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Cubierta de la
primera edición
del mensaje a la
Tricontinental,
1967
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“Es la hora de los
hornos
y no se ha de ver más
que la luz.”
José Martí
Ya se han cumplido
veintiún años desde el
fin de la última
conflagración
mundial y diversas
publicaciones, en
infinidad de lenguas,
celebran el
acontecimiento
simbolizado en la
derrota del Japón. Hay
un clima de aparente
optimismo en muchos
sectores de los dispares
campos en que el
mundo se divide.
Veintiún años sin guerra
mundial, en estos
tiempos de
confrontaciones
máximas, de choques
violentos y cambios
repentinos, parecen una
cifra
muy alta. Pero, sin
analizar los resultados
prácticos de esa paz por
la que todos nos
manifestamos dispuestos
a luchar (la miseria, la
degradación,
la explotación cada vez
mayor de enormes
sectores del mundo) cabe
preguntarse si
ella es real.
No es la intención de
estas notas historiar
los diversos conflictos
de carácter local que se
han sucedido desde la
rendición del Japón, no
es
tampoco nuestra tarea
hacer el recuento,
numeroso y creciente, de
luchas civiles
ocurridas durante estos
años de pretendida paz.
Bástenos poner como
ejemplos contra el
desmedido optimismo las
guerras de Corea y
Vietnam.
En la primera, tras años
de lucha feroz, la parte
norte del país quedó
sumida en la más
terrible devastación que
figure en los anales de
la guerra
moderna; acribillada a
bombas; sin fábricas,
escuelas u hospitales;
sin ningún tipo
de habitación para
albergar a diez millones
de habitantes.
En esta guerra
intervinieron, bajo la
fementida bandera de las
Naciones
Unidas, decenas de
países conducidos
militarmente por los
EE.UU.,
con la participación
masiva de soldados de
esa nacionalidad y el
uso, como
carne de cañón, de la
población sudcoreana
enrolada.
En el otro bando, el
ejército y el pueblo de
Corea y los voluntarios
de la
República Popular China
contaron con el
abastecimiento y
asesoría del aparato
militar soviético. Por
parte de los
norteamericanos se
hicieron toda clase de
pruebas de armas de
destrucción, excluyendo
las termonucleares pero
incluyendo las
bacteriológicas y
químicas, en escala
limitada. En Vietnam se
han sucedido acciones
bélicas, sostenidas por
las fuerzas patrióticas
de ese país casi
ininterrumpidamente
contra tres potencias
imperialistas: Japón,
cuyo poderío sufriera
una caída vertical a
partir de las bombas de
Hiroshima y Nagasaki;
Francia, que recupera en
aquel país vencido sus
colonias indochinas e
ignoraba las promesas
hechas en momentos
difíciles; y los EE.UU.,
en esta última fase de
la contienda.
Hubo confrontaciones
limitadas en todos los
continentes, aun cuando
en el americano, durante
mucho tiempo, solo se
produjeron conatos
de lucha de liberación y
cuartelazos, hasta que
la Revolución Cubana
diera su
clarinada de alerta
sobre la importancia de
esta región y atrajera
las iras imperialistas,
obligándola a la defensa
de sus costas en Playa
Girón, primero, y
durante la Crisis de
Octubre, después.
Este último incidente
pudo haber provocado una
guerra de incalculables
proporciones, al
producirse, en torno a
Cuba, el choque de
norteamericanos
y soviéticos.
Pero, evidentemente, el
foco de las
contradicciones, en este
momento, está radicado
en los territorios de la
península indochina y
los países aledaños.
Laos y Vietnam son
sacudidos por guerras
civiles, que dejan
de ser tales al hacerse
presente, con todo su
poderío, el imperialismo
norteamericano,
y toda la zona se
convierte en una
peligrosa espoleta
presta a detonar.
En Vietnam la
confrontación ha
adquirido
características de una
agudeza extrema. Tampoco
es nuestra intención
historiar esta guerra.
Simplemente, señalaremos
algunos hitos de
recuerdo.
En 1954, tras la derrota
aniquilante de Dien Bien
Phu, se firmaron los
acuerdos de Ginebra, que
dividían al país en dos
zonas y estipulaban la
realización de
elecciones en un plazo
de 18 meses para
determinar quiénes
debían gobernar a
Vietnam y cómo se
reunificaría el país.
Los norteamericanos
no firmaron dicho
documento, comenzando
las maniobras para
sustituir al emperador
Bao Dai, títere francés,
por un hombre adecuado a
sus intenciones.
Este resultó ser Ngo
Dinh Diem, cuyo trágico
fin —el de la naranja
exprimida por el
imperialismo— es
conocido de todos.
En los meses posteriores
a la firma del acuerdo,
reinó el optimismo en
el campo de las fuerzas
populares. Se
desmantelaron reductos
de lucha
antifrancesa en el sur
del país y se esperó el
cumplimiento de lo
pactado.
Pero pronto
comprendieron los
patriotas que no habría
elecciones a menos
que los EE.UU. se
sintieran capaces de
imponer su voluntad en
las urnas, cosa que no
podría ocurrir, aun
utilizando todos los
métodos de fraude
de ellos conocidos.
Nuevamente se iniciaron
las luchas en el sur del
país y fueron
adquiriendo mayor
intensidad hasta llegar
al momento actual, en
que el ejército
norteamericano se
compone de casi medio
millón de invasores,
mientras las fuerzas
títeres disminuyen su
número y, sobre todo,
han perdido totalmente
la combatividad.
Hace cerca de dos años
que los norteamericanos
comenzaron el bombardeo
sistemático de la
República Democrática de
Vietnam en un intento
más de frenar la
combatividad del sur y
obligar a una
conferencia desde posiciones
de fuerza. Al principio,
los bombardeos fueron
más o menos aislados
y se revestían de la
máscara de represalias
por supuestas
provocaciones del
Norte. Después
aumentaron en intensidad
y método, hasta
convertirse en
una gigantesca batida
llevada a cabo por las
unidades aéreas de los
EE.UU.,
día a día, con el
propósito de destruir
todo vestigio de
civilización en
la zona norte del país.
Es un episodio de la
tristemente célebre
escalada.
Las aspiraciones
materiales del mundo
yanqui se han cumplido
en buena parte a pesar
de la denodada defensa
de las unidades
antiaéreas
vietnamitas, de los más
de mil 700 aviones
derribados y de la ayuda
del campo
socialista en material
de guerra.
Hay una penosa realidad:
Vietnam, esa nación que
representa las
aspiraciones, las
esperanzas de victoria
de todo un mundo
preterido, está
trágicamente solo. Ese
pueblo debe soportar los
embates de la técnica
norteamericana, casi a
mansalva en el sur, con
algunas posibilidades de
defensa en el norte,
pero siempre solo.
La solidaridad del mundo
progresista para con el
pueblo de Vietnam
semeja a la amarga
ironía que significaba
para los gladiadores del
circo romano el estímulo
de la plebe. No se trata
de desear éxitos al
agredido, sino de correr
su misma suerte;
acompañarlo a la muerte
o la victoria.
Cuando analizamos la
soledad vietnamita, nos
asalta la angustia de
este momento ilógico de
la humanidad.
El imperialismo
norteamericano es
culpable de agresión;
sus crímenes
son inmensos y
repartidos por todo el
orbe. ¡Ya lo sabemos,
señores! Pero
también son culpables
los que en el momento de
definición vacilaron en
hacer de Vietnam parte
inviolable del
territorio socialista,
corriendo, sí, los
riesgos de una guerra de
alcance mundial, pero
también obligando a
una decisión a los
imperialistas
norteamericanos. Y son
culpables los que
mantienen una guerra de
denuestos y zancadillas
comenzadas hace ya
buen tiempo por los
representantes de las
dos más grandes
potencias del
campo socialista.
Preguntemos, para lograr
una respuesta honrada:
¿Está o no aislado
el Vietnam, haciendo
equilibrios peligrosos
entre las dos potencias
en pugna?
Y: ¡qué grandeza la de
ese pueblo! ¡Qué
estoicismo y valor, el
de ese pueblo! Y qué
lección para el mundo
entraña esa lucha.
Hasta dentro de mucho
tiempo no sabremos si el
presidente Johnson
pensaba en serio iniciar
algunas de las reformas
necesarias a un pueblo —para
limar aristas de las
contradicciones de clase
que asoman con fuerza
explosiva y cada
vez más frecuentemente—.
Lo cierto es que las
mejoras
anunciadas bajo el
pomposo título de lucha
por la gran sociedad han
caído en el
sumidero de Vietnam.
El más grande de los
poderes imperialistas
siente en sus entrañas
el
desangramiento provocado
por un país pobre y
atrasado y su fabulosa
economía se resiente del
esfuerzo de guerra.
Matar deja de ser el más
cómodo negocio de los
monopolios. Armas de
contención, y no en
número suficiente,
es todo lo que tienen
estos soldados
maravillosos, además del
amor de su
patria, a su sociedad y
un valor a toda prueba.
Pero el imperialismo se
empantana en Vietnam,
no halla camino de
salida y busca
desesperadamente
alguno que le permita
sortear con dignidad
este peligroso trance en
que
se ve. Mas los “cuatro
puntos” del Norte y “los
cinco” del Sur lo
atenazan,
haciendo aún más
decidida la
confrontación.
Todo parece indicar que
la paz, esa paz precaria
a la que se ha dado
tal nombre, solo porque
no se ha producido
ninguna conflagración de
carácter mundial, está
otra vez en peligro de
romperse ante cualquier
paso irreversible, e
inaceptable, dado por
los norteamericanos.
Y, a nosotros,
explotados del mundo,
¿cuál es el papel que
nos corresponde?
Los pueblos de tres
continentes observan y
aprenden su lección en
Vietnam. Ya que, con la
amenaza de guerra, los
imperialistas ejercen
su chantaje sobre la
humanidad, no temer la
guerra, es la respuesta
justa.
Atacar dura e
ininterrumpidamente en
cada punto de
confrontación, debe
ser la táctica
general de los pueblos.
Pero, en los lugares en
que esta mísera paz que
sufrimos no ha sido
rota, ¿cuál será nuestra
tarea? Liberarnos a
cualquier precio.
El panorama del mundo
muestra una gran
complejidad. La tarea de
la
liberación espera aún a
países de la vieja
Europa, suficientemente
desarrollados
para sentir todas las
contradicciones del
capitalismo, pero tan
débiles
que no pueden ya seguir
el rumbo del
imperialismo o iniciar
esta ruta. Allí
las contradicciones
alcanzarán en los
próximos años carácter
explosivo,
pero sus problemas y,
por ende, la solución de
los mismos son
diferentes a la
de nuestros pueblos
dependientes y atrasados
económicamente.
El campo fundamental de
la explotación del
imperialismo abarca los
tres
continentes atrasados,
América, Asia y África.
Cada país tiene
características
propias; pero los
continentes, en su
conjunto, también las
presentan.
América constituye un
conjunto más o menos
homogéneo y en la casi
totalidad de su
territorio los capitales
monopolistas
norteamericanos mantienen
una primacía absoluta.
Los gobiernos títeres o,
en el mejor de los
casos, débiles y
medrosos, no pueden
oponerse a las órdenes
del amo
yanqui. Los
norteamericanos han
llegado casi al máximo
de su dominación
política y económica,
poco más podrían avanzar
ya; cualquier cambio de
la situación podría
convertirse en un
retroceso en su
primacía. Su política es
mantener lo conquistado.
La línea de acción se
reduce en el momento
actual, al uso
brutal de la fuerza para
impedir movimientos de
liberación, de cualquier
tipo que sean.
Bajo el eslogan, “no
permitiremos otra Cuba”,
se encubre la
posibilidad
de agresiones a
mansalva, como la
perpetrada contra Santo
Domingo, o
anteriormente, la
masacre de Panamá, y la
clara advertencia de que
las
tropas yanquis están
dispuestas a intervenir
en cualquier lugar de
América
donde el orden
establecido sea
alterado, poniendo en
peligro sus intereses.
Esa política cuenta con
una impunidad casi
absoluta; la OEA es una
máscara
cómoda, por
desprestigiada que esté;
la ONU es de una
ineficiencia rayana
en el ridículo o
en lo trágico; los
ejércitos de todos los
países de América están
listos a intervenir para
aplastar a sus pueblos.
Se ha formado, de hecho,
la internacional del
crimen y la traición.
Por otra parte, las
burguesías autóctonas
han perdido toda su
capacidad
de oposición al
imperialismo —si alguna
vez la tuvieron— y solo
forman su furgón de
cola. No hay más cambios
que hacer; o revolución
socialista o caricatura
de revolución.
Asia es un continente de
características
diferentes. Las luchas
de liberación
contra una serie de
poderes coloniales
europeos dieron por
resultado el
establecimiento de
gobiernos más o menos
progresistas, cuya
evolución posterior
ha sido, en algunos
casos, de profundización
de los objetivos
primarios de la liberación
nacional y en otros de
reversión hacia
posiciones
proimperialistas.
Desde el punto de vista
económico, EE.UU. tenía
poco que
perder y mucho que ganar
en Asia. Los cambios le
favorecen; se lucha por
desplazar a otros
poderes neocoloniales,
penetrar nuevas esferas
de acción
en el campo económico, a
veces directamente,
otras utilizando al
Japón.
Pero existen condiciones
políticas especiales,
sobre todo en la
península Indochina,
que le dan
características de
capital importancia al
Asia y juegan un papel
importante en la
estrategia militar
global del imperialismo
norteamericano. Este
ejerce un cerco a China
a través de Corea del
Sur,
Japón, Taiwán, Vietnam
del Sur y Tailandia, por
lo menos.
Esa doble situación; un
interés estratégico tan
importante como el cerco
militar a la República
Popular China y la
ambición de sus
capitales
por penetrar esos
grandes mercados que
todavía no dominan,
hacen que el Asia
sea uno de los lugares
más explosivos del mundo
actual, a pesar de la
aparente estabilidad
fuera del área
vietnamita.
Perteneciendo
geográficamente a este
continente, pero con sus
propias
contradicciones, el
Oriente Medio está en
plena ebullición, sin
que se pueda
prever hasta dónde
llegará esa guerra fría
entre Israel, respaldada
por los
imperialistas, y los
países progresistas de
la zona. Es otro de los
volcanes
amenazadores del mundo.
El África, ofrece las
características de ser
un campo casi virgen
para la
invasión neocolonial. Se
han producido cambios
que, en alguna medida,
obligaron a los poderes
neocoloniales a ceder
sus antiguas
prerrogativas de
carácter absoluto. Pero,
cuando los procesos se
llevan a cabo ininterrumpidamente,
al colonialismo sucede,
sin violencia, un
neocolonialismo
de iguales efectos en
cuanto a la dominación
económica se refiere.
EE.UU. no tenía colonias
en esta región y ahora
lucha por penetrar en
los antiguos cotos
cerrados de sus socios.
Se puede asegurar que
África constituye, en
los planes estratégicos
del imperialismo
norteamericano, su
reservorio a largo
plazo; sus inversiones
actuales solo
tienen importancia en la
Unión Sudafricana y
comienza su penetración
en
el Congo, Nigeria y
otros países, donde se
inicia una violenta
competencia (con
carácter pacífico hasta
ahora) con otros poderes
imperialistas.
No tiene todavía grandes
intereses que defender
salvo su pretendido
derecho a intervenir en
cada lugar del globo en
que sus monopolios
olfateen buenas
ganancias o la
existencia de grandes
reservas de materias
primas.
Todos estos antecedentes
hacen lícito el
planteamiento
interrogante sobre las
posibilidades de
liberación de los
pueblos a corto o
mediano plazo.
Si analizamos el África
veremos que se lucha con
alguna intensidad en
las colonias portuguesas
de Guinea, Mozambique y
Angola, con particular
éxito en la primera y
con éxito variable en
las dos restantes. Que
todavía se
asiste a la lucha entre
los sucesores de Lumumba
y los viejos cómplices
de
Tshombe en el Congo,
lucha que, en el momento
actual, parece
inclinarse
a favor de los últimos,
los que han “pacificado”
en su propio provecho
una
gran parte del país,
aunque la guerra se
mantenga latente.
En Rhodesia el problema
es diferente: el
imperialismo británico
utilizó
todos los mecanismos a
su alcance para entregar
el poder a la minoría
blanca
que lo detenta
actualmente. El
conflicto, desde el
punto de vista de
Inglaterra,
es absolutamente
antiofcial, solo que
esta potencia, con su
habitual habilidad
diplomática
—también
llamada hipocresía en
buen romance—
presenta una
fachada de disgustos
ante las medidas tomadas
por el gobierno de Ian
Smith, y es apoyada en
su taimada actitud por
algunos de los países
del Commonwealth que la
siguen, y atacada por
una buena parte de los
países del África Negra,
sean o no dóciles
vasallos económicos del
imperialismo
inglés.
En Rhodesia la situación
puede tornarse sumamente
explosiva si cristalizan
los esfuerzos de los
patriotas negros para
alzarse en armas y este
movimiento fuera apoyado
efectivamente por las
naciones africanas
vecinas. Pero por ahora
todos los problemas se
ventilan en organismos
tan inocuos como la ONU,
el Commonwealth o la
OUA.
Sin embargo, la
evolución política y
social del África no
hace prever
una situación
revolucionaria
continental. Las luchas
de liberación contra los
portugueses deben
terminar
victoriosamente, pero
Portugal no significa
nada en la nómina
imperialista. Las
confrontaciones de
importancia
revolucionaria
son las que ponen en
jaque a todo el aparato
imperialista, aunque no
por
eso dejemos de luchar
por la liberación de las
tres colonias
portuguesas y por
la profundización de sus
revoluciones.
Cuando las masas negras
de Sudáfrica o Rhodesia
inicien su auténtica
lucha revolucionaria, se
habrá iniciado una nueva
época en el África. O,
cuando las masas
empobrecidas de un país
se lancen a rescatar su
derecho a una
vida digna, de las manos
de las oligarquías
gobernantes.
Hasta ahora se suceden
los golpes cuartelarios
en que un grupo de
oficiales reemplaza a
otro o a un gobernante
que ya no sirva sus
intereses de
casta y a los de las
potencias que los
manejan solapadamente
pero no hay convulsiones
populares. En el Congo
se dieron fugazmente
estas características
impulsadas por el
recuerdo de Lumumba,
pero han ido perdiendo
fuerzas en los últimos
meses.
En Asia, como vimos, la
situación es explosiva,
y no son solo Vietnam
y Laos, donde se lucha,
los puntos de fricción.
También lo es Cambodia,
donde en cualquier
momento puede iniciarse
la agresión directa
norteamericana,
Tailandia, Malasia y,
por supuesto, Indonesia,
donde no podemos
pensar que se haya dicho
la última palabra pese
al aniquilamiento del
Partido Comunista de ese
país, al ocupar el poder
los reaccionarios. Y,
por supuesto, el
Oriente Medio.
En América Latina se
lucha con las armas en
la mano en Guatemala,
Colombia, Venezuela y
Bolivia y despuntan ya
los primeros brotes en
Brasil.
Hay otros focos de
resistencia que aparecen
y se extinguen. Pero
casi todos los países de
este continente están
maduros para una lucha
de tipo
tal, que para resultar
triunfante, no puede
conformarse con menos
que la instauración de
un gobierno de corte
socialista.
En este continente se
habla prácticamente una
lengua, salvo el caso
excepcional del Brasil,
con cuyo pueblo los de
habla hispana pueden
entenderse, dada la
similitud entre ambos
idiomas. Hay una
identidad tan
grande entre las clases
de estos países que
logran una
identificación de tipo
“internacional
americano”, mucho más
completa que en otros
continentes. Lengua,
costumbres, religión,
amo común, los unen. El
grado y las formas
de explotación son
similares en sus efectos
para explotadores y
explotados de una
buena parte de los
países de nuestra
América. Y la rebelión
está madurando
aceleradamente en ella.
Podemos preguntarnos:
esta rebelión, ¿cómo
fructificará?; ¿de qué
tipo
será? Hemos sostenido
desde hace tiempo que,
dadas sus
características
similares, la lucha en
América adquirirá, en su
momento, dimensiones
continentales. Será
escenario de muchas
grandes batallas dadas
por la humanidad para su
liberación.
En el marco de esa lucha
de alcance continental,
las que actualmente
se sostienen en forma
activa son solo
episodios, pero ya han
dado los
mártires que figurarán
en la historia americana
como entregando su cuota
de sangre necesaria en
esta última etapa de la
lucha por la libertad
plena del hombre.
Allí figurarán los
nombres del Comandante
Turcios Lima, del
cura Camilo Torres, del
Comandante Fabricio
Ojeda, de los
Comandantes
Lobatón y Luis de la
Puente Uceda, figuras
principalísimas en los
movimientos
revolucionarios de
Guatemala, Colombia,
Venezuela y Perú.
Pero la movilización
activa del pueblo crea
sus nuevos dirigentes;
César Montes y Yon Sosa
levantan la bandera en
Guatemala; Fabio Vázquez
y Marulanda lo hacen en
Colombia; Douglas Bravo
en el occidente del país
y Américo Martín en El
Bachiller, dirigen sus
respectivos frentes en
Venezuela.
Nuevos brotes de guerra
surgirán en estos y
otros países americanos,
como ya ha ocurrido en
Bolivia, e irán
creciendo, con todas las
vicisitudes
que entraña este
peligroso oficio de
revolucionario moderno.
Muchos morirán víctimas
de sus errores, otros
caerán en el duro
combate que se avecina;
nuevos luchadores y
nuevos dirigentes
surgirán al calor de la
lucha revolucionaria. El
pueblo irá formando sus
combatientes y sus conductores
en el marco selectivo de
la guerra misma, y los
agentes yanquis
de represión aumentarán.
Hoy hay asesores en
todos los países donde
la lucha armada se
mantiene y el ejército
peruano realizó, al
parecer, una
exitosa batida contra
los revolucionarios de
ese país, también
asesorado y entrenado
por los yanquis. Pero si
los focos de guerra se
llevan con suficiente
destreza política y
militar, se harán
prácticamente imbatibles
y exigirán nuevos envíos
de los yanquis. En el
propio Perú, con
tenacidad y firmeza,
nuevas figuras aún no
completamente conocidas,
reorganizan la lucha
guerrillera. Poco a
poco, las armas
obsoletas que bastan
para la
represión de las
pequeñas bandas armadas,
irán convirtiéndose en
armas modernas y
los grupos de asesores
en combatientes
norteamericanos, hasta
que, en un momento dado,
se vean obligados a
enviar cantidades
crecientes de tropas
regulares para asegurar
la relativa estabilidad
de un
poder cuyo ejército
nacional títere se
desintegra ante los
combates de las
guerrillas. Es el camino
de Vietnam; es el camino
que deben seguir los
pueblos; es el camino
que seguirá América, con
la característica
especial de que los
grupos en armas pudieran
formar algo así como
Juntas de Coordinación
para hacer más difícil
la tarea represiva del
imperialismo yanqui
y facilitar la
propia causa.
América, continente
olvidado por las últimas
luchas políticas de
liberación,
que empieza a hacerse
sentir a través de la
Tricontinental en la voz
de la vanguardia de sus
pueblos, que es la
Revolución Cubana,
tendrá
una tarea de mucho mayor
relieve: la de la
creación del Segundo o
Tercer Vietnam
del mundo.
En definitiva, hay que
tener en cuenta que el
imperialismo es un
sistema mundial, última
etapa del capitalismo, y
que hay que batirlo en
una
gran confrontación
mundial. La finalidad
estratégica de esa lucha
debe ser
la destrucción del
imperialismo. La
participación que nos
toca a nosotros, los
explotados y atrasados
del mundo, es la de
eliminar las bases de
sustentación del
imperialismo: nuestros
pueblos oprimidos, de
donde extraen capitales,
materias primas,
técnicos y obreros
baratos y a donde
exportan nuevos
capitales —instrumentos
de dominación—, armas y
toda clase de artículos,
sumiéndonos en una
dependencia absoluta.
El elemento fundamental
de esa finalidad
estratégica será,
entonces, la
liberación real de los
pueblos; liberación que
se producirá a través de
lucha
armada, en la mayoría de
los casos, y que tendrá,
en América, casi
indefectiblemente, la
propiedad de convertirse
en una Revolución
Socialista.
Al enfocar la
destrucción del
imperialismo, hay que
identificar a su cabeza,
la que no es otra que
los Estados Unidos de
Norteamérica.
Debemos realizar una
tarea de tipo general
que tenga como finalidad
táctica sacar al enemigo
de su ambiente
obligándolo a luchar en
lugares
donde sus hábitos de
vida choquen con la
realidad imperante. No
se debe
despreciar al
adversario; el soldado
norteamericano tiene
capacidad técnica y está
respaldado por medios de
tal magnitud que lo
hacen temible.
Le falta esencialmente
la motivación ideológica
que tienen en grado sumo
sus más enconados
rivales de hoy: los
soldados vietnamitas.
Solamente
podremos triunfar sobre
ese ejército en la
medida en que logremos
minar
su moral. Y esta se mina
infligiéndole derrotas y
ocasionándole
sufrimientos
repetidos.
Pero este pequeño
esquema de victorias
encierra dentro de sí
sacrificios
inmensos de los pueblos,
sacrificios que deben
exigirse desde hoy, a la
luz
del día y que quizá sean
menos dolorosos que los
que debieron soportar
si rehuyéramos
constantemente el
combate, para tratar de
que otros sean
los que nos saquen las
castañas del fuego.
Claro que, el último
país en liberarse, muy
probablemente lo hará
sin lucha armada, y los
sufrimientos de una
guerra larga y tan cruel
como la
que hacen los
imperialistas, se le
ahorrará a ese pueblo.
Pero tal vez sea
imposible eludir esa
lucha o sus efectos, en
una contienda de
carácter mundial y se
sufra igual o más aún.
No podemos predecir el
futuro, pero jamás
debemos ceder a la
tentación claudicante de
ser los abanderados de
un pueblo que anhela su
libertad, pero reniega
de la lucha que esta
conlleva y la espera
como un mendrugo de
victoria.
Es absolutamente justo
evitar todo sacrificio
inútil. Por eso es tan
importante el
esclarecimiento de las
posibilidades efectivas
que tiene la América
dependiente de liberarse
en forma pacífica. Para
nosotros está
clara la solución de
esta interrogante; podrá
ser o no el momento
actual el
indicado para iniciar la
lucha, pero no podemos
hacernos ninguna
ilusión,
ni tenemos derecho a
ello, de lograr la
libertad sin combatir. Y
los combates
no serán meras luchas
callejeras de piedras
contra gases
lacrimógenos, ni
de huelgas generales
pacíficas; ni será la
lucha de un pueblo
enfurecido
que destruya en dos o
tres días el andamiaje
represivo de las
oligarquías gobernantes;
será una lucha larga,
cruenta, donde su frente
estará en los
refugios guerrilleros,
en las ciudades, en las
casas de los
combatientes —donde
la represión irá
buscando víctimas
fáciles entre sus
familiares—,
en la población
campesina masacrada, en
las aldeas o ciudades
destruidas por el
bombardeo enemigo.
Nos empujan a esa lucha;
no hay más remedio que
prepararla y decidirse
a emprenderla.
Los comienzos no serán
fáciles; serán sumamente
difíciles. Toda la
capacidad de represión,
toda la capacidad de
brutalidad y demagogia
de las oligarquías se
pondrá al servicio de su
causa. Nuestra misión,
en la primera hora, es
sobrevivir, después
actuará el ejemplo
perenne de la
guerrilla realizando la
propaganda armada en la
acepción vietnamita de
la
frase, vale decir, la
propaganda de los tiros,
de los combates que se
ganan o se
pierden, pero se dan,
contra los enemigos. La
gran enseñanza de la
invencibilidad de la
guerrilla prendiendo en
las masas de los
desposeídos.
La galvanización del
espíritu nacional, la
preparación para tareas
más duras, para resistir
represiones más
violentas. El odio como
factor de lucha; el odio
intransigente al
enemigo, que impulsa más
allá de las limitaciones
naturales del ser humano
y lo convierte en una
efectiva, violenta,
selectiva
y fría máquina de matar.
Nuestros soldados tienen
que ser así; un pueblo
sin odio no puede
triunfar sobre un
enemigo brutal.
Hay que llevar la guerra
hasta donde el enemigo
la lleve: a su casa, a
sus lugares de
diversión; hacerla
total. Hay que impedirle
tener un minuto
de tranquilidad, un
minuto de sosiego fuera
de sus cuarteles, y aún
dentro de los mismos:
atacarlo dondequiera que
se encuentre; hacerlo
sentir una
fiera acosada por cada
lugar que transite.
Entonces su moral irá
decayendo.
Se hará más bestial
todavía, pero se notarán
los signos del
decaimiento que asoma.
Y que se desarrolle un
verdadero
internacionalismo
proletario; con
ejércitos proletarios
internacionales, donde
la bandera bajo la que
se luche sea
la causa sagrada de la
redención de la
humanidad, de tal modo
que morir bajo las
enseñas de Vietnam, de
Venezuela, de Guatemala,
de Laos, de
Guinea, de Colombia, de
Bolivia, de Brasil, para
citar solo los
escenarios
actuales de la lucha
armada, sea igualmente
gloriosa y apetecible
para un
americano, un asiático,
un africano y, aún, un
europeo.
Cada gota de sangre
derramada en un
territorio bajo cuya
bandera no
se ha nacido, es
experiencia que recoge
quien sobrevive para
aplicarla luego en la
lucha por la liberación
de su lugar de origen. Y
cada pueblo que se
libere, es una fase de
la batalla por la
liberación del propio
pueblo que se ha ganado.
Es la hora de atemperar
nuestras discrepancias y
ponerlo todo al servicio
de la lucha.
Que agitan grandes
controversias al mundo
que lucha por la
libertad, lo
sabemos todos y no lo
podemos esconder. Que
han adquirido un
carácter y
una agudeza tales que
luce sumamente difícil,
si no imposible, el
diálogo y
la conciliación también
lo sabemos. Buscar
métodos para iniciar un
diálogo
que los contendientes
rehúyen es una tarea
inútil. Pero el enemigo
está
allí, golpea todos los
días y amenaza con
nuevos golpes y esos
golpes nos
unirán, hoy, mañana o
pasado. Quienes antes lo
capten y se preparen a
esa unión necesaria
tendrán el
reconocimiento de los
pueblos.
Dadas las virulencias e
intransigencias con que
se defiende cada causa,
nosotros, los
desposeídos, no podemos
tomar partido por una u
otra forma
de manifestar las
discrepancias, aún
cuando coincidamos a
veces con algunos
planteamientos de una u
otra parte, o en mayor
medida con los de una
parte que con los de la
otra. En el momento de
la lucha, la forma en
que se hacen visibles
las actuales diferencias
constituyen una
debilidad; pero en el
estado en que se
encuentran, querer
arreglarlas mediante
palabras es una
ilusión. La historia las
irá borrando o dándoles
su verdadera
explicación.
En nuestro mundo en
lucha, todo lo que sea
discrepancia en torno a
la táctica, método de
acción para la
consecución de objetivos
limitados, debe
analizarse con el
respeto que merecen las
apreciaciones ajenas. En
cuanto al gran objetivo
estratégico, la
destrucción total del
imperialismo por medio
de la lucha, debemos ser
intransigentes.
Sinteticemos así
nuestras aspiraciones de
victoria: destrucción
del imperialismo
mediante la eliminación
de su baluarte más
fuerte: el dominio
imperialista de los
Estados Unidos de
Norteamérica. Tomar como
función táctica la
liberación gradual de
los pueblos, uno a uno o
por grupos, llevando al
enemigo a una lucha
difícil fuera de su
terreno; liquidándole
sus bases de
sustentación, que son
sus territorios
dependientes.
Eso significa una guerra
larga. Y, lo repetimos
una vez más, una guerra
cruel. Que nadie se
engañe cuando la vaya a
iniciar y que nadie
vacile en iniciarla por
temor a los resultados
que pueda traer para su
pueblo. Es casi la única
esperanza de victoria.
No podemos eludir el
llamado de la hora. Nos
lo enseña Vietnam con su
permanente lección de
heroísmo, su trágica y
cotidiana lección de
lucha y de muerte para
lograr la victoria
final.
Allí, los soldados del
imperialismo encuentran
la incomodidad de quien,
acostumbrado al nivel de
vida que ostenta la
nación norteamericana,
tiene que enfrentarse
con la tierra hostil; la
inseguridad de quien no
puede moverse sin
sentir que pisa
territorio enemigo; la
muerte a los que avanzan
más allá de sus reductos
fortificados; la
hostilidad permanente de
toda la población. Todo
eso va provocando la
repercusión interior en
los EE.UU.; va haciendo
surgir un factor
atenuado por el
imperialismo en pleno
vigor, la lucha de
clases aún dentro de su
propio territorio.
¡Cómo podríamos mirar el
futuro de luminoso y
cercano, si dos, tres,
muchos Vietnam
florecieran en la
superficie del globo,
con su cuota de muerte y
sus tragedias inmensas,
con su heroísmo
cotidiano, con sus
golpes repetidos al
imperialismo, con la
obligación que entraña
para este de dispersar
sus fuerzas, bajo el
embate del odio
creciente de los pueblos
del mundo!
Y si todos fuéramos
capaces de unirnos, para
que nuestros golpes
fueran más sólidos y
certeros, para que la
ayuda de todo tipo a los
pueblos en lucha fuera
aún más efectiva, ¡qué
grande sería el futuro,
y qué cercano!
Si a nosotros, los que
en un pequeño punto del
mapa del mundo cumplimos
el deber que
preconizamos y ponemos a
disposición de la lucha
este poco que nos es
permitido dar: nuestras
vidas, nuestro
sacrificio, nos toca
alguno de estos días
lanzar el último suspiro
sobre cualquier tierra,
ya nuestra, regada con
nuestra sangre, sépase
que hemos medido el
alcance de nuestros
actos y que no nos
consideramos nada más
que elementos en el gran
ejército del
proletariado, pero nos
sentimos orgullosos de
haber aprendido de la
Revolución Cubana y de
su gran dirigente máximo
la gran lección que
emana de su actitud en
esta parte del mundo:
“qué importan los
peligros o los
sacrificios de un hombre
o de un pueblo, cuando
está en juego el destino
de la humanidad”. |