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Tengo casi la misma edad
de la discografía de
Carlos Varela. Su
generación es la de mis
padres. Pero mis
“viejos” no se conocen a
sí mismos tanto como
Carlos ha podido
conocerlos a ellos. Por
eso me cautivaron sus
canciones cuando las
escuché de un disco
pirata que una amiga
“freaky” me prestó en el
preuniversitario.
Comencé a “mirar por el
ojo de la aguja” mi
“retrato de familia” y a
entender la manera en
que sus “pequeños
sueños” se han ido
realizando o diluyendo
en el gran proyecto
cotidiano de sostener la
isla de Cuba. Pocos,
como este Robinson
moderno, amante de
Grettel y juez de
Guillermo Tell, han
podido retratar a los
hombres y mujeres cuya
juventud transcurrió en
la década del
estruendoso “derrumbe”.
A pesar de que la música
de Carlos ha sido para
muchos el mejor pretexto
o la mejor carta de
amor, el arma más válida
para la rebeldía,
refugio, cuenca de las
ilusiones y abismo de la
verdad, en su voz la
palabra “pasado” parece
de plomo. No es el
fin, el disco que el
trovador acaba de
estrenar con el sello
SGAE, invita de nuevo a
ver en sepia los años
que se le fueron a su
generación y a la de mis
padres. Sin embargo, no
hay pesimismos ni
futuros negados en estas
letras, sino la
continuidad de su
batalla contra los
“delimitadores de las
primaveras” y la
voluntad de aportar a
los nuevos comienzos.
Este fue también el
espíritu de la gira que
mantuvo por un mes a
Varela y su banda
recorriendo a Cuba,
desde Bayamo hasta Pinar
del Río. Es lo que dicen
sus declaraciones a los
periodistas,
las frases entre un tema
y otro de los
conciertos, las fotos y
las anécdotas del amigo
Iván Soca, quien lo
acompañó en el trayecto,
y luego facilitó el
contacto de La
Jiribilla con el
cantautor.
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Carlos contaba con solo
tres horas para recibir
y contestar un par de
preguntas por correo
electrónico. Así lo
hizo, “corriendo”. Tal
vez en otro momento
encontremos la
oportunidad para
conversar con reposo
sobre las experiencias
que lo llevan a escribir
enamorada y
desgarradoramente a la
vez; para saber cómo se
consigue la energía que
transmiten cada una de
sus notas y el acople
impecable con que la
banda logra trasladarnos
al mundo real y paralelo
de la música; para
penetrar en su universo
de contrastes, más allá
del blanco y negro con
que se visten a menudo
él y sus imágenes…
Siempre advertidos,
claro está, de que “ni
el sol ni el aire saben
lo que sabe el viento…”.
“No pertenezco a ningún
partido, no represento a
ningún gobierno, solo
represento al pueblo. Yo
quiero vivir y morir en
Cuba”. Esto lo dijo
usted durante la gira,
pero fue también la
actitud que lo acompañó
en su último viaje a los
EE.UU. ¿Qué “sabores”
dejó esta postura suya
en ese país y en usted
la propia visita?
Decir que represento al
pueblo sería muy
pretencioso. Lo que dije
en Washington, en el
Congreso Norteamericano
en diciembre de 2009,
cuando los visité con
una guitarra, fue: “No
represento a ningún
partido, a ningún
gobierno, solo soy un
ciudadano común que
quiere vivir y morir
tranquilamente en Cuba y
que viene a preguntar
por qué vivimos hace
tanto tiempo tan cerca y
tan lejos al mismo
tiempo”.
Esto sucedió antes de
cantar mi canción “Muros
y puertas” delante de
varios congresistas
interesados en conversar
sobre intercambios
culturales entre Cuba y
EE.UU. Conozco, además,
a muchos músicos y
artistas norteamericanos
interesados en actuar
para el pueblo de Cuba.
En 2004, durante el
gobierno de Bush, me
negaron la visa para
entrar a EE.UU. El año
pasado pude hacer dos
giras importantes con mi
banda. En la primera,
dimos 14 conciertos en
varias ciudades de
EE.UU. y Puerto Rico; y
en la segunda,
participamos en dos
festivales importantes
en New York, entre
ellos, el Lincoln Center
Out of Doors, que
organiza cada año la
reconocida institución
cultural neoyorkina. En
todos los conciertos,
conectamos muy bien con
los norteamericanos, y
con los cubanos y
latinos que nos vienen a
escuchar. Es un país
inmenso y ávido de
conocer más de nuestra
música y nuestra
cultura.
Estoy preparando un
disco con la
colaboración de varios
músicos norteamericanos.
Soy de los que piensa
que los músicos y
artistas de Cuba y
EE.UU. podemos
conseguir, quizá, lo que
en 50 años no se ha
podido conseguir en las
relaciones entre ambas
orillas.
Hace unos meses, su
amigo
René Francisco
comentaba que los
artistas que impulsaron
su creación en los 80,
no fueron, ni lo son
todavía, totalmente
comprendidos. ¿Cómo lo
percibe usted?
Coincido con René
Francisco. La nuestra es
una generación que no
solo no fue, ni ha sido
totalmente comprendida,
sino que además, a muy
pocos les ha interesado
contar con valor y con
seriedad lo que
verdaderamente nos pasó
a todos
los que vivimos
entre mediados de los 80
y los 90. Años donde
existieron tantos
movimientos de arte en
la ciudad y donde varios
jóvenes artistas fuimos
censurados, lo mismo en
la plástica, en la
música, en el cine, en
la literatura y hasta en
el teatro. ¿Qué sucedió
con buena parte de esta
generación que terminó
en el extranjero? ¿Donde
están ahora muchos de
sus tantos delimitadores
de primaveras que nos
acusaron en aquellos
años? ¿Quién entiende
eso? En mi canción “La
comedia silente”, del
disco No es el fin,
hay un verso que
dice: “se perdieron
nuestros dioses, ya no
me queda casi
generación”.
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A raíz de lo que pudo
experimentar durante la
gira, ¿cómo se conecta
No es el fin con
la realidad cubana
actual y qué momento
marca en usted como
artista y como ser
humano?
No es el fin
es un disco muy
coherente con los
anteriores a nivel de
conexión con la realidad
cubana actual, pero con
un vuelo más universal,
más elevado en lo
musical y en lo poético.
Llevo 30 años
escribiendo canciones.
Al principio era como un
fotógrafo contando
historias de mi barrio.
Con los años aprendes a
conocer mejor el mundo y
a tu país, y descubres
que el amor, la
desilusión, la rabia y
la soledad son la misma
cosa en Moscú, en New
York o en La Habana; que
solo cambian los telones
de fondo.
En este disco, además,
es donde por primera vez
me divierto grabando con
mis músicos. Hicimos
varias versiones de cada
tema. No solo soy un
escritor de canciones o
un cantor de textos,
también soy músico, y la
música muchas veces dice
más que las palabras.
Por eso, le doy rienda
suelta.
Al inicio del disco con
“Telón de fondo” y al
final con “El viejo
sueño acabó”, se escucha
una cajita de música que
tengo, y donde está
Pierrot encerrado
cantando y bailando
dentro de un cristal. A
veces me siento así,
como Pierrot. Todavía
creo en la dramaturgia
de los discos, en el
viaje por donde te
pueden conducir esas 12
canciones, una detrás de
la otra.
Fue fantástico descubrir
en esta gira por Cuba
que la gente aún sigue
durmiendo en los teatros
para conseguir una
entrada, que en tiempos
como los que vivimos,
todavía hay mucha gente
que pelea durante días
por poder escucharte por
una noche. Podíamos
sentir la respiración de
los espectadores desde
el escenario.
Ha sido verdaderamente
increíble percatarnos de
que puede haber tanta
conexión, tanto
agradecimiento y tanta
catarsis en cada uno de
los conciertos. Allí
vuelves a percibir ese
enorme silencio y
respeto entre canción y
canción, que
difícilmente encuentras
en La Habana de hoy. Más
sorprendente aún fue
escuchar cómo coreaban
todos los temas de No
es el fin, a pesar
de que el disco aún no
esté editado en el país.
Eso te hace sentir vivo
y con los pies en la
tierra.
Se puede vivir sin ser
un artista de la radio y
la televisión, y estar
profundamente conectado
con la memoria y los
corazones de varias
generaciones de cubanos.
Nota:
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