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Fue en 2004 cuando los
cubanos vimos cabalgar
por La Rampa a un
rinoceronte.
Compartiendo la escena
con camellos metálicos y
transeúntes
desordenados, el
“cuernudo” parecía huir
de la fauna humana. Lo
vimos todos, por
televisión, cuando los
organizadores del
VI Salón de Arte Digital
mostraron el
spot
promocional del evento.
Esta secuencia
metafórica era, al mismo
tiempo, un testimonio
más de
lo-posible-virtual
que se aloja en nuestras
retinas y cerebros para
domesticar nuestra
capacidad de asombro. En
1938, miles de personas,
presas del pánico, no
pudieron defenderse de
una
imagen
sonora que
representaba
una amenazante incursión
extraterrestre. Ni
siquiera Orson Welles,
conocedor del poder de
los
media,
pudo figurarse el
impacto que, en la
sociedad de las grandes
ciudades del este
“americano”, tendría su
performática versión
radial de
La guerra de los mundos.
Tantos años después, el
environment
mediático en que nos
desenvolvemos, nos ha
entrenado con eficacia
hasta extirpar
convenientemente
cualquier atisbo de
estupefacción. (Tampoco
nos impresiona un
rinoceronte en la selva
africana).
De tanto exponernos a
las
new technologies,
de tanto discurso que
ficcionaliza la realidad
y lo contrario, y de
tanta poda al potencial
crítico de las
generaciones, los
relatos sobre el mundo
en que “resistimos” son
fundamentalmente
predecibles (aunque no
controlables) para la
mayor parte de las
personas que lo
habitamos.
Buey Arriba /
Way Up
Y he aquí que el
rinoceronte no solo
“estaba ahí” para
quienes “rampeamos”;
para quienes hemos
recibido entre los
dones, este,
inestimable, de nacer,
vivir y explicarnos la
existencia desde esta
capital que, como todas
y en su escala, discursa
sobre el futuro.
En las laderas de la
Sierra Maestra, allá en
Santo Domingo, en Buey
Arriba, en Granma, donde
la escasez material se
mantiene fiel a sus
difuntos y donde hasta
el mar puede ser un lujo
inaccesible para muchos,
también pudo verse este
enorme animal
recorriendo la avenida
más cosmopolita, abierta
y joven de nuestra
topografía humana
(cubana).
Las huellas mentales de
la
virtual reality
no se derivan
exclusivamente de la
interacción directa con
las tecnologías que de
primera mano la (re)producen.
La presencia de una
enorme variedad de
formas de dispersión del
sensus
virtual es el signo de
nuestra época. No es el
artefacto, sino el
sentido; la
significación de la
máquina, tal como nos
enseñara el sabio y
centenario McLuhan.
La virtualidad digital
conquista en este siglo
XXI la “conciencia
posible” (Lucien Goldman)
no solo en el aspecto
restrictivo de “hasta
dónde” podemos formarnos
un determinado juicio,
sino en otro sentido:
cuando un
input
informativo puede
imponer un margen
distinto, una nueva cota
de “posibilidad”. Más
allá de la “frontera
entre el ser y la nada”,
consigue ser “una
frontera entre el ser y
el más ser”.
Así, nuestro andarín
rinoceronte es solo otro
guiño para ese “lector”
de la realidad que puede
representarse el mundo
desde cualquier latitud
ideacional, pero
sabiendo que, en
cualquier esquina, corre
uno el riesgo de ser
corneado.
Desconectados, uníos
Las estadísticas
mundiales muestran que
unos dos mil millones de
personas se conectan a
Internet. El resto
—descontando con
vergüenza y dolor a
quienes mueren por
inanición o viven por
debajo del mínimo
humano— probablemente
sabe, de alguna forma,
que otros
sí
están conectados.
Comparten la noción de
la red, conocen que es
algo poderoso y quizá
mágico.
Incluso los
“desconectados” pueden
apreciar la paradójica
contracción/ampliación
del tiempo y el espacio;
han adquirido una
dimensión global de la
existencia que no puede
ser ya pautada o
escamoteada fácilmente
—¡no como antes!— por
cualquiera de las
fronteras:
territoriales, de clase
o grupo, género,
religión o nacionalidad;
aprehenden la
portabilidad de la
información, la
miniaturización de los
dispositivos de
almacenamiento y la
reproductibilidad
infinita de la
información, como rasgos
típicos y hasta
“naturales” de
“lo-que-existe”.
Las noticias de
televisión que citan
como fuente a Internet,
la radio que programa
música en
tracks,
las personas que cargan
su Ipod pegado a las
orejas, los políticos
que convidan a mítines
por SMS, los amigos
emigrantes que curan su
nostalgia por
e-mail,
las miles de fotos
instantáneas que el
vecino le hizo a su hija
que nació… Todos son
“mensajes” ubicuos,
cotidianos, con los que
topamos, aun desde la
“desconexión”, sin poder
evadir un estilo de
época marcado por los
bits.
No es extraño, por eso
mismo, que las
definiciones sobre la
brecha digital abarquen,
cada vez más, los
aspectos cualitativos y
no solo el perfil
numérico de la
desigualdad
informacional; entre
otros motivos porque la
“desconexión” no es un
estatus —más o menos
transitorio—: es una
cultura compartida por
quienes recibimos y
aprovechamos solo
pequeñas porciones de la
gran capacidad de
producción y
distribución
informacional en el
mundo de hoy, en la
sociedad red, al decir
de Manuel Castells.
La cifra de penetración
de Internet en Cuba,
según la Internet World
Stats (IWS), es de solo
14 por ciento,
considerando una
población total
aproximada de 11,5
millones de personas y
de 1,6 millones de
“conectados”; una de las
más bajas proporción es
en América Latina. Buena
parte de estos usuarios
se conectan a una
especie criolla de
Intranet con accesos
limitados y a baja
velocidad.
Un reciente estudio de
la Oficina Nacional de
Estadísticas de Cuba
informaba, además, que
solo el 5,8 por ciento
de los cubanos usó el
correo electrónico en
2009.
Mediante una encuesta
nacional, se supo que
apenas el 31,4 por
ciento de la población
cubana tuvo acceso a una
computadora en el mismo
lapso —de los 700 mil
que se reportan en el
país, para una tasa de
62 computadoras por cada
mil habitantes. En la
mayoría de los casos —el
85 por ciento—, los
usuarios de estos
servicios de red
“entraron” desde
computadoras instaladas
en centros de estudio o
trabajo. Los datos
relativos a 2010 —que
recién terminó— deben
ser semejantes.
La condición de
“desconectados” obliga a
estrategias inexcusables
para conseguir el acople
necesario con los
cambios potenciados por
la revolución
tecnológica digital que
tiene ya varias décadas
en curso.
Algunas de esas
estrategias se enfocan
en un “uso con sentido”
de las tecnologías; no
desde la opulencia, sino
desde la escasez; no
desde la abulia por lo
digital, sino a partir
de unos imaginarios
sociales impregnados de
bits,
de maneras curiosas e
inextricables.
1961-2011: otra campaña
Cuando en 1961 el pueblo
cubano decidió
conquistar para sí su
derecho al futuro
mediante la diseminación
de las “letras” a través
de una campaña masiva de
alfabetización, estaba,
al mismo tiempo,
ofreciendo el “arma”
liberadora de la lecto-escritura
y resolviendo una gran
deuda social con el
ciclo tecnocultural
gutemberiano.
En ese proceso, la
mayoría de las personas
“dominaron” el recurso
del lenguaje escrito no
solo a partir de que
tuvieron libros que leer
o cartas que escribir
—soportes/artefactos
tecnológicos que la
Revolución produjo y
socializó en una escala
nunca antes vista en la
historia cubana—, sino
también cuando esas
mismas personas
comprendieron la
necesidad e importancia
de
ese
conocimiento para vivir
una vida de intercambios
culturales simétricos y
de expansión de su
aptitud humana.
Los adolescentes que
fueron a enseñar
entonces, lograron,
adicionalmente, provocar
la ansiedad por
saber
en millones de personas
de todas las edades, y
les aportaron la energía
suficiente para seguir
estudiando y reubicando
así su horizonte mental
a través de la cultura
escrita.
Cincuenta años después,
en los nuevos
escenarios, es acaso
imprescindible otra
alfabetización, esta vez
para insertarse más
plenamente en el nuevo
ciclo tecnocultural
abierto por la
infocomunicación
digital.
Aun cuando no están
disponibles PC para
todos —faltan
muchísimas— y la
conectividad seguirá
siendo
difícil,
la sociedad cubana no
podrá dar ninguno de los
saltos que pretende en
estas fechas, si no lo
hace promoviendo sujetos
activos en el uso de las
tecnologías digitales y
sus contenidos (¡la
información y el
conocimiento!).
Aunque todos soñamos los
“aparatos”, la
alfabetización que se
necesita —si bien no
podrá prescindir de
ellos—, no depende solo
de la dotación
tecnológica; es de mayor
alcance. Pero tampoco se
reduce a enseñar el uso
de sistemas operativos
(da igual Windows o
Linux) o de procesadores
de textos o imágenes (lo
mismo Office que
OpenOffice), o a buscar
información en
enciclopedias digitales
(sin distinguir entre
Encarta o Wikipedia).
Una alfabetización sin
analfabetos
No existen los
inmaculados de los
bits.
No es posible salvar
nuestras conciencias de
sus permanentes
estímulos. Nuestras
habilidades para lidiar
con ellos son, eso sí,
más o menos complejas;
pero en ningún caso se
llega casto, ni siquiera
en edades tempranas, al
aprendizaje sobre lo
digital en la sociedad
actual. No hay
analfabetos digitales
puros.
El potencial, sin
embargo, muchas veces se
desperdicia en el
fomento de habilidades
de poco rendimiento
individual y social. El
uso de las llamadas
Tecnologías de la
Información y la
Comunicación (TIC) puede
ser exquisitamente
mediocre cuando tiende a
reproducir, meramente,
las formas de relación
con las tecnologías
precedentes,
desconociendo la
aplicación, para nuevas
funciones, de las
herramientas y sus
lógicas.
Miles de horas se
desperdician, se
acumulan montañas de
aburrimiento y apatía en
las aulas escolares; por
ejemplo, donde los
maestros siguen
utilizando la televisión
como prótesis del
profesor parlante que
dicta cátedra, muchas
veces sin reconocer las
necesidades cognitivas
de niños con
otras
demandas.
Las innumerables
presentaciones en
PowerPoint —animadas y a
todo color— que un
estudiante universitario
verá durante su carrera,
ayudan a reproducir año
tras año, curso tras
curso, idénticos relatos
demodé,
más viejos en ocasiones
que la ciencia misma.
Adolescentes entrenados
en el “difícil arte” del
Copy+Paste,
difícilmente investiguen
un solo “¿Por qué…?” de
autoría propia.
Científicos que usan
Google como única puerta
de acceso a los
contenidos, corren el
riesgo de hacer “ciencia
de bodega”.
Periodistas que
pretenden seguir
imponiendo
sus
versiones de la realidad
desde
sus
columnas, sin permitir
el diálogo, estarán a un
paso del ridículo frente
a la marea indetenible
de (sustanciosas)
opiniones, de todos los
signos, que brotan en la
web 2.0.
Intranets muy útiles
solo para avisar el
cumpleaños de cada
compañero, mes tras mes,
o para “rememorar”
desteñidas efemérides, y
no para soportar
procesos de trabajo y
creación de nuevos
valores económicos,
serán siempre telarañas
para cazar moscas.
Esta otra alfabetización
—digital /
informacional— que
necesitamos, parece ser
un asunto tan urgente
como el del marabú.
Resolver la infección de
las tierras es condición
para ofrecer alimento a
los estómagos;
desperezarse, ir en
campaña hacia un modelo
de sociedad sustentada
en el valor del
conocimiento nos daría
ciertas garantías para
un futuro en el que toda
vocación no se reduzca
al mero estómago.
“Es como si fuera
necesario un nuevo tipo
de civismo” —nos dice
Alfons Cornellá—
El civismo informacional.
“Todos comprometidos en
generar mejor
información, en
facilitar su
localización, en enseñar
a entenderla, en ser
exigentes en cuanto a su
calidad, etc.
La sociedad comprometida
con el conocimiento.
El conocimiento como
valor social».
En la sociedad de la
justicia y la inclusión
—la utopía—, nuestra
inteligencia, comunicada
convenientemente, será,
por fin, la fuente
suprema para otorgar
sentido a las cosas,
aunque sean estas tan
fantásticas como una
carrera de forajidas
bestias por nuestro
entorno de asfalto. |