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En más de una ocasión
sus enemigos ―que eran
los enemigos de “la
independencia completa,
absoluta e inmediata”―
pretendieron comprarlo,
pero el prócer, a quien
Martí nombrara delegado
del Partido
Revolucionario Cubano
(PRC) en nuestra patria,
y transmitiera la orden
de alzamiento en 1895,
jamás claudicó. Así
cuando en la Asamblea
Constituyente de 1901
Juan Gualberto Gómez se
alzó como el principal
abanderado en contra de
la Enmienda Platt, el
general Leonardo Wood,
interventor
norteamericano en la
Isla, le ofreció, para
silenciarlo, la
dirección del Archivo
Nacional, empleo muy
bien remunerado. Tal
proposición fue
rechazada.
Unos días después, Juan
Gualberto viajó a
Santiago de Cuba, y allí
el general Castillo
Duany y el teniente
coronel Lino Dou, los
dos combatientes por la
independencia, se
mostraron interesados en
el asunto.
―Cuéntenos, Maestro.
¿Está usted tan bien
económicamente que no
necesitó el puesto en el
Archivo? ¿Por qué lo
rehusó? ―preguntó Dou.
Y respondió Juan
Gualberto, cubanísimo:
―Porque yo, “vate”, no
me dejo archivar.
Sus contemporáneos lo
describen, por aquellos
días, como un mulato
achinado, de pequeña
estatura. “Detrás de sus
resbaladizos lentes
brillaban unos ojillos
taladrantes”, lo detalla
uno de sus biógrafos. La
nariz amplia, los labios
gruesos. El abundante
pelo rizado, partido al
medio.
Con su figura de criollo
campechano, se le veía
recorrer a pie, con su
paraguas y su tabaco,
las calles de La Habana
Vieja. Cuentan que
siempre se detenía para
saludar a amigos y
simpatizantes, y tenía
siempre a mano una
palabra de ánimo, un
comentario, un chiste.
Jamás dejó de ser un
hombre de pueblo.
Martí acostumbraba decir
que Juan Gualberto
“quiere a Cuba con ese
amor de vida y muerte, y
aquella chispa heroica
con que la ha de amar en
estos días de prueba,
quien la ame de veras.
Él tiene el tesón del
periodista, la energía
del organizador y la
visión distante del
hombre de Estado”.
Nacido el 12 de julio de
1854, en el ingenio
Vellocino, en Sabanilla
del Encomendador, en la
provincia de Matanzas,
la mayoría de sus
biógrafos afirman que
sus padres, Fermín Gómez
y Serafina Ferrer,
fueron quienes compraron
su libertad mientras se
encontraba en el vientre
de la madre.
Sin embargo, documentos
donados al historiador
Raúl Rodríguez La O por
su biznieta Mercedes
Ibarra, niegan tal
afirmación y señalan a
su abuela materna, Irene
Carabalí, como la
persona que compró su
libertad por un valor de
25 mil pesos en oro.
También Rodríguez La O
aclaró, basándose en
documentos localizados
en España y Cuba, que la
estancia de Juan
Gualberto en París
―donde fue enviado para
formarse como
carruajero, lo que en
definitiva, no hizo,
pues se convirtió en
periodista― “fue de 1869
a 1876 y que arribó a La
Habana, procedente de la
capital francesa, a
bordo del vapor Ville de
Bordeaux, el 12 de
agosto de ese último
año. Aquí permaneció
algunos meses en la casa
de Belascoaín 20,
propiedad de Manuel
Montes de Oca, dueño del
ingenio donde había
nacido”.
Se conoce que en esa
época solicitó permiso
para abrir una academia
para enseñar francés,
pero las autoridades
coloniales se lo negaron
con el pretexto de que
no tenía aún 25 años;
aunque es de suponer que
la causa fueron los
prejuicios raciales.
“Molesto y agraviado,
abandonó nuevamente la
Isla en 1876 y se
dirigió a varios países
de las Antillas menores
y, finalmente, se
estableció en México,
lugar de donde regresó
después de la firma del
Pacto del Zanjón, en
febrero de 1878”.
En La Habana fundó el
periódico La
Fraternidad para
trabajar a favor de la
independencia, por las
reivindicaciones de los
negros y sobre todo por
una verdadera
integración racial.
Se convirtió en un
importante conspirador
durante los preparativos
de la Guerra Chiquita,
etapa en que conoció en
el bufete de Nicolás
Azcarate al futuro
Apóstol de la
independencia de Cuba,
con quien comenzó desde
entonces una entrañable
amistad abonada por la
identidad de ideas y
esperanzas. “Mi corazón
―le dijo Martí a su
“amigo queridísimo” en
una carta― usted se lo
sabe de memoria, como no
tiene más que verse el
suyo”.
Fue el hombre de
confianza de nuestro
Héroe Nacional, pues
supo aquilatar en Juan
Gualberto al patriota
consecuente con sus
principios, como lo
demostró a toda hora, lo
mismo en el destierro,
en las duras condiciones
de las prisiones de
Ceuta, cuando se alzó en
armas el 24 de febrero o
cuando desde la prensa o
la tribuna predicaba por
la independencia y la
igualdad racial.
Dentro de los
periodistas cubanos de
su tiempo, fue uno de
los más sobresalientes.
Otros periódicos suyos
fueron La Igualdad y La
República Cubana… y
colaboró dondequiera que
halló espacio.
Juan Gualberto, el
periodista mulato, el
defensor de su raza
oprimida, el gran
polemista, no transigió
con la intervención
norteamericana ni con la
dictadura de Machado.
Con tal proceder no es
de extrañar que muriera
pobre aquel 5 de marzo
de 1933, pero querido y
respetado por su pueblo.
Era un símbolo de
patriotismo.
Hay una anécdota que lo
retrata de cuerpo
entero. Ocurrió el 10 de
mayo de 1929 cuando el
tirano Machado, a quien
Juan Gualberto fustigaba
a diario por sus
desmanes, le impuso en
el Teatro Nacional,
repleto de público, la
Orden Carlos Manuel de
Céspedes, en el grado de
Gran Cruz, la más alta
condecoración que
confería la República.
Lejos de renunciar a sus
principios, el viejo
patricio aprovechó la
ocasión para decirle al
dictador en su cara que
aceptaba la Orden de sus
manos porque los honores
no se pedían ni se
rechazaban, pero que
nadie se llamara a
engaño: “No tengo esta
noche ideas distintas a
las que tenía ayer […]
porque el Juan Gualberto
con Cruz es el mismo
Juan Gualberto sin
Cruz”. |