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Dos
meses antes de que viese
la luz el primer número
de la revista
Tricontinental,
el Secretariado
Ejecutivo de la
Organización de Solidaridad
con los Pueblos de
África, Asia y América
Latina (OSPAAAL)
consideró oportuno
llegar a los
revolucionarios del
mundo con un Suplemento
Especial. La razón de
esta premura estaba
justificada: el
comandante
Ernesto Che Guevara
había hecho llegar la
primera colaboración
para la
revista, antes que los
demás dirigentes y
luchadores del mundo a
quienes
se les había solicitado.
El texto resultó ser de
tal claridad conceptual,
utilidad
práctica y sencillez
expositiva como para
obligar a los editores a
no dejarlo
envejecer en un momento
crucial para los
destinos de la
humanidad.
Como era su costumbre
desde los días de la
guerrilla, el Che volvía
a
situarse en la extrema
vanguardia, el espacio
que habitaba con
absoluta
naturalidad, como por
derecho propio. Pero
esta vez las ideas
sustituirían
temporalmente a las
armas. Con lógica
implacable y elevado
vuelo profético,
el Che entraba en el
ruedo para hablar del
presente y el futuro del
mundo, y muy
especialmente, del
Tercer Mundo.
El Suplemento Especial
sería publicado el 16 de
abril de 1967. Sus dimensiones,
23x15 cm, serían las que
pronto adoptaría la
revista. Un diseño de
portada vanguardista, en
la que una foto en medio
tono del Che leyendo
y fumando destacaba su
rostro abstraído dentro
de un círculo iluminado,
resultó ser lo
suficientemente sencillo
e imaginativo como para
dotar para
siempre a la publicación
de un glamour
inusitado, raramente
presente en textos
rebeldes y
emancipadores.
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Cartel que
acompañó la
primera edición
del Mensaje de
la
Tricontinental,
1967
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Aquel Mensaje a la
Tricontinental del Che
ha cumplido ya 40 años.
Parece que fue ayer que
su autor le puso el
punto final tras
hacernos vislumbrar
“cantos luctuosos con
tableteo de
ametralladoras” y
escuchar
“nuevos gritos de guerra
y de victoria”.
Cámbiense los nombres
propios de
quienes son mencionados
en 1967 por otros de hoy
y tendremos un texto
que no ha perdido
lozanía ni vigencia. La
historia ha terminado
por otorgarle
la razón en
prácticamente todas sus
apreciaciones. Allí
donde los sucesos
no marcharon hacia el
fin esperado, no ha sido
por cortedad de miras,
sino porque la
realidad ha superado
todos los vaticinios con
abrumadora
contundencia, pero en
la misma dirección de lo
anunciado por el Che.
No es usual que en un
mundo impredecible como
este que habitamos,
alguien pueda mostrar
una visión estratégica
tan aguda. Penetrando en
la esencia de los
fenómenos más complejos
y prediciendo su
evolución con
milimétrico aplomo, el
Che se revelaba en el
Mensaje… como alguien a
quien
le fuese dado descorrer
a voluntad el velo de lo
contingente para habitar
el
mundo de lo esencial, en
estado puro. Asombraba
entonces, y asombra hoy,
su demostrada capacidad
de abstracción, elevando
el análisis
revolucionario
de sucesos contingentes
a alturas verdaderamente
filosóficas. De hecho,
es ya
clásico el siguiente
análisis: partiendo de
la descripción del mundo
que emergió
tras el fin de la
Segunda Guerra Mundial y
de la trágica soledad
del pueblo
vietnamita enfrentado a
la bárbara agresión de
una superpotencia
imperialista, culmina
con un llamado —a
primera vista
paradójico, pero
profundamente dialéctico—
a multiplicar los focos
de resistencia y
desgaste y conformar una
trampa
mortal, supranacional,
para el sistema capaz de
cometer tales crímenes.
Cuando el Che encuentra
el hilo invisible que
une el pasado y presente
de los pueblos de Asia,
África y América Latina,
está en condiciones de
acometer la tarea de
analizar los rasgos del
enemigo común, de las
luchas
que por fuerza
estallarán para
enfrentarlo, y de las
etapas contradictorias
que estas
atravesarán hasta llegar
al fin inexorable: su
desmoralización y
la consiguiente pérdida
de la capacidad
combativa que ha de
culminar en una
derrota sin
alternativas. No lo
afirma un optimista a
ultranza, todo lo
contrario, su realismo
es de una crudeza tal
que incluye la
posibilidad de que
revolucionarios
aislados, incluso,
movimientos enteros,
puedan ser derrotados y
aniquilados en un país o
grupo de países, para
abonar un proceso de
revoluciones, a escala
del planeta, cuyos
retrocesos y caídas
son transitorios y
secundarios, en
comparación con el
movimiento general del
que forman parte. Pocas
veces encontramos en un
analista político, en un
teórico de las luchas de
nuestro tiempo, esta
claridad conceptual
expresada con tan
profunda convicción. La
voz que se escucha en
estas líneas, la
que late en el texto, es
la voz honrada de
alguien capaz de
“arriesgar el pellejo
para demostrar sus
verdades”, como afirmaría
en otra ocasión
memorable.
Pero no es solo el
imperialismo yanqui el
criticado en el Mensaje…
En 1967, en Cuba,
incluso, en todo el
llamado Tercer Mundo era
difícil
acometer la crítica a
las debilidades y
claudicaciones del campo
socialista ante
la política agresiva y
hegemónica de las
potencias imperialistas
en
aras de una hipotética
paz mundial y una
ilusoria coexistencia
pacífica que de
manera egoísta
privilegiaba la
existencia de unos
pueblos por encima de
los demás, dejándolos
inermes. En el Mensaje…
se alzó de manera
contundente una voz de
denuncia contra las
concesiones que
acabarían minando
irremisiblemente al
socialismo europeo,
embotando su espíritu
internacionalista y
subordinando a mezquinas
concepciones
geopolíticas
los principios
revolucionarios
primigenios. Con
implacable lucidez, el
Che critica
también el
enfrentamiento
fratricida dentro de las
propias filas
revolucionarias,
especialmente el que
entonces dividía en pro
chinos y pro
soviéticos, a quienes
debieron estar unidos de
cara al enemigo
verdadero de
los pueblos. “Es hora de
atemperar nuestras
diferencias —llega a
escribir— y
ponerlo todo al servicio
de la lucha”. Su llamado
no fue entonces
escuchado. Hoy
tenemos plena conciencia
de las consecuencias de
ese error. Dura
lección que marcó con
fuego a varias
generaciones de
combatientes, pero
que, tal y como
expresara, sería
debidamente aprendida.
En efecto, respetando
las diferencias
tácticas, sigue teniendo
la más absoluta
actualidad la idea de
que… “el gran objetivo
estratégico es la
destrucción del
imperialismo mediante la
lucha” y de que… “en
ello debemos ser
intransigentes”. Las
raíces de esta
intransigencia son las
que diferencian a los
revolucionarios de los
reformistas; a los que
luchan por crear un
mundo justo, de quienes
se limitan a maquillar
las injusticias. Y
completándola, su
corolario ineludible: el
llamado a eliminar el
dominio del
baluarte más fuerte del
sistema, el del
imperialismo yanqui.
“¡Cómo podríamos mirar
el futuro luminoso y
cercano —escribe en las
conclusiones—
si dos, tres, muchos
Vietnam florecieran en
la superficie del
globo, con su cuota de
muerte y sus tragedias
inmensas, con su
heroísmo
cotidiano, con sus
golpes repetidos al
imperialismo, con la
obligación que
entraña para este
dispersar sus fuerzas,
bajo el embate del odio
creciente de los
pueblos del mundo!”
Tres días después de
publicado el Mensaje a
la Tricontinental, el 19
de
abril de 1967, Fidel
hablaba al pueblo en el
acto central por el
Aniversario VI de la
victoria de Playa Girón.
Como era de esperar, se
refrió al texto del Che
y a la feroz campaña de
tergiversaciones que el
mismo había provocado
en el seno del aparato
propagandístico del
imperio:
“Es decir, que los
pueblos del mundo han
tenido que pagar su
precio a
la barbarie imperialista
para que el propio
pueblo de EE.UU. vaya
abriendo los ojos. Y el
pueblo norteamericano
abrirá los ojos, y los
abrirá cada vez más, en
la medida que la lucha
revolucionaria de los
pueblos
crezca, y en la medida
en que los imperialistas
se vean cada vez más impotentes
y cada vez más golpeados
por el movimiento
revolucionario no
solo en Vietnam, sino
—como dice el Che— en
dos, en tres, en cuatro,
en cinco —y
puntos suspensivos—
Vietnam.
“La prensa imperialista
ha querido tergiversar
el sentido de algunas de
las ideas contenidas en
el formidable mensaje
dirigido por el Che a
los pueblos del mundo,
haciendo creer que en
ese mensaje se plantea
la destrucción de EE.UU.
Y nada más falso. De una
manera muy
clara expresa su idea de
que la estrategia
revolucionaria es la
destrucción
no de EE.UU., mucho
menos del pueblo de
EE.UU., sino la
destrucción del dominio
imperialista de Estados
Unidos de Norteamérica.
“No confundir, señores
imperialistas, al pueblo
de EE.UU., a la
nación norteamericana,
que no está integrada
solo por imperialistas,
con los
imperialistas. Y lo que
en el mensaje del
comandante Ernesto
Guevara se
puede apreciar con toda
claridad, es el
planteamiento de que la
estrategia
se dirige a la
destrucción del dominio
imperialista.”
En otro momento de su
discurso, estimulado por
las ideas expresadas por
el Che cuando profetizó
que la tarea esencial de
América Latina era la
de crear el segundo o
tercer Vietnam del
mundo, Fidel llevó aún a
mayor altura el alcance
del concepto:
“Esto quiere decir que,
destruido el dominio
imperialista, el
imperialismo como
sistema desaparecerá; y,
sobre todo, destruido el
dominio imperialista
en América Latina el
imperialismo como
sistema desaparecerá.
Esto quiere
decir que la liberación
de América Latina
significará un paso
decisivo en la liberación
del mundo de su peor
enemigo: el imperialismo
norteamericano.”
Hoy, transcurridas
cuatro décadas, todas
las evidencias
científicas apuntan
hacia la confirmación
exacta de aquellas
palabras: está teniendo
lugar
en América Latina un
proceso original y
esperanzador de
reconstrucción
de la izquierda y el
socialismo, de alcance
planetario, con el
consiguiente
debilitamiento del
dominio hegemónico del
imperialismo y el
capitalismo. Se trata de
un proceso aún
incipiente, cuyos
primeros resultados
están en la derrota
estratégica del
neoliberalismo, la
llegada al poder por
vías pacíficas de
gobiernos con una
orientación progresista
o revolucionaria, con
vocación de justicia
social, independencia
económica, defensa de la
soberanía nacional y la
autodeterminación.
Nuevos modelos de
integración
y desarrollo aparecen,
mientras Cuba socialista
avanza, no sin
dificultades y
riesgos, y se irradia
esta nueva época hacia
otras latitudes.
Por sí solos, estos
procesos no constituyen
todavía el segundo
Vietnam
anunciado por el Che,
pero si se analizan en
el contexto del
descrédito y
aislamiento del Gobierno
de los EE.UU., como
consecuencia de su
agresión contra los
pueblos de Irak
y
Afganistán, su crisis a
escala global, y
su reflejo en el
interior de su propio
país, entonces podremos
entender que una
situación realmente
explosiva para el
imperialismo
norteamericano se
está perfilando en el
día a día de la política
internacional, y que una
buena parte de
ello se debe a lo que
está aconteciendo en
América Latina, aun
cuando sea de manera
silenciosa.
El segundo Vietnam de
nuestra época, el que
toca construir y está
construyendo ya América
Latina, no se
caracterizará por el
aniquilamiento
de las fuerzas militares
del imperio en la
jungla, el asalto
victorioso contra sus
reductos, ni el derribo
de sus bombarderos. Los
golpes serán todavía
más contundentes
y demoledores porque
están siendo asestados
en el
terreno de la liberación
económica, la libertad
política, la ampliación
de la
democracia, la
participación popular,
garantizando educación y
salud para
todos, desmontando el
dominio corrupto y
represivo de las
burguesías clientelistas
nacionales, ampliando y
fortaleciendo los
procesos de integración
regional y
tercermundista.
Es en el terreno de las
ideas y la cultura donde
está siendo hoy más
visiblemente derrotado
el imperio en nuestra
región y esto es un
aporte nada
desdeñable. Ya se sabe
que los aviones
derribados pueden ser
restituidos, los
soldados caídos pueden
ser reemplazados, y las
posiciones perdidas
pueden ser retomadas.
Pero cuando los pueblos
antes mantenidos en la
ignorancia y la mentira,
como el pueblo de
Venezuela y más
recientemente el
de Bolivia, descubren el
saber y comienzan a
tener confianza en sus
propias
fuerzas; cuando
identifican a sus
verdaderos enemigos y se
disponen a ser
libres, hasta las
últimas consecuencias,
en esa misma hora
comienzan a ser realidad
los vaticinios del Che.
Y ya nada puede
detenerlos.
Han transcurrido 40 años
de aquel Mensaje… En
medio del combate
cotidiano, deben los
pueblos del mundo
detenerse un minuto para
recordar que sin
aquellas palabras
proféticas y el propio
testimonio
de la vida del Che, no
sería posible, ni sería
hoy una certeza, la
inevitable derrota de
sus enemigos históricos
y el advenimiento de
tiempos nuevos,
esperanzadores.
Tenía razón el Che al
escoger entonces, como
exergo de su texto,
ciertas palabras de José
Martí:
“Es la hora de los
hornos y no se ha de ver
más que la luz.”
Este texto fue publicado
originalmente en el
Suplemento especial de
la Revista
Tricontinental, año
41, octubre de 2007,
bajo el título
“A
40 años de un mensaje”. |