La Habana. Año IX.
19 al 25 de FEBRERO
de 2011

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El olor de las almendras
 Obdulio Fenelo Noda (Camagüey, 1971)


Cuando el tren estaba a punto de asomar entre los pinos, el viejo acudía a la estación, rengueando de una pierna, se sentaba en el banco con el juego de cartas en las manos y la mirada en los rieles. Los años que acompañaban la escena la tornaron trivial. Ya nadie advertía la secuencia, de muchas maneras era parte del entorno, y la gente dejó de averiguar los motivos. Punta de los Ciegos ya nada ofrecía, a no ser la angustia de la espera, la añoranza, la rutina. Si en su época de esplendor el puerto y las casas de putas creaban el culto a la noche, a la diversión y la lujuria, ahora entristecía bajo un cementerio de nostalgias.

Las veces que se preguntó el sentido de sus pasos camino a la estación cada noche (a conformar ilusiones y recibir el pitazo final en el rostro como un simulacro sonoro del naufragio), se ocultó a sí mismo una repuesta inmediata, para luego vestirse y retomar el camino, y entonces alentarse: “La fe, aunque no sé de dónde nace, algo me dice que debo estar allí. De un momento a otro puede aparecer, acaso, cuando menos lo espere, y quizá me sorprenda cansado y solo alcancen las fuerzas para escupirle la cara”.

Cierto, estaba enfermo, un poco enjuto, pero le sobraban energías y odio. Y si la mano izquierda no iba bien, como nada alojado en esa mitad del cuerpo, con la derecha podría sacar un tiburón del agua. Caminaba a paso lento. El polvo le corroía la cara y el buen humor: “Pueblo de mierda, solo polvo y malos recuerdos”. El tren aún no se anunciaba. 

—Hoy es para largo, tres horas de atraso, y habrá lluvia —confirmó el taquillero.

Consultó el reloj. El ritual terminaría tarde, a lo mejor pasadas las once. Sacó las cartas y comenzó a dividirlas en nobles y plebeyos.

2

Se debatía entre leer o contemplar el paisaje. Tanto tiempo alejado de los lugares unidos a su infancia e irlos reconociendo y rechazando a la vez, lo desconcertaba. La lectura del manual criminológico desprendía su dosis de masoquismo, de temor y curiosidad. Lo hubiera preferido aburrido y así poder dedicarse a las imágenes de la ventanilla. Planeó el viaje con el ánimo de encontrar sosiego, de reabrir un fragmento de su  vida inicial sin saber si serviría de algo. ¿Por qué volver tras un crimen que ni siquiera pudo comprobar? La duda lo arrastraba, la dualidad inocente-culpable. ¿Había quedado vivo o muerto? ¿Y la Almendra...? ¿Viviría? Treinticinco años de ausencia en instantes le parecieron menos. Sería casi imposible no sentirse extranjero, aborrecer, acongojarse.

La ferromoza anunció la próxima estación. En dos horas y media arribarían a Punta de los Ciegos. Mientras avanzaban, todos los nombres le resonaron exóticos, como títulos extravagantes que disparaban la imaginación e iban creando una geografía singular. Se acostumbró a evocar su antiguo mar con cierta indiferencia o susto. Por suerte, pronto se adaptó al nuevo país. Terminó fotógrafo, como había profetizado un marinero. El misterio del  arte de las instantáneas le devolvió la confianza en el futuro, las ganas de seguir adelante. Ahora lamentaba el descargue de la batería de la cámara, los cuadros naturales perdidos. Nada quedaría de su último viaje. Seguramente, en términos cabalísticos, tendría algún significado. Se pensó como esos personajes que se cuelan en las fotos de familias y grupos, que están dentro, pero se nota su inautenticidad, su falsa pertenencia al conjunto original. ¿A qué lugar pertenecía? Le importaba poco. La fotografía emergió del centro del caos como solitaria defensa contra los vaivenes del mundo.

La brisa primaveral aliviaba el castigo del sol sobre el compartimento de hierro, de otra forma el trayecto sería insoportable. Mantuvo la mirada a lo largo del pasillo. El tren se detuvo de forma abrupta. Los pasajeros comenzaron a presagiar las más nefastas noticias. La ferromoza irrumpió muy musical, anunció la rotura de la locomotora y tres horas como mínimo de retraso. Le chocaron los modales rústicos de la empleada. Nada de “señores y señoras”, ni disculpas ni garantías. Lo único bueno en medio de la desgracia era poder terminar el libro, después se entregaría a disfrutar de la naturaleza.

Tres horas exactas demoró el arreglo. Se escucharon los sonidos que anunciaban la reanudación de la marcha. Concluyó el tratado. Lo sedujo la idea de conocer las interioridades de los asesinos, su psiquis, el modus operandi. ¿Había sido realmente parte de ellos? “Siempre hay una primera vez: un primer beso, un primer amor, un primer fracaso, una primera  muerte...”, pensó. Se consideraban decisivos factores como el lugar de nacimiento, la crianza y hasta el fenotipo. Cuántas teorías y conceptos para intentar definir y entender el hecho criminal. Buscó la libreta de notas y escribió varios apuntes:

El hombre delincuente constituye una variedad de la especie humana, junto al hombre normal, el hombre alienado y el hombre genio... Los delincuentes se dividen en locos, natos, epilépticos, habituales, ocasionales, criminaloides y seudocriminales, estos últimos son los más interesantes de todos. (Lombroso).

3

Estuvo demorando la llegada al bar. Víctor estaría adentro, dispuesto a desplumarlo. No debió aceptar la apuesta, el otro le llevaba ventaja con las cartas, pero no tenía alternativas. Era su noche de Almendra y necesitaba dinero para pagarla. La habían descubierto en los tres primeros pagos del puerto. Se fueron al putero y probaron, una a una, a todas las mujeres. Pretendían elegir la mejor, a la que tendrían la noche entera en los próximos cobros. Sin ponerse de acuerdo, los sedujo una putica de senos cortos y culito de pato, no la más buena ni linda, sino la más cariñosa, la única que olía a almendras maduras. Después de sacar cuentas, los gastos de ron y comida, llegaron a la conclusión de que solo podían tenerla dos noches enteras cada uno, y decidieron jugarse a ratos las visitas y así alargar el placer. Hoy era su segunda noche, después de semanas de ininterrumpida asistencia, y no  podría pagar. El ron, de nuevo, le daba una estocada financiera. Las veces anteriores recaló en usureros o la casa de empeños, pero sus promesas ya no lograba convencer ni al propio Víctor. Le gustaba tanto la Almendra, el olor de la piel, la delicadeza en la manera de entregarse, que no solo hubiera vendido la cámara fotográfica comprada a un marinero yanqui, especie de reliquia antes del descubrimiento sexual (con la que le tomó varías fotos a la Almendrita desnuda, risueña), sería capaz de vender una parte de sí, un brazo o una pierna, por no ceder su turno. Víctor le propuso la salida, radical, cierto, oportunista, aunque salida al fin y al cabo: “Jugaremos una partida. Si ganas, te pago tu noche. Si pierdes, termina la sociedad, me entregas las fotos y me quedo como único dueño de la Almendra”. Conocía sus debilidades con el ron, su mal manejo del dinero.

 Se paró frente al bar. Dudó en cruzar la puerta. Finalmente, apretando los puños, pudo adentrarse. Llegó hasta la mesa donde Víctor esperaba manoseando los naipes, con una botella de aguardiente.

—Juego bajo una condición. Si pierdo, quiero mi última noche, de todas formas tú la tendrás para siempre.

Víctor barajó las cartas. Abrió la botella y sirvió en los vasos. Dejó quietas las fichas sobre la madera y brindó.

—Estamos jugando —dijo.

4

Los autoobstáculos a la expansión sexual engendran un sentimiento inconsciente de culpabilidad, que desencadena la necesidad de autopunición y da lugar a crímenes sin causa o cuya causa desconocemos. (Ruiz-Funes).

Lombroso le pareció un romántico, sin embargo, en Ruiz-Funes advirtió cierto distanciamiento que se convertía en humanismo. No era un asesino, tener un muerto no significaba nada. Todos aquellos teóricos coincidían en la variedad de matices, causas y efectos contenidos en el crimen. Sacó las fotos de la mujer. Gracias a ella, podía ser clasificado como “asesino ocasional” o “transitorio”, y, también, como un triunfador, pues la peculiar femineidad de su cuerpo propició la apertura de su carrera. Luego de la escapada al Norte, se presentó como fotógrafo en una revista “caliente”. Al director, hombre con olfato, le encantó la Almendrita desnuda.

—Puede conseguir más de estas —dijo.

Él asintió sabiendo que sería imposible, la modelo original estaba a miles de kilómetros, e inmediatamente se dio a la tarea de buscar una doble. Pero no resultó fácil timar al viejo.

—Me toma por bobo, esta no es la misma chica... De todas formas me gusta su manera de armar las posiciones y atrapar la luz.

Así consiguió puesto fijo en Todas las que te aman: revista para hombres. Reclutaba putas y, por unos dólares, las hacía encuerarse. La promoción a una revista importante como Actualidad llegó por azar, como casi todo en su existencia. Cuando llegó a la cita con la ramera de turno, la encontró muerta, 17 puñaladas descuartizaron el cuerpo. Tomó fotos desde diversos ángulos, acentuando lo sucio, manipulando la expresión de la cara y el dolor. El suceso sería el inicio de una ola de asesinatos a mujeres de la calle. Él tenía la primicia y la presentó en Actualidad. A partir de entonces quedó como reportero gráfico de un magazine con tirada de 50 mil ejemplares. Al parecer, en su caso, las cosas buenas necesitaban de la desgracia como único modo de concretarse y alimentar la fortuna.

Un relámpago provocó un trueno gigante. Acto seguido el cielo pareció desplomarse y una lluvia gruesa, cargada de granitos de hielo, impactó con furia el techo y las paredes del tren.

5

Enormes, distantes, cayeron los primeros goterones. Desde el banco, asombrado por el adelanto de las lluvias primaverales, el viejo los vio remover el polvo añejo, mezclarse en una nata rojiza. El viento norte arrastró grandes ráfagas de brisa fría. Detuvo el juego de cartas. Se abotonó la camisa a la altura del gaznate y desenroscó las mangas hasta las muñecas. El taquillero, a duras penas, contenía el sueño, la cabeza se le doblaba involuntaria a cualquier costado. Miró el reloj. Faltaba poco. Jamás pudo evitar que la lluvia rearmara en su memoria las mismas escenas, fragmentos intactos, vívidos, que cumplirían 35 años y era como si acabaran de suceder. Se escuchaba agonizar en lo oscuro, a las puertas del infierno. Las penetraciones del mar sacaron el cuerpo del fondo de los pilotes y alguien lo encontró, casi desangrado. Duró años la recuperación. El lado izquierdo quedó inutilizado. Una de las puñaladas se alojó en la columna vertebral y le afectó la movilidad. No obstante, sacó fuerzas. No podía explicarlo, pero confiaba en que volvería a verlo, cara a cara, el tiempo suficiente.   

El primer silbatazo lo sobresaltó. El tren asomó la nariz a través de los pinos. Se quedó muy quieto, mirando la vía. A continuación, distribuyó cartas para dos jugadores. Respiró desganado y cerró los ojos.

6

El juego no rebasaría la media noche. Pasadas las doce, la Almendra no tendría dueño, ni ellos derecho a reclamar. Víctor tomó ventaja de dos “manos”, y el aguardiente provocó en el contrincante el inicio del lamento.

—No es justo que dos amigos jodan un pacto, una amistad, por una mujer. 

—Juega y no hables tanto. Pronto será la hora. No te cogeré lástima.

—¡No quiero tu lástima, coño! —gritó y le lanzó las fotos, dio una patada en la silla y se levantó. Víctor se quedó plantado, como esperando, en guardia—. Vamos, quiero mi última noche.

Iban uno detrás del otro, rumbo al prostíbulo. El escaso alumbrado los convertía en sombras andantes. Víctor se detuvo de repente.

—No vale la pena —murmuró como si hablara consigo mismo.

El perdedor retrocedió y se dio la vuelta. Los ojos le brillaban. Miró la noche despoblada de estrellas y escupió.

—¿Qué dijiste?

—No vale la pena dar oportunidades a un perdedor. Además, la Almendra nunca se ha sentido a gusto contigo.

—Eso es mentira.

—Es verdad, me lo confesó una noche. Te tiene asco, dice que apestas a ron barato y por las mañanas tu boca huele a mierda.

—Tendrá que decírmelo de frente, esta noche.

—No habrá “esta noche”.

—Tenemos un trato.

—Los tratos con borrachos no valen.

—Ya, ya comprendo, hace tiempo que quieres apartarme, lo planeaste. Me invitabas a beber porque sabías que no podía parar.

—Voy a ahorrar para casarme, y nos iremos a vivir juntos.

—Quiero mi última noche.

—No tendrás nada.

Enfrentados a pocos metros, iracundos, semejantes a dos cowboys del oeste en pleno duelo, giraron en círculo, entre saltos y paradas cortas. Víctor empuñó su cuchillo de pesquería, simulacro de los antiguos puñales de los bucaneros y piratas. Intentó varias embestidas falsas, dislocadas. La más cercana fue a dar a la chaqueta de su rival, quien, a pesar del ron, mantenía los reflejos, y ante un ataque  se balanceó a un lado, trabó el cuchillo debajo del brazo y le arrancó el arma.

—Tendré mi última noche, traidor —le susurró al oído antes de acuchillarlo tres veces en el centro de la espalda.

Escuchó el grito seco. Lo dejó caer. Vio la sangre brotar, el cuerpo agonizante. Se agachó y tomó el dinero y las fotos. Sin perder tiempo, lo arrastró hacia una casona cercana, bajo los pilotes de madera que la resguardaban de las inundaciones. El viento arreció y trajo un aguacero cerrado. Pudo escuchar el sonido del mar revuelto, la caída de las olas.  

El agua borró la sangre. Llegó chorreando. La Almendra lo recibió sonriente, con un beso fogoso. No le permitió hablar. Ya en el cuarto, desnudos, la miró muy fijo, como si le estuviera tomando una foto.

—¿Me tienes asco? ¿Es cierto que apesto y mi boca huele a mierda en las mañanas?

—¿Por qué dices eso?

—Responde.

—Nunca me importó cómo huelen los hombres, además, me molestan los que, de tanto perfume, pierden el olor a machos.

—¿Te vas a juntar con Víctor?

—¿Estás loco? ¿A qué vienen tantas preguntas? Soy puta porque me gusta, lo sería aunque no cobrara un centavo, me gusta cambiar de hombres como de blúmer, no podría amarrarme con nadie, es demasiado aburrido.

Se besaron con violencia. Cerca del amanecer, la invitó a escapar juntos, sin explicar por qué. Se marcharían a Norteamérica. Allá ella podría conocer hombres importantes. No quería casamiento, solo tenerla cerca. No le exigiría más que alguna noche completa.

—¿Habrá mar? —preguntó la Almendra.

—No lo sé, pero sí grandes cines y tiendas.

—No puedo vivir lejos de este mar, me encanta bañarme desnuda en las noches de verano —fue su respuesta.

7

Las ráfagas de viento trajeron el olor a salitre junto con una fragancia de almendras maduras. Estaban haciendo entrada a Punta de los Ciegos. Desconcertaba el aroma, el astillero destartalado, ferroso, las barracas ubicadas alrededor de la vía, la estación desolada. El local lucía idéntico, mucho más deslucido claro, con el mismo color rojizo de la tierra. Divisó a un hombre en el banco de espera, parecía dormido, medio encorvado, una imagen de mucha fuerza dramática. Intentó activar la cámara, lograr la foto. Desistió. Bajaron pocos pasajeros esquivando el torrencial, y la mayoría sacó pasaje de vuelta para el día siguiente. Descendió incómodo, mezcla de zozobra y complicidad. El taquillero le indicó un lugar donde dormir y se despidió del hombre del banco.

—Es tarde, Víctor, si quiere lo acompaño y así guiamos al señor.

—El señor se queda un rato más, yo me encargo.

El taquillero no insistió. El visitante observaba al desconocido, hasta que los detalles físicos del hombre paralizaron sus músculos. Sintió las piernas contraídas y deformó la expresión:

—Siempre tuve esperanzas —balbuceó

—Será mejor que te sientes.

—Tal vez no lo entiendas, pero me alegra.

—Aunque hace 35 años que soy un fantasma, no estoy muerto aún. He venido todos los días, y hasta hoy, siempre terminé jugando solo... Habrá partida esta noche.

—¿De qué estás hablando?

—De jugar una partida.

—No vine precisamente a jugar cartas —respondió el viajero y le tocó un hombro como disculpándose.

—No queda otra salida. Me hubiera gustado pelear a cuchillo... Ahora solo me queda esta mano —dijo el viejo apartando el brazo ajeno, y acto seguido dejó caer el revólver en la mesa.

—¿Por qué?, después de tanto tiempo.

—Porque nada anda bien desde entonces, como si se hubiese violentado el destino y uno de los dos sobrara.  No hemos dejado de pensarnos ni un solo  minuto, lo sabes. ¿Traes las fotos?

Lo sorprendió la pregunta. Dudoso, colocó las fotografías de la Almendra junto al arma. A pesar del aire y la lluvia, sudaba, y no podía pensar coherentemente. El viejo separó los retratos y los acarició con delicadeza. Los ojos se le achicaron y contuvo el gesto.

—Cuando el mar se molesta, desprende su perfume, como si reposara intacta en el fondo —murmuró como si recitara una poesía.

—¿Qué fue de ella?

—Se la llevaron las olas. Apareció ahogada, junto con un hombre, en cueros, por la sonrisa de la cara parecía feliz.

El viejo recogió las cartas y, con la mano derecha, comenzó a barajar a gran velocidad. Luego repartió, sin dejar de mirarlo.

—El que gane se lo lleva todo: el revólver, los recuerdos, la Almendra, la vida, el rencor... —anunció y desplegó el abanico de fichas entre los dedos.

El recién llegado lo siguió. Ahora temblaba, y no supo si era frío o miedo. Tomó sus cartas y las sostuvo breves segundos. Luego las tiró. Quiso encender un cigarro. No pudo, las cerillas estaban húmedas.

—Lo siento, no fumo —dijo el viejo juntando las arrugas de su cara, con la mirada puesta en las fotos, o en la pistola.
 

Cuento incluido en el libro Háblame de Estambul, publicado por Letras Cubanas y que se presentó en la sala Alejo Carpentier como parte de las actividades de la 20a. Feria Internacional del Libro.


* Obdulio Fenelo Noda: (Florida, Camagüey, 1971). Licenciado en Letras por la Universidad de Oriente. Ha recibido premios en los Concursos de Cuentos Rolando Escardó y Rómulo Loredo convocados por la UNEAC de Camagüey, 2002; premio en el Concurso Nacional Vértice, de Cuentos cortos, Bayamo, 2001; premio del Concurso Nacional de Cuentos Eróticos, Camagüey, 2003. Premio de Narrativa Joven Reina del Mar, Cienfuegos, 2004. Premio de Cuento de la revista Cauce, Pinar del Río, 2004. Premio Beca de creación de La Gaceta de Cuba en el género Cuento, 2004. Premio en el Concurso de Cuentos Mangle Rojo, Isla de la Juventud, 2006. Ha publicado trabajos de crítica literaria en las revistas La Letra del Escriba y La Gaceta de Cuba.

 
 
 
 
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