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Como presuponíamos todos
los interesados en
acercarnos a lo más
novedoso del audiovisual
joven en Cuba, la décima
Muestra confirmó su
capacidad para trazar
mapas y explorar
posibilidades. Más de 60
obras concursaron en
esta memorable edición,
en un espacio que según
su presidente, Fernando
Pérez, se ha convertido
en terreno fértil para
el presente y el futuro
del Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos, porque
cada año la Muestra
crece y atrae a más
jóvenes creadores a
participar, lo cual se
evidenció en la
asistencia al evento
capitalino de 27
realizadores procedentes
de otras provincias.
El realizador Miguel
Coyula, egresado de la
Escuela Internacional de
Cine y Televisión
(EICTV) y con fuerte
prestigio dentro del
cine experimental
gracias a sus
precedentes (Cucarachas
rojas y Tenedor
plástico), ganó el
premio a la Mejor
ficción con su primer
largometraje Memorias
del desarrollo,
multipremiado
internacionalmente. El
filme fue reconocido
por el jurado
oficial, además, por el
acápite de Mejor música
original. Debemos
agregar que el
largometraje de Coyula
recibió varios
galardones colaterales:
Asociación de la Prensa
Cinematográfica
nacional, Signis Cuba y
la Editora Musical.
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Memorias del
desarrollo |
En cuanto al documental,
Marcel Beltrán,
estudiante de Documental
de tercer año, también
en la EICTV, logró
reconocimientos mayores
con Cisne cuello
negro, cuello blanco,
premiado como el Mejor
documental del evento, y
además elegido entre los
mejores por la Fundación
Antonio Núñez Jiménez de
la Naturaleza y el
Hombre, por el Centro
Memorial Martin Luther
King, la Editora Musical
de Cuba y el
Jurado Joven del Colegio
Sismondi de Ginebra,
Suiza.
En el concurso La mirada
del otro, destinado a
reconocer el trabajo de
cineastas jóvenes
extranjeros en Cuba,
también fueron
galardonados dos
realizadores salidos de
las aulas y los foros de
la EICTV: premio para
Si seguimos vivos,
de la mexicana Juliana
Fanjul, y mención para
Un peso más, del
boricua Enrique Cubero.
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Si seguimos
vivos |
El premio al Mejor guion
fue para el corto
documental Jeffrey,
el proyecto, de
Damián Saínz, estudiante
de primer año; la mejor
fotografía fue
reconocida en el trabajo
de Luis Najmías para
Comité 666, dirigida
por Arturo Infante;
mientras que el corto de
ficción
Los bañistas, de
Carlos Lechuga, alcanzó
la Facultad de Arte de
los Medios de
Comunicación Audiovisual
(FAMCA).
Un momento
particularmente
significativo de la
Muestra fue la
presentación especial de
una copia de trabajo de
la película Fábula,
la más reciente de
Léster Hamlet, quien
alcanzó éxitos recientes
con Casa vieja.
Basada en el cuento
Fábula de un amor feliz,
de Alberto Garrandés,
Fábula se sumó a
otros eventos de interés
como la exhibición en el
Yara de una
retrospectiva de obras
destacadas que han
concursado durante la
última década.
Un jurado presidido por
Susana Barriga,
realizadora del premiado
documental The
Illusion, evaluó las
obras de los diferentes
concursos mientras que
Eric Silva, quien
recibiera recientemente
el premio Prográfica al
joven diseñador más
destacado, presidió el
Jurado del concurso de
jóvenes diseñadores. El
espacio Encuentros
permitió el diálogo con
Esteban Insausti, Jorge
Molina y Léster Hamlet a
propósito de sus últimas
películas.
A lo largo de los
últimos diez años, la
Muestra se las agenció,
en primer lugar, para
aportar un grupo de
obras importantes que
apaciguaron la desazón
de algunos respecto a la
invisibilidad del relevo
en el cine nacional.
Mediante el
descubrimiento de la
afinidad formal y
espiritual entre los
paradigmas del cine
cubano histórico y las
obras realizadas por
decenas de cineastas
noveles. El evento
consiguió aunar las
conciencias creativas y
heterodoxas dispersas
por toda la Isla, y
vulneró la distancia
establecida entre estos
jóvenes y los veteranos
que antes fueran
innovadores y rebeldes.
Sobre algunos ganadores
Una de las más
conspicuas y polémicas
obras del audiovisual
cubano reciente, aunque
esté realizada fuera de
la Isla, es
Memorias del desarrollo,
largometraje de ficción
que logra convencer a
casi todos los amantes
del cine más arriesgado,
por su afiligranado
diseño de producción y
esmerada composición
fotográfica, entre
varias virtudes. La
excelencia visual
arranca con la primera
escena, que ocurre en un
bosque de astas grises
empinadas al cielo y
desnudas de banderas. En
una sola de las astas
ondea la insignia
norteamericana,
contemplada con gélido
desconcierto por quien
será nuestro
protagonista. El filme,
antes que movilizar los
mecanismos reflexivos
sobre la identidad
cubana trasplantada,
intenta trazar los
itinerarios de nostalgia
e insatisfacción
emplazados por la
emigración. Casi todo lo
que el espectador ve, a
la vez lo observa desde
su pasividad
cuestionadora el
protagonista absoluto,
aquel mismo cínico,
saludablemente
inconforme; pero más
gastado y taciturno que
hace más de 40 años nos
presentaron Tomás
Gutiérrez Alea y Edmundo
Desnoes en
Memorias del
subdesarrollo.
Coyula ha logrado tender
un sólido puente entre
la posmodernidad
rampante, en sus
acepciones más
nostálgicas, descreídas,
fragmentarias, y el cine
cubano del período
clásico, con aquella
esplendente vocación
combinatoria de
documental y ficción, y
el sortilegio de
combinar elementos
contextuales y
perspicacia
introspectiva.
Sin renunciar para nada
a una poética personal,
el realizador ha
destilado su voluntad de
comunicación, y
emprendió esta película
ambiciosa, cargada de
referencias
transtextuales,
concienzuda y meticulosa
secuela de un clásico
indiscutible, cuya
majestad ha sido
amorosamente retada, y
de algún modo
trascendida, por medio
de las técnicas del
collage fotográfico y
sonoro que le confieren
una voluntad alusiva y
una ambición simbólica
prácticamente
insondables.
Si
Memorias del desarrollo
asume algunos códigos
del documental y del
videoarte para relatar
su historia de ficción,
y el opulento monólogo
interior del personaje
Cisne cuello negro,
cuello blanco,
de Marcel Beltrán;
Uno al otro,
de Milena Almira (que
alcanzó una Mención en
el género documental), y
Jeffrey, el proyecto,
de Damián Saínz
constituyen formidables
estudios de personajes a
partir de las técnicas
consabidamente
testimoniales ligadas al
más cabal retrato de
individuos
excepcionales. Sergio
Abel fue tildado de loco
y excluido de su
familia, sin embargo, el
documentalista Marcel
Beltrán potencia en 13
minutos la obsesión
nunca infecunda de su
personaje por acercarle
belleza, generosidad y
esperanza a un grupo de
niños pinareños. El
documentalista tal vez
tuvo la tentación de
distanciarse
irónicamente, cuestionar
desde el intelecto la
preferencia por cierto
tipo de belleza; pero
afortunadamente el
realizador sucumbió al
empeño virtuoso de su
personaje, y nos entrega
una a veces ambigua pero
siempre eficaz
deliberación sobre el
futuro, la utopía, los
sueños y el magisterio.
Con un don
extraordinario para
provocar la polémica y
desenmascarar
prejuicios, Milena
Almira resulta conocida
para los asiduos a las
Muestras por
El grito,
hasta la no siempre bien
comprendida
Alina, seis años.
Con un especialísimo
sentido del humor y su
cáustica, nada
impostada, perspectiva
femenina, la Almira
reaparece con
Uno al otro,
en el cual hizo de
directora, guionista,
sonidista y directora de
arte.
El singular documental
cuenta una historia de
amor, nada melodramática
por cierto, y muy
decidida a explorar los
mecanismos de
dependencia, chifladura,
juego, placer,
sacrificio y concesiones
inherentes a cualquier
pareja que haya vencido,
momentáneamente al
menos, la incomunicación
y la soledad. Solo la
muchacha habla para la
cámara que la acosa, y
al mismo tiempo ella
traduce lo que dice él,
su novio sordomudo, en
un testimonio a veces
gracioso, siempre
conmovedor —sin golpes
bajos o demasiado
manipuladores— sobre
algo tan grave y hermoso
como el triunfo del
amor. Y con esa frase me
permito usar la retórica
grandilocuente que, por
suerte, Almira y sus
personajes desestimaron.
Si la cercanía, afinidad
o respeto por el
protagonista, y su voz
es evidente tanto en
Memorias del desarrollo,
como en
Cisne cuello negro,
cuello blanco
o en
Uno al otro,
en
Jeffrey, el proyecto,
el realizador Damián
Saínz (a quien también
se deben el guion y la
edición) apuesta por una
distancia bastante
parecida a lo que llaman
“objetividad” en el
acercamiento a los
sueños, quizá
perturbadores, y a la
casi estoica obsesión
con la forma corporal,
con cierto tipo de
plenitud y belleza, de
un joven fisiculturista
cubano.
Jeffrey, el personaje
del documental, apenas
solicita comprensión del
público por sus ideales
(que pudieran ser
cuestionables según
puntos de vista un tanto
estrechos), y el
director nunca invoca la
compasión, simplemente
expone, deja que su
protagonista argumente,
relate. Y tanto el
personaje del
documental, como su
director arremeten a una
sola voz, si bien de
manera tácita y tal vez
involuntaria, contra la
estrechez de opiniones
que pretende
deslegitimar las
ilusiones ajenas
tachándolas de frívolas
o pedestres. El
documental también
contiene, en el subtexto,
todo un tratado sobre el
culto al cuerpo y su
contemporánea
amplificación. ¿Y por
qué no? Las sociedades y
los países sin ideales
de belleza se anulan y
estancan en la inopia
estética.
Jeffrey, el proyecto
propone con elocuencia
su paradigma.
La asombrosa animación
titulada
La segunda muerte del
hombre útil,
de Adrián Replanski
(máxima ganadora en su
género) se ambienta una
suerte de sótano
mugriento y es
protagonizada por un
grupo de refrigeradores
listos, tal vez, a ser
convertidos en chatarra.
Replanski se encargó de
la producción, el guion,
la edición y la
dirección de arte de
esta suerte de musical
objetual, mudo pero de
una elocuencia enorme,
respecto a la
obsolescencia, la
desaparición o la muerte
y al imperativo de
encontrar nuevas
marchas, placeres y
motivaciones.
De todos modos,
seguramente hallaremos
ocasión para hablar del
cine joven, ahora,
dentro de unos meses, el
año que viene o cuando
la Muestra cumpla 20
años, y yo sea —ojalá—
un crítico de
experimentada veteranía,
algo más sabio que
ahora, y por eso mismo
atento a casi todo lo
nuevo y bueno que surja
en el audiovisual de
este país. |