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“¿Cómo está, compañera?
¿Qué dice?” Así empezaba
su charla
invariablemente David.
Un café tras otro. Un
pucho tras otro. “Mozo,
fuego por favor”. “¿No
me da un cigarrito?”.
No sé si los mozos lo
habrán leído. Pero lo
saludaban con ternura.
Mientras acercaban el
cigarro, el fuego.
David abría el diario
La Nación,
frenéticamente subrayado
y con anotaciones al
margen. “Mire esto,
compañera. ¿Qué hacemos?
Algo hay que hacer”.
La charla fluía. El tipo
era un amigo. Un viejo
cascarrabias. Un eterno
enamoradizo. Un
intelectual que honraba
al nombre y al
compromiso que
significaba. Un
laburante de la palabra,
de la investigación, del
análisis que paseaba
desde la literatura a la
historia, sabiendo que
una y otra eran la misma
cosa, eran nuestra
posibilidad de enfrentar
al poder oligárquico, al
poder imperialista, con
razones y corazones.
Poniendo el cuero si
fuera necesario. “Otro
café, compañera”.
La palabra “compañera”
en su voz grave, marcada
por años de humo, era un
regalo. Su risa
celebraba de pronto
alguna ocurrencia.
Luchaba contra la
banalización de las
modas culturales y
políticas de la ciudad
que amaba. Despreciaba
la tilinguería
posmoderna, el
facilismo, la rendición
ante la hegemonía.
Siempre nos acompañó en
las aventuras que
realizamos desde la
revista y luego
editorial América Libre.
Entregaba sus artículos
escritos a máquina, y
corregidos a mano, con
una impronta tan
personal como su
contenido.
A veces, en voz baja,
confesaba algún dolor. O
subía el tono con rabia
si recordaba una
agachada de alguno/a de
sus colegas, que ahora
lo pueden llenar de
galardones, pero que en
muchos momentos lo
dejaron como boxeador
solitario, desnudo en un
rincón.
Polémico, apasionado.
“¿Qué hay, compañera?
¿Qué me cuenta?” David
escuchaba. Sabía
escuchar. Y hablaba.
Sabía hablar. Cultivaba
el diálogo sin
jerarquías. El maestro
atendía entre cafés los
comentarios de tantos
hombres, mujeres,
jóvenes, y después no
tanto…, que le pedíamos
su opinión, su consejo,
su mirada irreverente.
Siempre tenía un
proyecto entre las
manos. Una revista, un
programa de algo…
Insistía en la necesidad
de contar con un lugar
donde juntarse en el
centro de la ciudad, que
no estuviera atravesado
por la lógica del
consumo ni por los
adulones del poder de
turno.
“Un caidero”, enfatizaba
David. En la calle
Corrientes, claro. Entre
los libros y el humo. Un
“caldero” donde pudieran
llegarse a cualquier
hora la gente de la
calle Corrientes, los
eternos bohemios que
necesitan todavía del
encuentro sin
mediaciones para
arreglar el mundo.
“Un caidero”, compañera,
donde nos juntemos,
donde hablar de las
cosas que hay que
hablar, no de las que
nos hacen hablar. Y
volvía a abrir La
Nación, el diario de
la derecha, al que
estudiaba estudiándola.
“¿Ya leyó lo que dice de
tal o cual tema?”
David se fue apagando en
un bar de La Paz. Las
últimas veces me dolía
encontrarlo. Tenía
deudas, angustias. Y un
orgullo enorme como para
pedir lo que necesitaba.
No había transado jamás
y no lo haría.
Su cabeza seguía
atentamente las
transformaciones
mundiales y nacionales.
A veces la movía hacia
uno y otro lado. Pensaba
con todo el cuerpo.
Escribía con todo el
cuerpo.
David era un intelectual
de otro tiempo. El que
necesitamos para mirar
el futuro, para habitar
el presente. El que
piensa y dice, sin
especular con las
consecuencias. Sabía del
dolor de las pérdidas.
Extrañaba a sus hijos
desaparecidos. Los
evocaba con su tosca
ternura. Como a su
maestro Rodolfo Walsh.
Al referirse a él, en
artículos y conferencias
repetía siempre: “Se
podría ir formulando ―al
evaluar las diversas
prácticas de Walsh― una
suerte de ecuación: a
mayor criticismo y
heterodoxia, mayor
riesgo de sanción. El
típico estar fuera de
lugar de los escritores
heterodoxos de la
Argentina al estilo de
Martínez Estrada,
debería traducirse aquí
como un réquiem o un
epitafio”.
David estuvo siempre
fuera de lugar. No
encajaba en los salones
literarios. Era un
hombre de bar. Un
profeta del “caldero”.
Todavía no me atrevo a
entrar a La Paz y no
verlo. Será una ausencia
irreemplazable. No me
consuela pensar en que
otros jóvenes
enarbolarán su rabia y
su ternura en una
literatura sin
concesiones. No me
entusiasma pensar que
con el paso del tiempo
David será más fuerte
que Goliat.
Quiero todavía el
espacio que nos falta.
Quiero a David,
inaugurando el
“caldero”.
Marzo de 2011. |