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Durante poco más
de un año, el
trabajo de
investigación
para la Tesis de
Diploma Una
pelea mediática
contra los
demonios.
Representaciones
sociales de la
alternatividad
comunicativa en
Internet,
incluyó la
sistematización
de experiencias
en voces de
disímiles
actores.
Testimonios
ofrecidos por
integrantes de
movimientos
sociales
latinoamericanos
y hasta
intelectuales,
que desarrollan
prácticas de
este tipo en la
web, nos
permitieron
consolidar un
conocimiento
colectivo que
es, al final, el
resultado de
este trabajo.
Sin embargo,
voces académicas
se sumaron
también a dicha
construcción.
Por su
dedicación al
tema y por la
experiencia
práctica que les
ha servido de
ruta, resultaron
particularmente
significativos
dos encuentros:
uno, sostenido
con el
académico e
investigador
uruguayo Gabriel
Kaplún,
durante el
Congreso de la
Federación
Latinoamericana
de Facultades de
Comunicación
Social en La
Habana (octubre
de 2009); el
otro, con el
psicólogo cubano
y Doctor en
Ciencias de la
Comunicación,
José Ramón
Vidal, en una
mañana del
Centro Memorial
Martin Luther
King, cuyo
programa de
Comunicación
Popular
coordina.
Compartimos a
través de La
Jiribilla
fragmentos de
ambos
encuentros, con
la intención de
que aporten
luces a la
construcción
colectiva que
también pretende
propiciar este
dossier. |
Se habla de “medios
contrahegemónicos”, de “contrainformación”,
de “comunicación
alternativa”… aunque
muchos investigadores
consideran el asunto de
los nombres como un tema
menor. ¿Cómo lo ve
usted?
Usualmente, se crea una
representación asociada
a un término. Muchas
veces, para que un
concepto evolucione, es
necesario un cambio de
denominación.
¿Qué entiende usted por
una alternativa de
comunicación?
El problema de la
alternatividad en
comunicación es que se
formó en una especie de
representación según la
cual la alternatividad
es lo pequeño, lo local,
lo que está al margen,
lo que no tiene
recursos. Es lo que
recurre a la imaginación
más que a tecnologías.
Ciertamente, todo eso es
útil y conveniente para
hacer alternativas de
comunicación
contrahegemónicas; pero
no hay que reducirlo a
eso. Es más, lo reduces
solo a eso y siempre te
vas a quedar en un
terreno de desventaja.
Como parte de la
representación sobre qué
cosa es la
alternatividad en
comunicación, muchas
veces no se ha logrado
evolucionar en lo que
para mí es lo más
importante: no lo
referido a los medios,
sino al paradigma desde
el cual trabajamos la
comunicación, es decir,
el sentido que tiene la
comunicación. Eso está
muy obviado en la
representación sobre
este concepto y sigue
existiendo en muchas de
las personas que hoy
trabajan por una
alternatividad en
comunicación y en muchos
de los movimientos
sociales y
organizaciones de
izquierda que son afines
a las tendencias
temáticas y a la
sensibilidad de esta
alternatividad.
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Cuando se hace
referencia a ese
concepto, se habla de
una comunicación que
tiene contenidos
diferentes al contenido
de la comunicación
hegemónica y que utiliza
medios que son los que
están disponibles para
incubar esos contenidos.
Esa es la representación
mayoritaria. Hace años
que estamos trabajando
por romper esa idea, que
te encadena por varios
motivos: si te quedas en
lo local, en lo marginal
—que es importante—,
siempre vas a tener la
desventaja cuantitativa,
la desventaja del
alcance; pero además, si
te quedas en el
paradigma y no cambias
el sentido de la
comunicación, si no
cambias el desde qué y
para qué se comunica,
entonces te quedas
compitiendo dentro de
ese paradigma en total
desventaja con los
medios hegemónicos,
precisamente porque son
estos medios los que
tienen los recursos, los
medios del poder…
Y los que tienen el
paradigma bien pensado…
¿Y cuál es el paradigma
de los medios
hegemónicos?: el
paradigma de la
dominación; comunicar
para reforzar desde la
comunicación el modelo
de la dominación
múltiple, en el que el
mundo vive desde hace
muchos siglos. Está la
dominación que viene del
patriarcado, el problema
de la mujer y las
discriminaciones en este
sentido, las
discriminaciones
raciales y étnicas, las
discriminaciones
sociales en relación con
la estructura
socioclasista de la
sociedad… es decir,
expresiones de
desigualdad que son al
mismo tiempo resultado
de esos modelos de
dominación mundial.
El paradigma
comunicativo de los
medios hegemónicos
refiere entonces a la
comunicación como el
instrumento que la
refuerza y por eso, en
la teoría de la
comunicación, una de las
aristas del modelo de
efectos estaba referida
al tema de los efectos
cognitivos. Y antes de
eso, a la persuasión.
Persuadir es hacer que
otro asuma un punto de
vista mío como si fuera
suyo. Eso se enmascara
con otras terminologías,
pero en esencia es una
técnica. Ha tenido
distintas etapas, hasta
que la psicología
cognitiva ha venido a
actualizarla: de ahí el
fuerte desarrollo de la
publicidad en el siglo
XX, tanto que es difícil
distinguir entre
propaganda y publicidad.
Esto ha tenido mucho que
ver con el desarrollo
que el pensamiento
hegemónico tuvo en el
siglo XX, el revival
del pensamiento
liberal sobre todo a
partir de los 70, en su
expresión neoliberal. El
marketing se ha
convertido en filosofía
más que en técnica. Todo
el reforzamiento del
siglo XX viene
justamente a lo que en
lenguaje de denuncia se
llama la manipulación:
técnicas sofisticadas,
la dificultad de la
energía cognitiva para
procesar toda la
información que hay en
el entorno, de modo que
ante esa insuficiencia,
uno busque la manera de
acortar los procesos de
conocimiento del entorno
para llegar a
conclusiones. Es lo que
se llama “atajos
mentales”. Para ello se
utilizan los recursos
heurísticos, es decir,
pequeños conceptos o
paradigmas que permiten
automatizar tus
conclusiones. En
publicidad, por ejemplo,
lo caro es igual a
calidad, de modo que uno
no pierde tiempo tomando
decisiones, porque este
recurso heurístico te
permite llegar a ellas
más rápido; en política,
democracia es igual a
pluripartidismo y
elecciones, lo que se
salga de eso no es
democracia, y las
dificultades en la
transparencia de esos
procesos no afecta esa
condición democrática.
No hay tiempo para estar
procesando, mucho más
cuando hay tanta y tanta
información.
Este modelo, en tanto,
ha desarrollado y
sofisticado sus recursos
comunicativos y
tecnológicos. Son muy
fuertes; pero, por
supuesto, no son
todopoderosos. El modelo
tiene límites. El poder
de los medios y su
capacidad de
reforzamiento hegemónico
tienen límites que en
una época fueron
presupuestos teóricos,
pero hoy día la práctica
—sobre todo la política
latinoamericana— los ha
puesto muy en evidencia:
lo que ha sucedido, por
ejemplo, en Venezuela,
en Bolivia, en Ecuador,
donde los medios de
comunicación hegemónicos
—esos que acaparan el 80
o 90 por ciento de las
audiencias— han
trabajado de manera
sistemática y continua
contra los procesos
políticos populares que
se han originado en esos
lugares —dígase
Revolución Bolivariana,
Revolución Cultural
Boliviana o Revolución
Ciudadana en Ecuador.
Sin embargo, estos
procesos han sido
victoriosos en las
urnas, es decir, en el
sistema liberal del
juego político, lo cual
te está diciendo que los
medios no han sido
capaces de imponer la
visión hegemónica, sino
que la que se ha
impuesto ha sido la
contrahegemónica —aunque
sea una visión
contrahegemónica
incompleta, porque eso
tiene matices, no es
blanco y negro; pero es
una visión que va contra
el bloque hegemónico.
¿Y dónde está ese
límite, por qué no han
podido? Es que han
ocurrido dos cosas: una,
ellos mismos ubicaron su
límite al empezar a
difundir informaciones y
a tratar de hacer una
construcción de la
realidad que quedaba
desmentida en la
realidad misma,
contrafáctica y
desacreditadora. Desde
ese punto de vista
político, los medios
pierden la batalla. Esto
no significa que pierden
totalmente su poder como
reforzadores de la
hegemonía: tienen otras
vías de reforzamiento
que se expresan en los
llamados productos
culturales y de
entretenimiento.
Ya no hablamos entonces
de construcción de
realidad, sino de
construcción de
imaginarios, de una
posibilidad de vida. Ahí
sí mantienen su poder de
reforzamiento de los
valores de la cultura
hegemónica, esa que los
oprimidos llevamos
dentro. Gramsci lo
explica muy bien. En ese
terreno, ellos mantienen
su poder y no hay
alternativas. No se han
construido lo
suficiente, aun en Cuba,
por ponerte un ejemplo
más consolidado. Hay
expresiones alternativas
en la cultura, por
ejemplo, pero han
quedado en los márgenes,
constreñidos en
sectores, momentos o
territorios específicos,
no constituyen el
consumo cultural
predominante. No hemos
encontrado ahí el límite
al poder.
¿Pero qué pasa con los
medios alternativos?: si
tu empeño también es el
de persuadir de que
tienes la verdad, te
quedas en su mismo
paradigma. Primero
compites en desventaja;
segundo, no generas
emancipación, no generas
erosión del sistema de
dominación. De alguna
manera reproduces el
sistema hegemónico en el
que un grupo o una
clase, por su poder o su
saber, se impone sobre
otra legal, económica,
militar, cultural o
socialmente. De modo que
si lo que vas a hacer es
sustituir aquella
dominación por otra, es
una manera no de
emanciparse, sino de
reproducir el mismo
modelo de dominación. En
el caso de la
comunicación, la única
forma de lograrlo es si
asumimos el paradigma de
una comunicación que no
esté hecha para
persuadir o hegemonizar
una nueva idea desde un
grupo o una clase, sino
una que —como el
ejercicio del poder—
vaya dirigida a motivar
a pensar, a generar
pensamiento crítico, es
decir, a constituir a
cada individuo en un
sujeto de su
autoemancipación. Es lo
que dijo Marx.
¿Cómo se expresa esa
construcción de un nuevo
paradigma, más
concretamente, en
términos de contenido,
proceso comunicativo…?
En el proceso, más que
en el contenido.
Primero, son procesos,
es importante que lo
entendamos: no se cambia
un modelo ni un
paradigma social —no
solo comunicativo— como
se cambia la rueda de un
auto que se desgastó. No
se trata de que si se te
ponchó la goma pares el
carro, pongas la goma y
sigas andando: la
sociedad no puede parar
el carro, hay que
cambiar la goma con el
carro en marcha. Fíjate
qué complicado es. Es el
resultado, por tanto, de
un proceso: no es quita
aquí y pon otro, sino
transforma desde aquí
hasta allá.
La alternatividad en
comunicación tiene que
seguir usando técnicas
persuasivas y mecanismos
de movilización; pero lo
que no puede es
reducirse a eso ni
quedarse empantanada
allí. Tiene que generar
nuevas formas de hacer.
Por ese motivo, la
alternativa no puede
quedarse trabajando en
la retroalimentación, es
decir, en la
comprobación de si estoy
logrando el efecto que
quiero provocar. Hay que
crear el mecanismo de
prealimentación: es lo
que Mario Kaplún
desarrolló en su texto
El comunicador
popular y en Una
pedagogía de la
comunicación. La
prealimentación es, por
tanto, un paso para
crear no un medio
alternativo, sino una
alternativa de
comunicación
contrahegemónica. Se
trata de trabajar desde
otro sentido: diseñar
procesos y contenidos
pulsando las necesidades
reales de la gente. No
es decirles: “¿qué
quieres escuchar en la
radio?”, porque entonces
te dicen que quieren ver
lo que más les gusta
dentro de lo que está
acostumbrado a ver, y no
se trata de eso: se
trata de comprender,
entender, ayudar a la
gente a identificar sus
necesidades reales,
cuáles son los asuntos
que quieren tratar y
discutir, que necesitan
discutir y que a veces
ni siquiera lo saben.
Eso es uno de los
problemas que tienen que
ver con el conocimiento:
te falta un bien
tangible y enseguida te
enteras, te falta un
conocimiento y no tienes
justamente lo que
necesitas para darte
cuenta de ello. Sucede
muchas veces en estos
procesos: hay que
trabajar con estos
sectores que constituyen
nuestros interlocutores,
mirarlos no como
destinatarios, sino como
interlocutores. Hay que
hablar, por tanto, desde
sus códigos, partiendo
de lo que ellos saben. Y
hay otro modelo: darle
voz a la gente.
Prealimenta para que lo
que hagas esté más en
sintonía con sus
necesidades, códigos,
etc.; pero dale voz
directamente: micrófono
abierto, que escriba,
que hable, cartas de los
lectores, métodos
diferentes de géneros
periodísticos como puede
ser el debate colectivo
y luego construir
periodísticamente la
información… La gente
tiene voz, pero la
comunicación hegemónica
se la quita, no le deja
expresarse. La
alternatividad en
comunicación debe
vehiculizarla.
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La dificultad vendría
entonces cuando se
quiera trascender el
marco local: cómo
aplicar este diseño a
nivel regional,
continental o global.
Es muy complejo. Para
eso, el comunicador no
puede pensar que tiene
toda la verdad, tampoco
puede ser un vocero de
un punto de vista. No
puede ser vocero de una
institución o de una
manera de enfocar la
realidad, aunque sea una
causa justa. El
comunicador tiene que
saber que sus puentes
deben ser plurales, que
tiene que ser un
conectador de gentes y
un propiciador de
diálogos, en vez de un
propiciador de discursos
dominantes. Cuando hay
diálogos, todo el mundo
tiene algo que decir y
todo el mundo tiene algo
que escuchar. Es un
proceso muy fuerte de
transformación social
que no implica solo a
los comunicadores, sino
también a los centros de
poder. Incluso aquellos
que se constituyen
dentro del bloque
contrahegemónico.
Cuando trabajas desde
esa perspectiva,
incluso, puedes
trascender lo local.
Puedes tener un medio
nacional o continental
que se haga así, porque
a la larga la noticia se
genera en un punto. En
Telesur, por
ejemplo, si sus
corresponsales están
formados en estos
principios, en esta
filosofía de trabajo y
van a buscar fuentes
plurales, van a
prealimentar y no solo a
tener una agenda que
llegue desde arriba,
sino que esté en diálogo
con la gente. El medio
internacional puede
cambiar el sentido de la
comunicación. Y todo
esto en un proceso de
cambio cultural inmenso:
de los periodistas, de
los comunicadores y de
quienes están detrás,
porque siempre detrás de
un medio de comunicación
hay un grupo de interés.
Es una batalla cultural
muy fuerte al interior
del bloque
contrahegemónico.
Dentro de este mismo
bloque contrahegemónico,
interesan mucho las
relaciones que pueden o
no estar produciéndose
entre movimientos
populares, académicos,
intelectuales que
generan los medios…
Inclusive, habría que
partir de pensar qué es
lo popular. No se pueden
hacer dicotomías. Un
movimiento intelectual
que defienda, que
comprenda, que reconozca
el valor de lo popular,
que esté en disposición
y en humildad de
dialogar con los
sectores populares,
también se convierte en
movimiento popular. Es
decir, popular no
equivale a pobre ni a
ignorante, siempre hay
una cultura. Esa idea
que nos viene del
iluminismo y que dice
que hay que llevarles la
luz de la enseñanza a
los sectores populares,
es una idea también
dominadora. Parte del
hecho de que hay
culturas superiores a
otras cuando en realidad
todas las culturas
tienen el mismo valor,
solo que tienen saberes
diferentes. La cultura
occidental, la que se
trató de imponer durante
tantos años sobre las
culturas originarias de
América, ha acumulado un
desarrollo del
pensamiento, de la
producción artística, de
la tecnología..., que no
se pueden desconocer;
pero también acumula
enormes zonas de
ignorancia,
contradicción y
conflictos de los que
ella misma es portadora.
Por ejemplo: la relación
que esa cultura
occidental y moderna
tiene con la naturaleza,
es depredadora; mientras
que la cultura
originaria tiene una de
relación armónica con la
naturaleza. Y es tan
importante, que de eso
tal vez dependa la
supervivencia de la
especie humana. No se
trata de que sean
superiores, pues también
tenemos mucho que
enseñarles. Se trata de
un diálogo entre
culturas, entre saberes.
Es un paradigma
pedagógico, pero también
político y comunicativo.
Se expresa en el
diálogo. Cuando se dice
“partir de” lo popular,
se trata de partir
exactamente, no de
quedarse allí. Eso es
importante. Es el punto
de partida, no de
llegada. La llegada es
la revalorización, la
creación de conciencia
crítica a un lado y a
otro. El modelo de
modernidad, como bien
definió oportuna y
tempranamente la Escuela
de Frankfurt, perdió la
capacidad de identificar
su modelo destructivo.
Por tanto, la
Ilustración pasó a ser
de idea revolucionaria a
destructiva, pues perdió
su momento de
reflexividad hacia sí
misma. Se convirtió en
el paradigma, en la
cultura, en el paradigma
civilizatorio. Acabado
ya en su propia lógica.
De ahí la necesidad
entonces de no perder el
espacio de la reflexión
crítica hacia el propio
proyecto, muchas veces
postergado por las
urgencias e, incluso,
por la subvaloración de
su pertinencia.
Se pierde el momento de
reflexividad. Lo mismo
sucedió con la
Ilustración, pasa con
las ideas liberadores y
dejan de serlo. Cuando
pierdes la capacidad de
autorreflexión y el
horizonte, te quedas
encasillado en la
necesidad de una nueva
hegemonía —de eso no
cabe duda, pero la creas
para que luego no exista
la hegemonía. Como mismo
el Estado, que no se
crea para sustituir la
sociedad y al individuo—
y no en la
autoemancipación,
reproduces luego los
mismos paradigmas. Es
como el comunismo: Marx
dice que el comunismo es
aquella sociedad cuyo
desarrollo y
funcionalidad dependan
del libre y pleno
desarrollo de cada
individuo; Marx no dice
que es una sociedad
donde lo colectivo
determina la felicidad
del individuo. Ese es un
horizonte, pero uno no
se aproxima allí por
cualquier camino y mucho
menos por el camino de
la reproducción. Es lo
que sucede con la
alternatividad en
comunicación: “la verdad
no la tienen ellos, la
tenemos nosotros,
créeme”. No, es: “yo no
tengo la verdad, tengo
ideas sobre la verdad y
necesito las ideas de
todos para construir una
verdad emancipatoria”.
Desde hace dos décadas,
viene desarrollándose en
la web una importante
diversidad de
experiencias
alternativas de
comunicación; modelos
—si se quiere— cuyos
defectos y proposiciones
tienen mucho y muy
diversos elementos que
aportar.
La mayoría, no obstante,
son medios que funcionan
desde la lógica de
medios. Es decir, los
que están al servicio de
un ideal, de un
contenido liberador,
etc. Sin embargo, hay
otros que no están “al
servicio de”, sino que
son medios “desde”: esos
son los que están más
cerca de lo que es una
alternativa de
comunicación. La radio
comunitaria que está
allí, que sus contenidos
están determinados por
una junta comunitaria…,
no es un medio libre ni
independiente, es un
medio de ellos mismos,
es un medio
orgánicamente de los
sectores populares.
Para volver un poco
sobre la pregunta de
ahorita, los esfuerzos
intelectuales,
académicos, etc. se
empatan con esto
perfectamente, si
comprenden que ellos no
están por encima de,
sino que son parte del
proceso y que tienen
mucho que enseñar, pero
también mucho que
aprender. De ahí la idea
de Freire sobre el
diálogo: para dialogar
hay que tener humildad.
Hay algo que ilustra eso
mucho: en el FSM, un
espacio de confluencia
entre intelectuales,
académicos, movimientos
sociales…, algunos
académicos —sobre todo
europeos, debo decirlo,
aunque también a veces
algunos
latinoamericanos—
critican mucho que una
parte importante del
Foro, sean espacios para
la expresión cultural:
bailes, fiestas, teatro
popular, rituales,
religiosos… Ellos,
despectivamente, dicen
que el Foro es “un
carnaval”. ¿Y qué
sucede? ¿Cuál es la
incapacidad que tiene
este pobre intelectual
para no comprender esto?
Este intelectual tiene
una carencia: ha sido
educado y construido en
ese paradigma moderno
donde hay un
racionalismo extremo, lo
cual es una de las
causas de la enajenación
de los seres humanos.
Los seres humanos no
somos solo seres
humanos, somos una
unidad. Para decirlo en
una frase que Galeano
recuperó: somos seres “sentipensantes”.
Lo que pasa es que el
racionalismo ha
intentado que el ser
humano reprima
sentimientos, emociones,
que sea él mismo una
dicotomía que no es
natural, que no es
humana. De modo que ese
intelectual no logra
comprender cómo estas
expresiones de la
cultura popular son tan
importantes para las
luchas emancipatorias
como las teorías que
ellos puedan estar
desarrollando. Y estas
vienen desde los
ancestros: antes de
cazar, danzaban. Si
estos hombres primitivos
no hubiesen sido buenos
cazadores y en esa
relación no hubiesen
desarrollado un
conocimiento colectivo,
no hubieran sobrevivido
ni evolucionado. Todo
eso gracias a sus
propios recursos, no a
teorías. Estos pobres
intelectuales están
mutilados en este
sentido, no logran
entender que este
“carnaval social”, como
ellos lo llaman, es uno
de los recursos que
energiza las luchas
contemporáneas. Y no se
puede obviar.
Y si vamos a hablar en
serio de una
alternatividad en
comunicación
contrahegemónica, hay
que tener todo esto en
cuenta: ni somos dueños
de la verdad, ni nuestro
papel como comunicadores
es crear la hegemonía de
un nuevo paradigma desde
una racionalidad, sino
implicar a cada vez más
gente en la construcción
de uno nuevo. Entonces,
el papel de la
alternatividad en
comunicación,
justamente, es hacer
pensar; pero no a través
del adoctrinamiento,
sino a través de la
participación. Dice
Moscovici que los
elementos periféricos de
la representación se
forman en diálogo con la
vida, aun cuando
preservas ideas básicas
en el núcleo.
Por eso, los más
adoctrinados son los que
más rápido quiebran sus
representaciones, al no
haber sido formadas en
diálogo con la vida,
sino desde doctrinas y
esquemas. Muchas veces
la realidad, que es más
tozuda que cualquier
dogmático, te obliga a
cambiar de conducta, y
para ello rompes con la
representación,
asumiendo acríticamente
una representación que
te viene dada desde otro
lado. Eso les ha
sucedido a viejos
comunistas de la Europa
del Este: eran los más
dogmáticos y ahora son
los más acérrimos
enemigos de las
izquierdas. Mientras más
dogmático, más débil
eres. Creaste esa
representación desde la
doctrina y no desde la
reflexión y la acción,
no desde la vida misma.
Las representaciones no
son inamovibles porque
el mundo no lo es,
aunque uno pueda ser
consecuente con ciertos
valores. |