La Habana. Año IX.
12 al 18 de MARZO
de 2011

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Un mensaje en la hora de los hornos
Eliades Acosta • La Habana

Dos meses antes de que viese la luz el primer número de la revista Tricontinental, el Secretariado Ejecutivo de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) consideró oportuno llegar a los revolucionarios del mundo con un Suplemento Especial. La razón de esta premura estaba justificada: el comandante Ernesto Che Guevara había hecho llegar la primera colaboración para la revista, antes que los demás dirigentes y luchadores del mundo a quienes se les había solicitado. El texto resultó ser de tal claridad conceptual, utilidad práctica y sencillez expositiva como para obligar a los editores a no dejarlo envejecer en un momento crucial para los destinos de la humanidad.

Como era su costumbre desde los días de la guerrilla, el Che volvía a situarse en la extrema vanguardia, el espacio que habitaba con absoluta naturalidad, como por derecho propio. Pero esta vez las ideas sustituirían temporalmente a las armas. Con lógica implacable y elevado vuelo profético, el Che entraba en el ruedo para hablar del presente y el futuro del mundo, y muy especialmente, del Tercer Mundo.

El Suplemento Especial sería publicado el 16 de abril de 1967. Sus dimensiones, 23x15 cm, serían las que pronto adoptaría la revista. Un diseño de portada vanguardista, en la que una foto en medio tono del Che leyendo y fumando destacaba su rostro abstraído dentro de un círculo iluminado, resultó ser lo suficientemente sencillo e imaginativo como para dotar para siempre a la publicación de un glamour inusitado, raramente presente en textos rebeldes y emancipadores.


Cartel que acompañó la primera edición del Mensaje de la Tricontinental, 1967
 

Aquel Mensaje a la Tricontinental del Che ha cumplido ya 40 años. Parece que fue ayer que su autor le puso el punto final tras hacernos vislumbrar “cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras” y escuchar “nuevos gritos de guerra y de victoria”. Cámbiense los nombres propios de quienes son mencionados en 1967 por otros de hoy y tendremos un texto que no ha perdido lozanía ni vigencia. La historia ha terminado por otorgarle la razón en prácticamente todas sus apreciaciones. Allí donde los sucesos no marcharon hacia el fin esperado, no ha sido por cortedad de miras, sino porque la realidad ha superado todos los vaticinios con abrumadora contundencia, pero en la misma dirección de lo anunciado por el Che.

No es usual que en un mundo impredecible como este que habitamos, alguien pueda mostrar una visión estratégica tan aguda. Penetrando en la esencia de los fenómenos más complejos y prediciendo su evolución con milimétrico aplomo, el Che se revelaba en el Mensaje… como alguien a quien le fuese dado descorrer a voluntad el velo de lo contingente para habitar el mundo de lo esencial, en estado puro. Asombraba entonces, y asombra hoy, su demostrada capacidad de abstracción, elevando el análisis revolucionario de sucesos contingentes a alturas verdaderamente filosóficas. De hecho, es ya clásico el siguiente análisis: partiendo de la descripción del mundo que  emergió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y de la trágica soledad del pueblo vietnamita enfrentado a la bárbara agresión de una superpotencia imperialista, culmina con un llamado  —a primera vista paradójico, pero profundamente dialéctico— a multiplicar los focos de resistencia y desgaste y conformar una trampa mortal, supranacional, para el sistema capaz de cometer tales crímenes.

Cuando el Che encuentra el hilo invisible que une el pasado y presente de los pueblos de Asia, África y América Latina, está en condiciones de acometer la tarea de analizar los rasgos del enemigo común, de las luchas que por fuerza estallarán para enfrentarlo, y de las etapas contradictorias que estas atravesarán hasta llegar al fin inexorable: su desmoralización y la consiguiente pérdida de la capacidad combativa que ha de culminar en una derrota sin alternativas. No lo afirma un optimista a ultranza, todo lo contrario, su realismo es de una crudeza tal que incluye la posibilidad de que revolucionarios aislados, incluso, movimientos enteros, puedan ser derrotados y aniquilados en un país o grupo de países, para abonar un proceso de revoluciones, a escala del planeta, cuyos retrocesos y caídas son transitorios y secundarios, en comparación con el movimiento general del que forman parte. Pocas veces encontramos en un analista político, en un teórico de las luchas de nuestro tiempo, esta claridad conceptual expre­sada con tan profunda convicción. La voz que se escucha en estas líneas, la que late en el texto, es la voz honrada de alguien capaz de “arriesgar el pellejo para demostrar sus verdades”, como afirmaría en otra ocasión memorable.

Pero no es solo el imperialismo yanqui el criticado en el Mensaje… En 1967, en Cuba, incluso, en todo el llamado Tercer Mundo era difícil acometer la crítica a las debilidades y claudicaciones del campo socialista ante la política agresiva y hegemónica de las potencias imperialistas en aras de una hipotética paz mundial y una ilusoria coexistencia pacífica que de manera egoísta privilegiaba la existencia de unos pueblos por encima de los demás, dejándolos inermes. En el Mensaje… se alzó de manera contundente una voz de denuncia contra las concesiones que acabarían minando irremisiblemente al socialismo europeo, embotando su espíritu internacionalista y subordinando a mezquinas concepciones geopolíticas los principios revolucionarios primigenios. Con implacable lucidez, el Che critica también el enfrentamiento fratricida dentro de las propias filas revolucionarias, especialmente el que entonces dividía en pro chinos y pro soviéticos, a quienes debieron estar unidos de cara al enemigo verdadero de los pueblos. “Es hora de atemperar nuestras diferencias —llega a escribir— y ponerlo todo al servicio de la lucha”. Su llamado no fue entonces escuchado. Hoy tenemos plena conciencia de las consecuencias de ese error. Dura lección que marcó con fuego a varias generaciones de combatientes, pero que, tal y como expresara, sería debidamente aprendida.

En efecto, respetando las diferencias tácticas, sigue teniendo la más absoluta actualidad la idea de que… “el gran objetivo estratégico es la destrucción del imperialismo mediante la lucha” y de que… “en ello debemos ser intransigentes”. Las raíces de esta intransigencia son las que diferencian a los revolucionarios de los reformistas; a los que luchan por crear un mundo justo, de quienes se limitan a maquillar las injusticias. Y completándola, su corolario ineludible: el llamado a eliminar el dominio del baluarte más fuerte del sistema, el del imperialismo yanqui.

“¡Cómo podríamos mirar el futuro luminoso y cercano —escribe en las conclusiones si dos, tres, muchos Vietnam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para este dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!”

Tres días después de publicado el Mensaje a la Tricontinental, el 19 de abril de 1967, Fidel hablaba al pueblo en el acto central por el Aniversario VI de la victoria de Playa Girón. Como era de esperar, se refrió al texto del Che y a la feroz campaña de tergiversaciones que el mismo había provocado en el seno del aparato propagandístico del imperio:

“Es decir, que los pueblos del mundo han tenido que pagar su precio a la barbarie imperialista para que el propio pueblo de EE.UU. vaya abriendo los ojos. Y el pueblo norteamericano abrirá los ojos, y los abrirá cada vez más, en la medida que la lucha revolucionaria de los pueblos crezca, y en la medida en que los imperialistas se vean cada vez más impotentes y cada vez más golpeados por el movimiento revolucionario no solo en Vietnam, sino —como dice el Che— en dos, en tres, en cuatro, en cinco —y puntos suspensivos— Vietnam.

“La prensa imperialista ha querido tergiversar el sentido de algunas de las ideas contenidas en el formidable mensaje dirigido por el Che a los pueblos del mundo, haciendo creer que en ese mensaje se plantea la destrucción de EE.UU. Y nada más falso. De una manera muy clara expresa su idea de que la estrategia revolucionaria es la destrucción no de EE.UU., mucho menos del pueblo de EE.UU., sino la destrucción del dominio imperialista de Estados Unidos de Norteamérica.

“No confundir, señores imperialistas, al pueblo de EE.UU., a la nación norteamericana, que no está integrada solo por imperialistas, con los imperialistas. Y lo que en el mensaje del comandante Ernesto Guevara se puede apreciar con toda claridad, es el planteamiento de que la estrategia se dirige a la destrucción del dominio imperialista.”

En otro momento de su discurso, estimulado por las ideas expresadas por el Che cuando profetizó que la tarea esencial de América Latina era la de crear el segundo o tercer Vietnam del mundo, Fidel llevó aún a mayor altura el alcance del concepto:

“Esto quiere decir que, destruido el dominio imperialista, el imperialismo como sistema desaparecerá; y, sobre todo, destruido el dominio imperialista en América Latina el imperialismo como sistema desaparecerá. Esto quiere decir que la liberación de América Latina significará un paso decisivo en la liberación del mundo de su peor enemigo: el imperialismo norteamericano.”

Hoy, transcurridas cuatro décadas, todas las evidencias científicas apuntan hacia la confirmación exacta de aquellas palabras: está teniendo lugar en América Latina un proceso original y esperanzador de reconstrucción de la izquierda y el socialismo, de alcance planetario, con el consiguiente debilitamiento del dominio hegemónico del imperialismo y el capitalismo. Se trata de un proceso aún incipiente, cuyos primeros resultados están en la derrota estratégica del neoliberalismo, la llegada al poder por vías pacíficas de gobiernos con una orientación progresista o revolucionaria, con vocación de justicia social, independencia económica, defensa de la soberanía nacional y la autodeterminación. Nuevos modelos de integración y desarrollo aparecen, mientras Cuba socialista avanza, no sin dificultades y riesgos, y se irradia esta nueva época hacia otras latitudes.

Por sí solos, estos procesos no constituyen todavía el segundo Vietnam anunciado por el Che, pero si se analizan en el contexto del descrédito y aislamiento del Gobierno de los EE.UU., como consecuencia de su agresión contra los pueblos de Irak y Afganistán, su crisis a escala global, y su reflejo en el interior de su propio país, entonces podremos entender que una situación realmente explosiva para el imperialismo norteamericano se está perfilando en el día a día de la política internacional, y que una buena parte de ello se debe a lo que está aconteciendo en América Latina, aun cuando sea de manera silenciosa.

El segundo Vietnam de nuestra época, el que toca construir y está construyendo ya América Latina, no se caracterizará por el aniquilamiento de las fuerzas militares del imperio en la jungla, el asalto victorioso contra sus reductos, ni el derribo de sus bombarderos. Los golpes serán todavía más contundentes y demoledores porque están siendo asestados en el terreno de la liberación económica, la libertad política, la ampliación de la democracia, la participación popular, garantizando educación y salud para todos, desmontando el dominio corrupto y represivo de las burguesías clientelistas nacionales, ampliando y fortaleciendo los procesos de integración regional y tercermundista.

Es en el terreno de las ideas y la cultura donde está siendo hoy más visiblemente derrotado el imperio en nuestra región y esto es un aporte nada desdeñable. Ya se sabe que los aviones derribados pueden ser restituidos, los soldados caídos pueden ser reemplazados, y las posiciones perdidas pueden ser retomadas. Pero cuando los pueblos antes mantenidos en la ignorancia y la mentira, como el pueblo de Venezuela y más recientemente el de Bolivia, descubren el saber y comienzan a tener confianza en sus propias fuerzas; cuando identifican a sus verdaderos enemigos y se disponen a ser libres, hasta las últimas consecuencias, en esa misma hora comienzan a ser realidad los vaticinios del Che. Y ya nada puede detenerlos.

Han transcurrido 40 años de aquel Mensaje… En medio del combate cotidiano, deben los pueblos del mundo detenerse un minuto para recordar que sin aquellas palabras proféticas y el propio testimonio de la vida del Che, no sería posible, ni sería hoy una certeza, la inevitable derrota de sus enemigos históricos y el advenimiento de tiempos nuevos, esperanzadores.

Tenía razón el Che al escoger entonces, como exergo de su texto, ciertas palabras de José Martí:

“Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz.”

 

Este texto fue publicado originalmente en el Suplemento especial de la Revista Tricontinental, año 41, octubre de 2007, bajo el título A 40 años de un mensaje”.

 
 
 
 


galerÍa de carteles

45 años de luchas tricontinentales
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.