La Habana. Año IX.
12 al 18 de MARZO
de 2011

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Juan Gualberto Gómez
Josefina Ortega • La Habana

En más de una ocasión sus enemigos ―que eran  los enemigos de “la independencia completa, absoluta e inmediata”― pretendieron comprarlo, pero el prócer, a quien Martí nombrara delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) en nuestra patria, y transmitiera la orden de alzamiento en 1895, jamás claudicó. Así cuando en la Asamblea Constituyente de 1901 Juan Gualberto Gómez se alzó como el principal abanderado en contra de la Enmienda Platt, el general Leonardo Wood, interventor norteamericano en la Isla, le ofreció, para silenciarlo, la dirección del Archivo Nacional, empleo muy bien remunerado. Tal proposición fue rechazada.  

Unos días después, Juan Gualberto viajó a Santiago de Cuba, y allí el general Castillo Duany y el teniente coronel Lino Dou, los dos combatientes por la independencia, se mostraron interesados en el asunto. 

―Cuéntenos, Maestro. ¿Está usted tan bien económicamente que no necesitó el puesto en el Archivo? ¿Por qué lo rehusó? ―preguntó Dou.  

Y respondió Juan Gualberto, cubanísimo:  

―Porque yo, “vate”, no me dejo archivar. 

Sus contemporáneos lo describen, por aquellos días, como un mulato achinado, de pequeña estatura. “Detrás de sus resbaladizos lentes brillaban unos ojillos taladrantes”, lo detalla uno de sus biógrafos. La nariz amplia, los labios gruesos. El abundante pelo rizado, partido al medio.  

Con su figura de criollo campechano, se le veía recorrer a pie, con su paraguas y su tabaco, las calles de La Habana Vieja. Cuentan que siempre se detenía para saludar a amigos y simpatizantes, y tenía siempre a mano una palabra de ánimo, un comentario, un chiste. Jamás dejó de ser un hombre de pueblo.   
 

Martí acostumbraba decir que Juan Gualberto “quiere a Cuba con ese amor de vida y muerte, y aquella chispa heroica con que la ha de amar en estos días de prueba,  quien la ame de veras. Él tiene el tesón del periodista, la energía del organizador y la visión distante del hombre de Estado”. 

Nacido el 12 de julio de 1854, en el ingenio Vellocino, en Sabanilla del Encomendador, en la provincia de Matanzas, la mayoría de sus biógrafos afirman que sus padres, Fermín Gómez y Serafina Ferrer, fueron quienes compraron su libertad mientras se encontraba en el vientre de la madre.  

Sin embargo, documentos donados al historiador Raúl Rodríguez La O por su biznieta Mercedes Ibarra, niegan tal afirmación y señalan a su abuela materna, Irene Carabalí, como la persona que compró su libertad por un valor de 25 mil pesos en oro. 

También Rodríguez La O aclaró, basándose en documentos localizados en España y Cuba, que la estancia de Juan Gualberto en París ―donde fue enviado para formarse como carruajero, lo que en definitiva, no hizo, pues se convirtió en periodista― “fue de 1869 a 1876 y que arribó a La Habana, procedente de la capital francesa, a bordo del vapor Ville de Bordeaux, el 12 de agosto de ese último año. Aquí permaneció algunos meses en la casa de Belascoaín 20, propiedad de Manuel Montes de Oca, dueño del ingenio donde había nacido”. 

Se conoce que en esa época solicitó permiso para abrir una academia para enseñar francés, pero las autoridades coloniales se lo negaron con el pretexto de que no tenía aún 25 años; aunque es de suponer que la causa fueron los prejuicios raciales. “Molesto y agraviado, abandonó nuevamente la Isla en 1876 y se dirigió a varios países de las Antillas menores y, finalmente, se estableció en México, lugar de donde regresó después de la firma del Pacto del Zanjón, en febrero de 1878”. 

En La Habana fundó el periódico La Fraternidad para trabajar a favor de la independencia, por las reivindicaciones de los negros y sobre todo por una verdadera integración racial.  

Se convirtió en un importante conspirador durante los preparativos de la Guerra Chiquita, etapa en que conoció en el bufete de Nicolás Azcarate al futuro Apóstol de la independencia de Cuba, con quien comenzó desde entonces una entrañable amistad abonada por la identidad de ideas y esperanzas. “Mi corazón ―le dijo Martí a su “amigo queridísimo” en una carta― usted se lo sabe de memoria, como no tiene más que verse el suyo”. 

Fue el hombre de confianza de nuestro Héroe Nacional, pues supo aquilatar en Juan Gualberto al patriota consecuente con sus principios, como lo demostró a toda hora, lo mismo en el destierro, en las duras condiciones de las prisiones de Ceuta, cuando se alzó en armas el 24 de febrero o cuando desde la prensa o la tribuna predicaba por la independencia y la igualdad racial.  

Dentro de los periodistas cubanos de su tiempo, fue uno de los más sobresalientes. Otros periódicos suyos fueron La Igualdad y La República Cubana… y colaboró dondequiera que halló espacio.  

Juan Gualberto, el periodista mulato, el defensor de su raza oprimida, el gran polemista, no transigió con la intervención norteamericana ni con la dictadura de Machado. Con tal proceder no es de extrañar que muriera pobre aquel 5 de marzo de 1933, pero querido y respetado por su pueblo. Era un símbolo de patriotismo.  
 

Hay una anécdota que lo retrata de cuerpo entero. Ocurrió el 10 de mayo de 1929 cuando el tirano Machado, a quien Juan Gualberto fustigaba a diario por sus desmanes, le impuso en el Teatro Nacional, repleto de público, la Orden Carlos Manuel de Céspedes, en el grado de Gran Cruz, la más alta condecoración que confería la República. 

Lejos de renunciar a sus principios, el viejo patricio aprovechó la ocasión para decirle al dictador en su cara que aceptaba la Orden de sus manos porque los honores no se pedían ni se rechazaban, pero que nadie se llamara a engaño: “No tengo esta noche ideas distintas a las que tenía ayer […] porque el Juan Gualberto con Cruz es el mismo Juan Gualberto sin Cruz”.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.