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Caminando al tuntún por
La Habana Vieja, el
observador ocasional se
convierte en el
verdadero hombre de la
urbe contemporánea. La
arrasadora belleza de
los edificios ruinosos
ofrece un contraste que
ni siquiera es posible
encontrar en otras
ciudades antiguas,
preservadas para los
distraídos hombres del
presente. En La Habana,
la vida se muestra
exigua, no hay miseria
ni abundancia, hay
carencia y dignidad.
Pero en medio de esas
joyas derruidas, hay
hombres y mujeres
viviendo. La Revolución,
que para los teóricos de
la irrupción mesiánica
paraliza el tiempo,
también entrega el
vehículo de su
prosecución. Ahí produce
un intenso efecto
museístico en medio de
la vida real. Una
sacudida que detiene al
casco viejo bruscamente,
lo protege, aunque le da
el rostro de una lenta
ruina. La necesaria
reconstrucción se viene
haciendo bajo la experta
mirada del historiador
Eusebio Leal, a la que
vemos no concediendo
nada al turismo
depredador ni
entregándose a la
melancolía barroca. El
turismo de masas, al fin
y al cabo, es un tema a
escala de la humanidad
que aún no ha encontrado
su más comprensiva
verdad social,
democrática y
pedagógica.
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Foto: Alejandro Ramírez |
Hay que concebir el
ciudadano real de la
ciudad moderna como
alguien que duda entre
elegir las imágenes del
pasado, esas piedras
sobrevivientes, o un
modernismo admisible
aunque copiativo. Esta
duda se va perdiendo en
nuestras cosmópolis
hechas de shoppings
con escenografías
siderales, cercamientos
de seguridad y oscuras
conversaciones en el
interior de los taxis.
La vacilación que se
obtiene en La Habana,
habitar bellezas
derruidas o vivir en la
ciudad social con
mayores comodidades, es
una disyuntiva no
fácilmente descriptible.
Excepto que se busque un
urbanismo emancipado, un
nuevo socialismo urbano
que preserve el pasado
para activos y reales
habitantes del presente.
Para transformar la vida
hay que convocar una
justicia arcaica, que
pregunte si hay virtudes
en el pasado, y una
justicia social, que
demuestre que no hay
futuro sin distribución
equitativa de las
posibilidades
existenciales. No es
ajeno este dilema para
el que transita por
Buenos Aires; pero menos
lo es para el que
transita por La Habana,
ciudad que como tal no
es mercancía, sí
depositaria de
fetichismos culturales
dispuestos en diversos
planos históricos.
En la búsqueda de la
casa de José Lezama
Lima, con el mitológico
dato de la calle y el
número, Trocadero 162,
el viajero ―que ha ido a
la Feria del Libro de La
Habana― pasa por las más
diversas estaciones del
alma de una ciudad. Las
calles Obispo, Vapor,
Neptuno, el asombroso
Paseo del Prado, un
catálogo orientalista y
de nombres exquisitos
ante los que podemos
imaginarlo todo. Ellos
conviven con el
deterioro, la salinidad
del mar, el
despojamiento de calles
sin publicidad comercial
y toda clase de
vehículos como aquelarre
de las tecnologías
mecánicas a lo largo del
siglo XX. Espectros que
acompañan durante el
itinerario. Se ve la
ciudad activa, gritos de
balcón a balcón, lujosos
mármoles quebrados,
ventanales con herrajes
minuciosos cubiertos de
óxido y refinamiento,
grandes monumentos
románticos, moriscos,
afrancesados o
helénicos, edificios
coloniales o art decó
descascarados, cuyo
jeroglífico interno, su
habitabilidad, tiene
algo de indescifrable.
Como no sea la recatada
dificultad del vivir.
La casa de Lezama Lima
aparece de repente, bajo
forma de museo. Entera
pero misteriosa se halla
en su novela Paradiso,
que solo se entiende
acabadamente viendo los
objetos de sus vitrinas,
las fotos borrosas de
las paredes, el aire
modesto de santería
poética en las
habitaciones. Es un
templo vecinal con
sábanas recién lavadas
goteando desde los pisos
altos del edificio. Es
también el corazón
imaginario de La Habana.
La Revolución reivindicó
tardíamente a Lezama
Lima que, sin embargo,
la había apoyado y que
se había dirigido a
Fidel Castro como jefe
del movimiento de
liberación. También
había considerado a
Guevara, luego de su
sacrificio, un nuevo
Viracocha. La casa, la
propia literatura de
Lezama, todo el
recorrido de Orígenes,
la revista por él
dirigida, que tanta
repercusión tuviera en
la Argentina de los años
40 ―sin duda, entre los
contertulios de la
Revista Sur―,
plantea un arduo
problema a los
partidarios de los
cambios sociales. Cómo
hacer para asumir, por
parte de los movimientos
populares colectivos,
siempre tumultuosos, los
temas de la gran cultura
universal. Incluidas sus
mitologías, sus
simbolismos secretos y
sus grandes cultos
laicos o recónditos.
Nunca dejó esto de ser
un tema en Cuba y sin
duda lo es de manera
dramática en la
Argentina.
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También si se está
interesado por actos
liberacionistas
(nacionales, sociales y
personales), ya no es
posible abandonar la
cuestión del lenguaje
que se emplee para
referirlos. Han
fracasado las cartillas
y las liturgias menores,
recurrentes. Pero no los
textos y los enunciados
que buscan inspiración
en las grandes
literaturas de la época.
El visitante a la casa
de Lezama Lima, también
ha peregrinado por La
Habana intentando saber
si han quedado recuerdos
de John William Cooke,
el revolucionario
peronista que discutía
la cuestión
tercermundista en
infinitos cuartos de
hotel de la ciudad.
Cooke había sido eximio
lector de Sartre y del
joven Marx, y sorprendió
inspirando en
Beaudelaire la conocida
sentencia “el peronismo
es el hecho maldito del
país burgués”.
Un importante dirigente
del Partido Comunista,
al que procuramos para
hablar específicamente
de eso, lo recuerda. Él
conoce bien la
Argentina, se expresa
con algunos términos
porteños y acepta el
diálogo que propusimos
como propio de una
“nostalgia”, sin
sorprenderse por la
expresión “viaje
sentimental”. Luego la
conversación se extiende
sobre la masiva
discusión que está
atravesando Cuba. Son
los temas en los que
participa gran parte de
la población en términos
del vuelco dramático que
debe dar la Isla en su
economía estatal,
recreando el socialismo
en un mundo de
necesidades. ¿Aún hay
papeles de Cooke en
Cuba? Pregunta que
competía que hiciera un
representante de la
Biblioteca Nacional,
institución que debe
ocuparse de cualquier
letra escrita que
testimonie la memoria
bibliográfica de un
país, en cualquier radio
de su dispersión.
La cuestión queda
respondida aunque no
haya documentos, porque
la ausencia de pliegos
también interesa. Eso
invita a desembocar en
una conversación sobre
el presente. Como ese
desemboque no forzado,
debe funcionar la
pregunta sobre los
papiros de cualquier
pasado. No para servir a
una nueva literalidad,
sino para liberarlos de
su encierro en la
memoria. La actual
encrucijada argentina
contiene algunos
personajes que esgrimen
el facsímil de una
masacre y actúan al
conjuro de viejas
fórmulas. Son los
magnates de un
reaccionarismo que
intenta toda clase de
chantajes, preparando ya
sus cánticos luctuosos,
seguros del recurso de
decir “peronismo” para
garantizar el cierre de
la historia. Pero para
que ahora aquella no sea
palabra que admita este
uso, es preciso medirla,
abrirla y ponerla en
conjunción con grandes
frentes sociales que no
ritualicen el pasado y
sean puente efectivo de
novedades. Si esta
suprema pedagogía no
abarca a sectores
importantes del pueblo
argentino, el país está
expuesto a
ritornellos y
oscuras revanchas.
Más allá de alianzas
regionales y bloques,
hay una cuerda siempre
tendida entre Cuba y
Argentina. No se trata
de un idioma político,
sino de un lazo
intelectual sometido
históricamente a muchos
malentendidos y
disparidades. Revisarlo
y transformarlo es una
gran tarea, que en su
discurso ante asistentes
en la Feria del Libro,
Fidel Castro definió
como una tarea de
“persuasión ante las
criaturas más
autosuficientes e
incapaces que han
existido nunca:
nosotros, los
políticos”. Se entiende
esta dura reflexión
propia de pesimistas que
no han perdido la
esperanza, en el momento
de considerarse los
temas que Castro define
como de “sobrevivencia
de la especie humana”.
Este universalismo
proviene de Martí, pero
también de ciertas
vertientes del
positivismo
latinoamericano
entendido no como
mecanismos lineales de
la conciencia, sino como
un pensar a la escala de
los dilemas generales
del género humano. Giros
novedosos, a ser
considerados en relación
con cómo se muestran en
La Habana los estilos de
vida de los habitantes
en medio de una escasez
que es problemática, que
vulnera subjetividades,
pero siempre se
reencuentra en el plano
de una exigencia
colectiva de dignidad
para pensarlo todo.
Cuba va a abrir
novedosas situaciones en
cuanto a la iniciativa
colectiva ciudadana, lo
que acompañado por el
fin de la doble moneda,
inspirará nuevas formas
sociales, que adquirirán
el nombre que le exijan
los hechos nuevos como
reescritura sensible del
socialismo. Hablar con
estos nombres es un acto
de la parte museística
que toda memoria, toda
ciudad y todo viajero
resguarda. Una charla
recuerdo especialmente
de esos días, la que
hemos dado en el Centro
Pablo de la Torriente
Brau ―que rememora a un
escritor cubano,
cronista y mártir de las
luchas de la República
Española―. Pasamos
revista allí a los
mismos temas de esta
nota, pero en primera
fila estaba escuchando
Jorge Rivas, diputado
argentino, socialista,
empeñado con emocionante
constancia en su larga
recuperación física:
testimonio de cómo la
vida de repente se nos
agrieta y nunca desiste
una esperanza quizá
también repentina.
Director de la
Biblioteca Nacional de
Argentina participó en
la 20ª. Feria
Internacional del Libro,
en Cuba. |