La Habana. Año IX.
12 al 18 de MARZO
de 2011

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         Entrevista con Carlos Azpúrua

Cuba está en la historia de nuestro cine

Maylin Alonso • La Habana

Como parte de la representación venezolana invitada al Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez In Memoriam, dedicada en su décimo segunda edición a la patria de El Libertador Simón Bolívar, vuelve a Cuba Carlos Azpúrua. Con su filme Disparen a matar, de 1991, se alzó en La Habana con el premio a la mejor Ópera Prima en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y resultó película finalista al premio Goya como mejor producción latinoamericana.

Azpúrua acompaña su documental Amazonas, el negocio de este mundo, centrado en las denuncias de sectores militares, religiosos y científicos con respecto a los abusos cometidos contra tribus indígenas del Amazonas venezolano por misiones evangélicas norteamericanas. Esta presentación especial se incluye en la muestra dedicada a Venezuela, que cuenta con una docena de relevantes obras de la historia documental de la nación suramericana, marcadas por la impronta de Santiago Álvarez.

“Santiago es quizá la escuela más significativa del documental latinoamericano, es una referencia del documentalismo político. Los realizadores veían en él no solamente una manera de entender la confrontación ideológica, sino de entender la búsqueda dentro del  lenguaje cinematográfico, del rompimiento de ese lenguaje. Su obra se convierte en antropología, en estudio de la realidad. Al revisar la cinematografía de Santiago, vemos la historia no solamente del proceso cubano, sino la búsqueda de una estética que no se contradice con la ideología, pero que está ligada a ella.

“Arranca como documentalista en el momento en que estalla la Revolución Cubana y empieza con un noticiero que se convierte en un referente de la contrainformación, es el padre de la contrainformación.”

Pero usted tuvo oportunidad de darle algunas lecciones al maestro…

Sí, me di el gusto de haberlo paseado por Caracas en moto agarrado detrás de mí. Le dije: “tú quieres conocer los barrios, pues ven conmigo”; y me lo llevé para Catia, Petare… Fue un viaje bellísimo andar con el maestro, un hombre hermoso e irreverente que entendía el cine como un acto de inmensa libertad, libertad en el sentido ideológico, de entender la igualdad de los seres humanos, de ahí su vida. Hay que entender la vida de Santiago, su manera de ser, su irreverencia en su manera personal de relacionarse con los seres, para poder apreciarlo. Santiago me marcó y marcó a toda una generación desde el 58 hasta los 90.

¿Cómo se pueden identificar en su obra esas marcas?

Él habla del espíritu, de la emoción; la emoción sin espíritu no tiene sentido y el espíritu y la emoción no tienen sentido sin la ideología. Como él decía: “yo soy un animalón político”. A veces digo: “soy un animal político”, no me pica un tema si no tiene un contenido que implique una reflexión de la política, de la percepción de irnos adentro del alma de las injusticias, de buscar un mundo nuevo, una proposición de mundo distinto y, sobre todo, desde el punto de vista de romper esquemas en el lenguaje del documental.

Si podemos hablar de un documental fuerte, vigoroso, que implique el compromiso de un cineasta, ese es Santiago Álvarez. Cómo no quererlo, cómo no en vida darle tributo y sentirnos orgullosos de haberlo sentido cerca. En Hanoi, martes 13, estaba entre bombas y el camarógrafo le decía: “vamos a cambiar el lente”, y él le respondía: “no, quédate con ese”, y al final era el lente que debía tener. Captó imágenes que nos quedan para la historia de lo que fue el horror de haber agredido a un país como Vietnam. Santiago era un gran cronista cinematográfico, no solamente de América Latina, de Cuba, sino del mundo.

¿De qué manera este Festival contribuye a perpetuar el legado de Santiago Álvarez?

Santiago Álvarez simboliza el maestro del documental; pero Cuba, la solidaridad hacia los cineastas latinoamericanos, los que sufrieron las grandes dictaduras. Cuando la Caravana de la Muerte en el Sur aquí se refugiaron los chilenos, los argentinos, vinieron a terminar sus películas los grandes directores, porque era nuestro refugio, era nuestra posibilidad de poder seguir haciendo cine. De manera que no solo este Festival celebra la inmensa emoción que Santiago nos dejó, la gran referencia en la que se convirtió, sino también celebra a los amigos que han contribuido al crecimiento de los cineastas de América Latina. Hay que ver a los cubanos que han trabajado en miles de películas, ellos están regados en nuestra historia y en nuestro amor, en nuestras limitaciones. Hemos podido hacer películas gracias a lo que ha sido el ICAIC y el Comité de Cineastas Latinoamericanos que aquí encontró un refugio extraordinario. No solamente celebro estar aquí con un inmenso placer, sino también celebro a Cuba como país solidario de los cineastas latinoamericanos.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.