Entre
los títulos que circulan
por las librerías, el
lector encontrará
Igbá Layé, del
dramaturgo René
Fernández. El tomo reúne
diez textos que el autor
concibió inspirado en
los mitos y las leyendas
de la cultura
afrocubana, e incluye
clásicos como “Iku y
Elegguá” y “Los ibeyis y
el diablo”, obras que
clasifican entre las más
representadas del teatro
cubano.
René es heredero de los
Camejo, fundadores del
teatro de títeres en
Cuba. Es director del
muy reconocido Teatro
Papalote y vive en
Matanzas, una región
donde la huella de los
esclavos africanos se
impregnó con fuerza en
la tierra y en el aire
de la ciudad, en el alma
y la imaginación de sus
habitantes.
Los textos recogidos
para esta ocasión tienen
al hombre y a la mujer
negros como
protagonistas, con sus
virtudes y sus defectos,
con sus ideas y sus
creencias. Las deidades
afrocubanas devienen
personajes teatrales,
criaturas del teatro de
títeres. El autor
expresa sus razones para
tal proceder: “El río
temático y anecdótico de
estas culturas corre
llena de imaginería afín
a los títeres. Este
mosaico de la fecunda
cultura popular
tradicional lo he
vivificado en procesos
visibles e invisibles
del titiritero y el
títere en sus niveles o
categorías de relaciones
y debates escénicos”.
Por eso las obras traen
sugerencias para el
montaje.
Como los orishas se han
creado a imagen y
semejanza de los seres
humanos, se comportan
humanamente: se
enamoran, se pelean y se
reconcilian, pecan por
celos o por envidia,
abusan del poder o
rivalizan por una
mujer. Y esas actitudes
enriquecen a los
personajes. Por ejemplo:
en “El gran festín”, la
rivalidad es entre Afrán
y Gun, y es una mujer,
Mase, quien propicia la
reconciliación y el
entendimiento entre las
deidades.
“Okin eiye ayé” —Okin,
pájaro que no vive en
jaula— es un canto a la
libertad y una condena
contra la esclavitud,
una alabanza a la
belleza de la naturaleza
y un reconocimiento a la
voluntad del ser humano
que lo impulsa a
alcanzar nobles
objetivos. Con la puesta
en escena de esta obra
—dirigida por el autor,
interpretada por Rubén
Darío Salazar y diseñada
por Zenén Calero—,
Teatro Papalote logró
uno de los grandes
momentos del teatro en
Cuba, y recorrió muchos
escenarios del mundo.
“Los ibeyis y el diablo”
es una pieza bellísima,
una propuesta de juego
muy divertida donde los
buenos vencen al malo
con inteligencia, cada
cabeza con su negrito
pensamiento, dicen
ellos. Aquí también se
resalta el valor de la
amistad, la necesidad de
trabajar juntos para
salir adelante. “Ikú y
Elegguá” es otra
variación del eterno
conflicto entre el bien
y el mal, ahora es
Elegguá quien sale
victorioso en la lucha
contra la muerte, al
estimular su glotonería
convidándola a comer
dulce de maíz.
El libro recoge tres
piezas inspiradas en
deidades femeninas:
“Oshún y el espejo
mágico”, “Yemayá y la
maravillosa flauta”,
“Obatalá y el castillo
encantado”; obras
concebidas como
unipersonales para
actrices. El escritor
traza con delicadeza los
rasgos de las diosas:
Oshún, vanidosa, quiere
la corona de Yemayá.
Yemayá castiga a la
Iguanagugú, depredador
de los mares. Obatalá
condena a la rata a la
basura por ladrona. Las
viste con los colores
que se les atribuye,
amarillo, azul y blanco;
y las adorna con los
objetos que la acompañan
en la religión: el
espejo de Oshún, las
siete pulseras de Yemayá,
la corona blanca de ocho
puntas de Obatalá. Pero
el autor no revela
secretos religiosos
porque su escritura
parte del folclor para
hacer arte. Y esa es una
de las virtudes de la
dramaturgia de René
Fernández, que se
inspira en la cultura
popular para
enriquecerla con su
punto de vista teatral.
A veces los orishas son
los protagonistas, a
veces los dioses
comparten el sueño con
los animales, las
plantas y los seres
humanos.
Otras obras como “Nokán
y el maíz”, “El tambor
de Ayapá”, “Obiayá
fufelelé” encontrará el
lector, o fragmentos que
añadió René a lo
concebido por Dania
Rodríguez. Creo que
debieron incluirse los
textos completos, pues,
si alguien abre estas
páginas con la intención
de buscarlos para
llevarlos a escena, qué
hará con fragmentos tan
breves.
En las religiones
afrocubanas al leer los
signos, los sacerdotes y
las sacerdotisas se
expresan a través de
metáforas, acuden a los
patakines para advertir
al devoto del peligro o
para predecirle la buena
suerte. Y es esa
tendencia la que sigue
René Fernández, y se
adueña de los patakines
para teatralizarlos y
compartir con lectores y
espectadores la inmensa
sabiduría que nos legó
África. Y así se
entronca en la tradición
teatral cubana, en la
cual se distinguen
nombres como Pepe
Carril, Tomás González,
Eugenio Hernández
Espinosa, Gerardo
Fulleda; autores que han
recogido en el teatro
los frutos de una
cultura que se transmite
oralmente. Inés María
Martiatu recuerda que es
en el teatro donde se ha
alcanzado —desde los 60
del pasado siglo— la
representatividad del
tema negro y de la
influencia de las
culturas africanas en la
cultura cubana.
Para cerrar la propuesta
de Igbá Layé,
publicada por la
Editorial Alarcos, se
incluye “Isla en
retablo”, un texto donde
el escritor reflexiona
sobre el ejercicio de la
escritura. “He concebido
dioses y semidioses
esforzándome en dotarlas
de una rica
caracterización en su
dramaturgia y de
complejas anatomías en
su confección y
animación. Los he hecho
volar, estirarse hasta
desaparecer, hincharse
hasta explotar,
mostrarse al derecho y a
revés, por dentro y por
fuera, convertirse en
culebra, fruta,
mariposa, fuego, tierra,
mar, es el rito del
realismo mágico en el
ceremonial de los
títeres”.
René Fernández recibió
el Premio Nacional de
Teatro en 2007. Ojalá el
Premio de la Crítica que
obtuvo Igbá Layé
llame la atención sobre
dramaturgos que como él,
como Quintero, Milián,
Hernández Espinosa, Dorr,
merecen ser reconocidos
con el Premio Nacional
de Literatura. |