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Mederos, 1992 |
Por una “ironía del
destino”, después de
haber utilizado, sin
base real alguna,
durante más de una
docena de años a la
“amenaza del comunismo”
como pretexto para
imponer dictaduras
militares y gobiernos
civiles dóciles a la
expansión de su sistema
de dominación
continental, incluida la
penetración económica y
la injerencia política,
el triunfo de la
Revolución Cubana hizo
que las peores
pesadillas de Guerra
fría del imperialismo
norteamericano de pronto
se convirtieran en
realidad. Por una parte,
ese acontecimiento fue
un poderoso estímulo a
las luchas populares en
la región. Por la otra,
en auxilio de la joven
Revolución, ocurrida a
90 millas de sus costas,
acudió la Unión
Soviética que, por
primera, encontraba un
aliado en el continente.
El burdo prisma de
Guerra fría llevaba al
imperialismo
norteamericano, en parte
por propaganda, pero
también en parte por
incapacidad para
percibir las
diferencias, a calificar
a Cuba como “títere” y
“punta de lanza” de la
“penetración soviética”
en las Américas, cuando,
en realidad, el triunfo
del Ejército Rebelde
sobre la tiranía de
Fulgencio Batista
impactó en los sectores
populares
latinoamericanos
precisamente porque
emergió como alternativa
victoriosa a la
izquierda tradicional,
que había quedado
atrapada en el círculo
vicioso de la política
de frentes amplios.
El enfrentamiento entre
Cuba y los EE.UU. es
multifacético y se
desarrolla en dos planos
interrelacionados: en el
plano ideológico,
político y diplomático
general, en tanto
expresión del
antagonismo entre la
principal potencia
imperialista, y un país
socialista del Sur
caracterizado por su
lucha contra toda forma
de dominación y
opresión; y, en el plano
bilateral, debido a la
relación, también
antagónica, entre la
política que intenta
imponer a Cuba una
subordinación
“plattista”
y la decisión de
su pueblo de resistir y
vencer.
La Declaración
de La Habana, dada a
conocer en un discurso
del Comandante Fidel
Castro, aprobada a mano
alzada por más de un
millón de cubanos,
constituidos en Asamblea
General Nacional del
Pueblo de Cuba en la
Plaza de la Revolución
José Martí, el 2 de
septiembre de 1960,
constituyó la respuesta
a la Declaración de San
José, emitida por la VII
Reunión de Consulta de
la OEA, celebrada del 22
al 28 de agosto de aquel
mismo año en la capital
costarricense, que
calificaba la relación
de Cuba con la URSS y
China como una amenaza
al continente y
pretendía forzar su
ruptura. La II
Declaración de La
Habana, dada a conocer
al pueblo cubano y al
mundo en un discurso del
Comandante Fidel Castro,
y también aprobada a
mano alzada por más de
un millón de cubanos
congregados en la Plaza
de la Revolución José
Martí, el 4 de febrero
de 1962, fue la
respuesta a la sanción
adoptada contra Cuba el
30 de enero de ese año,
por la VIII Reunión de
Consulta de la OEA que
consistía expulsar al
Gobierno Revolucionario
del Sistema
Interamericano. A las
Declaraciones de La
Habana seguiría en breve
la aprobación, el 26 de
julio de 1964, de la
Declaración de Santiago
de Cuba, en respuesta a
la ruptura colectiva de
relaciones diplomáticas,
consulares y
comerciales, aprobada un
día antes por la IX
Reunión de Consulta de
la OEA, realizada en
Washington D.C. Esas
tres declaraciones
contienen la esencia del
ideario de la política
exterior de la
Revolución Cubana,
imbuida de una sólida
concepción
latinoamericanista y
tercermundista.
“¿Qué es la historia de
Cuba —plantea la II
Declaración de La
Habana— sino la historia
de América Latina? ¿Y
qué es la historia de
América Latina sino la
historia de Asia, África
y Oceanía? ¿Y qué es la
historia de todos estos
pueblos sino la historia
de la explotación más
despiadada y cruel del
imperialismo en el mundo
entero?”
Aún retumba la voz del
Comandante Ernesto Che
Guevara en el salón de
la Asamblea General de
la ONU, desde que el 11
de diciembre de 1964
concluyó su alocución en
el XIX período de
sesiones de ese órgano,
con una extensa cita de
la II Declaración de La
Habana, cuyas líneas
finales fueron:
“Porque esta gran
humanidad ha dicho:
¡Basta! y ha echado
andar. Y su marcha de
gigantes ya no se
detendrá hasta
conquistar la verdadera
independencia, por la
que ya han muerto más de
una vez inútilmente.
Ahora en todo caso, los
que mueran, morirán como
los de Cuba, los de
Playa Girón, morirán por
su única, verdadera e
irrenunciable
independencia.”
Las Declaraciones de La
Habana y Santiago de
Cuba, los discursos en
tribunas nacionales e
internacionales
pronunciados por los
principales líderes de
la Revolución Cubana
entre los que resaltan
los de Fidel y el Che,
la Conferencia
Tricontinental, que
funda la Organización de
Solidaridad con los
Pueblos de Asia, África
y América Latina
(OSPAAAL), y la
Conferencia de
Solidaridad con los
Pueblos de América
Latina también celebrada
en la capital cubana en
agosto de 1967, que crea
la Organización
Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS),
hacen trascendentales
aportes a la
actualización, la
adecuación y el
desarrollo de la teoría
y la praxis de la
revolución social en las
condiciones imperantes
en la década de 1960 en
el entonces denominado
Tercer Mundo. Símbolo de
ese pensamiento es el
Mensaje del Che a la
Tricontinental,
publicado en abril de
1967 con el título
“Crear, dos, tres,
muchos Vietnam”.
Desde el triunfo de la
Revolución Cubana hasta
su salida del país en
1965, tras la cual
cumplió misiones
internacionalistas en el
Congo y Bolivia, el Che
se consagra por entero a
dos tareas: dar los
primeros pasos hacia la
construcción del
socialismo en Cuba; y
desarrollar una
concepción estratégica y
táctica de la Revolución
socialista acorde a las
condiciones del mundo
subdesarrollado y, en
especial, a las
condiciones de América
Latina.
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"Día de la
Solidaridad con
el pueblo de
Guatemala",
Alberto Blanco
González, 1977 |
Che evaluaba que en
América Latina existían
las condiciones
objetivas para emprender
la Revolución, cuyo
carácter “tenía” que ser
socialista para ser una
revolución verdadera. La
guerra de guerrillas no
constituía para el Che
la única forma de lucha,
pero sí la consideraba
la más conocida y
efectiva en su momento
porque la acción de la
vanguardia armada
revolucionaria
contribuía, de modo
decisivo, a crear las
condiciones subjetivas
donde estas no
estuvieran listas. No
obstante, insistía en
que los pueblos solo
emprenden la Revolución
social cuando se
convencen de que las
vías legales para la
satisfacción de sus
intereses y necesidades
están totalmente
cerradas. Para el Che,
el objetivo de las
fuerzas revolucionarias
es aniquilar al enemigo
mediante la lucha armada
con el fin de conquistar
el poder, y ello
presupone que la
guerrilla ascienda los
peldaños que le permitan
elevar sus resultados
militares, mejorar su
composición social y
profundizar su
desarrollo político
hasta convertirse en la
impulsora del movimiento
generador de conciencia
revolucionaria de las
masas. No es la
guerrilla la que hace la
Revolución, sino la
acción directa y
decisiva del pueblo, que
ella contribuye a
generar.
Inspirada en este
pensamiento, la
Revolución Cubana abre
una etapa de la historia
de América Latina
caracterizada por tres
procesos relacionados:
1.
El auge de las formas
violentas de lucha
popular (rural y
urbana), que en algunos
casos tiene como meta la
Revolución socialista y
en otros solo la reforma
progresista del
capitalismo, esto
último, en los países
donde la dictadura
impedía, incluso, la
realización de esa
reforma por la vía
pacífica.
En las condiciones
imperantes en esta
etapa, era lógico que en
la conciencia social
predominara la
asociación entre: a) los
conceptos de revolución
y socialismo como
objetivos estratégicos y
la lucha armada como la
táctica conducente a
alcanzarlos; y, b) el
concepto de reforma del
capitalismo como
objetivo estratégico y
la lucha electoral como
la táctica
correspondiente. Aunque
en la gran mayoría de
los casos ambas
asociaciones entre
objetivos y tácticas
eran acertadas, es
preciso aclarar que hubo
excepciones tanto de
fuerzas no socialistas,
sino simplemente
antidictatoriales que se
sintieron compulsadas a
empuñar las armas por la
inexistencia de canales
de lucha política legal,
como también de fuerzas
revolucionarias que, por
considerar que no
estaban creadas las
condiciones o por otros
motivos, discreparon de
la lucha armada o se
sumaron a ella después
que otros movimientos la
habían emprendido.
2.
La represión desatada
por el imperialismo
norteamericano y sus
aliados en la región,
que emplearon la
violencia más descarnada
contra todas las fuerzas
antidictatoriales, sin
hacer mucha distinción
entre las que se
planteaban y las que no
se planteaban la
revolución socialista
como objetivo, ni entre
quienes desarrollaban y
quienes no desarrollaban
la lucha armada.
3.
El enfrentamiento
ideológico entre los
movimientos
político‑militares y los
partidos de izquierda
opuestos a ella,
entremezclada con la
polémica entre las
corrientes socialistas y
las no socialistas.
En cuanto a los procesos
de lucha popular y
progresista, es posible
hacer tres
agrupamientos: el flujo
y reflujo de la lucha
armada; el triunfo
electoral de la Unidad
Popular en Chile,
encabezada por el
presidente Salvador
Allende; y los gobiernos
militares progresistas
de Juan Velasco Alvarado
en Perú, Omar Torrijos
en Panamá, Juan José
Torres en Bolivia y
Guillermo Rodríguez Lara
en Ecuador.
|

"Panamá:
Resistir es
vencer", Alberto
Blanco González,
1989 |
Hablamos de flujo y
reflujo de la lucha
armada porque fue como
una ola que, con
variable intensidad y en
distintos momentos,
recorrió una y otra vez
casi toda América Latina
durante tres décadas.
Hitos en este proceso
fueron: los años
1959‑1960,
inmediatamente después
del triunfo de la
Revolución Cubana; los
años 1966‑1967 cuando el
Che emprende en Bolivia
la creación de una
escuela de guerrilleros
con combatientes de
varios países que luego
extendieran esa forma de
lucha por América del
Sur; y entre los años
1979 y 1991, período que
abarca los triunfos de
la insurrección del
Movimiento de la Nueva
Joya en Granada y la
Revolución Popular
Sandinista en Nicaragua,
ambas en 1979, junto con
el auge de la lucha
armada en El Salvador a
partir de la unidad de
las fuerzas
revolucionarias en el
Frente Farabundo Martí
para la Liberación
Nacional (1980), en
Guatemala con el
nacimiento de la Unidad
Revolucionaria Nacional
Guatemalteca (1982); y
en Colombia, durante la
fugaz existencia de la
Coordinadora Guerrillera
Simón Bolívar a finales
de la década de 1980.
Para sofocar el auge de
las luchas populares y
afianzar su dominación
en América Latina, el
imperialismo
norteamericano ejecutó
una política con dos
fases escalonadas:
primero, implantó las
dictaduras
militares de “seguridad
nacional”; y, luego las
sustituyó por
“democracias
restringidas”,
combinación de elementos
que abarca de la
presidencia de Lyndon
Johnson (1963‑1969) a la
de Ronald Reagan
(1981‑1989).
El prototipo de
dictadura militar de
“seguridad nacional” se
desarrolla en Brasil, a
raíz del golpe de Estado
que en abril de 1964
derroca al gobierno de
Joao Goulart,
aprovechado por el
presidente Lyndon
Johnson para formular la
Doctrina Johnson, la
cual establece que “los
EE.UU. prefieren contar
con aliados seguros a
tener vecinos
democráticos”, lo que
implicó hacer una
“moratoria” en el uso
hipócrita de la “defensa
de la democracia” con el
que esta potencia
históricamente justifica
sus injerencias e
intervenciones en
América Latina.
La dictadura militar de
“seguridad nacional” es
un tipo de dictadura
concebida para emplear,
con carácter
institucional, la
capacidad represiva de
las fuerzas armadas y
los cuerpos de
seguridad, con el
objetivo de cumplir tres
funciones fundamentales:
a)
aniquilar a la
generación
revolucionaria formada
bajo la influencia del
triunfo de la Revolución
Cubana; b) desarticular
las alianzas sociales y
políticas construidas
durante décadas de
desarrollismo; y, c)
sentar las bases de la
reestructuración de la
sociedad y la
refuncionalización del
estado basadas en la
doctrina neoliberal, que
se iniciaron en la
segunda mitad de los
años 70. Atención
especial merece la
dictadura implantada en
Chile por Augusto
Pinochet el 11 de
noviembre de 1973,
porque tres años más
tarde, en 1976, es la
primera que asume la
doctrina neoliberal. Su
importancia radica en
que, en torno a la
dictadura de Pinochet,
se desarrolló una
campaña internacional
para construir y
divulgar el mito del
supuesto milagro
económico neoliberal
chileno, con el objetivo
de inocular y propagar
el virus del
neoliberalismo por toda
América Latina.
En la medida en que las
dictaduras militares de
“seguridad nacional”
iban terminando de
cumplir sus funciones en
uno u otro país y
también en la medida en
que crecía el rechazo
mundial a sus crímenes a
finales de la década de
1970, el imperialismo
norteamericano empieza a
promover de modo gradual
y casuístico el llamado
proceso de
democratización,
consistente en
establecer o
restablecer, según el
caso, la
institucionalidad
democrático-burguesa.
Este proceso consistió
en el establecimiento de
un pacto entre los
gobernantes militares
salientes y los sectores
de los partidos
políticos tradicionales
que mejor encajaban en
el esquema de recambio.
El objetivo del pacto
era sustituir a las
dictaduras por
democracias
restringidas, mediante
la celebración de
elecciones “libres”, con
candidatos y partidos
proscritos, no solo de
izquierda, sino también
de sectores burgueses
antidictatoriales, y la
imposición de
limitaciones
constitucionales y
legales a los nuevos
gobernantes civiles.
El carácter “sistémico”
—ajeno a toda
consideración ética y
moral— del mal llamado
proceso de
democratización lo
ratifica el hecho de que
avanzó mucho más y
concluyó durante la
administración Reagan,
pese a ser el
protagonista de un giro
a la derecha del fiel de
la balanza del sistema
político de los EE.UU.
cuyo impacto llega hasta
la actualidad. El
llamado proceso de
democratización concluye
durante la
administración Reagan,
precisamente, porque es
ella la que le da el
apoyo y el impulso final
a las dictaduras
militares de “seguridad
nacional” para que
terminen de cumplir sus
tareas.
Entre
1989 y 1992 se cierra la
etapa de la historia de
América Latina abierta
por el triunfo de la
Revolución Cubana,
caracterizada por el
choque violento entre
las fuerzas de la
revolución y la
contrarrevolución, y se
inicia la actual en la
que predominan la
combatividad de los
movimientos populares en
lucha contra el
neoliberalismo y los
avances
político‑electorales
cosechados por fuerzas
de izquierda y
progresistas.
Los acontecimientos
internacionales que
tienen un impacto
determinante en esa
mutación, son la caída
del Muro de Berlín, en
diciembre de 1989,
símbolo de la
restauración capitalista
en Europa Oriental, y el
derrumbe de la URSS, en
diciembre de 1991, que
marca el fin de la
bipolaridad mundial de
posguerra.
En América Latina, lo
que se ha dado en llamar
el nuevo orden mundial
se manifiesta en la
intervención militar de
los EE.UU. en Panamá de
diciembre de 1989; la
derrota
“electoral”
de la Revolución Popular
Sandinista en Nicaragua
de febrero de 1990[1];
la desmovilización de
una parte de los
movimientos guerrilleros
en Colombia, entre 1990
y 1991[2];
y la firma de los
Acuerdos de Chapultepec
en enero de 1992, que
ponen fin a casi 12 años
de insurgencia en El
Salvador, país donde la
lucha armada se hallaba
en el clímax de su
desarrollo e intensidad.
Más tarde le seguiría la
firma de los Acuerdos de
Nueva York en diciembre
de 1996, que dan por
terminada la insurgencia
en Guatemala, pero que
se produce en momentos
en que ya transcurre la
nueva etapa histórica.
Donde único la lucha
armada todavía no ha
tenido desenlace es en
Colombia, pero sin
perspectivas de un
triunfo militar
favorable a las
guerrillas ni al Estado
contrainsurgente
colombiano.
La gestación de la nueva
etapa de luchas
populares
latinoamericanas se
produjo en la segunda
mitad de la década de
1980. En los países
sometidos a dictaduras
militares de “seguridad
nacional” donde los
movimientos populares y
de izquierda lograron
una mayor organización,
unidad y combatividad
durante el “proceso de
democratización”,
también fue mayor su
capacidad de oponerse a
las restricciones
constitucionales y
legales que los
gobernantes castrenses
impusieron a la
institucionalidad
posdictatorial, y de
ocupar espacios en
diversas instancias de
gobierno y en las
legislaturas nacionales.
|

"Granada",
Rafael Enríquez |
Lejos de quedar anclada
en el pasado, en esta
nueva etapa histórica la
Revolución Cubana
participa de manera muy
activa en la ampliación
del horizonte de lucha
de los pueblos
latinoamericanos y
caribeños. Por ejemplo,
por iniciativa conjunta
del Comandante en Jefe
Fidel Castro Ruz y el
líder del Partido de los
Trabajadores de Brasil
Luiz Inácio Lula da
Silva, entre el 2 y el
4 julio de 1990, se
efectuó el Encuentro de
Partidos y
Organizaciones Políticas
de América Latina y el
Caribe, luego
rebautizado con el
nombre de Foro de São
Paulo, que desempeña un
papel crucial en el
proceso de
reestructuraciones y
redefiniciones
programáticas de la
izquierda. Una labor
constructiva similar
realiza en la
Conferencia Permanente
de Partidos Políticos de
América Latina y el
Caribe (COPPPAL),
mientras que las
organizaciones cubanas
de masas y sociales
hacen lo propio con sus
homólogos del
continente. Por solo
citar un caso, si en la
etapa anterior Cuba
desempeñó un papel
protagónico en la
campaña por el no pago
de la deuda externa, en
la actual lo hizo en la
campaña de lucha contra
el ALCA y en la
construcción del ALBA.
Con la elección de
líderes de izquierda o
progresistas a la
presidencia de varios
países, entre los que se
destacan Venezuela
(1998), Brasil (2002),
Uruguay (2004), Bolivia
(2005), Nicaragua
(2006), Ecuador (2006),
Paraguay (2008) y El
Salvador (2009), que se
unen a los de Guyana,
Haití, Dominica y San
Vicente y las Granadinas
en el Caribe, las
relaciones de Cuba
vuelven a ampliarse y
consolidarse, al tiempo
que se abren espacios de
colaboración bilateral y
multilateral en diversas
esferas. Entre esos
espacios, resaltan la
Alternativa Bolivariana
para los Pueblos de
Nuestra América-Tratado
de Libre Comercio de los
Pueblos (ALBA‑TCP),
formado por Bolivia,
Cuba, Dominica,
Honduras, Nicaragua y
Venezuela, y el Mercado
Común del Sur
(MERCOSUR), cuya
composición actual, más
aún si se destraba el
ingreso de Venezuela,
debería permitirle
transitar del concepto
neoliberal con que fue
creado, al concepto
popular de integración,
pero esto también
depende de la ruptura
con el “capitalismo
real”.
|

"Sabra y Chatila",
Rafael Enríquez |
El ingreso de Cuba al
Grupo de Río en
noviembre de 2008
—ocurrido
por iniciativa expresa y
reiterada de sus más
influyentes miembros, y
sin que mediara la más
mínima concesión de la
parte cubana—,
la revocación en junio
de 2009 de las sanciones
adoptadas contra Cuba en
la VIII Reunión de
Consulta de Ministros de
Relaciones Exteriores de
la OEA —no
obstante lo cual nuestro
Gobierno Revolucionario
reitera su decisión de
no regresar jamás a esa
organización—
y los pasos en curso
para transformar al
Grupo de Río en un
mecanismo de
concertación política de
toda América Latina y el
Caribe, en el que no
participen los EE.UU.,
muestran el cambio en el
mapa político que se ha
producido en América
Latina durante los
últimos años.
Los espacios
institucionales que
ocupan los nuevos
gobiernos de izquierda y
progresistas se abrieron
con los
condicionamientos
derivados de la
interacción entre cuatro
elementos, tres de ellos
positivos y uno
negativo. Los elementos
positivos son:
a)
El acumulado de las
luchas populares
libradas durante toda su
historia y, en
particular, durante la
etapa 1959‑1989, en la
cual, si bien no se
alcanzaron los objetivos
que esas fuerzas se
habían planteado, ellas
demostraron una voluntad
y una capacidad de
combate que obligó a las
clases dominantes a
reconocerle los derechos
políticos que les
estaban negados. Por
solo mencionar dos
ejemplos claros: si no
hubiese triunfado la
Revolución Popular
Sandinista en Nicaragua
y si el Frente Farabundo
Martí para la Liberación
Nacional no hubiese
librado una intensa
lucha armada durante más
de una década en El
Salvador, no se habrían
creado las condiciones
que hicieron posible la
elección de los
gobiernos de Daniel
Ortega (2006) y Mauricio
Funes (2009).
b)
La lucha en defensa de
los derechos humanos, en
especial contra los
crímenes de las
dictaduras militares de
“seguridad nacional”,
que forzó la suspensión
del uso de la violencia
abierta y grosera como
mecanismo de dominación.
c)
El aumento de la
conciencia, la
organización y la
movilización, social y
política registrado en
la lucha contra el
neoliberalismo, que
establece las bases para
un incremento sin
precedente de la
participación electoral
de sectores populares
históricamente
marginados de ese
ejercicio político, el
cual germina a partir
del protagonismo
ejercido por esos
movimientos en la etapa
histórica abierta por el
triunfo de la Revolución
Cubana.
Estos son los tres
factores principales que
determinan la relación
dialéctica de
“continuidad y cambio”
entre las luchas por la
revolución social
desarrolladas en el
momento en que se
efectuó la Conferencia
Tricontinental y las que
hoy se desarrollan.
Como contraparte, el
factor negativo es la
imposición del nuevo
orden mundial, que
restringe, aún más que
antes, la independencia,
la soberanía y la
autodeterminación de las
naciones del Sur. Fue,
precisamente, la apuesta
a que podría someter a
todos los países
latinoamericanos a los
nuevos mecanismos
transnacionales de
dominación la que en
última instancia llevó
al imperialismo
norteamericano a dejar
de oponerse “de oficio”
a todo triunfo electoral
de la izquierda, como
había hecho
históricamente.
Los triunfos
político‑electorales de
la izquierda
latinoamericana no son
resultado de factores
solo positivos o solo
negativos, sino de la
interrelación de unos y
otros. Interpretarlos
solo como producto del
acumulado de la lucha
popular, o solo como
reajuste en los medios y
métodos de dominación,
sería igualmente
unilateral. Lo primero
conduce a pensar que la
izquierda llegó al poder
o que su inclusión en la
alternancia
democrático-burguesa
constituye la meta
final. Lo segundo
conduce a pensar que la
dominación imperialista
es infalible o a
exigirles a los
gobiernos de izquierda y
progresistas que actúen
como si fuesen resultado
de una revolución.
El problema planteado es
complejo porque no
encaja en los patrones
conocidos de revolución
y reforma. Los gobiernos
de esta “nueva hornada”
de izquierda nacen y
actúan en condiciones
diferentes a las que lo
hicieron los gobiernos
surgidos de las dos
vertientes históricas
del movimiento
socialista: la que optó
por la revolución
socialista y la que optó
por la reforma
socialdemócrata. La
izquierda que llega al
gobierno en América
Latina hoy, no destruye
el estado burgués, ni
elimina la propiedad
privada de los medios de
producción, ni funda un
nuevo poder, ejercido de
manera exclusiva por las
clases desposeídas. En
sentido contrario,
tampoco puede construir
una réplica del
“Estado de
Bienestar”,
del que abjuró la
socialdemocracia
europea.
Ni la reforma social ni
la revolución siguieron
el camino concebido por
sus respectivos
precursores, pero hay
una diferencia esencial
entre uno y otro. El
reformismo fue
progresista en los
países y circunstancias
en que ello resultó
funcional a la
reproducción del
capital, y ha sido, es y
será, ya para siempre,
regresivo y reaccionario
porque es lo que la
reproducción del capital
demanda. Al estar atado
a los avatares de un
sistema social que
prolonga su vida
mediante la destrucción
económica, social y
medioambiental, el
reformismo no es una
opción para resolver los
problemas que enfrenta
la humanidad. En sentido
inverso, como el
horizonte histórico de
la revolución está
abierto a la
creatividad, la
revolución
latinoamericana del
siglo XXI no tiene por
qué seguir el curso de
los proyectos
emancipatorios que no
cuajaron en procesos
reales, ni de los que sí
se materializaron; pero
con características y
obstáculos no previstos
que los llevaron al
fracaso.
El futuro de la
izquierda
latinoamericana que hoy
ejerce el gobierno o
participa de él, estará
determinado por la
creatividad y la
convicción con que
avance de la reforma a
la transformación
social, y de la
transformación social a
la revolución
socialista.
Notas:
1- Se
coloca entre
comillas la
palabra
“electoral” al
referirnos de la
derrota de la
Revolución
Popular
Sandinista
porque si bien
es cierto que el
Frente
Sandinista de
Liberación
Nacional perdió
el control del
gobierno en la
elección general
del 26 de
febrero de 1990,
el resultado de
esa consulta
popular estaba
predeterminado
por una guerra
de desgaste
sistemático,
dirigida y
financiada por
el gobierno de
los EE.UU., de
alrededor de una
década de
duración.
2-
Se refiere a
la
desmovilización
en Colombia del
Movimiento 19 de
Abril, en marzo
de 1990, y del
Movimiento
Guerrillero
Quintín Lame,
del Partido
Revolucionario
de los
Trabajadores y
parte del
Ejército Popular
de Liberación,
estos tres en
febrero de 1991.
|