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A Nara por su
Premio
Nicolás Guillén y
su entrevista
con La Jiribilla
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Saldaré esta y
la próxima
semana el cierre
de la serie "Dos
décadas con
Teatro D'Dos",
publicada aquí
el pasado año
con motivo de
los 20 años de
la agrupación. Y
a propósito del
Premio
Villanueva de la
Crítica 2010
obtenido por
Esquinas,
así como de la
nueva temporada
de
Ignacio y María
que acontece en
la Sala Estudio
del Centro
Cultural Bertolt
Brecht. |
Cumplidos en este 2010
sus primeros 20 años,
tres hechos destacan
como una credencial viva
de aniversario cerrado,
algo más bien inusual en
este tipo de
celebración. La asunción
de un espacio propio de
presentaciones y dos
estrenos pensados en
función de ese nuevo
espacio.
A fines de 2009, Teatro
D’Dos convirtió su
pequeño local de ensayo
en la Sala Estudio del
Centro Cultural Bertolt
Brecht. Posee unas
dimensiones reducidas,
diseñadas como para un
miniteatro de cámara,
pero justas para la
tipología teatral que ha
explotado el grupo y le
ha granjeado su sello.
La abrieron con
Ignacio y María, de
Nara Mansur, bajo la
dirección de Julio César
Ramírez. Autora
publicada, estudiada y
seguida, sobre todo por
los más jóvenes, Mansur
no ha tenido la misma
suerte con los
escenarios. El
imaginario inscrito en
sus textos parece
ahuyentar a directores y
actores, aunque con
fecha reciente La
Guerrilla del Golem, de
Santiago de Cuba, con la
guía de Marcial Lorenzo
Escudero ha estrenado
también Ignacio y
María y Charlotte
Corday.
Desde principios de
2000, sus obras se
inscribieron en una
corriente que
participaba de la
escritura poética, la
autorreferencialidad, la
desdramatización y una
intensa intertextualidad.
Son características
plenas de Ignacio y
María, uno de los
poemas dramáticos que la
dio a conocer como
dramaturga.
María e Ignacio,
personajes en solitario,
se hablan sobre un
“puente” ya roto;
reconstruyen el diálogo
que tuvieron una y otra
vez “aquí”, antes
que él partiera, o quizá
se trate a esta altura
de una conversación
imaginaria, solo
proyectada en el deseo
quemante de sus
respectivas soledades.
Ese amor ido, partido en
dos lugares queda
perfectamente delimitado
en el escenario, ante
los ojos cercanos de los
espectadores. Cada “set”
contiene los objetos que
son la “escenografía” de
su cotidianidad, de sus
tareas, de sus
dependencias. Ella con
su viejo radio VEF por
donde escuchamos Radio
Reloj en vivo, la
plancha rusa en arreglo
permanente y la tabla de
planchar (sobre los
taburetes de La casa
vieja, cita y
referente al reciclaje
de la pobreza, en la
realidad y en el teatro,
a través de un anterior
montaje propio). Otra
manera en que lo
objetual cuenta la
presión material que
también hizo estallar
ese amor.
Mientras, Ignacio hace
caso a su abrigo porque
sopla el frío en
Santiago de Chile, donde
ha ido a parar, a las
fotos que le traen
recuerdos, al café
caliente que prepara
delante del público
hasta incluir su aroma
en el espectáculo.
Aquí están todos los
jirones culturales de la
generación de la autora,
que es la mía. Nara
Mansur es la primera que
baja a tierra, de esa
forma y mezclándolos,
esos comportamientos
atravesados de marcas
culturales, políticas,
históricas en medio de
nuestra guerra
cotidiana. De ahí los
retazos de canciones,
temas, consignas,
versos, frases y giros
populares, así como las
visitas a estados de
ánimo, tránsitos,
abstracciones que
quieren romper la
historia, la fábula a la
manera tradicional y
exigen más de
espectadores a los
cuales se menciona el
famoso urinario de
Marcel Duchamp para
buscar receptores que
lean desde una
perspectiva conceptual.
María es íntima,
confesional, cierta,
definida. Ignacio es más
externo, justificativo.
Amén de que describe
actitudes, sin afanes
antropológicos, bastante
típicas en mujeres y
hombres, y que cada
personaje, a su vez,
describe, presenta al
otro —noción acentuada
por el espacio—, también
se traspasan esos rasgos
a los actores. Linette
Cremata como María,
Enmanuel Correa como
Ignacio.
“Que cada palabra mía
hacia ella ‘fuera un
gesto de mi alma’”, dice
Ignacio. Esa es la pauta
de actuación. Nada que
se vea, que todo sea.
Mucha interiorización
sin subrayados externos.
En una extensa temporada
de funciones, lo han
logrado a veces de
manera significativa,
otras no. Pero ese es el
desafío para una obra
viva, en repertorio, con
la tensión adicional
para los actores de unos
espectadores que
escudriñan muy cerca
cualquier pérdida de
intensidad o de
concentración de la
atención, con
consecuencias
posteriores en el ritmo
del espectáculo.
Ignacio y María
es una exposición
dramatizada de deseos
privados, de angustias
sociales, de
interrogaciones sobre
qué hace cada cual aquí
y para qué, sobre el
tiempo de hoy con sus
arrastres pasados. Ambos
personajes, tan cercanos
como personas, revelan
un amor que las
circunstancias y sus
propios conflictos les
vedarán salvar. Teatro
D’Dos propone esta
tragedia entre el deber
y el placer, entre el
amor y su pérdida,
anudada a un espacio tan
íntimo como secreto,
como si no asistiéramos
al teatro, como si, por
el contrario, nos
adentráramos en él y, a
través suyo, en el
cuerpo mismo de la
nación. |