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La Habana teatral de los
60 debió ser una fiesta,
una ciudad compulsada
por la Revolución
naciente, esperanzadora
e indescifrable.
Montajes escénicos como
Fuenteovejuna,
Romeo y Julieta o la
María Antonia, de
Hernández Espinosa,
abarrotaron el Teatro
Mella. El Ballet
Nacional de Cuba, junto
con sus colegas del
Conjunto Folclórico y de
Danza Moderna,
provocaron la ilusión en
un pueblo que baila
hasta en los momentos
más difíciles. El
Conjunto Dramático
Nacional y otras
agrupaciones apostaron
por los grandes
clásicos, la estética
brechtiana y el music
hall. Toda Cuba
estaba revuelta y feliz,
se escribieron nuevos
textos por nuevos
autores. Junto con José
Ramón Brene, Antón
Arrufat, José Triana,
Héctor Quintero y
Nicolás Dorr, un joven
matancero, llamado
Abelardo Estorino,
irrumpió con su obra
vibrante sobre las
tablas. El anticipo
comenzó en los años 50
con las piezas Hay un
muerto en la calle y
El peine y el espejo.
El Teatro Nacional de
Cuba estrenó el 27 de
marzo de 1960, El
lindo ruiseñor,
versión de Rebeca
Morales sobre el célebre
cuento de Andersen, en
bella y exitosa puesta
de Herberto Dumé, según
recuerdan la crítica,
artistas y espectadores.
Para este director de
teatro, amante de la
espectacularidad y la
fantasía que habita en
los espectáculos para
niños, Estorino versionó
Pluff, el fantasmita,
texto original de la
brasileña María Clara
Machado y La
cucarachita Martina,
sobre el cuento anónimo
de la tradición oral
popular. Ambos montajes
se estrenaron el 25 de
diciembre de 1960 en la
playa habanera El
Salado.
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"La cucarachita
martina" |
El movimiento
profesional de teatro
para niños y de títeres,
concentrado en la
capital, se reanima y
extiende por toda la
Isla debido al interés
del gobierno
revolucionario de
priorizar la atención
sobre este sector del
público. En el Teatro
Nacional, Nancy Delbert
estrena producciones con
marionetas. Eduardo y
Andree Manet presentan
en el teatrito del
Palacio de Bellas Artes,
una versión del cuento
Meñique. Los
directores Cuqui Ponce
de León y Juan Guerra
proponen a los
espectadores infantiles
nuevas visiones
teatrales de El
camarón encantado y
La muñeca negra.
El Guiñol Nacional de
Cuba, guiado por los
incansables hermanos
Camejo y Carril, se
mantiene a la vanguardia
con su trabajo en salas,
espacios flexibles y la
televisión. Proyectan
conformar una Escuela
Nacional que impulse
esta forma de teatro en
las diferentes
provincias. Surge el
Teatro de Muñecos de La
Habana, bajo la
dirección del entusiasta
creador Luis Interian.
Múltiples acciones se
continúan sucediendo a
favor del
enriquecimiento
espiritual, social y
estético de nuestros
pequeños.
Precisamente, en esa
fértil etapa, despunta
el teatro para niños de
Estorino. Dumé estrena
el 28 de abril de 1961,
en el Teatro Payret, su
versión de El mago de
Oz, inspirada en el
famoso libro del
escritor norteamericano
Frank Lyman Baum. Muchos
recuerdan la
magnificencia del
montaje, con soluciones
escénicas sorprendentes.
El dueto Dumé-Estorino
ofrece también para los
adultos las puestas
El robo del cochino,
Las vacas gordas,
y la adaptación teatral
de la novela de Miguel
de Carrión, Las
impuras. El tiempo
mágico de la infancia,
ideal para la fabulación
y el libre ejercicio de
imaginar, le descubre a
Estorino nuevos caminos.
Es en su teatro para
niños, escrito tan
cuidadosamente como su
teatro para los mayores,
donde el dramaturgo
utiliza por primera vez
el recurso del teatro
dentro del teatro, las
influencias de la
comedia musical y otras
características que
fascinarían a la crítica
y al público en piezas
posteriores como Ni
un sí ni un no,
Morir del cuento y
Parece blanca.
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"El mago de Oz" |
En 1963, los Camejo y
Carril, fundan el Teatro
Nacional de Guiñol, que
alcanza en esta década
su máximo esplendor.
Representan en su
retablo obras
especialmente escritas
para ellos por la cubana
Dora Alonso. Estrenan
textos clásicos del
Maese de América, Javier
Villafañe, el verbo
cálido de Federico
García Lorca, la
sapiencia de las
historias de Perrault,
Tagore y Saint-Exupéry.
Experimentan con las
partituras para niños de
Serguei Prokofiev y
Claude Debussy. Se
arriesgan con
espectáculos para
adultos firmados por
Aristófanes, Valle
Inclán, Zorrilla, Jarry
y Giradoux. Incursionan
en el rescate de la
cultura afrocubana y sus
leyendas mitológicas.
Conocen de las versiones
de Estorino para Dumé y
hacia ellas enfilan sus
proyectos artísticos. El
dramaturgo es uno de sus
espectadores habituales,
por lo que no le será
difícil realizar algunas
variaciones al texto,
necesarias para el
teatro de títeres, y
asistir en marzo de 1966
al estreno de La
cucarachita Martina,
dirigida por Pepe
Camejo, con actores en
vivo y esperpentos. De
lujo el equipo
realizador: Raúl
Martínez, en la
escenografía; Antonio
Balboa, en la música;
Guido González del
Valle, en la
coreografía; y la
apoyatura del Coro
Polifónico Nacional,
bajo la dirección del
maestro Serafín Pro. Los
jóvenes actores Xiomara
Palacio y Ulises García
protagonizan la puesta
en escena, una de las
más exitosas del
conjunto, que hizo
apuntar a Aldo Martínez
Malo, en el periódico
El Socialista, de
Pinar del Río: “Esta
cucarachita Martina es
una versión del
dramaturgo Abelardo
Estorino (El robo del
cochino) que permite
la expansión, el
entretenimiento y la
risa abierta. El texto
tiene una hilaridad y un
ritmo que no decae. Se
ha tenido el talento de
hacer una adaptación de
la vieja historieta,
agregándole criollismo
en el hablar y en la
música”.
El repertorio de obras
para adultos del Guiñol
se enriquece con La
corte del Faraón,
La Celestina y
Shangó de Ima.
Pepe Camejo vuelve a
elegir a Estorino para
inaugurar las
producciones para niños
en 1968. En marzo, se
estrena El mago de Oz,
una combinación escénica
de figuras y actores,
con música de Olga de
Blanck, coreografía de
Iván Tenorio y
escenografía de José
Manuel Villa, entre
otros integrantes de un
equipo artístico también
de primera línea. Carlo
S. Francos, del
periódico Juventud
Rebelde, escribe que
El mago… “nos
ilustra, cómo apelando a
la imaginación infantil,
el adulto puede hallar
un método pedagógico
para desarrollar la
primera inquietud que
impulsa al hombre: el
afán de saber”. Y es que
la pieza de Estorino es
una deliciosa comedia
musical para grandes y
chicos donde la
creatividad del autor
dramático concibe
personajes maravillosos,
con un lenguaje que no
precisa de lo chabacano ni lo superficial, para
hacer reír o soñar.
Las nefastas
consecuencias del
quinquenio gris sobre la
cultura nacional, en los
70, frustran los nuevos
proyectos del ya maduro
Teatro Nacional de
Guiñol. El reino de
este mundo, de Alejo
Carpentier; Cecilia
Valdés, de Cirilo
Villaverde; Venus y
Adonis, de William
Shakespeare; y un
Patakín sobre Babalú
Ayé, de Pepe Carril, no
alcanzan a estrenarse.
Dos nuevos textos de
Abelardo Estorino
también se quedan a la
espera. Dos piezas
nacidas de la fructífera
relación artística con
maestros que elevaron
los títeres a nivel
superior, nacional e
internacionalmente.
La dama de las Camelias,
versión titiritera para
adultos sobre la novela
de Alejandro Dumas,
contentiva de toda la
teatralidad, subversión
e ironía de los muñecos
para adultos ―publicada
felizmente por la
revista Tablas en
el año 2000―, y la
versión del libro para
niños de Lewis Carroll,
Alicia en el país de
las maravillas
―inédita y extraviada en
la actualidad―. Nada se
sabe sobre lo que
nuestro mayor dramaturgo
vivo hizo con el relato
onírico de Carroll,
lleno de símbolos, rimas
y una fina sátira a las
costumbres inglesas. Es
algo que por el momento
vive en el terreno del
misterio; mas tengo la
sospecha de que
Alicia… es una pieza
mayor en las creaciones
para niños de Estorino,
una obra nacida del
conocimiento de un
género que no posee
límites, de la fe en los
títeres como dueños de
ese espacio
inconmensurable que
habita la subconciencia
de los seres humanos.
De nuevo La
cucarachita Martina
sería revisitada a
finales de los 70 por
los guiñoles de Pinar
del Río, Camagϋey y El
Galpón de Ciudad de La
Habana. El mago de Oz
regresaría a escena
bajo la dirección
artística del
camagüeyano Bistermundo
Guimaraes, con su Teatro
La Edad de Oro. El
Teatro Musical de La
Habana, en colaboración
con la Facultad de Artes
Escénicas del Instituto
Superior de Arte (ISA),
saluda el Año
Internacional del Niño,
en 1979, con El mago…
como primera incursión
en un trabajo para los
pequeños. La profesora y
actriz Ana Viña se
encargó de la puesta en
escena, asistida por
Mayito González, miembro
del elenco que estrenara
la pieza en el Teatro
Nacional de Guiñol. Los
diseños corrieron a
cargo de Abraham y la
coreografía fue de Jorge
Riverón. En 1982,
Xiomara Palacio, como
directora artística y
personaje protagónico, y
Armando Morales, como
actor y diseñador,
repiten con nuevos
colores y montaje la
historia de la simpática
cucaracha en un
recuperado Teatro
Nacional de Guiñol. El
propio Morales realiza
en 1988, una singular
producción de El
mago… con el Teatro
de La Villa de
Guanabacoa. Hasta el
siglo XXI llega el
influjo de las versiones
estorineanas. La
cubanísima cucarachita
reaparece en el
repertorio de los grupos
habaneros Pálpito, Tacón
y La carreta de Tespis,
con el encanto intacto
que le legó su autor.
Abelardo Estorino se ha
vuelto un clásico de la
dramaturgia para niños
nacional. Como le sucede
a todo clásico, su obra
está llamada a
permanecer, pues
contiene las claves de
lo esencial del mundo
infantil, escrito con
honestidad por un hombre
o un mago de fresca
sonrisa, que a sus 80
años sigue apostando por
el teatro desde La
Habana, la añorada
Habana de los 60, dueña
de una fiesta que no
termina nunca. |