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Históricamente, la
realidad siempre ha sido
compleja y no siempre
bien reflejada por la
prensa. La diferencia en
este nuevo siglo es que
esa misma realidad es
observada y mediada por
múltiples y diversos
actores sociales,
políticos, culturales y
económicos, pero sobre
todo por unos actores
mediáticos en toda su
complejidad y variedad.
La realidad nos llega
desde los ángulos,
miradas y percepciones
culturales para unas
audiencias cada vez
―también― más complejas
y cada día mejor
informadas y educadas.
Por tanto, las miradas y
respuestas demandan un
periodismo responsable:
mucho más responsable.
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Por eso el rol de los
medios en el siglo XXI
adquiere un peso
gravitante en el
relacionamiento social,
en la circulación de
ideas y en la misma
construcción democrática
de las naciones. Sin
embargo, hay un indicio
de alerta y llamado de
atención: los periódicos
van a desaparecer. No
solo van a dejar de
existir físicamente ―que
es un tema que está en
discusión por la
reducción acelerada de
la circulación de
periódicos en las
principales ciudades del
mundo, aunque en
localidades pequeñas
aumenta la creación de
periódicos
territoriales―, sino
que, en el concepto
clásico de su
existencia, ya no serán
más como antes. O sea:
esa estructura
ideológica y operativa
de los periódicos no
tiene sentido cuando las
noticias actualmente no
se leen al otro día,
sino al instante, en
tiempo real. Las
redacciones no
trabajarán para buscar
noticias por todas
partes, pues los
múltiples medios de
comunicación digital y
electrónica nos las dan
a cada minuto. De hecho,
ahora los propios
actores políticos,
sociales, económicos y
culturales tienen sus
propios medios de
comunicación, si
consideramos como tales
a las páginas web de
cada institución y a los
blogs personales.
A la vez, las audiencias
ya no se relacionan del
mismo modo con la prensa
tradicional: están mucho
mejor entrenadas para
leer críticamente,
tienen múltiples fuentes
informativas ―y
cercanas― que las hacen
no asumir como una
verdad absoluta lo que
un canal de televisión,
un periódico o una
emisora emite a diario.
En las nuevas
generaciones hay un
“entrenamiento”
vertiginoso, que empieza
prácticamente en la
cuna, sobre las nuevas
herramientas
tecnológicas de
comunicación que alejan
al tradicional uso del
periódico de papel o a
la búsqueda de
información en la prensa
tradicional.
Entonces, hay un desafío
en los periódicos:
convertirse en espacio
para la discusión,
contextualización y
profundización de las
noticias. Su reto mayor
es explicar los
acontecimientos,
reflejar mejor la
realidad en toda su
complejidad. Eso impone
otras características
para sus redactores,
reporteros, editores,
diseñadores y jefes de
redacción. No pueden
seguir detrás de los
acontecimientos, sino
tienen que convertirse
en, prácticamente,
historiadores del
presente. Y esto, para
más, obliga a otras
formas y contenidos de
formación profesional.
Con todo, el mayor reto
social y democrático de
las sociedades
contemporáneas es
construir sujetos
críticos a partir de que
en sus entrañas existen
nuevas memorias desde
que se incorporan otros
contenidos a su presente
inmediato. Asimismo, hay
unas búsquedas distintas
en cada sociedad, de
acuerdo a sus propias
culturas, quizá porque
proliferan las demandas
de placeres, hedonismo,
espiritualidad,
reconocimiento a las
diversidades,
tolerancias para las
opciones individuales y
también otros
paradigmas. Para el caso
ecuatoriano, el
paradigma contemplado en
su nueva Constitución,
el del Buen Vivir, tal
vez plantea otras
conductas hasta con la
naturaleza y con la
misma humanidad para
imaginar otros modelos
de desarrollo o una
búsqueda de bienestar no
basado en la explotación
excesiva y caótica de
los recursos naturales.
En ese mismo sentido,
hay decisiones múltiples
que se deben armonizar
para una convivencia
pacífica y tolerante.
Esas decisiones parten
de que las soberanías
nacionales y personales
adquieren más peso y se
incorporan como parte de
la construcción de los
derechos humanos a nivel
planetario.
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Por eso es importante,
en esta complejidad, el
rol de los medios de
comunicación: servir a
las audiencias para que
puedan tomar decisiones
responsables e
informadas. Un reto de
esta magnitud adquiere
toda su trascendencia
cuando observamos cómo
las crisis económica,
alimentaria, militar y
de paradigmas confrontan
los modelos
tradicionales y las
teorías clásicas.
Mientras más compleja se
vuelve la sociedad, más
intensa es la necesidad
de contar con medios de
comunicación a la altura
de sus audiencias. Si no
contribuyen a la
construcción de sujetos
críticos, su rol
democrático pierde
sentido. Por ahora, la
banalidad y la
superficialidad con la
que trabajan, además
colonizadamente, impide
tener esperanzas
renovadoras de que algo
va a cambiar a corto
plazo.
En ese sentido ―ya no
como parte del nuevo
escenario de los medios,
sino de las mismas
sociedades―, es urgente
repolitizar la política.
No podemos seguir
imaginando sociedades
donde la ciudadanía no
participa y tampoco
interviene en la toma de
decisiones. La política
tiene que dejar de ser
el escenario de la
disputa de los grupos de
poder para pasar al de
la solución de los
problemas básicos de la
gente: la pobreza, la
educación, la violencia
intrafamiliar, el abuso
sexual, la inseguridad,
la intolerancia racial y
sexual. De nuevo la
política debe colocarse
en el sitial de
prestigio para las
sociedades y las nuevas
generaciones. Esto,
momentáneamente ―por lo
que vivimos en el
Ecuador con la
Revolución Ciudadana―,
implica también
ciudadanizar la política
y politizar a la
ciudadanía. Dos asuntos
que están en constante
tensión en la vida
cotidiana del ejercicio
gubernamental y de la
construcción
democrática. Los
políticos quieren
reemplazar a la
ciudadanía y no
convertirse en los
delegados de sus
demandas. Los mandantes
delegan sin beneficio de
inventario la
representación y cuando
los mandatarios no
satisfacen sus
expectativas ocurren las
revueltas provocadas
desde los grupos de
presión o de interés.
Los movimientos sociales
deben dejar de ser
operadores políticos y
plataformas personales
de sus dirigentes para
pasar a ser verdaderos
organismos sociales de
lucha, laboratorios de
soluciones colectivas y
locales, generadores de
opinión y solución de
problemas trascendentes.
Eso significa también
que hay que repensar la
democracia en sus
modelos clásicos tomando
en cuenta las nuevas
condiciones de las
sociedades. Si seguimos
con los modelos
heredados de la
Revolución Francesa y no
asumimos nuestras
particularidades,
seguiremos pensando que
no hay otra vía posible,
y las que “inventamos”
desde nuestras
condiciones y memorias
siempre serán malditas o
tachadas de
totalitarismos. Por eso
es urgente recuperar la
utopía, la que nos
convoque a todos y
todas, respetando las
particularidades de cada
región o nación. Una
utopía para imaginar
sociedades alegres y con
bienestar, no con lujos
y derroches, menos con
consumismo y banalidad,
solo la que sea capaz de
darnos la idea de un
sueño posible.
Quisiera acotar aquí que
una debilidad notable de
los medios tradicionales
ha sido su impotencia
para poder relatar los
nuevos momentos,
acciones y miradas de
las actuales
generaciones, de las
propuestas teóricas de
los filósofos
contemporáneos y los
avances tecnológicos
para mejorar la calidad
de vida de las
sociedades. Por esa
incapacidad siguen
relatando desde los
patrones culturales que
están en crisis como las
únicas columnas donde
arrimarse para sostener
el status quo.
Narrar la
contemporaneidad,
demanda una construcción
teórica para el
periodismo, en general,
que sintonice las nuevas
sensibilidades y las
gestaciones culturales
que se representan en
múltiples expresiones
artísticas y políticas
de las nuevas
generaciones. Una
canción de Calle 13 no
puede ser vetada en una
radio o un canal porque
use frases,
supuestamente, salidas
de tono. Lo que importa
es por qué Calle 13
expresa,
contestatariamente, lo
que los jóvenes sienten.
Este grupo da
continuidad a la canción
protesta con otras
letras, relatos y
contenidos. Pero los
medios no entienden que
ahí hay una prueba de
otras concepciones en
gestación que pueden
llevar a otras demandas
democráticas. Igual pasa
con las novelas y poemas
que se expresan más allá
de los cánones y bucean
en la interioridad de
personajes en una
constante búsqueda de
identidad, afecto,
ternura y, por qué no,
un lugar en la sociedad.
Del mismo modo, son
ajenos a las expresiones
estéticas y conceptuales
del cine asiático, que
superan por belleza y
“mensaje” a lo que ya es
considerado estereotipo
en Hollywood.
Por eso ahora se
requiere de un mejor
debate para entender por
qué la hegemonía
política en países como
los de América Latina se
intenta ejercer desde
algunos medios que
reemplazan a los
partidos políticos y a
los movimientos
sociales. Como algunos
medios gozan de la
credibilidad y prestigio
social, los actores
políticos han “delegado”
en ellos la oposición,
el activismo y hasta la
generación de ideas para
los debates democráticos
cotidianos. Si por mucho
tiempo los medios
obtuvieron niveles altos
de credibilidad y
confianza, los políticos
en desprestigio han
dejado que sea a través
de ellos que se geste la
acción política. Por eso
la respuesta de algunos
gobiernos y militantes
del cambio cuando abren
sus propios espacios de
comunicación y la
confrontación permanente
con los medios
tradicionales de prensa,
que generalmente han
estado ligados a grupos
económicos ―bancarios
recurrentemente― para
imponer su agenda
política y mediática.
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Ahora bien, si creemos
firmemente que sin los
medios de comunicación
tradicionales no puede
subsistir la democracia,
entonces estos deben
reinventarse. No creo
que se pueda perder la
democracia si la prensa
clásica deja de
circular. Quizá en un
segmento pequeño eso
importe algo, pero la
mayoría de las
sociedades y de las
nuevas generaciones está
ligada, íntimamente, a
matrices, modelos y
patrones de comunicación
que se imponen desde
Facebook y Twitter, por
mencionar los masivos y
recurrentes. Son, por
ahora, los escenarios de
un modo de comunicación
que supera lo
interpersonal, donde
caben todos los formatos
y todos los relatos
posibles. Constituyen el
medio para relacionarse,
mirar, buscar,
encontrar, revelar y
hasta dudar de la
condición íntima e
individual, así como
para la protesta social
transnacional. Todo ello
sin contar con los
millones de blogs que
hacen de cada persona un
vocero y un actor
mediático; tanto, que
algunos medios siguen
con cuidado y a diario
lo que publican algunas
personas en sus blogs
como parte de su agenda
noticiosa. Y menos dejar
de contar con que las
webs institucionales
adquieren mayor
presencia en las
audiencias para dejar de
lado a los
intermediarios, la
prensa tradicional. Por
eso cabe la pregunta
urgente y provocadora de
si ya los medios de
comunicación son
indispensables en este
siglo para tener
información de primera
mano. ¿Son necesarios
como fuente de
información y
relacionamiento social
de primer orden?
La experiencia de la
página web de la
Asamblea Constituyente
del Ecuador, durante el
año 2008, demostró que
más de cinco millones de
personas participaron de
ese proceso a través de
esa herramienta. La
diferencia radicó en que
un proceso político
trascendente fue visto
en línea, al instante y
en tiempo real, por el
sitio
www.asambleaconstituyente.gob.ec,
dando paso a una
interacción política y
ciudadana en la
construcción de una
Constitución. Bajo el
Principio de Publicidad
―que toda sociedad
democrática debe
preservar y estimular―,
todo lo que ocurría en
esa Asamblea se conoció
por el respaldo
documental, la
transmisión en vivo de
las sesiones y porque
que los asambleístas
tenían sus respectivos
blogs para interactuar
con la ciudadanía de
todo el mundo. Pudimos
“revolucionar” la
comunicación de un hecho
de esa naturaleza porque
asumimos que nada se
podía ocultar, editar,
retacear o mucho menos
ignorar. Eso sirvió para
que los medios, incluso,
ahorraran recursos en
sus coberturas y
tuvieran de primera mano
todo lo necesario para
informar. Claro que los
tradicionales hicieron
de ese evento un show
y jamás entendieron la
dimensión de lo que se
gestaba por el prejuicio
ideológico de que ahí se
iban a generar las bases
del socialismo
totalitario. La prueba
de lo contario está a la
vista de los resultados
electorales, donde la
ciudadanía ecuatoriana
apoya abrumadoramente
los cambios operados
desde la vigencia de la
nueva Constitución.
Por eso es imperativo
“ampliar el campo de lo
posible” en todos los
aspectos de la
comunicación si queremos
politizar la política,
repensar la democracia y
recuperar la utopía. No
podemos relatar del
mismo modo y con las
mismas herramientas. Los
lenguajes escritos y
audiovisuales deben
recrearse y
reinventarse. Nos
corresponde “arriesgar
lo imposible”: tenemos
un siglo por delante
para asegurar un
periodismo radicalmente
novedoso, siempre. Todas
las herramientas
tecnológicas solo sirven
para comunicar mejor y
relatar la realidad en
su complejidad, y con
ello podemos imaginar un
medio de comunicación
para el siglo XXI y una
comunicación responsable
para todas las
sociedades.
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