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Cuando un creador lleva
al lienzo con una
técnica impecable la
posibilidad de la
emoción, nos queda el
deseo de poseer la pieza
para guardarla
celosamente o sentir el
placer de mostrarla a
los que puedan
apreciarla.
El mundo animal cuenta
con ejemplares de fuerte
seducción, entre ellos,
el caballo es de los más
relevantes. Presente en
la historia de la
humanidad como medio de
transporte, compañero de
alegrías y vicisitudes;
en las batallas de
antaño y la vida
cotidiana actual;
personaje mítico,
histórico, mitológico,
literario, deportivo,
cinematográfico, en fin,
personaje sempiterno en
la vida y el arte.
Captar en un lienzo o un
dibujo una y otra
posibilidad expresiva en
un ejemplar equino, es
facultad exquisita que
Gilberto Frómeta ha
sabido mantener siempre
con los mejores
resultados. Los más
hermosos corceles jamás
vistos forman parte de
la iconografía con la
que este creador
espléndido ha dotado al
arte. No es la
reproducción fotográfica
de uno de estos animales
lo que se aprecia en
estas obras; en cada una
de estas telas, dotados
de una expresión capaz
de comunicar los más
variados estados
anímicos y poseedores de
una imponente presencia,
la fauna encantada
trasmite un aliento
especial que los
identifica.
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Tiernos, amorosos,
elegantes, herederos de
los corceles de los
personajes más
encumbrados de la
leyenda, la historia y
la literatura, todos de
una raza que llega a
través del código
genético del que su
creador les ha dotado,
nos aguardan listos para
correr a galope tendido
en nuestra imaginación o
a pastar en las más
dulces ensoñaciones que
sean capaces de recrear.
El pintor no olvida en
su imaginario las
cabalgaduras de la
infancia e incluye a los
caballitos del tiovivo,
al caballito
balancín..., finalmente,
a esos que también
marcan con la tibia
nostalgia del recuerdo.
Pero no solo apreciamos
estas hermosas
figuraciones, el mundo
creado por Frómeta se
adentra en el color más
enérgico y en las formas
indefinidas para
presentar ese efecto de
alucinación consciente
que lleva a objetos y
paisajes que solo
podemos identificar en
esas manchas iluminadas.
En otra ocasión dije que
“la abstracción en
Frómeta es un reclamo
visceral convertido en
caprichosas formas y
colores, es un caos
generado por la fuerza
de su talento e ingenio,
la propuesta de una
presencia que no
necesita de una historia
para atrapar la atención
y fascinar con el goce
ante la riqueza de tanto
color y forma
amalgamada”; y hoy no
solo lo reitero, sino
que en la medida en que
se desarrolla su obra,
este demiurgo fabulador
logra las más sugerentes
combinaciones en el
variopinto mundo de la
más pura abstracción.
Figurativo o abstracto,
Frómeta es siempre fiel
a su intención de
comunicar ese estado de
gracia que le identifica
y nos hace admirar sus
creaciones. En los
últimos años ha
desarrollado su carrera
entre China y la Isla.
Sí, China, donde ha
logrado abrir un espacio
significativo para la
apreciación de las artes
plásticas cubanas.
Recientemente ha estado
nuevamente entre
nosotros con una vieja y
nueva obsesión creativa:
la fotografía. Le viene
desde sus días de
diseñador en la revista
Cuba.
Sin embargo, ha seguido
siendo leal a sus
criaturas equinas, como
se puede apreciar en la
reproducción de la tela
que acompaña esta nota.
Los corceles son la
marca más evidente de la
existencia de Gilberto
Frómeta. |