La Habana. Año IX.
19 al 25 de FEBRERO
de 2011

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Dos décadas con Teatro D’Dos (V y casi final)
Omar Valiño • La Habana
Fotos: Julio César Ramírez

                                 A Nara por su Premio Nicolás Guillén y su entrevista con La Jiribilla

Saldaré esta y la próxima semana el cierre de la serie "Dos décadas con Teatro D'Dos", publicada aquí el pasado año con motivo de los 20 años de la agrupación. Y a propósito del Premio Villanueva de la Crítica 2010 obtenido por Esquinas, así como de la nueva temporada de Ignacio y María que acontece en la Sala Estudio del Centro Cultural Bertolt Brecht.

Cumplidos en este 2010 sus primeros 20 años, tres hechos destacan como una credencial viva de aniversario cerrado, algo más bien inusual en este tipo de celebración. La asunción de un espacio propio de presentaciones y dos estrenos pensados en función de ese nuevo espacio.

A fines de 2009, Teatro D’Dos convirtió su pequeño local de ensayo en la Sala Estudio del Centro Cultural Bertolt Brecht. Posee unas dimensiones reducidas, diseñadas como para un miniteatro de cámara, pero justas para la tipología teatral que ha explotado el grupo y le ha granjeado su sello. 

La abrieron con Ignacio y María, de Nara Mansur, bajo la dirección de Julio César Ramírez. Autora publicada, estudiada y seguida, sobre todo por los más jóvenes, Mansur no ha tenido la misma suerte con los escenarios. El imaginario inscrito en sus textos parece ahuyentar a directores y actores, aunque con fecha reciente La Guerrilla del Golem, de Santiago de Cuba, con la guía de Marcial Lorenzo Escudero ha estrenado también Ignacio y María y Charlotte Corday.

Desde principios de 2000, sus obras se inscribieron en una corriente que participaba de la escritura poética, la autorreferencialidad, la desdramatización y una intensa intertextualidad. Son características plenas de Ignacio y María, uno de los poemas dramáticos que la dio a conocer como dramaturga.

María e Ignacio, personajes en solitario, se hablan sobre un “puente” ya roto; reconstruyen el diálogo que tuvieron una y otra vez “aquí”, antes que él partiera, o quizá se trate a esta altura de una conversación imaginaria, solo proyectada en el deseo quemante de sus respectivas soledades.

Ese amor ido, partido en dos lugares queda perfectamente delimitado en el escenario, ante los ojos cercanos de los espectadores. Cada “set” contiene los objetos que son la “escenografía” de su cotidianidad, de sus tareas, de sus dependencias. Ella con su viejo radio VEF por donde escuchamos Radio Reloj en vivo, la plancha rusa en arreglo permanente y la tabla de planchar (sobre los taburetes de La casa vieja, cita y referente al reciclaje de la pobreza, en la realidad y en el teatro, a través de un anterior montaje propio). Otra manera en que lo objetual cuenta la presión material que también hizo estallar ese amor.

Mientras, Ignacio hace caso a su abrigo porque sopla el frío en Santiago de Chile, donde ha ido a parar, a las fotos que le traen recuerdos, al café caliente que prepara delante del público hasta incluir su aroma en el espectáculo.

Aquí están todos los jirones culturales de la generación de la autora, que es la mía. Nara Mansur es la primera que baja a tierra, de esa forma y mezclándolos, esos comportamientos atravesados de marcas culturales, políticas, históricas en medio de nuestra guerra cotidiana. De ahí los retazos de canciones, temas, consignas, versos, frases y giros populares, así como las visitas a estados de ánimo, tránsitos, abstracciones que quieren  romper la historia, la fábula a la manera tradicional y exigen más de espectadores a los cuales se menciona el famoso urinario de Marcel Duchamp para buscar receptores que lean desde una perspectiva conceptual.

María es íntima, confesional, cierta, definida. Ignacio es más externo, justificativo. Amén de que describe actitudes, sin afanes antropológicos, bastante típicas en mujeres y hombres, y que cada personaje, a su vez, describe, presenta al otro —noción acentuada por el espacio—, también se traspasan esos rasgos a los actores. Linette Cremata como María, Enmanuel Correa como Ignacio.

“Que cada palabra mía hacia ella ‘fuera un gesto de mi alma’”, dice Ignacio. Esa es la pauta de actuación. Nada que se vea, que todo sea. Mucha interiorización sin subrayados externos. En una extensa temporada de funciones, lo han logrado a veces de manera significativa, otras no. Pero ese es el desafío para una obra viva, en repertorio, con la tensión adicional para los actores de unos espectadores que escudriñan muy cerca cualquier pérdida de intensidad o de concentración de la atención, con consecuencias posteriores en el ritmo del espectáculo.

Ignacio y María es una exposición dramatizada de deseos privados, de angustias sociales, de interrogaciones sobre qué hace cada cual aquí y para qué, sobre el tiempo de hoy con sus arrastres pasados. Ambos personajes, tan cercanos como personas, revelan un amor que las circunstancias y sus propios conflictos les vedarán salvar. Teatro D’Dos propone esta tragedia entre el deber y el placer, entre el amor y su pérdida, anudada a un espacio tan íntimo como secreto, como si no asistiéramos al teatro, como si, por el contrario, nos adentráramos en él y, a través suyo, en el cuerpo mismo de la nación.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.