Cuando el tren estaba a
punto de asomar entre
los pinos, el viejo
acudía a la estación,
rengueando de una
pierna, se sentaba en el
banco con el juego de
cartas en las manos y la
mirada en los rieles.
Los años que acompañaban
la escena la tornaron
trivial. Ya nadie
advertía la secuencia,
de muchas maneras era
parte del entorno, y la
gente dejó de averiguar
los motivos. Punta de
los Ciegos ya nada
ofrecía, a no ser la
angustia de la espera,
la añoranza, la rutina.
Si en su época de
esplendor el puerto y
las casas de putas
creaban el culto a la
noche, a la diversión y
la lujuria, ahora
entristecía bajo un
cementerio de
nostalgias.
Las veces que se
preguntó el sentido de
sus pasos camino a la
estación cada noche (a
conformar ilusiones y
recibir el pitazo final
en el rostro como un
simulacro sonoro del
naufragio), se ocultó a
sí mismo una repuesta
inmediata, para luego
vestirse y retomar el
camino, y entonces
alentarse: “La fe,
aunque no sé de dónde
nace, algo me dice que
debo estar allí. De un
momento a otro puede
aparecer, acaso, cuando
menos lo espere, y quizá
me sorprenda cansado y
solo alcancen las
fuerzas para escupirle
la cara”.
Cierto, estaba enfermo,
un poco enjuto, pero le
sobraban energías y
odio. Y si la mano
izquierda no iba bien,
como nada alojado en esa
mitad del cuerpo, con la
derecha podría sacar un
tiburón del agua.
Caminaba a paso lento.
El polvo le corroía la
cara y el buen humor:
“Pueblo de mierda, solo
polvo y malos
recuerdos”. El tren aún
no se anunciaba.
—Hoy es para largo, tres
horas de atraso, y habrá
lluvia —confirmó el
taquillero.
Consultó el reloj. El
ritual terminaría tarde,
a lo mejor pasadas las
once. Sacó las cartas y
comenzó a dividirlas en
nobles y plebeyos.
2
Se debatía entre leer o
contemplar el paisaje.
Tanto tiempo alejado de
los lugares unidos a su
infancia e irlos
reconociendo y
rechazando a la vez, lo
desconcertaba. La
lectura del manual
criminológico desprendía
su dosis de masoquismo,
de temor y curiosidad.
Lo hubiera preferido
aburrido y así poder
dedicarse a las imágenes
de la ventanilla. Planeó
el viaje con el ánimo de
encontrar sosiego, de
reabrir un fragmento de
su vida inicial sin
saber si serviría de
algo. ¿Por qué volver
tras un crimen que ni
siquiera pudo comprobar?
La duda lo arrastraba,
la dualidad
inocente-culpable.
¿Había quedado vivo o
muerto? ¿Y la
Almendra...? ¿Viviría?
Treinticinco años de
ausencia en instantes le
parecieron menos. Sería
casi imposible no
sentirse extranjero,
aborrecer, acongojarse.
La ferromoza anunció la
próxima estación. En dos
horas y media arribarían
a Punta de los Ciegos.
Mientras avanzaban,
todos los nombres le
resonaron exóticos, como
títulos extravagantes
que disparaban la
imaginación e iban
creando una geografía
singular. Se acostumbró
a evocar su antiguo mar
con cierta indiferencia
o susto. Por suerte,
pronto se adaptó al
nuevo país. Terminó
fotógrafo, como había
profetizado un marinero.
El misterio del arte de
las instantáneas le
devolvió la confianza en
el futuro, las ganas de
seguir adelante. Ahora
lamentaba el descargue
de la batería de la
cámara, los cuadros
naturales perdidos. Nada
quedaría de su último
viaje. Seguramente, en
términos cabalísticos,
tendría algún
significado. Se pensó
como esos personajes que
se cuelan en las fotos
de familias y grupos,
que están dentro, pero
se nota su
inautenticidad, su falsa
pertenencia al conjunto
original. ¿A qué lugar
pertenecía? Le importaba
poco. La fotografía
emergió del centro del
caos como solitaria
defensa contra los
vaivenes del mundo.
La brisa primaveral
aliviaba el castigo del
sol sobre el
compartimento de hierro,
de otra forma el
trayecto sería
insoportable. Mantuvo la
mirada a lo largo del
pasillo. El tren se
detuvo de forma abrupta.
Los pasajeros comenzaron
a presagiar las más
nefastas noticias. La
ferromoza irrumpió muy
musical, anunció la
rotura de la locomotora
y tres horas como mínimo
de retraso. Le chocaron
los modales rústicos de
la empleada. Nada de
“señores y señoras”, ni
disculpas ni garantías.
Lo único bueno en medio
de la desgracia era
poder terminar el libro,
después se entregaría a
disfrutar de la
naturaleza.
Tres horas exactas
demoró el arreglo. Se
escucharon los sonidos
que anunciaban la
reanudación de la
marcha. Concluyó el
tratado. Lo sedujo la
idea de conocer las
interioridades de los
asesinos, su psiquis, el
modus operandi.
¿Había sido realmente
parte de ellos? “Siempre
hay una primera vez: un
primer beso, un primer
amor, un primer fracaso,
una primera muerte...”,
pensó. Se consideraban
decisivos factores como
el lugar de nacimiento,
la crianza y hasta el
fenotipo. Cuántas
teorías y conceptos para
intentar definir y
entender el hecho
criminal. Buscó la
libreta de notas y
escribió varios apuntes:
El hombre delincuente
constituye una variedad
de la especie humana,
junto al hombre normal,
el hombre alienado y el
hombre genio... Los
delincuentes se dividen
en locos, natos,
epilépticos, habituales,
ocasionales,
criminaloides y
seudocriminales, estos
últimos son los más
interesantes de todos. (Lombroso).
3
Estuvo demorando la
llegada al bar. Víctor
estaría adentro,
dispuesto a desplumarlo.
No debió aceptar la
apuesta, el otro le
llevaba ventaja con las
cartas, pero no tenía
alternativas. Era su
noche de Almendra y
necesitaba dinero para
pagarla. La habían
descubierto en los tres
primeros pagos del
puerto. Se fueron al
putero y probaron, una a
una, a todas las
mujeres. Pretendían
elegir la mejor, a la
que tendrían la noche
entera en los próximos
cobros. Sin ponerse de
acuerdo, los sedujo una
putica de senos cortos y
culito de pato, no la
más buena ni linda, sino
la más cariñosa, la
única que olía a
almendras maduras.
Después de sacar
cuentas, los gastos de
ron y comida, llegaron a
la conclusión de que
solo podían tenerla dos
noches enteras cada uno,
y decidieron jugarse a
ratos las visitas y así
alargar el placer. Hoy
era su segunda noche,
después de semanas de
ininterrumpida
asistencia, y no podría
pagar. El ron, de nuevo,
le daba una estocada
financiera. Las veces
anteriores recaló en
usureros o la casa de
empeños, pero sus
promesas ya no lograba
convencer ni al propio
Víctor. Le gustaba tanto
la Almendra, el olor de
la piel, la delicadeza
en la manera de
entregarse, que no solo
hubiera vendido la
cámara fotográfica
comprada a un marinero
yanqui, especie de
reliquia antes del
descubrimiento sexual
(con la que le tomó
varías fotos a la
Almendrita desnuda,
risueña), sería capaz de
vender una parte de sí,
un brazo o una pierna,
por no ceder su turno.
Víctor le propuso la
salida, radical, cierto,
oportunista, aunque
salida al fin y al cabo:
“Jugaremos una partida.
Si ganas, te pago tu
noche. Si pierdes,
termina la sociedad, me
entregas las fotos y me
quedo como único dueño
de la Almendra”. Conocía
sus debilidades con el
ron, su mal manejo del
dinero.
Se paró frente al bar.
Dudó en cruzar la
puerta. Finalmente,
apretando los puños,
pudo adentrarse. Llegó
hasta la mesa donde
Víctor esperaba
manoseando los naipes,
con una botella de
aguardiente.
—Juego bajo una
condición. Si pierdo,
quiero mi última noche,
de todas formas tú la
tendrás para siempre.
Víctor barajó las
cartas. Abrió la botella
y sirvió en los vasos.
Dejó quietas las fichas
sobre la madera y
brindó.
—Estamos jugando —dijo.
4
Los autoobstáculos a la
expansión sexual
engendran un sentimiento
inconsciente de
culpabilidad, que
desencadena la necesidad
de autopunición y da
lugar a crímenes sin
causa o cuya causa
desconocemos.
(Ruiz-Funes).
Lombroso le pareció un
romántico, sin embargo,
en Ruiz-Funes advirtió
cierto distanciamiento
que se convertía en
humanismo. No era un
asesino, tener un muerto
no significaba nada.
Todos aquellos teóricos
coincidían en la
variedad de matices,
causas y efectos
contenidos en el crimen.
Sacó las fotos de la
mujer. Gracias a ella,
podía ser clasificado
como “asesino ocasional”
o “transitorio”, y,
también, como un
triunfador, pues la
peculiar femineidad de
su cuerpo propició la
apertura de su carrera.
Luego de la escapada al
Norte, se presentó como
fotógrafo en una revista
“caliente”. Al director,
hombre con olfato, le
encantó la Almendrita
desnuda.
—Puede conseguir más de
estas —dijo.
Él asintió sabiendo que
sería imposible, la
modelo original estaba a
miles de kilómetros, e
inmediatamente se dio a
la tarea de buscar una
doble. Pero no resultó
fácil timar al viejo.
—Me toma por bobo, esta
no es la misma chica...
De todas formas me gusta
su manera de armar las
posiciones y atrapar la
luz.
Así consiguió puesto
fijo en Todas las que
te aman: revista para
hombres. Reclutaba
putas y, por unos
dólares, las hacía
encuerarse. La promoción
a una revista importante
como Actualidad
llegó por azar, como
casi todo en su
existencia. Cuando llegó
a la cita con la ramera
de turno, la encontró
muerta, 17 puñaladas
descuartizaron el
cuerpo. Tomó fotos desde
diversos ángulos,
acentuando lo sucio,
manipulando la expresión
de la cara y el dolor.
El suceso sería el
inicio de una ola de
asesinatos a mujeres de
la calle. Él tenía la
primicia y la presentó
en Actualidad. A
partir de entonces quedó
como reportero gráfico
de un magazine con
tirada de 50 mil
ejemplares. Al parecer,
en su caso, las cosas
buenas necesitaban de la
desgracia como único
modo de concretarse y
alimentar la fortuna.
Un relámpago provocó un
trueno gigante. Acto
seguido el cielo pareció
desplomarse y una lluvia
gruesa, cargada de
granitos de hielo,
impactó con furia el
techo y las paredes del
tren.
5
Enormes, distantes,
cayeron los primeros
goterones. Desde el
banco, asombrado por el
adelanto de las lluvias
primaverales, el viejo
los vio remover el polvo
añejo, mezclarse en una
nata rojiza. El viento
norte arrastró grandes
ráfagas de brisa fría.
Detuvo el juego de
cartas. Se abotonó la
camisa a la altura del
gaznate y desenroscó las
mangas hasta las
muñecas. El taquillero,
a duras penas, contenía
el sueño, la cabeza se
le doblaba involuntaria
a cualquier costado.
Miró el reloj. Faltaba
poco. Jamás pudo evitar
que la lluvia rearmara
en su memoria las mismas
escenas, fragmentos
intactos, vívidos, que
cumplirían 35 años y era
como si acabaran de
suceder. Se escuchaba
agonizar en lo oscuro, a
las puertas del
infierno. Las
penetraciones del mar
sacaron el cuerpo del
fondo de los pilotes y
alguien lo encontró,
casi desangrado. Duró
años la recuperación. El
lado izquierdo quedó
inutilizado. Una de las
puñaladas se alojó en la
columna vertebral y le
afectó la movilidad. No
obstante, sacó fuerzas.
No podía explicarlo,
pero confiaba en que
volvería a verlo, cara a
cara, el tiempo
suficiente.
El primer silbatazo lo
sobresaltó. El tren
asomó la nariz a través
de los pinos. Se quedó
muy quieto, mirando la
vía. A continuación,
distribuyó cartas para
dos jugadores. Respiró
desganado y cerró los
ojos.
6
El juego no rebasaría la
media noche. Pasadas las
doce, la Almendra no
tendría dueño, ni ellos
derecho a reclamar.
Víctor tomó ventaja de
dos “manos”, y el
aguardiente provocó
en el contrincante el
inicio del lamento.
—No es justo que dos
amigos jodan un pacto,
una amistad, por una
mujer.
—Juega y no hables
tanto. Pronto será la
hora. No te cogeré
lástima.
—¡No quiero tu lástima,
coño! —gritó y le lanzó
las fotos, dio una
patada en la silla y se
levantó. Víctor se quedó
plantado, como
esperando, en guardia—.
Vamos, quiero mi última
noche.
Iban uno detrás del
otro, rumbo al
prostíbulo. El escaso
alumbrado los convertía
en sombras andantes.
Víctor se detuvo de
repente.
—No vale la pena
—murmuró como si hablara
consigo mismo.
El perdedor retrocedió y
se dio la vuelta. Los
ojos le brillaban. Miró
la noche despoblada de
estrellas y escupió.
—¿Qué dijiste?
—No vale la pena dar
oportunidades a un
perdedor. Además, la
Almendra nunca se ha
sentido a gusto contigo.
—Eso es mentira.
—Es verdad, me lo
confesó una noche. Te
tiene asco, dice que
apestas a ron barato y
por las mañanas tu boca
huele a mierda.
—Tendrá que decírmelo de
frente, esta noche.
—No habrá “esta noche”.
—Tenemos un trato.
—Los tratos con
borrachos no valen.
—Ya, ya comprendo, hace
tiempo que quieres
apartarme, lo planeaste.
Me invitabas a beber
porque sabías que no
podía parar.
—Voy a ahorrar para
casarme, y nos iremos a
vivir juntos.
—Quiero mi última noche.
—No tendrás nada.
Enfrentados a pocos
metros, iracundos,
semejantes a dos cowboys
del oeste en pleno
duelo, giraron en
círculo, entre saltos y
paradas cortas. Víctor
empuñó su cuchillo de
pesquería, simulacro de
los antiguos puñales de
los bucaneros y piratas.
Intentó varias
embestidas falsas,
dislocadas. La más
cercana fue a dar a la
chaqueta de su rival,
quien, a pesar del ron,
mantenía los reflejos, y
ante un ataque se
balanceó a un lado,
trabó el cuchillo debajo
del brazo y le arrancó
el arma.
—Tendré mi última noche,
traidor —le susurró al
oído antes de
acuchillarlo tres veces
en el centro de la
espalda.
Escuchó el grito seco.
Lo dejó caer. Vio la
sangre brotar, el cuerpo
agonizante. Se agachó y
tomó el dinero y las
fotos. Sin perder
tiempo, lo arrastró
hacia una casona
cercana, bajo los
pilotes de madera que la
resguardaban de las
inundaciones. El viento
arreció y trajo un
aguacero cerrado. Pudo
escuchar el sonido del
mar revuelto, la caída
de las olas.
El agua borró la sangre.
Llegó chorreando. La
Almendra lo recibió
sonriente, con un beso
fogoso. No le permitió
hablar. Ya en el cuarto,
desnudos, la miró muy
fijo, como si le
estuviera tomando una
foto.
—¿Me tienes asco? ¿Es
cierto que apesto y mi
boca huele a mierda en
las mañanas?
—¿Por qué dices eso?
—Responde.
—Nunca me importó cómo
huelen los hombres,
además, me molestan los
que, de tanto perfume,
pierden el olor a
machos.
—¿Te vas a juntar con
Víctor?
—¿Estás loco? ¿A qué
vienen tantas preguntas?
Soy puta porque me
gusta, lo sería aunque
no cobrara un centavo,
me gusta cambiar de
hombres como de blúmer,
no podría amarrarme con
nadie, es demasiado
aburrido.
Se besaron con
violencia. Cerca del
amanecer, la invitó a
escapar juntos, sin
explicar por qué. Se
marcharían a
Norteamérica. Allá ella
podría conocer hombres
importantes. No quería
casamiento, solo tenerla
cerca. No le exigiría
más que alguna noche
completa.
—¿Habrá mar? —preguntó
la Almendra.
—No lo sé, pero sí
grandes cines y tiendas.
—No puedo vivir lejos de
este mar, me encanta
bañarme desnuda en las
noches de verano —fue su
respuesta.
7
Las ráfagas de viento
trajeron el olor a
salitre junto con una
fragancia de almendras
maduras. Estaban
haciendo entrada a Punta
de los Ciegos.
Desconcertaba el aroma,
el astillero
destartalado, ferroso,
las barracas ubicadas
alrededor de la vía, la
estación desolada. El
local lucía idéntico,
mucho más deslucido
claro, con el mismo
color rojizo de la
tierra. Divisó a un
hombre en el banco de
espera, parecía dormido,
medio encorvado, una
imagen de mucha fuerza
dramática. Intentó
activar la cámara,
lograr la foto.
Desistió. Bajaron pocos
pasajeros esquivando el
torrencial, y la mayoría
sacó pasaje de vuelta
para el día siguiente.
Descendió incómodo,
mezcla de zozobra y
complicidad. El
taquillero le indicó un
lugar donde dormir y se
despidió del hombre del
banco.
—Es tarde, Víctor, si
quiere lo acompaño y así
guiamos al señor.
—El señor se queda un
rato más, yo me encargo.
El taquillero no
insistió. El visitante
observaba al
desconocido, hasta que
los detalles físicos del
hombre paralizaron sus
músculos. Sintió las
piernas contraídas y
deformó la expresión:
—Siempre tuve esperanzas
—balbuceó
—Será mejor que te
sientes.
—Tal vez no lo
entiendas, pero me
alegra.
—Aunque hace 35 años que
soy un fantasma, no
estoy muerto aún. He
venido todos los días, y
hasta hoy, siempre
terminé jugando solo...
Habrá partida esta
noche.
—¿De qué estás hablando?
—De jugar una partida.
—No vine precisamente a
jugar cartas —respondió
el viajero y le tocó un
hombro como
disculpándose.
—No queda otra salida.
Me hubiera gustado
pelear a cuchillo...
Ahora solo me queda esta
mano —dijo el viejo
apartando el brazo
ajeno, y acto seguido
dejó caer el revólver en
la mesa.
—¿Por qué?, después de
tanto tiempo.
—Porque nada anda bien
desde entonces, como si
se hubiese violentado el
destino y uno de los dos
sobrara. No hemos
dejado de pensarnos ni
un solo minuto, lo
sabes. ¿Traes las fotos?
Lo sorprendió la
pregunta. Dudoso, colocó
las fotografías de la
Almendra junto al arma.
A pesar del aire y la
lluvia, sudaba, y no
podía pensar
coherentemente. El viejo
separó los retratos y
los acarició con
delicadeza. Los ojos se
le achicaron y contuvo
el gesto.
—Cuando el mar se
molesta, desprende su
perfume, como si
reposara intacta en el
fondo —murmuró como si
recitara una poesía.
—¿Qué fue de ella?
—Se la llevaron las
olas. Apareció ahogada,
junto con un hombre, en
cueros, por la sonrisa
de la cara parecía
feliz.
El viejo recogió las
cartas y, con la mano
derecha, comenzó a
barajar a gran
velocidad. Luego
repartió, sin dejar de
mirarlo.
—El que gane se lo lleva
todo: el revólver, los
recuerdos, la Almendra,
la vida, el rencor...
—anunció y desplegó el
abanico de fichas entre
los dedos.
El recién llegado lo
siguió. Ahora temblaba,
y no supo si era frío o
miedo. Tomó sus cartas y
las sostuvo breves
segundos. Luego las
tiró. Quiso encender un
cigarro. No pudo, las
cerillas estaban
húmedas.
—Lo siento, no fumo
—dijo el viejo juntando
las arrugas de su cara,
con la mirada puesta en
las fotos, o en la
pistola.
Cuento incluido
en el libro Háblame
de Estambul,
publicado por Letras
Cubanas y que se
presentó en la sala
Alejo Carpentier como
parte de las actividades
de la 20a. Feria
Internacional del Libro.
*
Obdulio Fenelo Noda:
(Florida, Camagüey,
1971). Licenciado en
Letras por la
Universidad de Oriente.
Ha recibido premios en
los Concursos de Cuentos
Rolando Escardó y Rómulo
Loredo convocados por la
UNEAC de Camagüey, 2002;
premio en el Concurso
Nacional Vértice,
de Cuentos cortos,
Bayamo, 2001; premio del
Concurso Nacional de
Cuentos Eróticos,
Camagüey, 2003. Premio
de Narrativa Joven Reina
del Mar, Cienfuegos,
2004. Premio de
Cuento de la revista
Cauce, Pinar del
Río, 2004. Premio Beca
de creación de
La Gaceta de Cuba en
el género Cuento, 2004.
Premio en el Concurso de
Cuentos Mangle Rojo,
Isla de la Juventud,
2006. Ha publicado
trabajos de crítica
literaria en las
revistas La Letra del
Escriba y La
Gaceta de Cuba. |