La Habana. Año IX.
26 de FEBRERO al
4 de MARZO de 2011

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

La imaginación contra la lógica
Alternativas comunicacionales en Internet, contexto y desafíos
Idalmis León y Marianela González • La Habana

La historia de América Latina es rica en experiencias y luchas democráticas, desde la práctica y también desde la teoría. Hoy, la región experimenta procesos de cambio, signados por fenómenos globales y también por la tradición endógena: tensión entre fuerzas económicas y políticas globales/regionales; movilidad y expansión de transnacionales de todo tipo; movilidad también de personas entre las fronteras y paisajes persistentes de marginalidad, pobreza y diferencias en cuanto al acceso a las oportunidades, incluso, entre los países de la región. Pero dentro de todo esto, también es evidente la sostenida acción colectiva de movimientos que, sin renunciar al ámbito local, se inscriben a agendas comunes de carácter regional e incluso global. Y la comunicación, el uso de las nuevas tecnologías de información y comunicación como soporte del mediactivismo desde los movimientos sociales, y también desde el ámbito intelectual, seducen a la posibilidad de una “comunicación otra” que, aun partiendo de los mecanismos creados por el orden que combate, sea capaz no ya de “transformar” el orden social, sino, al menos, de convertirse ella misma en otros mundos posibles.

I

“Historia: El 12 de octubre de 1992, el Nuevo Orden Mundial cumplió 500 años.”

 Eduardo Galeano, Diccionario del Nuevo Orden Mundial  

A estas alturas, para nadie es un secreto que a pesar de que la tan socorrida “globalización” es un fenómeno que acumula décadas de gestación, su entronización político-mediática se produjo en la segunda mitad de los 90. No hay ningún motivo para concluir que esa irrupción fulgurante tuviese un carácter neutro, improvisado y espontáneo; sobran, en cambio, los que aconsejan sostener que obedeció, antes bien, a razones tan precisas como tramadas (Taibo, 2009).

Como resultado, la política, tradicionalmente entendida y practicada bajo los límites del estado-nación, ha visto rebasadas sus fronteras tanto en el sentido de la creación de instancias supranacionales de toma de decisiones, como por la vertiginosa interconexión de las comunicaciones y el desarrollo de nuevas tecnologías de información que permiten la construcción de agendas, debates y movimientos de carácter global.

“Cambio civilizatorio”, “sociedad postindustrial”, “sociedad posburguesa”, “sociedad del postrabajo”, “era tecnocrática”, “era del vacío”, “posmodernidad”, “fin de la historia”, “mundialización”, “globalización”, “aldea global”: son algunos de los términos que se utilizan para denominar las transformaciones que se operan en la contemporaneidad, o nociones que se aproximan a tales mutaciones.

De cualquier modo, es la palabra globalización la más utilizada para nombrar este “mundo desbocado” (Giddens en Costa, 2000), resultado de la transnacionalización de un modelo político, económico, social y cultural al estilo capitalista, que desde hace ya dos décadas soporta disímiles apellidos y adjetivaciones. Una de sus más llamativas consecuencias, señalada principalmente en los más diversos ámbitos académicos (Margulis, 1998; Houtart, 2009; Giddens, 2000; Martínez Heredia, 2009), es que torna más aguda la aceleración de los flujos culturales.

Es ahí donde lo más estrechamente comunicacional, massmediático, sale a flote: en sus relatos donde confluyen la construcción narrativa, las referencias y pautas representativas del acontecer (Martín Serrano, 1993: 120)

II

“Hágase nuestra voluntad, no la tuya.”

 U. Eco

Hace cerca de un siglo, Antonio Gramsci definió en sus Cuadernos de la cárcel el término hegemonía; aunque más que de un “término” o “concepto” de hegemonía, debe hablarse de “concepción gramsciana de hegemonía” (Acanda, 2007: 157). El revolucionario italiano, concentrado en desenmascarar la pluralidad de formas en que el poder existe y se manifiesta, amalgamó en este sistema teórico un conjunto de categorías: “sociedad civil”, “poder”, “dominación”, “revolución pasiva”, “bloque histórico”, “intelectual orgánico”. En la época de Gramsci, el marxismo comenzaba a diluirse en dogmas y manuales. Así, la explicación más lúcida que podía obtenerse en relación con la permanencia de la dominación burguesa sobre las sociedades europeas, resultaba vulgar y simplista: una clase o sistema logra ser dominante porque es capaz de producir un sistema de valores que engaña y confunde a las masas, dada su condición de propietaria de los medios de producción [dígase, igualmente, medios de comunicación] (Ídem: 162). Para revertir esa dominación, por tanto, solo sería necesario expropiar a los expropiadores. El fin de su poderío económico implicaría el fin de su dominación ideológica.

Sin embargo, los sucesos de la antigua URSS demostraron que es imposible regular la vida espiritual de una sociedad solo a través de dispositivos de “ordeno y mando”, y el pensamiento gramsciano, antes relegado, comenzó a ser rescatado como clave para comprender las dinámicas políticas y sociales contemporáneas desde una mirada cultural. Así, la dominación se apoya en un conjunto de relaciones, prácticas sociales e instituciones proveedoras de sentidos (familia, escuela, iglesia, medios de comunicación…), a través de los cuales socializa los valores que responden al mantenimiento de una clase o grupo en el poder. A eso le llamó Sociedad Civil.

Casi un siglo después, la dominación sobre la “aldea global” ha incluido en sus mecanismos la monopolización y mercantilización de la información y el conocimiento: el valor que han ido adquiriendo en la medida en que las fronteras se hacen más borrosas, ha traído como consecuencia la imposición de un “pensamiento único”, sostenido por el hecho de que los medios constituyen un elemento central en las sociedades contemporáneas. I mean symbolic power ―that is, the power of constructing reality” (Couldry, 2001). La línea común entre todos los fenómenos que marcan la sociedad contemporánea resultaría, entonces, la de los cambios culturales, tanto o más que sociales.

Precisamente tomando a la cultura como campo, Gramsci la interpretó desde la atalaya conceptual que brinda la hegemonía: “la cultura como compleja interrelación de dominación y liberación” (Acanda: 14). La Sociedad Civil, como expresión de las relaciones de fuerza que mueven la sociedad, “es también el espacio legítimo de confrontación de aspiraciones, deseos, objetivos, imágenes” (Acanda, 2007: 219). Es decir, también en la Sociedad Civil se expresa el conflicto social: de ahí su noción de “contrahegemonía”.

Y ha sido América Latina ―donde concentración y dependencia, hegemonía económica, cultural y mediática encuentran el perfecto latifundio― la evidencia de esa otra faceta de la globalización. Ha sido en este continente “de debate y combate” (Martín Barbero, 1987: 163), “teatro privilegiado de la mundialización del capitalismo” (Martínez Heredia, 2009), donde la cultura está señalando “la percepción de dimensiones antes inéditas del conflicto social, la formación de nuevos sujetos y formas nuevas de rebeldía y resistencias” (Martín Barbero, 1987: 227). Formas nuevas de contrahegemonía, alternativas al “pensamiento único”.

III

“En América Latina hay que soltar la fantasía, libertar la ficción de todas sus viejas amarras para redescubrir la realidad.”

J. C. Mariátegui

El fenómeno de la globalización tanto en el orden cultural, como en el puramente geopolítico, ha centrado la atención de quienes advierten en él un “apartheid a escala global” (Amin, 2001), en tanto proceso dual cuyo discurso “integra” y la realidad separa. Así, más allá de esa ilusión massmediática de mundo equilibrado, “se tornan notorias las contradicciones, desigualdades y asimetrías: la direccionalidad e intensidad de las transacciones permiten apresar polaridades espaciales y económicas que concentran el poder de decisión en el plano económico, político e informativo” (Margulis, 1998: 39).

De modo que en medio de los procesos sociales y culturales que caracterizan el momento actual, es importante destacar la fuerte conflictividad en el plano nacional y étnico, el recrudecimiento de formas de discriminación, perjuicio y exclusión, fenómenos que no son nuevos pero que adoptan en la actualidad modalidades particulares y se sitúan en un plano mayor de visibilidad con el accionar de los nuevos movimientos populares. Al menos hasta la década de los 70, los movimientos revolucionarios latinoamericanos se caracterizaron por una concepción tipo “guerra de movimientos”, limitada a la dominación de clase, que tendía a minimizar el rol de los procesos que se subsumen bajo el término gramsciano de “hegemonía” (Campione, s/f). No obstante, la derrota experimentada en carne propia, en algunos casos; la visión de los contrastes ajenos, en otros; la reversión del orden mundial que quedara sintetizada en la caída del Muro de Berlín; y el cambio general del clima de época, hicieron que la idea de transformación social quedara, si no sepultada definitivamente, seriamente dañada en sus posibilidades de generar movimientos políticos eficaces.

Años más tarde, desmintiendo las teorizaciones en torno al ocaso definitivo de la “política de masas” y del abandono del ámbito “callejero” del debate político para recluirse en los media, los levantamientos populares se vienen sucediendo a partir de los años 90.

Es así como América Latina se debate entre su especialización histórica de latifundio (neo)colonial y “la trama hoy de modernidad y discontinuidades culturales” (Martín Barbero, 1987: 10), y exhibe desde hace casi dos décadas un panorama totalmente nuevo, advertido por Barbero desde los años 80: “…Lo que se halla en proceso de cambio es la concepción misma que se tenía de los sujetos políticos” (Martín Barbero, 1987: 226). Para Barbero, la cultura está señalando desde finales de la década de los 80 la percepción de dimensiones inéditas de conflicto social, la formación de nuevos sujetos regionales, religiosos, sexuales, generacionales y formas nuevas de rebeldía y resistencia” (1987: 227), expresiones de contrahegemonía desde el seno de la Sociedad Civil.  

A lo largo de la década de los 90, surgen a nivel mundial los movimientos sociales y redes “antiglobalización” con una fuerte presencia en América Latina: Vía campesina (1992), Marcha Mundial de Mujeres (1996), Jubileo 2000 (1996), Social Watch (1996), Asociación por la Tasación de las Transacciones y por la Ayuda a los Ciudadanos (ATTAC) (1998), Acción Global de los pueblos - AGP (1998), Jubileo Sur (1999). También a ellos se les identifica con la Sociedad Civil (Acanda, 2007: 179).

Paralelamente, y con centralidad en el escenario de las demandas sociales de las organizaciones de la sociedad civil, entre los especialistas se analizan nuevas categorías: “nuevos sujetos históricos”, “campo de fuerza popular”, “ciudadanía global”, “exclusión social”, “descentralización”, “redes de solidaridad”, “tercer sector”, entre otras, perfilando en una nueva relación con el Estado, un espacio público no estatal con base en la sociedad civil. No obstante, fue a partir de Seattle que “la prensa mundial acuña la denominación de movimientos anti-globalización, posteriormente sustituida por “globalifóbicos” (Lago, 2006).

No obstante, se ha señalado que estos movimientos surgidos en los 90 no son nuevos, sino que combinan formas de acción que refieren a distintas orientaciones y pertenecen a fases de desarrollo de un sistema o a diferentes sistemas históricos. Sucede que “muchos de los nuevos movimientos sociales en Latinoamérica han surgido de los movimientos y partidos viejos, usando las nuevas tácticas y buscando el apoyo de la opinión pública internacional” (Vargas, s/f). Es así como confluirían en este escenario popular, nuevamente, procesos que Barbero definió hace dos décadas: lo arcaico, lo que sobrevive del pasado como estudio o rememoración; lo residual, incorporado desde la cultura dominante y también lo que constituye reserva de oposición y de alternativa; y lo emergente como innovación y significado de sus propias prácticas (Raymond Williams, citado por Martín Barbero, 1987: 91). Todo ello, formando parte de un único imaginario.

IV

 “Aquella noche hacían cola los sueños. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.

    E. Galeano, El libro de los abrazos  

Si en los ámbitos académicos la discusión gira en torno al grado de novedad o de reciclaje que presenta el accionar de los nuevos movimientos sociales, ciertamente existen algunos puntos de coincidencia: entre ellos, el hecho de que las actualmente llamadas redes internacionales de oposición a la globalización neoliberal o “movimientos antiglobalización”, están conectados en red a través de las herramientas de Internet, que resultan imprescindibles para su actuación y para la redimensión de sus territorios de influencia y acción (Castells, 2001; Lago, 2006).

En un contexto más amplio, desde hace décadas, el impetuoso desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (sobre todo Internet), han conducido a que estas se conviertan en la infraestructura básica de la economía, de la ciencia, de la política, de la educación y las artes, invadan la vida cotidiana y modelen nuevas formas de percepción, de hábitos y de ordenamientos lógicos de los procesos cognoscitivos. Este proceso ocurre incrustado y en gran medida supeditado a las tendencias que predominan en el desarrollo capitalista contemporáneo, es decir, la superconcentración de la propiedad a escala multinacional y el consiguiente establecimiento del mercado mundializado que por ahora funciona en las lógicas neoliberales (Vidal, 2006).

Castells define este contexto como Sociedad Red: “Una red es un conjunto de nodos interconectados. […] Lo que un nodo es concretamente, depende del tipo de redes a que nos refiramos. Son los mercados de la balsa y sus centros auxiliares de servicios avanzados en la red de los flujos financieros globales […] Son los canales de televisión, los estudios de filmación, los entornos de diseño informático, los periodistas de los informativos y los aparatos móviles que generan, transmiten y reciben señales en la red global de los nuevos medios que constituyen la base de la expresión cultural y la opinión pública en la era de la información […] Como la información y la comunicación circulan primordialmente a través del sistema de medios diversificado pero comprensivo, la política cada vez se encierra más en el espacio de los medios. El liderazgo se personaliza y la creación de imagen es creación de poder” (Castells, 1999a).

En un plano más estrechamente comunicacional, hace ya unas dos décadas que Internet ha sido vislumbrada y utilizada en sus potencialidades como “nuevo medio de comunicación”. Su inmediatez, bajo coste, carácter global en tanto accesible a una comunidad internacional, y la garantía de reproducibilidad por otros medios o personas, son algunas de las ventajas.

Desde la década de los 90, y cada vez con mayor empuje, los medios masivos han ido conformando grupos mediáticos con carácter global. Así, el proceso de concentración y monopolización mediática tanto a escala regional como global, ha transitado por fusiones, reestructuraciones y adquisiciones que han dado lugar al nacimiento de conglomerados mediáticos que, gracias a la convergencia digital, controlan los medios, la industria del entretenimiento y la propia Internet. Entre ellos, han sido AOL-Times-Warner, NewsCorps, ViaCOM, Microsoft, Vivendi Universal, Disney, France Telecom, MTV… los cuales han contado con una herramienta fundamental: la publicidad. Y su papel ha sido doble: en tanto agentes económicos y agentes discursivos. La duplicidad de esta receta, en tanto, articula el consenso en la gran fábrica de modo que “el encanto de la diversidad cede ante la fulminante ofensiva de la estandarización, la homogeneización” (Ramonet, 2001), e insiste en que no hay salida ninguna fuera de las recetas neoliberales.

De esta forma, la información se convierte en un bien preciado y por tanto mercantilizado en la nueva sociedad-red. Los “grandes medios”, los “mainstream”, los líderes de las noticias a nivel mundial, adquieren entonces papel de todopoderosos: “The elite media set a framework within which others operate. If you are watching the Associated Press, who grind out a constant flow of news, in the mid-afternoon it breaks and there is something that comes along every day that says ‘Notice to Editors: Tomorrow’s New York Times is going to have the following stories on the front page’” (Chomsky, 1997).

Al mismo tiempo, no obstante, la relativa igualdad de acceso a las plataformas de la red para posicionar medios de comunicación ha sido también aprovechada en sentido contrahegemónico. Se afirma que “por sus características como una red descentralizada y distribuida, Internet complica el control que los grupos de poder puedan tener sobre ella, además que la variedad de formatos posibles, su capacidad global y la pluralidad de sus usuarios han permitido una distribución de información, recursos y conocimiento nunca antes vista, por lo que puede significar una nueva era para los medios alternativos radicales” (Villareal y Gil, 2001, en Ávila, 2007).

De esta forma, las tecnologías se suman a la acción colectiva que define a estos movimientos: en tanto tienen un papel activo en la disolución de fronteras, han transformado la práctica, la organización y el discurso de los movimientos sociales contemporáneos, en lo instrumental, lo organizacional y, más profundamente, ha dado origen a nuevos modos de relación y de comunicación que permiten la gestión de conocimientos, la creación de comunidades y el intercambio de significados en otro régimen de relaciones (Rodríguez Giralt, 2002). Es por eso que se les llama, en ese sentido, “tecnologías de la proximidad”: a través de ellas, las temáticas que constituyen el objeto mismo de la lucha se regeneran, ejerciendo mayores efectos globales desde actividades locales.

No obstante, el acceso a Internet requiere unas determinadas condiciones tecnológicas y económicas que lo convierten en un medio desigual para la ciudadanía. Asimismo, es necesaria la educación para el uso del medio, de modo que crezca el número de personas con habilidades para su uso. A pesar de estas limitaciones, en las últimas dos décadas la revolución de Internet ha fomentado la creación de redes de macroesferas públicas, propagando comunidades virtuales que generan debate público global y regional, y con tres ventajas con respecto a los medios masivos tradicionales de comunicación: aprovechan la falta de restricciones legales para generar y distribuir la información, la globalidad informativa y la informalidad de las comunicaciones para emitir sus mensajes.

Desde mediados de los años 90´, diversos movimientos sociales, activistas políticos y Organizaciones no Gubernamentales (ONG), comenzaron a formar redes y a apropiarse progresivamente de la red para convergir en acciones locales y globales para el fortalecimiento de la ciudadanía y el cuestionamiento de las hegemonías instituidas (Fleischanan, 2004). Internet, como campo abierto al activismo transnacional, tuvo su debut con el “Encuentro Intergaláctico” llevado a cabo por el EZLN en 1996. El accionar del movimiento zapatista en el ciberespacio es reconocido como la “primera guerrilla informacional” (Castells, en Lago, 2006), ya que gracias al aprovechamiento de este tipo de medios, la información de primera mano que surgía al interior del movimiento, pudo burlar los cercos de los medios establecidos y lograr la conjunción de apoyo moral, económico y político no solo fuera de su localidad (Chiapas), sino a nivel internacional.

A partir de entonces, se desata la llamada “explosión de sitios alterglobalización” en Internet. En la batalla de Seattle, el modelo de los Centros de Medios Independientes (Indymedia Center, IMC) se inicia con la primera convergencia pública, masiva y global de movimientos de resistencia al neoliberalismo organizada a través de Internet, reuniendo 50 mil manifestantes en protesta contra la reunión de la OMC. A partir de los meses y años siguientes, la agenda de encuentros de representantes del poder transnacional se ha visto sistemáticamente intervenida por “contra-reuniones”, coordinadas a través de los sitios abiertos por los movimientos en la red o por medio de las listas de correo.

En las últimas dos décadas, han proliferado en la red sitios que fungen como aglutinadores de múltiples espacios abiertos por movimientos sociales, en su mayoría “desprofesionalizados” (Nodo 50, Minga Informativa de Movimientos Sociales, ATTAC, IMC…), sitios desarrollados por periodistas, académicos e intelectuales de diferentes ramas que buscan colocar profesionalmente el hacer de estos movimientos e incorporar a la agenda mediática temas comunes a los que estos defienden (Rebelión, Aporrea, Red Voltaire, La Vaca…), agencias de noticias destinadas en mayor o menor medida a satisfacer las necesidades informativas de radios o medios comunitarios, ciudadanos, locales e incluso a los desarrollados por los propios movimientos (Pulsar), y listas de correos con el objetivo de difundir alertas, noticias urgentes y convocatorias de la pluralidad de organizaciones en resistencia (Pasalavoz, Sinpermiso).

Los aportes de Internet a la organización de los movimientos sociales y en general a la acción de los nuevos actores sociales en la lucha contrahegemónica, ha sido sintetizada por Antonio Silva (2005): Proliferación y ramificación de los colectivos sociales, se desarrollan desde la localidad hasta alcanzar visibilidad global; horizontalidad y flexibilidad de las redes: las organizaciones tienden a constituirse de forma más descentralizada, menos jerarquizada; actúan como redes unificadoras, cuya base fundamental es la comunicación a través de Internet; existencia dinámica, actividad constante que le permite proliferar, alcanzar objetivos y lograr gran impacto socio-político; minimalismo organizacional y material; universalismo y particularismo de las causas, dada la conjunción de intereses globales y locales que intentan poner en escena la proclamada “unidad en la diversidad”; gran poder de articulación y eficiencia, aunque en diversos escenarios geográficos; se privilegia la búsqueda de conexiones identitarias, de ideologías y visiones del mundo compartidas, para lo que la solidaridad deviene un recurso esencial; y la diversidad de causas de lucha en las que se enrolan los movimientos, que al ser socializadas permiten la generación de sujetos con semejantes intereses.

Desde el otoño de 2001, no obstante, un término congestiona motores de búsqueda y alimenta cada vez con mayor fuerza ciber-apasionamientos de todo tipo: el concepto de Web 2.0. Para esa fecha, el estallido de la burbuja tecnológica había conducido a usuarios e investigadores a creer que la expectación sobre la Web no pasaba de un mito.

A partir de entonces ―y a pesar de la poca concertación en torno a un concepto definitivo―, la Web 2.0 ha ido concretándose fundamentalmente como plataforma que se alimenta de la inteligencia colectiva de los usuarios, privilegiando arquitecturas de participación e iniciativas que rondan los principios de Creative Commons, contenidos generado por los usuarios, transparencia, periodismo ciudadano, simplicidad, redes sociales, entre otros conceptos.

Con estas propuestas, cabría esperar que la irrupción de esta concepción diera lugar a la aparición de nuevas dinámicas y oportunidades en el marco de la contienda social en Internet. No obstante, si bien es cierto que estos medios se encuentran hoy en diferentes niveles no ya de presencia, sino de uso y apropiación de estos mecanismos, resulta fácil constatar que son precisamente las fuerzas políticas consolidadas y tradicionales, junto con los medios representativos del poder económico y político, quienes constituyen franca mayoría en este sentido, al cabo de una década.

Sectores minoritarios que podrían aprovechar el canal como medio gratuito de difusión, apenas tienen presencia; y si la tienen, no es ni organizada ni institucional en la mayoría de las ocasiones, sino por vía de algún militante o simpatizante individual. De igual forma, el diálogo entre los participantes en esos espacios como foros de debate ―con excepciones― no es frecuente, ni tampoco la iniciativa de fomentarlos (Prieto, 2008). Recordemos, no obstante, que si bien nos referimos en páginas anteriores a los fuertes procesos de concentración mediática que se han venido dando en los últimos años, el proceso de monopolización se reproduce quizá con la fuerza máxima en esta red global. En lo que se refiere a la industria del software, por ejemplo, es conocido el dominio de Microsoft y, aunque cada vez pasa más tiempo en la palestra pública frente al movimiento del software libre, las empresas norteamericanas controlan el mayor por ciento del tiempo de conectividad. Tampoco es posible descartar el hecho de que el 80 por ciento de sus contenidos esté en inglés, cuando solo el diez por ciento de la población mundial lo maneja. Todo esto, sin mencionar el tema del “analfabetismo tecnológico”, resultado de una brecha creciente y muy escasos proyectos educativos.

No obstante, en el último año se advierte un crescendo en la presencia de movimientos y experiencias alternativas de comunicación en las redes sociales. Las conexiones que se van tejiendo han ido perfeccionando así tácticas de denuncia, resistencia, presión e insurgencia contra el status quo, y sobre todo han logrado abrirse hacia audiencias potenciales de carácter global. La lógica del trabajo en red, sobre todo, ha sido en muchos casos la regla común. El caso del Foro Social Mundial ―en cuya primera edición, en 2001, se propuso su reedición anual― es paradigmático: la convergencia física de miles de movimientos provenientes de países remotos fue y continúa siendo posible gracias a los recursos comunicativos de Internet, aunque hoy se sumen otras vías.

Ya lo decía Martín Barbero, tempranamente: “las tecnologías no son meras herramientas transparentes y no se dejan usar de cualquier modo, son en últimas la materialización […] de un modelo global de organización del poder. […] Pero el rediseño es posible, si no como estrategia, al menos como táctica […]: el modo de lucha de aquel que no puede retirarse a ‘su lugar’ y se ve obligado a luchar en el terreno del adversario. […] Y en todo caso, cuando el rediseño no puede serlo del aparato, podrá serlo al menos de la función.”(1987: 201)

V

“El canario solo tiene sus alas; pero sus alas lo llevan.”

Wole Soyinka

Es en esta “sociedad red”, de la globalización de todo y de las tecnologías, en que todos los individuos pueden colaborar y competir a escala global, que la voz otra se alza. Un inabarcable cúmulo de tendencias ―variadas y hasta contrapuestas― se inscriben hoy dentro de lo que ha dado en llamarse alternatividad comunicativa.

Los acercamientos teóricos hacia esa comunicación otra datan al menos de la década de los 70; sin embargo, conforman uno de los terrenos más volubles y conflictivos de la comunicología. Desde entonces, ha sido acuñada bajo diferentes denominaciones, según el contexto y la procedencia: “comunicación alternativa”, “comunitaria”; “comunicación para el cambio social”, “para el desarrollo” o “participativa”; “medios radicales”; “comunicación ciudadana”; “comunicación contrahegemónica” o “contrainformación”.

No obstante, podemos rastrear desde EE.UU. y Europa síntomas de emergencia de estas aproximaciones en años mucho más tempranos: en el marxismo clásico, en la Escuela de Frankfurt y en las ideas de Walter Benjamin en su ensayo The author as producer, de 1968. Sobre el cuestionamiento de Benjamin acerca de las distinciones entre los roles de productor y consumidor, Enzesberger (1976, en Atton, 2001a) esboza su idea del uso político emancipador de los medios, caracterizado por la interactividad entre creadores y audiencia, la producción colectiva y la preocupación por la vida diaria y las necesidades habituales del pueblo. El análisis de Enzesberger resulta crucial, pues reconoce desde bien temprano las tres dimensiones que aún hoy guían la casi totalidad de las definiciones sobre alternatividad comunicativa: el mensaje, el proceso comunicativo y su encargo social.

En América Latina, las prácticas alternativas concretas (radio, prensa y, en menor medida, televisión o video comunitario), insertas en los movimientos populares, tenían ya una riqueza atendible en las postrimerías de los 70. Bajo el nombre de “comunicación popular”, esta riqueza comienza a ser teorizada como “alternativa” comunicacional y de enseñanza a los tradicionales métodos y medios autoritarios, que no reflejaban las realidades populares. Así, los valores educativos del proceso de comunicación habían sido subrayados por Freire (1978) en términos de modelo dialógico, horizontal y de liberación, a aplicarse en el seno de los grupos populares.

No obstante, es con los 80 que las reflexiones sobre comunicación alternativa, entendida como la otra (comunitaria, popular, alternativa, educativa…), tienen su auge en una Latinoamérica “comprometida con los movimientos sociales y la crítica frente a la sociedad imperante. Fue una época muy fructífera en experiencias, compromiso y reflexiones. Los actores de sectores pobres se convirtieron en protagonistas y desde allí se les percibía como nuevos y auténticos gestores del cambio social […] A la par, siguieron emergiendo procesos más amplios de globalización y la tendencia económica hegemónica, por lo menos en el discurso, busca en primer lugar una integración social y no precisamente una oposición radical” (Alfaro, 2000).

A partir de esta década y sobre todo en los 90, con el auge de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, especialmente Internet, y su creciente apropiación y uso en la generación de experiencias alternativas de comunicación, la preocupación acerca de este tema aumenta en el campo teórico, apuntando cada vez más a las experiencias y transformaciones que tienen lugar en la práctica. La polémica no se limita a las simples denominaciones, sino abarca todas las dimensiones del fenómeno. Las experiencias se han dado en contextos muy diversos; no obstante, salvando sus diferencias, confluyen en la vocación creadora de relaciones sociales alternativas, para la construcción de una sociedad más democrática.

Casi todas se han vinculado a movimientos revolucionarios o a proyectos de desarrollo. Básicamente, se plantean como una necesidad de oponerse a los grandes flujos de comunicación que, en la era neoliberal, han colaborado en el afianzamiento de la hegemonía capitalista, mediante la transmisión del pensamiento único. Ahora como nunca antes ―sin olvidar las diferencias en las posibilidades de acceso―, los otros tienen los medios para hacerse oír en un campo de relativa igualdad con respecto a la comunicación hegemónica. Asimismo, el necesario intercambio entre todas las fuerzas sociales implicadas en el cambio, es cada vez más fácil y provechoso. Para formular propuestas verdaderamente serias y viables de transformación social, es importante comprender el contexto social con una perspectiva tan amplia como sea posible, ya que el cambio se plantea a todos los niveles. Es por ello que en la interacción de esas fuerzas se sostiene que la estrategia debe basarse en la formación de un sujeto distinto, creador, con pensamiento crítico y voluntad de cambio. De modo que el discurso alternativo se plantea como un proceso alternativo de comunicación, basado en nuevas formas de relación social y, a su vez, en hombres nuevos, que intercambian, que dialogan en el entorno de una comunidad.

De ahí se desprende que los medios ―en lo que esos sujetos se reflejan y realizan― constituyen pieza clave en la construcción de ese proceso otro, por lo que están ―o deben estar― redimensionados. Hamilton (2000, en Atton, 2001a) afirma que el problema de fondo de los medios alternativos no es un problema de medios, sino de comunicación. Por tanto, plantea que estos medios deben enfocarse a buscar nuevas formas de comunicación y no necesariamente nuevos medios, que ayuden a difuminar la barrera existente entre productor y consumidores para convertirse en un vehículo popular de organización cultural en lugar de un medio de consumo individual.

Las prácticas alternativas se plantean, por lo general, democratizadoras, y apuntan hacia nuevos modelos comunicativos basados en la horizontalidad y la colaboración. Ambos presupuestos enlazan, a la vez, con el redimensionamiento que plantea el medio digital en el proceso comunicativo, sobre todo con los niveles de interacción que las nuevas tecnologías permiten. Usualmente identificados con la “participación”, estos niveles de interacción suelen producir un efecto “maravilloso” en un sujeto que se reconoce en los mensajes mediáticos, y se siente activo y creador.

De igual modo, se plantea que no es el contenido de los mensajes o de los medios lo definitorio en estos casos. En este sentido, suelen señalarse las limitaciones de iniciativas que apuntan solo al aprendizaje de técnicas tradicionales y al uso de las tecnologías por parte de los sujetos. Pero en el mismo plano teórico, solo el desmontaje de los discursos hegemónicos no sería el antídoto contra la dominación, como no lo es la mera transmisión de un discurso contrario que no esté respaldado por transformaciones en el proceso comunicativo y su encargo social. “Si reducimos la hegemonía al plano de lo discursivo, la lucha contra la hegemonía puede derivar en la utilización de los mismos mecanismos y recursos, trucos y tretas que ella utiliza para proteger sus ideas y valores […] Se piensa que al ser otro el contenido del mensaje y su finalidad, no importa que los medios empleados sean los mismos” (Gramsci en Acanda, 2007: 167).

Es precisamente lo concerniente al proceso comunicativo, al rol de los productores y las audiencias, y a las características del mensaje, lo que constituye el punto de mayor coincidencia en los debates. De esa forma, la alternatividad comunicativa radicaría en el “enfrentamiento al sistema de comunicación hegemónico capitalista, pero no solo a partir de una posición reactiva, defensiva y mimética con respecto a este ―que, incluso, puede llegar a reproducir rutinas productivas semejantes a aquel―, sino que implica asumir una posición activa y propositiva, para formular y operar verdaderas alternativas de comunicación frente a las maneras de la comunicación dominante. En un sentido correcto, lo alternativo mediático sería optar por una comunicación participativa, dialógica, liberadora, a partir de una relación de opuestos con la que proponen los medios dominantes, como parte de proyectos liberadores y de cambio social” (Bacallao, 2008).

VI

Hay algo más importante que la lógica: la imaginación.

Alfred Hitchcock

Desde hace una década, las experiencias alternativas de comunicación han encontrado en el reino de Internet una oportunidad. Por primera vez, un descubrimiento tecnológico les permitiría llevar la radio local, la página impresa con precariedad, a grandes masas de audiencias potenciales. Y aún más, conocer a quienes, desde otras orillas, intentan lo mismo. La Web se ofrecía así y así se vendía como las primeras embarcaciones capaces de atravesar océanos, en el siglo XV, por cuya gloria pudieron “encontrarse” los habitantes de un mundo aprehensible. Pero como en aquel siglo, la gracia tecnológica se nos concedió en niveles de desarrollo muy diferentes: justamente como en esta época, quienes habían conocido fases primeras de desarrollo intentaron colonizar a otros. Como un moderno encuentro de civilizaciones, la comunicación llegó a la era de Internet; y, como antaño, las voces que han intentado alzarse desde experiencias alternativas, han tenido que enfrentarse a los dominadores en su mismo campo. Aún más: con las armas que ellos mismos habían construido.

Es por eso que la oposición ha sido un mecanismo recurrente desde las fases originarias de desarrollo de experiencias otras de comunicación, como también lo ha sido en el propio imaginario de los grupos sociales que las han potenciado. No obstante, al cabo de una década, no solo se resiste a la hegemonía de los medios tradicionales, sino que se conceptualizan las alternativas comunicacionales desde el mismo discurso reactivo, basado en la negación de imágenes y modelos frente a los que se construye una identidad.

Lacera mucho a las experiencias, por tanto, la tendencia a definirse en oposición a los modos de operar de los “grandes medios”, fundamentalmente en la construcción de sus agendas y no así en los procesos. El resto está en ensayar, al menos, una visión alejada de comprensiones instrumentales, dada por la confluencia armónica entre esa comunicación para el cambio social y la comunicación como encargo social en sí misma, lejos aún de concretarse.

La palabra “alternativa” fue un buen recurso cuando, “por una parte, parecía imposible mencionar ‘revolución’, ‘socialismo’, ‘imperialismo’ o ‘liberación’, y por otra, muchos tenían una sana desconfianza de las grandes palabras que no habían podido guiar a las rebeldías y las resistencias hacia triunfos” (Martínez Heredia, 2009); el reto tanto en el plano propiamente comunicativo, como el que concierne a la lucha social que le gesta, estaría en la proposición.  

Fragmentos de la Tesis de Licenciatura Una pelea mediática contra los demonios. Representaciones sociales de la alternatividad comunicativa en Internet. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 2010.

 

Referencias bibliográficas:

ACANDA, Jorge Luis (2002): Sociedad civil y hegemonía. La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2002.

(2007): Traducir a Gramsci. Colección Tesis, Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 2007

ALFARO, Rosa Maria (1993): Una comunicación para otro desarrollo. Ed. Calandria, Lima, Perú, 1993.

(2000): “Culturas populares y comunicación participativa: en la ruta de las redefiniciones”. Conferencia presentada en el Encuentro Nuestros Medios I, efectuado el 24 de mayo de 2001, en Washington DC., en Ourmedianet. URL: http://www.ourmedianet.org/om2001/ica2001.html.

AMIN, Samir (2001): ¿Globalización o apartheid a escala global? Texto presentado en la Conferencia Mundial Contra el Racismo de Durban. Sudáfrica, 28 agosto–1 septiembre, 2001. URL: http://www.nodo50.org/csca/agenda2001/samir_amin-durban-01.html.

ATTON, Chris (2001a): Approaching alternative media, theory and methodology. En Internet, URL: http://www.ourmedianet.org/papers/om2001/Atton.om2001.pdf

(2001b): The mundane and its reproduction in alternative media. School of Communication Arts, Napier University, Scotland, 2001. URL: www.mundanebehavior.org/issues/v2n1/atton.htm

AVILA TORRES, Víctor M. (2007): La utopía de los medios alternativos radicales en Internet: El blog Sendero del Peje. Universidad de las Américas, Puebla, otoño de 2007. URL: www.cua.uam.mx/dccd/cc/memorias/mov/VAT.pdf

BACALLAO PINO, Lázaro (2003): Los enred@s del pataleo virtual. Comunicación alternativa digital y movimiento social mundial. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana, 2003. (Versión electrónica)

(2008): “La comunicación alternativa: el espacio trascendente de la comunicación”, en Análisis de Medios, Vol. 2, Dasniel Olivera y Maikel Pérez (comp.) pp. 319 a 349.

(2009): “Comunicación y movimientos sociales: hacia una simbología liberadora”, en Revista F@ro, número 8, 2009. (Versión electrónica)

CAMPIONE, Daniel (sf): Hegemonía y contrahegemonía en la América Latina de hoy- Algunos apuntes hacia una nueva época. URL: http://www.rebelion.org/docs/11306.pdf

CASTELLS, Manuel (1996): El surgimiento de la sociedad de redes. Blackwell Publishers, 1996. Capítulos 5 y 6. URL: http://www.hipersociologia.org.ar/catedra/material/Castellscap5.html

(1999a): La era de la información. Volumen 1: La sociedad red. Madrid, Alianza Editorial, 1999. Segunda Edición.

(1999b): La era de la información. Volumen 2: El poder de la identidad. Madrid, Alianza Editorial, 1999. Segunda Edición.

(1999c): La era de la información. Volumen 3: Fin de Milenio. Madrid, Alianza Editorial, 1999. Segunda Edición.

(2001): La Galaxia Internet. Reflexiones sobre Internet, empresa y sociedad. Plaza Janés Editores, Barcelona, 2001.

CHOMSKY, Noam (1997): What makes mainstream media mainstream. URL: http://www.chomsky.info/articles/199710--.htm

COSTA, José Manuel (2000): “Estamos en un proceso de reconstrucción del Estado nacional. Entrevista a Anthony Giddens”, en Diario ABC, 2 de mayo de 2000. URL: http://perso.wanadoo.es/covenant/progreso/opinion/giddens1.htm

COULDRY, N. (2001): “Mediation and alternative media or, reimagining the centre of media and communication Studies”. Conferencia presentada en el Encuentro Nuestros Medios I, efectuado el 24 de mayo de 2001, en Washington DC., en Ourmedianet. URL: http://www.ourmedianet.org/om2001/ica2001.html

FLEISCHANAN, Luciana (2004): Internet y movimientos sociales: comunicación en los movimientos de resistencia global. URL: http://www.edicionessimbioticas.info/Internet-y-movimientos-sociales

FREIRE, P. (1978): Educación liberadora. Madrid. Versión electrónica.

GIDDENS, Anthony (1998): Más allá de la derecha y la izquierda. Una nueva política para el nuevo milenio. Conferencia pronunciada el 21 de mayo de 1998 en la Fundación Trías Fargas. URL: http://www.iigov.org/iigov/pnud/bibliote/revista/revista2/docs/nota0201.htm

HOUTART, Francois (2002): 11 de septiembre: “El impacto en los movimientos sociales”, en Cuestiones de América, num. 11, Oct.-Nov de 2002. (Versión electrónica)

LAGO MARTINEZ, Silvia (2006): “La intervención politica de los movimientos sociales en la Sociedad de la Información”, en  UNIrevista, Vol. 1, número 3, julio de 2006. http://www.cem.itesm.mx/dacs/publicaciones/logos/anteriores/n52/39Lago.pdf

MARGULIS, Mario (1998): “Cultura y discriminación social en la época de la globalización”, en Globalización e identidad cultural, R. Bayardo y M. Lacarrieu (ed.), Ed. CICCUS, Buenos Aires, Argentina, 1998. pp. 39-60

MARTÍN BARBERO, Jesús (1987). De los medios a las mediaciones: Comunicación, cultura y hegemonía. Editorial Gustavo Pili, México, 1987. URL: http://www.mediaciones.net/htm/mediaciones.html

MARTIN SERRANO, Manuel (1993): La producción social de comunicación. Alianza Editorial S. A., Madrid, 1993.

MARTINEZ HEREDIA, Fernando (2009): “Pensamiento latinoamericano, cultura e identidades”, en Revista La Jiribilla, septiembre de 2009. URL: http://www.lajiribilla.co.cu/2009/n436_09/436_10.html

RAMONET, Ignacio (2001): El poder mediático. Taller Comunicación y Ciudadanía del FSM de Porto Alegre. URL: www.uff.br/mestcii/ramonet1.htm

(2003): “Medios de comunicación en pocas manos”, en Juventud Rebelde, 7 de enero de 2003. pp. 3.

RODRIGUEZ GIRALT (2002): Sociedad civil y nuevos movimientos sociales. (Versión electrónica)

SILVA, A. (2005): “Los movimientos sociales y activismo en red [online]”, en Wikilearning.URL: http://www.wikilearning.com/movimientos_sociales_y_activismo_en_red-wkc-2945.htm.

TAIBO, Carlos (2009): Globalización, alterglobalización y antiglobalización. En: Diagonal, septiembre de 2009. URL: http://www.globalizacion.org/globalizacion/TaiboGlobalizacionAlterGlobalizacion.htm

VARGAS, R. (s/f): Teoría de la acción colectiva. (Versión electrónica)

VIDAL, José Ramón (2002): Medios y públicos. Un laberinto de relaciones y mediaciones. Estudios sobre los efectos y la recepción de los mensajes mediáticos. Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2002.

(2006). Tecnologías y desarrollo social: una mirada de principio de siglo. Ponencia presentada en el Coloquio Internacional Información y comunicación social. Hacia la Sociedad del conocimiento, Monterrey. Noviembre, 2006.

(2009): “Por una alternativa de comunicación contrahegemónica”, en Revista La Ventana. URL: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=4724

 
 
 
 


II Taller Internacional

Medios digitales y contexto social: desafíos ante el cambio
 

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.