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El “Mensaje
a los pueblos del mundo
a través de la
Tricontinental”
es el texto más “maduro”
de Ernesto Guevara,
considerado uno de sus
últimos mensajes
políticos.
Históricamente, ha sido
algo así como su
“testamento político”.
El Che no lo pensó en
esos términos: no
pensaba morir, no fue a
Bolivia a caer como un
mártir ni un suicida,
como dicen algunos
biógrafos apresurados y
malintencionados...;
pero, de algún modo, su
último mensaje resume
una apuesta política a
favor de la revolución
mundial, contra el
imperialismo, por el
socialismo.
Este mensaje conserva
vigencia en sus trazos
esenciales y
estratégicos. No en
aquello que se fue con
la historia o que
pertenece al pasado, a
lo pretérito, sino en
aquello que define una
perspectiva
revolucionaria integral,
universal:
“globalizada”, para
utilizar un término muy
en boga en nuestra
época. Con el máximo de
los respetos, creo que
el internacionalismo no
nació en Seattle.
Su “Mensaje a los
pueblos del mundo…” fue
publicado por primera
vez hace 35 años, el 16
de abril de 1967, en el
suplemento especial de
una revista que sigue
saliendo hoy:
Tricontinental.
¿De dónde salió el
nombre de la revista?
Cuando el texto se
publicó, Ernesto Guevara
estaba en Bolivia y aún
no se sabía
públicamente. El nombre
de Tricontinental
provino de una
conferencia mundial que
se hizo en enero de 1966
en La Habana. Se llamó
la Conferencia
Tricontinental de los
Pueblos. Agrupó a los
tres continentes que en
aquel momento estaban
desarrollando la lucha
antimperialista y que se
presentan en el texto
del Che: América Latina,
Asia y África. En la
Conferencia
Tricontinental
participaron —el Che
hace referencias, unas
veces abiertas, otras
implícitas— los dos
grandes “colosos” que en
aquella época
encabezaban lo que se
suponía era la
alternativa al
capitalismo: la Unión
Soviética y China. Hubo
una delegación argentina
muy importante: plural y
heterogénea, con
representantes
marxistas, peronistas de
izquierda, socialistas,
comunistas, etcétera.
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Orlando Yanes,
1978 |
Allí se constituyeron,
informalmente, tres
bloques políticos. La
Conferencia
Tricontinental —el
mensaje del Che no se
entiende al margen de
ese momento histórico—
se dividió en tres
grandes “grupos de
opinión”, para llamarlos
de algún modo: a la hora
de votar, a la hora de
discutir qué era el
imperialismo, cuáles
eran los métodos para
enfrentarlo, cuál era el
eje de la lucha... Por
un lado, el bloque
encabezado por la Unión
Soviética, acompañado
por la mayoría —no
todos— de los partidos
comunistas
latinoamericanos. Por
otro, el bloque de
China, acompañado por
Indonesia, algunos
países africanos y unos
pocos partidos
comunistas
latinoamericanos. Y el
tercer bloque estaba
encabezado por Cuba,
acompañado por Vietnam
―que llevó una
importante delegación
tanto del Norte, como
del Frente de Liberación
de Vietnam del Sur (Vietcong):
en esa época estaban
divididos por el
imperialismo en dos
países. El tema de
Vietnam es muy
importante en el
pensamiento político y
estratégico del Che.
Este tercer bloque
también estaba
acompañado por el
Partido Comunista de
Venezuela, encabezado
por Douglas Bravo, que
seguía la línea del Che
Guevara y Fidel Castro,
en “oposición” a la
soviética. También lo
conformaban muchos otros
países africanos, junto
con partidos y
movimientos
revolucionarios
latinoamericanos. Era
una Conferencia que
agrupaba a estados, pero
también a partidos y
movimientos: algo
similar —aunque muy
lejano— a lo que es y
fue durante la última
década el Foro de San
Pablo o el Foro Social
Mundial de Porto Alegre;
pero, en esa época, las
Organizaciones No
Gubernamentales no
existían, entonces iban
los Estados
no-capitalistas y
partidos, movimientos,
frentes, grupos
guerrilleros del
continente. La
Conferencia tenía,
obviamente, un
componente mucho más
radicalizado que el Foro
Social. Se discutían los
“cómo”, pero nadie
discutía que la
perspectiva era el
socialismo. Ese era el
suelo común: bien
distinto al del Foro
Social Mundial, donde
conviven corrientes muy
heterogéneas.
El bloque de Cuba y
Vietnam levantaba a la
lucha armada como método
fundamental de lucha
contra el imperialismo.
Paradójicamente, a esta
vía se opusieron allí
tanto la delegación
china, como la
soviética. Era una época
de pleno conflicto
chino-soviético, como
aparece en el texto del
Che: a comienzos de los
años 60, la República
Popular China ―que logra
el triunfo de su
Revolución en el año
1949― se distancia del
que había sido su
principal aliado, la
Unión Soviética, y
empieza una
confrontación muy fuerte
entre ambos, incluso con
ejércitos paralelos en
las fronteras y con
riesgos de guerra. La
división se generalizó
en todo el mundo. Los
partidos comunistas
empezaron a dividirse en
“prosoviéticos” y “prochinos”.
Ese conflicto está
presente en el
pensamiento del Che:
amargamente, porque él
señala muchas veces la
“guerra de zancadillas”
que estaban haciendo las
dos superpotencias
socialistas, dejando
solo a Vietnam...
La década de la
Tricontinental
En Argentina gobernaba
entonces el general
Onganía, después del
golpe de Estado de junio
de 1966. También podemos
decir, como bosquejo,
que esa década en la que
el Che escribe este
texto, fue de rebeldías
políticas y culturales
al mismo tiempo. Se
independizó Argelia,
luego de una guerra
donde el ejército
francés —el hoy famoso
Le Pen era un torturador
en Argelia— implementó
la tortura sistemática y
luego se las enseñó a
nuestros generales en la
Escuela de Guerra
argentina; varios países
africanos se
descolonizaron; en los
países capitalistas
desarrollados hubo una
ola de grandes huelgas
fabriles: en Italia, por
ejemplo; y una gran
efervescencia
estudiantil durante toda
la década. En el 68, un
año después del
asesinato del Che,
florece el “mayo
francés”, como también
ocurre en EE.UU.,
Alemania, Japón y en
México, entre otros
países.
En el plano cultural,
podemos recordar
brevemente, como parte
del contexto, que fue
una década en la que
afloró un conjunto de
teorías y de corrientes
críticas,
contestatarias, con
pretensiones
revolucionarias, en el
terreno de las ciencias
sociales y de la
política. La rebeldía
contra el sistema no
solo atravesó a la
práctica y la militancia
políticas: también
“cortó en dos” la vida
científica y la vida
cultural. Por ejemplo,
la Teoría de la
Dependencia, que surgió
entre algunos
intelectuales
latinoamericanos como
crítica de la economía
política “oficial” de
aquellos años: una
crítica contra el
pensamiento que sostenía
en aquella época la
Comisión Económica Para
América Latina. La CEPAL
era una institución
ligada a las Naciones
Unidas que proponía que
los países
latinoamericanos, para
salir de la pobreza y el
subdesarrollo, se tenían
que “modernizar”.
Modernizar implicaba,
para ellos, introducir
el capitalismo en la
agricultura, desarrollar
grandes vías de
comunicación, etcétera.
La Teoría de la
Dependencia cuestionó
eso: planteó el
sinsentido de creer que
los países
latinoamericanos, si
adelantamos un poquito,
vamos a ser como EE.UU.;
sostuvo que el
capitalismo es un
sistema mundial, en el
que América Latina es
parte de la periferia y
el imperialismo es parte
de las metrópolis. El
“subdesarrollo”,
entonces, es la
consecuencia necesaria
del sistema mundial
capitalista, no un hecho
accidental o accesorio
de segundo orden.
Es también la década en
que surge la Teología de
la Liberación, aunque
todavía no con ese
nombre. Probablemente,
el nombre se lo
proporcionara en 1974 un
teólogo peruano: Gustavo
Gutiérrez; pero la
práctica sí estaba en
aquel momento. Camilo
Torres es uno de los
principales exponentes
de esta corriente. El
Che hace referencia a él
en su mensaje.
En el plano de la
Estética, fue una década
de modernización
cultural en la que la
vanguardia se entrecruzó
con la política. En
Buenos Aires, el célebre
Instituto Di Tella se
fractura y se generan
expresiones militantes
como el caso de “Tucumán
Arde”.
Mientras, para EE.UU. y
para las metrópolis
imperialistas, también
constituyó una década de
fermento, de crítica y
de “indisciplina
social”. Fue la década
del “hippismo”: se puede
discutir si era o no
revolucionario, pero sí
constituyó un
cuestionamiento a la
sociedad de consumo y a
sus normas de vida.
Hasta en el plano de la
literatura, resultó una
década muy revulsiva en
EE.UU.: el tiempo de la
“generación beat”, con
escritores “malditos”
como Burroughs o Kerouak,
que elogiaban el hacer
grandes viajes con la
mochila al hombro y no
trabajar mansamente en
una oficina o en una
fábrica.
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"Jornada de
Solidaridad con
el Congo",
Alfredo G.
Rostgaard, 1972 |
En el plano de la
Sociología, fue una
década en la que se
cuestionó como
disciplina misma,
incluso en EE.UU. Un
gran pensador, Charles
Wright Mills, rivalizó
con toda la Sociología
norteamericana por ser
cómplice en las guerras
de rapiña de EE.UU. Los
sociólogos yanquis,
decía Wright Mills,
investigan cómo dominar
mejor, cómo hacer mejor
la guerra. Un discípulo
suyo, Alvin Gouldner,
señalaba que los
sociólogos académicos
norteamericanos
estudiaban cómo ganar la
guerra de Vietnam, cómo
neutralizar la protesta
de los negros, de los
afroamericanos en su
país. Los sociólogos
“científicos” —el
estructural-funcionalismo,
por ejemplo— son
cómplices del sistema,
decían Wright Mills y
Alvin Gouldner.
Asimismo, fue una década
en la que se produjo un
debate mundial sobre el
tema del humanismo y el
marxismo, acerca de si
eran o no compatibles.
El Che Guevara tomó
posición; pero no fue el
único: hubo una
literatura muy
importante, en esa
década, que refirió al
tema del “joven Marx”,
el problema de la
alienación —una
categoría que se
incorporó al lenguaje de
la vida cotidiana, pero
que es de origen
filosófico. El terreno
de esas discusiones fue
la década de los 60.
En medio de estas
rupturas y emergencias,
el mensaje del Che no
está escrito “en el
aire”: es el producto,
el punto de llegada de
una década que en todo
el mundo ―desde Asia,
América Latina y África,
hasta las metrópolis
norteamericana, alemana
e inglesa― estaba
fermentada por la
indisciplina y la
búsqueda de nuevos
horizontes.
Se podría pensar, por
ejemplo, que la
disciplina social que el
capital le había
impuesto a la fuerza de
trabajo a nivel global,
a través de dos guerras
mundiales, se empezó a
resquebrajar en la
década de los 60. Fue un
decenio de gran rebelión
contra el capital y le
siguió, en los años 70,
una contrarrevolución
que hoy se conoce
popularmente como
“neoliberalismo”.
Aparecen entonces
Pinochet ―uno de sus
iniciadores a nivel
mundial―, Margaret
Thatcher, Ronald Reagan,
todo el
conservadurismo...
Sin embargo, la década
de los 60 es justo el
interregno entre el fin
de la disciplina de la
fuerza de trabajo ―que
se implementa, sobre
todo, en Europa
Occidental a partir de
la Segunda Guerra
Mundial― y la
contrarrevolución
neoliberal.
Los mensajes del Che
Volviendo al mensaje del
Che, es importante
señalar algunos puntos.
Primero: el Che empieza
hablando sobre aquella
década del “optimismo”
porque, supuestamente,
hay paz. Dice: “Hay un
clima de aparente
optimismo en muchos
sectores de los dispares
campos en que el mundo
se divide”. Más
adelante, Guevara se
pregunta si la paz que
genera el optimismo es
real.
¿A qué hace referencia
con el optimismo y la
paz?
Fundamentalmente, a la
política oficial que en
aquella época tenía la
Unión Soviética:
conocida en el lenguaje
de sus dirigentes como
la “coexistencia
pacífica”; en otras
palabras, la posibilidad
de competir con el
imperialismo en el
terreno económico y en
el ideológico, pero no
en el terreno
político-militar.
Recordemos que después
de la Segunda Guerra
Mundial hubo un reparto
del mundo, un reparto de
“zonas de influencia”,
en el famoso acuerdo de
Yalta. Allí, la Unión
Soviética se comprometía
a “no generar
disturbios”, a no apoyar
activamente a
movimientos
revolucionarios en la
zona de influencia
norteamericana.
Efectivamente, fue así:
gran parte de las
rebeliones y
revoluciones, desde la
juvenil del Mayo Francés
de 1968 hasta la
Revolución Cubana de
1959 o las guerrillas
africanas, no tuvieron
apoyo soviético, a pesar
de que este país tenía
una cantidad de armas
impresionante e,
incluso, un gran arsenal
nuclear. La vieja idea,
según la cual “sin el
apoyo ruso no había
Revolución Cubana”, es
un poquito ―para decirlo
elegantemente―
unilateral, porque la
Revolución triunfó en
1959 sin armas
soviéticas, sin asesores
soviéticos, sin tropas
soviéticas, sin dinero
soviético. El vínculo
entre Cuba y la URSS es
posterior a esa fecha.
El Che Guevara polemiza
con esa tradición de la
coexistencia pacífica
cuando habla, al
comienzo de su mensaje,
del “desmedido
optimismo” que reina
como si viviéramos en
paz solo porque no hay
guerra mundial. Y se
pregunta entonces si esa
paz es verdadera. Está
discutiendo con la
posición soviética.
¿Dónde se puede
encontrar esta idea?
Además de las opiniones
que todos podemos tener,
hay documentos: por
ejemplo, hay registros
de una conferencia
mundial varios años
anterior a la
Tricontinental
―recordemos que la
Internacional Comunista,
fundada por Lenin, había
sido disuelta por Stalin
en 1943― en la que se
sancionó la
“coexistencia pacífica”
y la estrategia de
“tránsito pacífico”. En
su declaración, se
planteaba que “la clase
obrera y su vanguardia,
el partido
marxista-leninista,
tienden a hacer la
revolución por vía
pacífica [...] En varios
países capitalistas, la
clase obrera, encabezada
por su destacamento de
vanguardia, puede
conquistar el poder
estatal sin guerra
civil” (Declaración de
la Conferencia de
Representantes de los
Partidos Comunistas y
Obreros, Anteo, 1960).
Esta Conferencia agrupó
―así decía la liturgia
de la época― a todos los
partidos comunistas y
obreros del mundo: los
que estaban enrolados en
la línea pro-soviética.
Allí se sostiene,
explícitamente, que el
camino hacia el
socialismo tiene que ser
un camino pacífico, es
decir, que tiene que
haber una “vía pacífica
al socialismo”. Algo que
después, de manera
trágica y con toda la
honestidad
revolucionaria ―al punto
que entregó su vida en
este proyecto―, intentó
llevar a cabo Salvador
Allende en Chile: la
transformación del
capitalismo al
socialismo por vía
pacífica y,
fundamentalmente, por la
parlamentaria e
institucional.
|

Rafael Enríquez,
1983 |
Muchas veces, cuando se
recuerda y se machaca
con “el fracaso” del Che
en Bolivia, no se dice
una sola palabra del
supuesto triunfo, de la
supuesta viabilidad, del
supuesto realismo que
habría acompañado al
camino alternativo
frente a la propuesta
del Che: es decir, al
camino emprendido por
Salvador Allende junto
con sus compañeros y
compañeras. Esto lo
afirmo ―de más está
decirlo― con todo el
respeto y la admiración
personal por Salvador
Allende, por su
integridad ética y
política, por su entrega
a los valores más nobles
de la humanidad; pero,
al mismo tiempo, me
pregunto: ¿no vamos a
extraer ninguna
consecuencia política de
1973, ninguna conclusión
teórica del supuesto
“triunfo de la vía
pacífica al socialismo”
que nos proponen
―todavía hoy― como
alternativa viable y
realista frente al
fracaso del Che Guevara?
Años después, esa misma
doctrina de la vía
pacífica preconizada por
los soviéticos desde
fines de los años 50 y
ensayada por Salvador
Allende y la Unidad
Popular en Chile hasta
1973, la adoptó como
estrategia oficial el
“eurocomunismo”. Es
decir, los partidos
comunistas de Francia,
Italia y España, a
mediados de la década de
los 70, antes de
convertirse oficialmente
en socialdemócratas
―como en el caso
italiano.
Gran parte de los
teóricos académicos
europeos actuales o de
los últimos años que
promueven la peregrina
idea de que no hay que
luchar por el poder, de
que “la idea de
revolución es vieja y
anticuada”, de que el
marxismo constituye
apenas una ideología
economicista “que no
entiende de política y
aplasta a los
movimientos sociales”,
son hijos directos del
eurocomunismo.
Conformaron sus bases
teóricas y filosóficas
en el interregno europeo
que abre con la derrota
de 1968 y cierra con el
auge del eurocomunismo y
la “vía pacífica”.
Conviene no olvidarlo a
la hora de discutir el
problema del poder.
Pero en la década de los
60, esa era la posición
oficial de la Unión
Soviética. Exactamente
contra esa posición
discute el Che Guevara
en su mensaje a través
de la Tricontinental,
cuando comienza
problematizando la
noción de “paz”. ¿A qué
llamamos “paz”? ¿Cómo
vamos a construir una
paz mundial real, que no
presuponga guerras de
masacre permanente?
El Che plantea luego
otro tema para discutir:
formula la idea y la
noción del imperialismo
entendido como sistema
mundial. En esa época no
estaba de moda pensar
así. Hoy día, hasta
cualquier periódico
burgués nos habla de
“sistema mundial”, de
“la globalización”, de
“orden mundial”. Hasta
La Nación o
Ámbito Financiero,
diarios argentinos de
extrema derecha y
sumamente conservadores,
hablan de
“globalización”.
Años después, un
académico
norteamericano, Immanuel
Wallerstein, publicó
varios tomos a partir de
1974 para entender la
historia del capitalismo
como un sistema mundial.
La idea consiste en no
estudiarlo país por país
―separados y aislados―,
sino en forma inversa:
desde sus inicios, desde
la transición entre
feudalismo y
capitalismo,
entendiéndolo como un
sistema mundial. Luego
se puso de moda en la
Academia. El último
libro que discute sobre
esta idea es un texto de
Toni Negri: Imperio,
que ha tenido una
repercusión enorme en el
campo progresista y con
cuya visión discrepo
profundamente.
Negri plantea al
capitalismo como una
sociedad mundial. Sin
embargo, pareciera que
cuando Negri dice que
“los viejos
internacionalistas
proletarios”, “los
viejos revolucionarios”
no tenían una visión
mundial, sino una visión
de país por país, está
planteando las cosas de
manera completamente
unilateral y forzada.
Basta leer el mensaje
del Che para corroborar
que su perspectiva no
tiene nada que ver con
lo que plantea Negri.
¿No será que cuando
Negri habla,
polémicamente, sobre
“los viejos
internacionalistas”,
“los viejos
revolucionarios” que no
llegaban a mirar al
mundo como una unidad,
está pensando en sí
mismo? Sería mejor si
hablara en primera
persona, en lugar de
atribuir al conjunto de
la izquierda mundial sus
propias debilidades de
los años 60 ―por ejemplo
su limitación
eurocéntrica, su
provincianismo político
reducido a Italia y a
Europa Occidental.
Otro tema para discutir,
a partir del mensaje
guevariano, sería: ¿cuál
es el campo privilegiado
de la lucha en el
planteo del Che? El Che
Guevara prioriza, como
lo hacía la Conferencia
Tricontinental: Asia,
África y América Latina.
Es el eje principal ―no
el único― de la
confrontación con el
imperialismo. Tampoco
esto era común: durante
mucho tiempo, en la
tradición revolucionaria
existió ―y sigue
existiendo― un fuerte
eurocentrismo. ¿Qué
quiere decir esto?
Significa: hasta que no
se libere la clase
obrera inglesa o
alemana, nosotros, los
de América Latina, Asia
y África, no tenemos
nada que hacer; mejor,
cruzarnos de brazos.
Esta visión,
supuestamente
“marxista”, todavía se
repite en el campo
académico y entre muchos
marxistas europeos que
se sienten genuinamente
revolucionarios. Algunos
los escriben; otros,
simplemente, lo piensan
y no lo dicen, aunque
sus estrategias
políticas se asienten
implícitamente en esta
visión. El Che discute
en torno a este
fenómeno, de manera
ácida, dura, mordaz,
polémica.
Otro punto en debate es
el papel de la OEA y de
las Naciones Unidas,
arista que sigue siendo
polémica. En 2002
apareció un artículo muy
polémico del periodista
argentino Horacio
Verbitsky, en el que
cita informes de la OEA
y de la Comisión de
Derechos Humanos de las
Naciones Unidas, según
los cuales los
revolucionarios
colombianos son
“terroristas,
violadores,
torturadores,
asesinos...”.
Es un tema que tenemos
que seguir discutiendo:
si para nosotros es
confiable lo que dicen
las Naciones Unidas, que
han avalado todas las
guerras, situados
siempre ―en nombre del
“derecho”― del lado de
los poderosos. El Che
tenía una opinión muy
fuerte al respecto. Dice
explícitamente: “las
Naciones Unidas y la OEA
son máscaras del
imperialismo”; por lo
tanto, jamás las vamos a
aceptar como una fuente
fidedigna. Bajo la
bandera “neutral” y
“equidistante” de las
Naciones Unidas se han
masacrado y bombardeado
pueblos enteros. Era la
época del Che; en la
nuestra, no ha cambiado
mucho la cosa: quizá
haya empeorado....
Por otra parte, Guevara
sostiene que “Vietnam,
esa nación que
representa las
aspiraciones, las
esperanzas de victoria
de todo un mundo
preterido, está
trágicamente solo”. ¿Por
qué “solo”?: porque
Vietnam está aislado en
su enfrentamiento con
EE.UU. El Che critica
aquí a las dos
superpotencias, China y
la URSS: “[...] Pero
también son culpables
los que en el momento de
definición vacilaron en
hacer de Vietnam parte
inviolable del
territorio socialista,
corriente, sí, los
riesgos de una guerra de
alcance mundial, pero
también obligando a una
decisión a los
imperialistas
norteamericanos. Y son
culpables los que
mantienen una guerra de
denuestos y zancadillas,
comenzada hace ya buen
tiempo por los
representantes de las
dos grandes potencias
del campo socialista”.
|
 |
De esta forma, el Che le
cuestiona al Pacto de
Varsovia ―un pacto de
asistencia recíproca en
el plano
político-militar, entre
la Unión Soviética y los
países del Este― la
exclusión de Vietnam
dentro de su territorio
inviolable. Si las
potencias imperialistas
invadían Polonia, había
guerra mundial; si
invadían Rumania, había
guerra mundial; si
invadían o bombardeaban
la Unión Soviética,
había guerra mundial.
¿Por qué, entonces, si
invadían o bombardeaban
Vietnam, no había guerra
mundial? ¿Qué razones
geopolíticas llevaban a
dejar solo a un pueblo
del Tercer Mundo y no
tomarlo como un
territorio propio para
que impunemente lo
desangrasen?
Por último, el Che
plantea las tareas
continentales de América
Latina. Este tema sigue
pendiente hoy en la
izquierda argentina y
latinoamericana. El Che
es muy terminante; tiene
una formulación muy
famosa, casi idéntica a
la que en 1928 hiciera
José Carlos Mariátegui:
“o revolución socialista
o caricatura de
revolución”.
En ningún momento acepta
Guevara que en América
Latina las tareas
consistan en construir
una “revolución
nacional”,
“democrática”,
“progresista”, que deje
al socialismo para el
día de mañana. De una
manera muy tajante y
polémica, asegura que si
la revolución no se
planea socialista, será
solo “una caricatura de
revolución”; un intento
que, a la larga,
terminará en fracaso o
en tragedia como ocurrió
tantas veces.
Aborda también el tema
de la burguesía. No la
denomina “nacional”,
sino “autóctona”. Es un
asunto que ha vuelto, en
los últimos años, en
propuestas y debates de
economistas e
historiadores
nacional-populistas o de
centroizquierda, quienes
certifican la existencia
de una burguesía
nacional latinoamericana
como un aliado nuestro,
con quien hemos que
hacer alianzas contra el
imperialismo. Lo
anterior implica también
toda una serie de
políticas de alianzas en
el terreno ideológico,
cultural, etcétera.
El Che plantea que las
burguesías autóctonas
son parte del
imperialismo, que no
tienen autonomía propia:
“han perdido toda su
capacidad de oposición
al imperialismo ―si
alguna vez la tuvieron―
y solo forman su furgón
de cola”. Guevara
formula esta idea casi
una década antes del
plan de Martínez de Hoz
[Ministro de Economía de
la dictadura militar
argentina de 1976]. No
habría que esperar a
este año para, recién
allí, empezar a pensar
que la burguesía
nacional no puede
dirigir. ¡No! Casi una
década antes de la
supuesta
desindustrialización, ya
el Che descree de la
capacidad emancipadora
de la burguesía
autóctona
latinoamericana
―“nacional” para sus
defensores.
Por último, Guevara
plantea el tema de la
confrontación armada y
señala los límites muy
fuertes de la lucha
callejera. “Y los
combates no serán meras
luchas callejeras de
piedras contra gases
lacrimógenos, ni de
huelgas generales
pacíficas; ni será la
lucha de un pueblo
enfurecido que destruya
en dos o tres días el
andamiaje represivo de
las oligarquías
gobernantes; será una
lucha larga, cruenta”,
dice el Che, poniendo un
límite muy fuerte para
poder realmente hacer
una revolución.
Guevara había afirmado
en El socialismo y el
hombre en Cuba
(1965): “Déjeme decirle,
a riesgo de parecer
ridículo, que el
revolucionario verdadero
está guiado por grandes
sentimientos de amor. Es
imposible pensar en un
revolucionario auténtico
sin esta cualidad”. Y en
el mensaje, plantea una
dialéctica muy difícil
de aprehender desde los
valores inculcados en
nosotros por las clases
dominantes, porque
convengamos en que nos
han educado ―más allá de
credos y religiones― en
la cultura del “poner la
otra mejilla”.
En un célebre poema,
decía Bertolt Brecht:
“Me gustaría ser sabio
también / Los viejos
libros explican la
sabiduría: / apartarse
de las luchas del mundo
/ y transcurrir sin
inquietudes nuestro
breve tiempo. / Librarse
de la violencia, / dar
bien por mal, / no
satisfacer los deseos y
hasta olvidarlos: tal es
la sabiduría”.
En esa cultura nos han
educado desde pequeños.
Si nos hacen el mal, dar
la otra mejilla o, como
dice Brecht, devolver
con bien el mal que nos
han hecho ―por supuesto,
Brecht termina su poema
diciendo: “Pero yo no
puedo hacer nada de
esto: / verdaderamente,
vivo en tiempos
sombríos”. En esa
cultura del agachar la
cabeza, resignarse y
nunca responder las
agresiones, nos han
educado. Es la base
subjetiva de la
internacionalización de
la dominación burguesa.
Y el Che Guevara se
rebela frente a esos
valores: como Brecht, en
su época.
Entonces ―pensando en
Vietnam, en las luchas
revolucionarias
latinoamericanas, en el
colonialismo racista
europeo en África, en
los miles de torturados
y torturadas de
Argentina y América
Latina (ya en los
60...), en las mujeres
indefensas violadas por
las tropas de ejércitos
entrenados por EE.UU.,
en “las bestias
hitleristas”―, Ernesto
Guevara sostiene que “un
pueblo sin odio no puede
triunfar sobre un
enemigo brutal”.
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"Sahara
Occidental:
independencia o
genocidio",
Rafael Enríquez
Vega, 1978 |
Esta formulación no
puede separarse del
objetivo central de los
revolucionarios: la
lucha tiene la finalidad
de acabar con la
explotación y la
enajenación de nuestros
pueblos; la lucha tiene
como valor fundante el
amor: “Es imposible
pensar en un
revolucionario auténtico
sin esta cualidad”, nos
había dicho poco antes.
No se pueden separar ni
escindir ambas
formulaciones. El
pensamiento burgués las
separa; siempre,
invariablemente, cae en
antinomias: odio o amor,
paz o guerra. El
pensamiento burgués, sus
categorías analíticas,
sus valores fetichizados
y fragmentados, no
pueden escapar a las
dicotomías. O amamos y
ponemos la otra mejilla,
o nos decidimos por la
lucha y entonces
odiamos.
El pensamiento burgués
no comprende que quien
se enfrenta a la
barbarie capitalista, a
la barbarie
imperialista, a la
barbarie nazi, ama al
pueblo, ama al compañero
y a la compañera, ama a
todo aquel que lucha por
la libertad, ama a todo
aquel que no se queda
solo en palabras, sino
que también materializa
la solidaridad y el
compromiso en su vida
cotidiana; pero, al
mismo tiempo y en el
mismo movimiento, odia
al explotador, odia al
opresor, odia al
torturador, odia al
racista, odia al
violador, odia al
verdugo, odia al nazi,
odia al esclavista, odia
al apropiador de los
hijos de sus compañeros,
odia al secuestrador y
al genocida.
¿O tenemos que poner la
otra mejilla? ¿O tenemos
que amar a Videla, a
Pinochet, a Franco, a
Mussolini y a Hitler?
¿Podría haber triunfado
el pueblo vietnamita
amando al invasor
yanqui, al que quemaba
sus campos, al que
tiraba compañeros del
Vietcong desde los
aviones y helicópteros,
al que prostituía a sus
hijas y hermanas, al que
quemaba vivos con Napalm,
al que destruía el honor
de su pueblo?
¿Podrían haber triunfado
los guerrilleros
comunistas ―que en la
retaguardia de las
tropas nazis no los
dejaban descansar un
minuto― cuando Hitler
invadió la Unión
Soviética, si hubieran
amado al invasor,
perdonándole sus
crímenes,
reconciliándose con los
genocidas de pueblos
enteros?
Pensemos en todas las
polémicas que se arman
sobre las declaraciones
de las Madres de Plaza
de Mayo: cuando ellas no
perdonan, no ponen la
otra mejilla, no se
abrazan con los
secuestradores de sus
hijos e hijas, no
quieren reconciliarse
con los opresores y
verdugos.
El Che es muy fuerte,
muy polémico, no tiene
nada que ver con este
“chico bueno de pelo
largo” que nos quiere
presentar el sistema de
propaganda en la voz del
poder. Guevara es muy
duro cuando plantea que
un pueblo sin odio a sus
explotadores, a sus
enemigos, no puede
vencer. Y ese
pensamiento no está
disociado de su
marxismo humanista. El
Che plantea y conjuga
ambas dimensiones: por
eso es tan polémico.
El último tema que
menciona es la unidad:
el gran tema de la
unidad de las fuerzas
revolucionarias. El Che
plantea que a pesar de
no tener esperanzas de
unir a estas dos grandes
potencias, apuesta a la
unidad como eje. Dice:
“Es la hora de atemperar
nuestras discrepancias y
ponerlo todo al servicio
de la lucha”.
El Che no es Dimitrov
(dirigente de la
Internacional Comunista
durante la década del
30) quien, en el VII
Congreso de la
Internacional de 1935,
planteó la doctrina del
“Frente Popular”: la
unidad de la clase
obrera con la burguesía
“no fascista” y
“democrática”. ¡No, ese
no es el camino del Che!
No se puede hacer la
unidad con la burguesía.
O revolución socialista
o caricatura de
revolución. Esto vale
también para la cultura.
No se puede conjugar al
marxismo revolucionario
con el liberalismo
burgués y “democrático”.
Son términos
antagónicos. Pero el Che
sí quería la unidad: la
unidad de los
revolucionarios, la
unidad contra el
sistema, la unidad de la
militancia
antiimperialista, la
unidad de los
trabajadores en todas
sus fracciones clasistas
y antiburocráticas, la
unidad de los que se
enfrentan al poder. Esa
unidad es válida. No
conviene confundirla con
la Unidad de Dimitrov.
Por esa unidad,
reclamaba el Che: “Y si
todos fuéramos capaces
de unirnos, para que
nuestros golpes fueran
más sólidos y certeros,
para que la ayuda de
todo tipo a los pueblos
en lucha fuera aún más
efectiva, ¡qué grande
sería el futuro y qué
cercano!”.
Si hablamos de “ayuda a
los pueblos en lucha”,
terminemos entonces con
la ética revolucionaria
del Che. Esa ética que
no pueden entender los
pusilánimes que lo
acusan ―desde sus
cómodos sillones― de mil
y un pecados. Esa ética
que recorre como un hilo
rojo todos sus escritos
y toda su práctica. Esa
ética que Guevara, sin
ser un Dios, sin ser un
santo, siendo
simplemente un ser
humano como cualquiera
de nosotros, convirtió
en norma de vida.
Creemos que esa ética,
presente en toda su
obra, está resumida en
una corta y apretada
sentencia del “Mensaje a
los pueblos del mundo…”,
que deberíamos hacer
nuestra hoy día: “No se
trata de desear éxitos
al agredido, sino de
correr su misma suerte;
acompañarlo a la muerte
o a la victoria”. Estaba
pensando en Vietnam;
pero también en América
Latina, en Bolivia, en
Cuba, en Argentina.
Fragmentos de una Clase
pública impartida el 10
de mayo de 2002 en la
Cátedra Libre Ernesto
Che Guevara en
Argentina. |