/ Felipe Blanco
los traicionó/ Los
traicionó, los
traicionó/ Los
traicionó, que lo vide
yo/ Martínez Campo tenía
una flor/ Y Maceo se la
quitó, se la quitó/ Se
la quitó, que lo vide
yo”. |