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Medio siglo atrás, se
reunía en La Habana la
Primera Conferencia
Tricontinental de los
pueblos de Asia, África
y América Latina. Apenas
siete años habían pasado
desde el triunfo de la
Revolución Cubana: el
hecho político-cultural
más significativo en la
historia de las
resistencias y
revoluciones en nuestro
continente. América
Latina estaba “en
revolución”. Cuba era el
“mal ejemplo” que
enseñaba la posibilidad
de superar las políticas
dictatoriales e,
incluso, las populistas.
Cuba fue
—sigue
siendo—
la rebelión frente al
sentido común, la
venganza moral de los
oprimidos, de los
“condenados de la
tierra”. Era
—y
es—
la prueba de que se
puede desafiar el modo
de producción y el modo
de vida capitalistas,
sus mitos y su sistema
de creencias. Se puede
imaginar y construir la
opción socialista,
uniendo las batallas
contra las más diversas
opresiones. Era
—y
es—
la necia voluntad de
desafiar al imperio en
sus narices con la
fuerza de un pueblo en
revolución. Cuba también
era
—sigue
siendo—
el lugar donde se acunó
y creció un nuevo tipo
de internacionalismo. Un
lugar de encuentro y de
paso de revolucionarios,
de diálogo y debate de
las diferentes
corrientes del
pensamiento
emancipatorio. Un lugar
donde las revoluciones
se encuentran, se
piensan, se interrogan,
se bailan, se cantan, se
enamoran.
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"Día de
Solidaridad
Mundial con la
Revolución
Cubana", Alberto
Ortiz de Zárate,
1975 |
Fue este el escenario
que permitió reunir
entre los días 3 y 15 de
enero de 1966 la
Conferencia
Tricontinental, en la
que participaron cientos
de dirigentes de
distintas organizaciones
revolucionarias. En ese
marco, las delegaciones
latinoamericanas
acordaron la
constitución de la
Organización
Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS), con
sede en La Habana, que
realizó su primera
conferencia en julio de
1967.
Después de finalizada la
Segunda Guerra Mundial,
se desarrollaba
impetuoso el proceso de
descolonización de
África, Asia y los
procesos de liberación
en América Latina. La
Organización de
Solidaridad con los
Pueblos de África, Asia
y América Latina
(OSPAAAL) había
realizado su primera
conferencia en Ghana en
1957, con 500 delegados
de 35 países,
representantes de los
movimientos de
liberación de esa
región. Se planteaba,
desde el triunfo cubano
del 59, la posibilidad
de la confluencia de
estas batallas.
El Che fue un activo
artífice de la unidad
entre estos procesos.
Vale recordar también
que una de sus primeras
misiones, luego de
renunciar a su puesto en
el gobierno cubano, fue
participar durante 1965
en la lucha del pueblo
del Congo por su
liberación.
Otro de sus activos
promotores fue el
dirigente socialista
marroquí
Mehdi Ben Barka,
presidente de la
Comisión Organizadora de
la Conferencia
Tricontinental,
asesinado el 29 de
octubre de 1965 en
París, cuando
participaba de las
actividades de impulso a
esta conferencia. El
líder marroquí, durante
su estancia en Argel en
1964, había sido un
promotor de la dimensión
internacionalista de las
luchas de liberación
nacional; recuperando y
promoviendo el
pensamiento de teóricos
de la descolonización
como Franz Fanon, Aimé
Césaire y Albert Memmi.
“África es la América
Latina de Europa”,
repetía Ben Barka. En
Cuba se entusiasmó con
el éxito de la Campaña
de alfabetización, que
soñaba aplicar en
Marruecos. Se dedicó a
crear un Centro de
estudios y documentación
sobre los movimientos de
liberación nacional y
esbozó el proyecto de
una Universidad
Tricontinental. El 3 de
octubre de 1965, en una
conferencia de prensa
preparatoria para el
Congreso de La Habana,
Ben Barka declaró que
“las dos corrientes de
la revolución mundial
estarán allí
representadas: la
corriente surgida con la
Revolución de Octubre y
la de la Revolución
Nacional Liberadora”.
La Conferencia
Tricontinental era
el intento de articular
las luchas
anticoloniales,
anticapitalistas, de
liberación nacional y
socialistas que tenían
su epicentro en el
Tercer Mundo; pero que
atravesaban también en
esas décadas a EE.UU. y
Europa. En el
cierre de la Conferencia
de la OLAS, Fidel Castro
concluía su discurso
afirmando: “La
OLAS es el símbolo de
otras olas, que son las
olas revolucionarias de
un mar que se encrespa
entre nuestros pueblos
de 250 millones de
habitantes. Este
continente trae en su
vientre una revolución;
tardará más o menos en
nacer, tendrá un parto
más o menos difícil,
pero
inevitable. Nosotros no
tenemos la menor
duda. Habrá victorias,
habrá reveses, habrá
avances, habrá
retrocesos; pero el
advenimiento de una
nueva era, la victoria
de los pueblos frente a
la injusticia, frente a
la explotación, frente a
la oligarquía, frente al
imperialismo,
cualesquiera que sean
los errores de los
hombres, cualesquiera
que sean las
concepciones equivocadas
que puedan tratar de
entorpecer el camino, es
inevitable”1.
Las olas que se
insinuaban rebeldes en
la Conferencia
Tricontinental y que
mostraron su pujanza en
la Conferencia de la
OLAS, eran generadas por
el movimiento
subterráneo que
conjugaba el cansancio
de los pueblos en la
segunda mitad del siglo
XX —frente a un
imperialismo yanqui
fortalecido en la
posguerra— con una
insubordinación
generacional que
recorría el mundo.
En ese clima y en ese
contexto, fueron
numerosos los
movimientos armados que
se extendieron en
América Latina. Los años
60 estuvieron recorridos
no solo por
levantamientos
populares, guerrillas y
revueltas sociales.
Todos los planos de la
vida fueron cuestionados
y las rebeldías
atravesaron desde las
instituciones más
conservadoras hasta los
sistemas ideológicos más
dogmáticos. La teología
de la liberación
conmovió a las iglesias.
Se fundó en América
Latina el Movimiento de
Sacerdotes para el
Tercer Mundo. Nuevos
movimientos sociales se
desarrollaron impetuosos
como las Ligas Agrarias,
sindicatos clasistas,
coordinadoras de trabajo
barrial. Los estudiantes
rompieron las barreras
elitistas impuestas por
las Universidades
neocoloniales, para
comprometerse en la
transformación social.
El 68 resonó en Francia,
pero también en
Tlatelolco. La primavera
de Praga conmovió la
burocratización del
socialismo llamado
“real”. Sublevaciones
populares en Argentina,
como el Rosariazo y el
Cordobazo, sacudieron en
el 69 a la dictadura.
La conmoción alcanzó a
las Fuerzas Armadas. En
Perú, en 1968, llegó al
gobierno a través de un
golpe de Estado
nacionalista y populista
Velasco Alvarado, quien
nacionalizó el petróleo
y realizó la reforma
agraria. Omar Torrijos
llegó al gobierno en
Panamá, impulsando como
bandera la
nacionalización del
Canal. En Chile, en
1970, triunfaba el
gobierno socialista de
Salvador Allende.
La teoría de la
dependencia fue
elaborada por
intelectuales
latinoamericanos como
crítica a la economía
política oficial de
aquellos años (las ideas
cepalinas). Fue
cuestionada la
sociología como
disciplina. Pensadores
como Charles Wright
Mills enjuiciaron a la
sociología
norteamericana por ser
cómplice de las guerras
de rapiña de los EE.UU.
En las clases de
Filosofía, se discutía
el tema de la
alienación.
El feminismo ampliaba su
influencia entre las
mujeres, con el impacto
de pensadoras como
Simone de Beauvoire en
Francia o Betty Friedan
en EE.UU. Surgieron
también corrientes
significativas de
feminismo radical, que
intentaban reunir la
crítica al patriarcado,
con la lucha contra el
capitalismo, el racismo
y todas las opresiones.
En EE.UU., movimientos
de afrodescendientes
desmitificaban el modelo
de democracia
norteamericana. También
se desarrollaba una
fuerte crítica a la
sociedad de consumo y a
las políticas
guerreristas
norteamericanas, desde
el movimiento hippie.
Fueron años de ascenso
de todas las formas de
rebeldía.
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"Angela Davis",
Alfredo G.
Rostgaard, 1970 |
Para frenar esos
procesos de
transformación, el
imperialismo acentuó su
política
intervencionista. Ahora,
en tiempos en que el
capitalismo se ha
trasnacionalizado,
globalizado, e intenta
descargar su crisis
sobre los países
neocoloniales, es
imprescindible tomar en
cuenta estos
antecedentes y
proyectarlos hacia
nuevas maneras de unidad
antimperialista.
Medio siglo después de
la primera Conferencia
Tricontinental, el mapa
del continente muestra
otra configuración. Las
organizaciones
emergentes en los años
60 tuvieron diferentes
derroteros, desde
aquellas que fueron
desarticuladas y
violentamente reprimidas
hasta otras que se
reinsertaron en
movimientos políticos
amplios y son partes de
gobiernos de distinto
signo. Vale la pena
reflexionar, sin
embargo, sobre el
concepto fundamental de
la Conferencia
Tricontinental y la
posibilidad de iluminar
nuestras prácticas desde
el mismo: la unidad
antimperialista de los
pueblos de los tres
continentes.
Hoy, cuando África
vuelve a conmocionarse
intentando asumir su
propia historia, vuelven
a resignificarse todas
las luchas del pasado, y
la memoria emergente
busca llegar más lejos.
El asesinato de Ben
Barka fue parte de una
ola de crímenes
políticos con los que el
poder mundial intentó
frenar las luchas
revolucionarias de los
años 60: Patricio
Lumumba, líder de la
liberación del Congo,
fue asesinado en enero
de 1961. El 21 de
febrero de 1965 fue
asesinado Malcolm X en
EE.UU. El Che fue
asesinado en Bolivia en
octubre de 1967; Martin
Luther King, en abril de
1968; Carlos Marighella,
en noviembre de 1969;
Amílcar Cabral, en enero
de 1973; Salvador
Allende, en septiembre
de 1973; Miguel
Enríquez, en octubre de
1974; Mario Roberto
Santucho, en julio de
1979. Y tantos más. Y
tantas más en América
Latina y el mundo. La
historia de la
dominación está escrita
bajo la sombra de los
crímenes políticos más
aberrantes; pero —como
recordaba Roque Dalton—
esos caídos son parte de
la memoria rebelde del
continente, que siguió
librando batallas. Y
esos muertos, como
escribió el poeta
salvadoreño, están cada
día más indóciles.
La memoria fértil
acompaña en América
Latina el nacimiento del
ALBA, como una nueva
apuesta a la unidad
antimperialista. Que sus
OLAS lleguen más lejos,
será tarea de los miles
de hombres y mujeres que
desde el corazón de
nuestros pueblos y de
sus organizaciones sigan
empuñando razones,
disparando corazones,
multiplicando proyectos
y haciendo caminos:
preguntando, sembrando,
floreciendo… Alcanzando
las utopías con las olas
que se levantan desde el
centro del continente,
desde cada una de sus
rebeldías.
Nota:
Claudia Korol es editora
de
América Libre.
Educadora Popular.
Integrante de Pañuelos
en Rebeldía. Autora del
libro El Che y los
argentinos. |