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La historia de América
Latina es rica en
experiencias y luchas
democráticas, desde la
práctica y también desde
la teoría. Hoy, la
región experimenta
procesos de cambio,
signados por fenómenos
globales y también por
la tradición endógena:
tensión entre fuerzas
económicas y políticas
globales/regionales;
movilidad y expansión de
transnacionales de todo
tipo; movilidad también
de personas entre las
fronteras y paisajes
persistentes de
marginalidad, pobreza y
diferencias en cuanto al
acceso a las
oportunidades, incluso,
entre los países de la
región. Pero dentro de
todo esto, también es
evidente la sostenida
acción colectiva de
movimientos que, sin
renunciar al ámbito
local, se inscriben a
agendas comunes de
carácter regional e
incluso global. Y la
comunicación, el uso de
las nuevas tecnologías
de información y
comunicación como
soporte del
mediactivismo desde los
movimientos sociales, y
también desde el ámbito
intelectual, seducen a
la posibilidad de una
“comunicación otra” que,
aun partiendo de los
mecanismos creados por
el orden que combate,
sea capaz no ya de
“transformar” el orden
social, sino, al menos,
de convertirse ella
misma en otros mundos
posibles.
I
“Historia: El 12
de octubre de 1992, el
Nuevo Orden Mundial
cumplió 500 años.”
Eduardo
Galeano, Diccionario del
Nuevo Orden Mundial
A estas alturas, para
nadie es un secreto que
a pesar de que la tan
socorrida
“globalización” es un
fenómeno que acumula
décadas de gestación, su
entronización
político-mediática se
produjo en la segunda
mitad de los 90. No hay
ningún motivo para
concluir que esa
irrupción fulgurante
tuviese un carácter
neutro, improvisado y
espontáneo; sobran, en
cambio, los que
aconsejan sostener que
obedeció, antes bien, a
razones tan precisas
como tramadas (Taibo,
2009).
Como resultado, la
política,
tradicionalmente
entendida y practicada
bajo los límites del
estado-nación, ha visto
rebasadas sus fronteras
tanto en el sentido de
la creación de
instancias
supranacionales de toma
de decisiones, como por
la vertiginosa
interconexión de las
comunicaciones y el
desarrollo de nuevas
tecnologías de
información que permiten
la construcción de
agendas, debates y
movimientos de carácter
global.
“Cambio civilizatorio”,
“sociedad postindustrial”,
“sociedad posburguesa”,
“sociedad del postrabajo”,
“era tecnocrática”, “era
del vacío”,
“posmodernidad”, “fin de
la historia”,
“mundialización”,
“globalización”, “aldea
global”: son algunos de
los términos que se
utilizan para denominar
las transformaciones que
se operan en la
contemporaneidad, o
nociones que se
aproximan a tales
mutaciones.
De cualquier modo, es la
palabra globalización
la más utilizada
para nombrar este “mundo
desbocado” (Giddens en
Costa, 2000), resultado
de la
transnacionalización de
un modelo político,
económico, social y
cultural al estilo
capitalista, que desde
hace ya dos décadas
soporta disímiles
apellidos y
adjetivaciones. Una de
sus más llamativas
consecuencias, señalada
principalmente en los
más diversos ámbitos
académicos (Margulis,
1998; Houtart, 2009;
Giddens, 2000; Martínez
Heredia, 2009), es que
torna más aguda la
aceleración de los
flujos culturales.
Es ahí donde lo más
estrechamente
comunicacional,
massmediático, sale a
flote: en sus relatos
donde confluyen la
construcción narrativa,
las referencias y pautas
representativas del
acontecer (Martín
Serrano, 1993: 120)
II
“Hágase nuestra
voluntad, no la tuya.”
U.
Eco
Hace cerca de un siglo,
Antonio Gramsci definió
en sus Cuadernos de
la cárcel el término
hegemonía; aunque más
que de un “término” o
“concepto” de hegemonía,
debe hablarse de
“concepción gramsciana
de hegemonía” (Acanda,
2007: 157). El
revolucionario italiano,
concentrado en
desenmascarar la
pluralidad de formas en
que el poder existe y se
manifiesta, amalgamó en
este sistema teórico un
conjunto de categorías:
“sociedad civil”,
“poder”, “dominación”,
“revolución pasiva”,
“bloque histórico”,
“intelectual orgánico”.
En la época de Gramsci,
el marxismo comenzaba a
diluirse en dogmas y
manuales. Así, la
explicación más lúcida
que podía obtenerse en
relación con la
permanencia de la
dominación burguesa
sobre las sociedades
europeas, resultaba
vulgar y simplista: una
clase o sistema logra
ser dominante porque es
capaz de producir un
sistema de valores que
engaña y confunde a las
masas, dada su condición
de propietaria de los
medios de producción
[dígase, igualmente,
medios de comunicación]
(Ídem: 162). Para
revertir esa dominación,
por tanto, solo sería
necesario expropiar a
los expropiadores. El
fin de su poderío
económico implicaría el
fin de su dominación
ideológica.
Sin embargo, los sucesos
de la antigua URSS
demostraron que es
imposible regular la
vida espiritual de una
sociedad solo a través
de dispositivos de
“ordeno y mando”, y el
pensamiento gramsciano,
antes relegado, comenzó
a ser rescatado como
clave para comprender
las dinámicas políticas
y sociales
contemporáneas desde una
mirada cultural. Así, la
dominación se apoya en
un conjunto de
relaciones, prácticas
sociales e instituciones
proveedoras de sentidos
(familia, escuela,
iglesia, medios de
comunicación…), a través
de los cuales socializa
los valores que
responden al
mantenimiento de una
clase o grupo en el
poder. A eso le llamó
Sociedad Civil.
Casi un siglo después,
la dominación sobre la
“aldea global” ha
incluido en sus
mecanismos la
monopolización y
mercantilización de la
información y el
conocimiento: el valor
que han ido adquiriendo
en la medida en que las
fronteras se hacen más
borrosas, ha traído como
consecuencia la
imposición de un
“pensamiento único”,
sostenido por el hecho
de que los medios
constituyen un elemento
central en las
sociedades
contemporáneas.
“I mean symbolic
power ―that is, the
power of constructing
reality” (Couldry,
2001).
La línea común entre
todos los fenómenos que
marcan la sociedad
contemporánea
resultaría, entonces, la
de los cambios
culturales, tanto o más
que sociales.
Precisamente tomando a
la cultura como campo,
Gramsci la interpretó
desde la atalaya
conceptual que brinda la
hegemonía: “la cultura
como compleja
interrelación de
dominación y liberación”
(Acanda: 14). La
Sociedad Civil, como
expresión de las
relaciones de fuerza que
mueven la sociedad, “es
también el espacio
legítimo de
confrontación de
aspiraciones, deseos,
objetivos, imágenes” (Acanda,
2007: 219). Es decir,
también en la Sociedad
Civil se expresa el
conflicto social: de ahí
su noción de “contrahegemonía”.
Y ha sido América Latina
―donde concentración y
dependencia, hegemonía
económica, cultural y
mediática encuentran el
perfecto latifundio― la
evidencia de esa otra
faceta de la
globalización. Ha sido
en este continente “de
debate y combate”
(Martín Barbero, 1987:
163), “teatro
privilegiado de la
mundialización del
capitalismo” (Martínez
Heredia, 2009), donde la
cultura está señalando
“la percepción de
dimensiones antes
inéditas del conflicto
social, la formación de
nuevos sujetos y formas
nuevas de rebeldía y
resistencias” (Martín
Barbero, 1987: 227).
Formas nuevas de
contrahegemonía,
alternativas al
“pensamiento único”.
III
“En América Latina hay
que soltar la fantasía,
libertar la ficción de
todas sus viejas amarras
para redescubrir la
realidad.”
J. C. Mariátegui
El fenómeno de la
globalización tanto en
el orden cultural, como
en el puramente
geopolítico, ha centrado
la atención de quienes
advierten en él un “apartheid
a escala global” (Amin,
2001), en tanto proceso
dual cuyo discurso
“integra” y la realidad
separa. Así, más allá de
esa ilusión
massmediática de mundo
equilibrado, “se tornan
notorias las
contradicciones,
desigualdades y
asimetrías: la
direccionalidad e
intensidad de las
transacciones permiten
apresar polaridades
espaciales y económicas
que concentran el poder
de decisión en el plano
económico, político e
informativo” (Margulis,
1998: 39).
De modo que en medio de
los procesos sociales y
culturales que
caracterizan el momento
actual, es importante
destacar la fuerte
conflictividad en el
plano nacional y étnico,
el recrudecimiento de
formas de
discriminación,
perjuicio y exclusión,
fenómenos que no son
nuevos pero que adoptan
en la actualidad
modalidades particulares
y se sitúan en un plano
mayor de visibilidad con
el accionar de los
nuevos movimientos
populares. Al menos
hasta la década de los
70, los movimientos
revolucionarios
latinoamericanos se
caracterizaron por una
concepción tipo “guerra
de movimientos”,
limitada a la dominación
de clase, que tendía a
minimizar el rol de los
procesos que se subsumen
bajo el término
gramsciano de
“hegemonía” (Campione,
s/f). No obstante, la
derrota experimentada en
carne propia, en algunos
casos; la visión de los
contrastes ajenos, en
otros; la reversión del
orden mundial que
quedara sintetizada en
la caída del Muro de
Berlín; y el cambio
general del clima de
época, hicieron que la
idea de transformación
social quedara, si no
sepultada
definitivamente,
seriamente dañada en sus
posibilidades de generar
movimientos políticos
eficaces.
Años más tarde,
desmintiendo las
teorizaciones en torno
al ocaso definitivo de
la “política de masas” y
del abandono del ámbito
“callejero” del debate
político para recluirse
en los media, los
levantamientos populares
se vienen sucediendo a
partir de los años 90.
Es así como América
Latina se debate entre
su especialización
histórica de latifundio
(neo)colonial y “la
trama hoy de modernidad
y discontinuidades
culturales” (Martín
Barbero, 1987: 10), y
exhibe desde hace casi
dos décadas un panorama
totalmente nuevo,
advertido por Barbero
desde los años 80: “…Lo
que se halla en proceso
de cambio es la
concepción misma que se
tenía de los sujetos
políticos” (Martín
Barbero, 1987: 226).
Para Barbero, la cultura
está señalando desde
finales de la década de
los 80 la percepción de
dimensiones inéditas de
conflicto social, la
formación de nuevos
sujetos
―regionales,
religiosos, sexuales,
generacionales―
y formas nuevas de
rebeldía y resistencia”
(1987: 227), expresiones
de contrahegemonía desde
el seno de la Sociedad
Civil.
A lo largo de la década
de los 90, surgen a
nivel mundial los
movimientos sociales y
redes
“antiglobalización” con
una fuerte presencia en
América Latina: Vía
campesina (1992), Marcha
Mundial de Mujeres
(1996), Jubileo 2000
(1996), Social Watch
(1996), Asociación por
la Tasación de las
Transacciones y por la
Ayuda a los Ciudadanos (ATTAC)
(1998), Acción Global de
los pueblos - AGP
(1998), Jubileo Sur
(1999). También a ellos
se les identifica con la
Sociedad Civil (Acanda,
2007: 179).
Paralelamente, y con
centralidad en el
escenario de las
demandas sociales de las
organizaciones de la
sociedad civil, entre
los especialistas se
analizan nuevas
categorías: “nuevos
sujetos históricos”,
“campo de fuerza
popular”, “ciudadanía
global”, “exclusión
social”,
“descentralización”,
“redes de solidaridad”,
“tercer sector”, entre
otras, perfilando en una
nueva relación con el
Estado, un espacio
público no estatal con
base en la sociedad
civil. No obstante, fue
a partir de Seattle que
“la prensa mundial acuña
la denominación de
movimientos anti-globalización,
posteriormente
sustituida por
“globalifóbicos” (Lago,
2006).
No obstante, se ha
señalado que estos
movimientos surgidos en
los 90 no son nuevos,
sino que combinan formas
de acción que refieren a
distintas orientaciones
y pertenecen a fases de
desarrollo de un sistema
o a diferentes sistemas
históricos. Sucede que
“muchos de los nuevos
movimientos sociales en
Latinoamérica han
surgido de los
movimientos y partidos
viejos, usando las
nuevas tácticas y
buscando el apoyo de la
opinión pública
internacional” (Vargas,
s/f). Es así como
confluirían en este
escenario popular,
nuevamente, procesos que
Barbero definió hace dos
décadas: lo arcaico,
lo que sobrevive del
pasado como estudio o
rememoración; lo
residual,
incorporado desde la
cultura dominante y
también lo que
constituye reserva de
oposición y de
alternativa; y lo
emergente como
innovación y significado
de sus propias prácticas
(Raymond Williams,
citado por Martín
Barbero, 1987: 91). Todo
ello, formando parte de
un único imaginario.
IV
“Aquella noche hacían
cola los sueños. Uno de
los sueños, desconocido,
se recomendaba:
―Suéñeme,
que le conviene.
Suéñeme, que le va a
gustar.”
E. Galeano, El libro
de los abrazos
Si en los ámbitos
académicos la discusión
gira en torno al grado
de novedad o de
reciclaje que presenta
el accionar de los
nuevos movimientos
sociales, ciertamente
existen algunos puntos
de coincidencia: entre
ellos, el hecho de que
las actualmente llamadas
redes internacionales de
oposición a la
globalización neoliberal
o “movimientos
antiglobalización”,
están conectados en red
a través de las
herramientas de
Internet, que resultan
imprescindibles para su
actuación y para la
redimensión de sus
territorios de
influencia y acción
(Castells, 2001; Lago,
2006).
En un contexto más
amplio, desde hace
décadas, el impetuoso
desarrollo de las
tecnologías de la
información y la
comunicación (sobre todo
Internet), han conducido
a que estas se
conviertan en la
infraestructura básica
de la economía, de la
ciencia, de la política,
de la educación y las
artes, invadan la vida
cotidiana y modelen
nuevas formas de
percepción, de hábitos y
de ordenamientos lógicos
de los procesos
cognoscitivos. Este
proceso ocurre
incrustado y en gran
medida supeditado a las
tendencias que
predominan en el
desarrollo capitalista
contemporáneo, es decir,
la superconcentración de
la propiedad a escala
multinacional y el
consiguiente
establecimiento del
mercado mundializado que
por ahora funciona en
las lógicas neoliberales
(Vidal, 2006).
Castells define este
contexto como
Sociedad Red: “Una
red es un conjunto de
nodos interconectados.
[…] Lo que un nodo es
concretamente, depende
del tipo de redes a que
nos refiramos. Son los
mercados de la balsa y
sus centros auxiliares
de servicios avanzados
en la red de los flujos
financieros globales […]
Son los canales de
televisión, los estudios
de filmación, los
entornos de diseño
informático, los
periodistas de los
informativos y los
aparatos móviles que
generan, transmiten y
reciben señales en la
red global de los nuevos
medios que constituyen
la base de la expresión
cultural y la opinión
pública en la era de la
información […] Como la
información y la
comunicación circulan
primordialmente a través
del sistema de medios
diversificado pero
comprensivo, la política
cada vez se encierra más
en el espacio de los
medios. El liderazgo se
personaliza y la
creación de imagen es
creación de poder”
(Castells, 1999a).
En un plano más
estrechamente
comunicacional, hace ya
unas dos décadas que
Internet ha sido
vislumbrada y utilizada
en sus potencialidades
como “nuevo medio de
comunicación”. Su
inmediatez, bajo coste,
carácter global en tanto
accesible a una
comunidad internacional,
y la garantía de
reproducibilidad por
otros medios o personas,
son algunas de las
ventajas.
Desde la década de los
90, y cada vez con mayor
empuje, los medios
masivos han ido
conformando grupos
mediáticos con carácter
global. Así, el proceso
de concentración y
monopolización mediática
tanto a escala regional
como global, ha
transitado por fusiones,
reestructuraciones y
adquisiciones que han
dado lugar al nacimiento
de conglomerados
mediáticos que, gracias
a la convergencia
digital, controlan los
medios, la industria del
entretenimiento y la
propia Internet. Entre
ellos, han sido AOL-Times-Warner,
NewsCorps, ViaCOM,
Microsoft, Vivendi
Universal, Disney,
France Telecom, MTV… los
cuales han contado con
una herramienta
fundamental: la
publicidad. Y su papel
ha sido doble: en tanto
agentes económicos y
agentes discursivos. La
duplicidad de esta
receta, en tanto,
articula el consenso en
la gran fábrica de modo
que “el encanto de la
diversidad cede ante la
fulminante ofensiva de
la estandarización, la
homogeneización” (Ramonet,
2001), e insiste en que
no hay salida ninguna
fuera de las recetas
neoliberales.
De esta forma, la
información se convierte
en un bien preciado y
por tanto mercantilizado
en la nueva
sociedad-red. Los
“grandes medios”, los “mainstream”,
los líderes de las
noticias a nivel
mundial, adquieren
entonces papel de
todopoderosos: “The
elite media set a
framework within which
others operate.
If you are watching the
Associated Press, who
grind out a constant
flow of news, in the
mid-afternoon it breaks
and there is something
that comes along every
day that says ‘Notice to
Editors: Tomorrow’s New
York Times is going to
have the following
stories on the front
page’”
(Chomsky, 1997).
Al mismo tiempo, no
obstante, la relativa
igualdad de acceso a las
plataformas de la red
para posicionar medios
de comunicación ha sido
también aprovechada en
sentido contrahegemónico.
Se afirma que “por sus
características como una
red descentralizada y
distribuida, Internet
complica el control que
los grupos de poder
puedan tener sobre ella,
además que la variedad
de formatos posibles, su
capacidad global y la
pluralidad de sus
usuarios han permitido
una distribución de
información, recursos y
conocimiento nunca antes
vista, por lo que puede
significar una nueva era
para los medios
alternativos radicales”
(Villareal y Gil, 2001,
en Ávila, 2007).
De esta forma, las
tecnologías se suman a
la acción colectiva que
define a estos
movimientos: en tanto
tienen un papel activo
en la disolución de
fronteras, han
transformado la
práctica, la
organización y el
discurso de los
movimientos sociales
contemporáneos, en lo
instrumental, lo
organizacional y, más
profundamente, ha dado
origen a nuevos modos de
relación y de
comunicación que
permiten la gestión de
conocimientos, la
creación de comunidades
y el intercambio de
significados en otro
régimen de relaciones
(Rodríguez Giralt,
2002). Es por eso que se
les llama, en ese
sentido, “tecnologías de
la proximidad”: a través
de ellas, las temáticas
que constituyen el
objeto mismo de la lucha
se regeneran, ejerciendo
mayores efectos globales
desde actividades
locales.
No obstante, el acceso a
Internet requiere unas
determinadas condiciones
tecnológicas y
económicas que lo
convierten en un medio
desigual para la
ciudadanía. Asimismo, es
necesaria la educación
para el uso del medio,
de modo que crezca el
número de personas con
habilidades para su uso.
A pesar de estas
limitaciones, en las
últimas dos décadas la
revolución de Internet
ha fomentado la creación
de redes de macroesferas
públicas, propagando
comunidades virtuales
que generan debate
público global y
regional, y con tres
ventajas con respecto a
los medios masivos
tradicionales de
comunicación: aprovechan
la falta de
restricciones legales
para generar y
distribuir la
información, la
globalidad informativa y
la informalidad de las
comunicaciones para
emitir sus mensajes.
Desde mediados de los
años 90´, diversos
movimientos sociales,
activistas políticos y
Organizaciones no
Gubernamentales (ONG),
comenzaron a formar
redes y a apropiarse
progresivamente de la
red para convergir en
acciones locales y
globales para el
fortalecimiento de la
ciudadanía y el
cuestionamiento de las
hegemonías instituidas (Fleischanan,
2004). Internet, como
campo abierto al
activismo transnacional,
tuvo su debut con el
“Encuentro
Intergaláctico” llevado
a cabo por el EZLN en
1996. El accionar del
movimiento zapatista en
el ciberespacio es
reconocido como la
“primera guerrilla
informacional”
(Castells, en Lago,
2006), ya que gracias al
aprovechamiento de este
tipo de medios, la
información de primera
mano que surgía al
interior del movimiento,
pudo burlar los cercos
de los medios
establecidos y lograr la
conjunción de apoyo
moral, económico y
político no solo fuera
de su localidad
(Chiapas), sino a nivel
internacional.
A partir de entonces, se
desata la llamada
“explosión de sitios
alterglobalización” en
Internet. En la batalla
de Seattle, el modelo de
los Centros de Medios
Independientes (Indymedia
Center, IMC) se inicia
con la primera
convergencia pública,
masiva y global de
movimientos de
resistencia al
neoliberalismo
organizada a través de
Internet, reuniendo 50
mil manifestantes en
protesta contra la
reunión de la OMC. A
partir de los meses y
años siguientes, la
agenda de encuentros de
representantes del poder
transnacional se ha
visto sistemáticamente
intervenida por
“contra-reuniones”,
coordinadas a través de
los sitios abiertos por
los movimientos en la
red o por medio de las
listas de correo.
En las últimas dos
décadas, han proliferado
en la red sitios que
fungen como
aglutinadores de
múltiples espacios
abiertos por movimientos
sociales, en su mayoría
“desprofesionalizados”
(Nodo 50, Minga
Informativa de
Movimientos Sociales,
ATTAC, IMC…), sitios
desarrollados por
periodistas, académicos
e intelectuales de
diferentes ramas que
buscan colocar
profesionalmente el
hacer de estos
movimientos e incorporar
a la agenda mediática
temas comunes a los que
estos defienden
(Rebelión, Aporrea, Red
Voltaire, La Vaca…),
agencias de noticias
destinadas en mayor o
menor medida a
satisfacer las
necesidades informativas
de radios o medios
comunitarios,
ciudadanos, locales e
incluso a los
desarrollados por los
propios movimientos
(Pulsar), y listas de
correos con el objetivo
de difundir alertas,
noticias urgentes y
convocatorias de la
pluralidad de
organizaciones en
resistencia (Pasalavoz,
Sinpermiso).
Los aportes de Internet
a la organización de los
movimientos sociales y
en general a la acción
de los nuevos actores
sociales en la lucha
contrahegemónica, ha
sido sintetizada por
Antonio Silva (2005):
Proliferación y
ramificación de los
colectivos sociales, se
desarrollan desde la
localidad hasta alcanzar
visibilidad global;
horizontalidad y
flexibilidad de las
redes: las
organizaciones tienden a
constituirse de forma
más descentralizada,
menos jerarquizada;
actúan como redes
unificadoras, cuya base
fundamental es la
comunicación a través de
Internet; existencia
dinámica, actividad
constante que le permite
proliferar, alcanzar
objetivos y lograr gran
impacto socio-político;
minimalismo
organizacional y
material; universalismo
y particularismo de las
causas, dada la
conjunción de intereses
globales y locales que
intentan poner en escena
la proclamada “unidad en
la diversidad”; gran
poder de articulación y
eficiencia, aunque en
diversos escenarios
geográficos; se
privilegia la búsqueda
de conexiones
identitarias, de
ideologías y visiones
del mundo compartidas,
para lo que la
solidaridad deviene un
recurso esencial; y la
diversidad de causas de
lucha en las que se
enrolan los movimientos,
que al ser socializadas
permiten la generación
de sujetos con
semejantes intereses.
Desde el otoño de 2001,
no obstante, un término
congestiona motores de
búsqueda y alimenta cada
vez con mayor fuerza
ciber-apasionamientos de
todo tipo: el concepto
de Web 2.0. Para esa
fecha, el estallido de
la burbuja tecnológica
había conducido a
usuarios e
investigadores a creer
que la expectación sobre
la Web no pasaba de un
mito.
A partir de entonces ―y
a pesar de la poca
concertación en torno a
un concepto definitivo―,
la Web 2.0 ha ido
concretándose
fundamentalmente como
plataforma que se
alimenta de la
inteligencia colectiva
de los usuarios,
privilegiando
arquitecturas de
participación e
iniciativas que rondan
los principios de
Creative Commons,
contenidos generado por
los usuarios,
transparencia,
periodismo ciudadano,
simplicidad, redes
sociales, entre otros
conceptos.
Con estas propuestas,
cabría esperar que la
irrupción de esta
concepción diera lugar a
la aparición de nuevas
dinámicas y
oportunidades en el
marco de la contienda
social en Internet. No
obstante, si bien es
cierto que estos medios
se encuentran hoy en
diferentes niveles no ya
de presencia, sino de
uso y apropiación de
estos mecanismos,
resulta fácil constatar
que son precisamente las
fuerzas políticas
consolidadas y
tradicionales, junto con
los medios
representativos del
poder económico y
político, quienes
constituyen franca
mayoría en este sentido,
al cabo de una década.
Sectores minoritarios
que podrían aprovechar
el canal como medio
gratuito de difusión,
apenas tienen presencia;
y si la tienen, no es ni
organizada ni
institucional en la
mayoría de las
ocasiones, sino por vía
de algún militante o
simpatizante individual.
De igual forma, el
diálogo entre los
participantes en esos
espacios como foros de
debate ―con excepciones―
no es frecuente, ni
tampoco la iniciativa de
fomentarlos (Prieto,
2008). Recordemos, no
obstante, que si bien
nos referimos en páginas
anteriores a los fuertes
procesos de
concentración mediática
que se han venido dando
en los últimos años, el
proceso de
monopolización se
reproduce quizá con la
fuerza máxima en esta
red global. En lo que se
refiere a la industria
del software, por
ejemplo, es conocido el
dominio de Microsoft y,
aunque cada vez pasa más
tiempo en la palestra
pública frente al
movimiento del
software libre, las
empresas norteamericanas
controlan el mayor por
ciento del tiempo de
conectividad. Tampoco es
posible descartar el
hecho de que el 80 por
ciento de sus contenidos
esté en inglés, cuando
solo el diez por ciento
de la población mundial
lo maneja. Todo esto,
sin mencionar el tema
del “analfabetismo
tecnológico”, resultado
de una brecha creciente
y muy escasos proyectos
educativos.
No obstante, en el
último año se advierte
un crescendo en
la presencia de
movimientos y
experiencias
alternativas de
comunicación en las
redes sociales. Las
conexiones que se van
tejiendo han ido
perfeccionando así
tácticas de denuncia,
resistencia, presión e
insurgencia contra el
status quo, y sobre
todo han logrado abrirse
hacia audiencias
potenciales de carácter
global. La lógica del
trabajo en red, sobre
todo, ha sido en muchos
casos la regla común. El
caso del Foro Social
Mundial ―en cuya primera
edición, en 2001, se
propuso su reedición
anual― es paradigmático:
la convergencia física
de miles de movimientos
provenientes de países
remotos fue y continúa
siendo posible gracias a
los recursos
comunicativos de
Internet, aunque hoy se
sumen otras vías.
Ya lo decía Martín
Barbero, tempranamente:
“las tecnologías no son
meras herramientas
transparentes y no se
dejan usar de cualquier
modo, son en últimas la
materialización […] de
un modelo global de
organización del poder.
[…] Pero el rediseño es
posible, si no como
estrategia, al menos
como táctica […]: el
modo de lucha de aquel
que no puede retirarse a
‘su lugar’ y se ve
obligado a luchar en el
terreno del adversario.
[…] Y en todo caso,
cuando el rediseño no
puede serlo del aparato,
podrá serlo al menos de
la función.”(1987: 201)
V
“El canario solo tiene
sus alas; pero sus alas
lo llevan.”
Wole Soyinka
Es en esta “sociedad
red”, de la
globalización de todo y
de las tecnologías, en
que todos los individuos
pueden colaborar y
competir a escala
global, que la voz otra
se alza. Un inabarcable
cúmulo de tendencias
―variadas y hasta
contrapuestas― se
inscriben hoy dentro de
lo que ha dado en
llamarse alternatividad
comunicativa.
Los acercamientos
teóricos hacia esa
comunicación otra
datan al menos de la
década de los 70; sin
embargo, conforman uno
de los terrenos más
volubles y conflictivos
de la comunicología.
Desde entonces, ha sido
acuñada bajo diferentes
denominaciones, según el
contexto y la
procedencia:
“comunicación
alternativa”,
“comunitaria”;
“comunicación para el
cambio social”, “para el
desarrollo” o
“participativa”; “medios
radicales”;
“comunicación
ciudadana”;
“comunicación
contrahegemónica” o “contrainformación”.
No obstante, podemos
rastrear desde EE.UU. y
Europa síntomas de
emergencia de estas
aproximaciones en años
mucho más tempranos: en
el marxismo clásico, en
la Escuela de Frankfurt
y en las ideas de Walter
Benjamin en su ensayo
The author as producer,
de 1968. Sobre el
cuestionamiento de
Benjamin acerca de las
distinciones entre los
roles de productor y
consumidor, Enzesberger
(1976, en Atton, 2001a)
esboza su idea del uso
político emancipador de
los medios,
caracterizado por la
interactividad entre
creadores y audiencia,
la producción colectiva
y la preocupación por la
vida diaria y las
necesidades habituales
del pueblo. El análisis
de Enzesberger resulta
crucial, pues reconoce
desde bien temprano las
tres dimensiones que aún
hoy guían la casi
totalidad de las
definiciones sobre
alternatividad
comunicativa: el
mensaje, el
proceso comunicativo
y su encargo social.
En América Latina, las
prácticas alternativas
concretas (radio, prensa
y, en menor medida,
televisión o video
comunitario), insertas
en los movimientos
populares, tenían ya una
riqueza atendible en las
postrimerías de los 70.
Bajo el nombre de
“comunicación popular”,
esta riqueza comienza a
ser teorizada como
“alternativa”
comunicacional y de
enseñanza a los
tradicionales métodos y
medios autoritarios, que
no reflejaban las
realidades populares.
Así, los valores
educativos del proceso
de comunicación habían
sido subrayados por
Freire (1978) en
términos de modelo
dialógico,
horizontal y de
liberación, a
aplicarse en el seno de
los grupos populares.
No obstante, es con los
80 que las reflexiones
sobre comunicación
alternativa, entendida
como la otra
(comunitaria, popular,
alternativa,
educativa…), tienen su
auge en una
Latinoamérica
“comprometida con los
movimientos sociales y
la crítica frente a la
sociedad imperante. Fue
una época muy fructífera
en experiencias,
compromiso y
reflexiones. Los actores
de sectores pobres se
convirtieron en
protagonistas y desde
allí se les percibía
como nuevos y auténticos
gestores del cambio
social […] A la par,
siguieron emergiendo
procesos más amplios de
globalización y la
tendencia económica
hegemónica, por lo menos
en el discurso, busca en
primer lugar una
integración social y no
precisamente una
oposición radical”
(Alfaro, 2000).
A partir de esta década
y sobre todo en los 90,
con el auge de las
nuevas tecnologías de la
información y la
comunicación,
especialmente Internet,
y su creciente
apropiación y uso en la
generación de
experiencias
alternativas de
comunicación, la
preocupación acerca de
este tema aumenta en el
campo teórico, apuntando
cada vez más a las
experiencias y
transformaciones que
tienen lugar en la
práctica. La polémica no
se limita a las simples
denominaciones, sino
abarca todas las
dimensiones del
fenómeno. Las
experiencias se han dado
en contextos muy
diversos; no obstante,
salvando sus
diferencias, confluyen
en la vocación creadora
de relaciones sociales
alternativas, para la
construcción de una
sociedad más
democrática.
Casi todas se han
vinculado a movimientos
revolucionarios o a
proyectos de desarrollo.
Básicamente, se plantean
como una necesidad de
oponerse a los grandes
flujos de comunicación
que, en la era
neoliberal, han
colaborado en el
afianzamiento de la
hegemonía capitalista,
mediante la transmisión
del pensamiento único.
Ahora como nunca antes
―sin olvidar las
diferencias en las
posibilidades de
acceso―, los otros
tienen los medios
para hacerse oír en un
campo de relativa
igualdad con respecto a
la comunicación
hegemónica. Asimismo, el
necesario intercambio
entre todas las fuerzas
sociales implicadas en
el cambio, es cada vez
más fácil y provechoso.
Para formular propuestas
verdaderamente serias y
viables de
transformación social,
es importante comprender
el contexto social con
una perspectiva tan
amplia como sea posible,
ya que el cambio se
plantea a todos los
niveles. Es por ello que
en la interacción de
esas fuerzas se sostiene
que la estrategia debe
basarse en la formación
de un sujeto distinto,
creador, con pensamiento
crítico y voluntad de
cambio. De modo que el
discurso alternativo se
plantea como un proceso
alternativo de
comunicación, basado en
nuevas formas de
relación social y, a su
vez, en hombres nuevos,
que intercambian, que
dialogan en el entorno
de una comunidad.
De ahí se desprende que
los medios ―en lo que
esos sujetos se reflejan
y realizan― constituyen
pieza clave en la
construcción de ese
proceso otro, por
lo que están ―o deben
estar― redimensionados.
Hamilton (2000, en Atton,
2001a) afirma que el
problema de fondo de los
medios alternativos no
es un problema de
medios, sino de
comunicación. Por tanto,
plantea que estos medios
deben enfocarse a buscar
nuevas formas de
comunicación y no
necesariamente nuevos
medios, que ayuden a
difuminar la barrera
existente entre
productor y consumidores
para convertirse en un
vehículo popular de
organización cultural en
lugar de un medio de
consumo individual.
Las prácticas
alternativas se
plantean, por lo
general,
democratizadoras, y
apuntan hacia nuevos
modelos comunicativos
basados en la
horizontalidad y la
colaboración. Ambos
presupuestos enlazan, a
la vez, con el
redimensionamiento que
plantea el medio digital
en el proceso
comunicativo, sobre todo
con los niveles de
interacción que las
nuevas tecnologías
permiten. Usualmente
identificados con la
“participación”, estos
niveles de interacción
suelen producir un
efecto “maravilloso” en
un sujeto que se
reconoce en los mensajes
mediáticos, y se siente
activo y creador.
De igual modo, se
plantea que no es el
contenido de los
mensajes o de los
medios lo definitorio en
estos casos. En este
sentido, suelen
señalarse las
limitaciones de
iniciativas que apuntan
solo al aprendizaje de
técnicas tradicionales y
al uso de las
tecnologías por parte de
los sujetos. Pero en el
mismo plano teórico,
solo el desmontaje de
los discursos
hegemónicos no sería el
antídoto contra la
dominación, como no lo
es la mera transmisión
de un discurso contrario
que no esté respaldado
por transformaciones en
el proceso comunicativo
y su encargo social. “Si
reducimos la hegemonía
al plano de lo
discursivo, la lucha
contra la hegemonía
puede derivar en la
utilización de los
mismos mecanismos y
recursos, trucos y
tretas que ella utiliza
para proteger sus ideas
y valores […] Se piensa
que al ser otro el
contenido del mensaje y
su finalidad, no importa
que los medios empleados
sean los mismos”
(Gramsci en Acanda,
2007: 167).
Es precisamente lo
concerniente al
proceso
comunicativo, al rol de
los productores y las
audiencias, y a las
características del
mensaje, lo que
constituye el punto de
mayor coincidencia en
los debates. De esa
forma, la alternatividad
comunicativa radicaría
en el “enfrentamiento al
sistema de comunicación
hegemónico capitalista,
pero no solo a partir de
una posición reactiva,
defensiva y mimética con
respecto a este ―que,
incluso, puede llegar a
reproducir rutinas
productivas semejantes a
aquel―, sino que implica
asumir una posición
activa y propositiva,
para formular y operar
verdaderas alternativas
de comunicación frente a
las maneras de la
comunicación dominante.
En un sentido correcto,
lo alternativo mediático
sería optar por una
comunicación
participativa, dialógica,
liberadora, a partir de
una relación de opuestos
con la que proponen los
medios dominantes, como
parte de proyectos
liberadores y de cambio
social” (Bacallao,
2008).
VI
Hay algo más importante
que la lógica: la
imaginación.
Alfred Hitchcock
Desde hace una década,
las experiencias
alternativas de
comunicación han
encontrado en el reino
de Internet una
oportunidad. Por primera
vez, un descubrimiento
tecnológico les
permitiría llevar la
radio local, la página
impresa con precariedad,
a grandes masas de
audiencias potenciales.
Y aún más, conocer a
quienes, desde otras
orillas, intentan lo
mismo. La Web se ofrecía
así
―y
así se vendía como las
primeras embarcaciones
capaces de atravesar
océanos, en el siglo XV,
por cuya gloria pudieron
“encontrarse” los
habitantes de un mundo
aprehensible. Pero como
en aquel siglo, la
gracia tecnológica se
nos concedió en niveles
de desarrollo muy
diferentes: justamente
como en esta época,
quienes habían conocido
fases primeras de
desarrollo intentaron
colonizar a otros. Como
un moderno encuentro de
civilizaciones, la
comunicación llegó a la
era de Internet; y, como
antaño, las voces que
han intentado alzarse
desde experiencias
alternativas, han tenido
que enfrentarse a los
dominadores en su mismo
campo. Aún más: con las
armas que ellos mismos
habían construido.
Es por eso que la
oposición ha sido
un mecanismo recurrente
desde las fases
originarias de
desarrollo de
experiencias otras
de comunicación,
como también lo ha sido
en el propio imaginario
de los grupos sociales
que las han potenciado.
No obstante, al cabo de
una década, no solo se
resiste a la hegemonía
de los medios
tradicionales, sino que
se conceptualizan las
alternativas
comunicacionales desde
el mismo discurso
reactivo, basado en la
negación de imágenes y
modelos frente a los que
se construye una
identidad.
Lacera mucho a las
experiencias, por tanto,
la tendencia a definirse
en oposición a los modos
de operar de los
“grandes medios”,
fundamentalmente en la
construcción de sus
agendas y no así en los
procesos. El resto está
en ensayar, al menos,
una visión alejada de
comprensiones
instrumentales, dada por
la confluencia armónica
entre esa comunicación
para el cambio social y
la comunicación como
encargo social en sí
misma, lejos aún de
concretarse.
La palabra “alternativa”
fue un buen recurso
cuando, “por una parte,
parecía imposible
mencionar ‘revolución’,
‘socialismo’,
‘imperialismo’ o
‘liberación’, y por
otra, muchos tenían una
sana desconfianza de las
grandes palabras que no
habían podido guiar a
las rebeldías y las
resistencias hacia
triunfos” (Martínez
Heredia, 2009); el reto
tanto en el plano
propiamente
comunicativo, como el
que concierne a la lucha
social que le gesta,
estaría en la
proposición.
Fragmentos de la Tesis
de Licenciatura Una
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